La fonda de Valdebruna Adela, 1961 #3
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Adela, 1961 #3

Adela le desabrochó los tres botones de arriba de la camisa y no siguió.

Le puso la mano abierta en el pecho, encima de la tela, y la dejó ahí el tiempo que se tarda en contar hasta veinte despacio.

Debajo de la mano notó lo que se nota a los cincuenta y siete años: un hombre respirando más deprisa de lo que le gustaría.

— Estoy más vieja de lo que te acuerdas.

— Y yo.

— Ya lo he visto.

Él no supo con los corchetes de detrás. Nunca había sabido, ni a los veintisiete ni a los treinta y uno, y se los desabrochó ella, de espaldas y con las dos manos, igual que en el treinta y cinco, y le dijo que no había cambiado nada en ese asunto en treinta años, y fue lo único que se dijo con humor en toda la noche.

Con el frío que hacía se metieron debajo del abrigo casi enseguida, porque en aquella habitación no quedaba una manta.

Y a aquellas alturas los dos sabían que lo que había que aprovechar era el calor y no el tiempo.

La vela desde el suelo daba en el techo y en la mitad de arriba de la pared, y de ellos no alumbraba nada.

Hubo una vez, al principio, en que a ella le vino la risa por dentro sin motivo ninguno, y él se paró y le preguntó qué, y ella le dijo que nada, que siguiera, y él siguió.

Y no fue como en el treinta y cinco. Era lo que los dos habían ido a buscar sin decirlo, y no fue peor.

Fue de gente que sabe lo que le queda y que no tiene ya ninguna prisa por demostrar nada.

Se pararon dos veces: una porque a ella le dio un tirón en la pierna izquierda, que le daba desde el cuarenta y ocho.

Y otra porque a él se le fue el aire y tuvo que quedarse quieto un rato, y ninguno de los dos hizo con aquello una broma ni una disculpa.

Después estuvieron mucho rato sin decir nada. Ella con la cabeza en el hueco del hombro de él y una mano en el pecho, en el mismo sitio de antes, y él con la barbilla en su pelo y sin moverse, porque llevaba veintitrés años sin tener dónde poner la barbilla.

— Hay una manta en la maleta — dijo él al rato.

— Ya lo sé. La he visto al entrar.

— ¿Y por qué no lo has dicho?

— Porque no.

———

Hablaron a oscuras, mucho después, con el frío ya metido en la habitación.

— La libreta. ¿Sigue en la casa grande?

— Supongo. No la he vuelto a ver desde que se la puse en la mano a la niña.

Ramiro se quedó un rato callado, y luego preguntó lo otro, lo que llevaba preguntando desde las doce y cuarto sin llegar a decirlo.

— Con aquello se podía haber pedido que se hiciera arriba.

— No sé si se podía. Sé lo que decía tu cuaderno, porque me lo explicaste tú en un barranco.

— Sesenta y dos casas.

— Sesenta y dos casas.

Y no dijo que no lo hubiera pensado, ni que no lo pensara todas las noches desde octubre del treinta y ocho, ni que a ella también le habrían ahogado la suya, y lo que dijo fue lo que había.

— Yo no lo pesé. No lo puse en una balanza y saqué la cuenta. Cogí el cuaderno del cajón, lo envolví en un trapo y bajé la plaza con él. Si lo hubiera pesado, a lo mejor me pesaba más el pueblo. No lo pesé.

Ramiro no le dijo que hizo lo que pudo, ni que él en su sitio habría hecho lo mismo, ni ninguna de las otras cosas que se dicen. No dijo nada, y cuando habló fue para preguntar otra cosa distinta.

— Adela.

— Qué.

— ¿Habría salido tu hermano?

— No lo sé.

— Yo tampoco lo sé.

— Ya sé que no lo sabes.

Ramiro estuvo callado. En la plaza no se oía nada más que la fuente.

— He hecho la cuenta cuatro veces desde que te has callado abajo — dijo —.

Y no me sale. No hay con qué. No hay otro papel al lado para comparar, no hay dos casos iguales, y de los que había allí dentro en aquellos meses no sabemos ni cuántos eran.

Para contestar a eso haría falta todo lo que no hay.

— Ya.

— Y no lo va a haber. Ni ahora, ni dentro de cuarenta años.

Adela se quedó mirando el techo, que no se veía.

— Eso ya lo sabía yo el mismo día — dijo —. Lo supe cuando bajaba de la casa grande, entre el escalón de ellos y el escalón de aquí, catorce metros. Que fuera lo que fuera lo que escribiera, no lo iba a saber nunca.

— Y lo escribiste igual.

— Y lo escribí igual.

Ramiro le buscó la mano encima de la manta que no había, y la encontró, y se quedaron así.

Y por la mañana, cuando entró la primera luz por la rendija de los postigos, lo que había en aquella habitación era un abrigo de hombre extendido sobre un colchón de lana, una vela consumida hasta el plato, dos maletas, y una llave de hierro con una chapa de latón encima de la mesilla, donde él la había dejado al entrar.

———

El camión llamó a las siete menos cinco de la mañana con dos toques de bocina desde la plaza. El conductor tenía tres viajes aquel domingo y el primero era el suyo.

Adela ya estaba levantada. Se abrochó la blusa junto al balcón, con los postigos entreabiertos y la luz gris entrando de canto, y se recogió el pelo con las horquillas que llevaba en el bolsillo, y desde la escalera dijo que ya bajaba.

Ramiro se sentó en el borde del colchón y se puso los zapatos, y cuando levantó la cabeza para decirle algo ella ya iba por la tercera curva, con la maleta en una mano y el plato de la vela en la otra, y el peldaño flojo sonó como sonaba siempre.