La fonda de Valdebruna Adela, 1961 #2
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Adela, 1961 #2

Le contó que fue, y que la recibió Fermín en el despacho de su padre, y que don Ovidio no estuvo delante en ningún momento, y que a ella eso le pareció entonces una cobardía y le siguió pareciendo lo mismo después.

Le contó que Fermín Nerín le dijo que en Barbastro había dos hombres de este valle esperando papeles, y que su padre estaba dispuesto a firmar un aval de conducta y de solvencia por uno de los dos. Uno. Y no dos.

A cambio pedían dos cosas. La libreta de hule negro, que sabían que estaba en la fonda porque en un pueblo de doscientas cuarenta y ocho almas se sabe todo, y el silencio, que no se pidió con esa palabra, sino con otras.

Le contó que Fermín se lo dijo todo con muy buenos modales, sentado, ofreciéndole una silla que ella no cogió, y que en ningún momento la amenazó ni levantó la voz ni dijo una palabra fea.

Que ella dijo que tendría el nombre al día siguiente y que nadie le pidió que se lo pensara más despacio, y que aquello, con el tiempo, fue lo que peor le sentó de todo, porque el que no discute un plazo es porque sabe que va a cobrar.

Que salió de la casa grande a las ocho menos veinte, con la luz de octubre ya en el suelo, y que en la plaza había cuatro chicos jugando y que uno de ellos era Ángel Callizo, que tenía trece años, y que la saludó.

Le contó que aquella noche, con la casa ya callada, sacó la libreta del cajón del mostrador de cinc, la desenvolvió de la bayeta y la tuvo abierta delante, con el candil bajo, desde las doce y cuarto hasta las dos de la madrugada.

Que a su madre no se lo dijo. Ni a su padre, que estaba en la cantina a diez pasos. Ni a Rosario, que estaba arriba con la niña de año y medio y que llevaba cuatro meses sin dormir una noche entera.

Le contó que de todo aquel cuaderno entendió tres palabras y un número, en la hoja del sondeo cuatro, y que con aquellas tres palabras entendió también lo del treinta y tres, y que se acordó de una piedra que él le había puesto en la mano en un barranco cinco años antes, y que después la volvió a envolver y subió a acostarse y no durmió.

Y le contó que al día siguiente, a mediodía, cruzó media plaza con la libreta envuelta en un trapo de cocina, se la dio a la niña de los Nerín delante de la gente que salía de misa, y le dijo el nombre.

Aquí se paró.

Ramiro tenía las dos manos sobre la mesa y no se había movido en veinte minutos, salvo para apartar el vaso un dedo hacia la izquierda cuando ella empezó a hablar de la libreta.

— Dije el tuyo — dijo Adela.

———

Lo que vino después fue el silencio más largo que hubo en aquella casa en treinta y tres años.

Duró lo que tarda en consumirse un dedo de vela.

Ramiro no preguntó nada, y no se levantó, y no hizo ninguna de las cosas que hace la gente cuando no sabe qué hacer con las manos.

Se quedó mirando el hule de la mesa, que tenía un dibujo de cuadros verdes y una quemadura de plancha en la esquina, y respiró de una manera distinta dos o tres veces.

Adela esperó. Había esperado veintitrés años y podía esperar cuatro minutos más, y en aquellos cuatro minutos se le ocurrieron por lo menos seis maneras de suavizarlo, y no usó ninguna, porque lo que ella acababa de decir no admitía suavizarse y porque en aquella casa las cuentas se daban enteras o no se daban.

— En el treinta y nueve me dijiste que me fuera — dijo al final.

— Sí.

— Y no me dijiste por qué.

— No.

— Y no lo has dicho en veintitrés años.

— No.

Ramiro asintió con la cabeza, muy despacio, y luego levantó la cara.

— ¿Y por qué no me lo dijiste entonces?

Y Adela le contestó lo que llevaba veintitrés años sabiendo que le iba a contestar si alguna vez se lo preguntaba, y se lo dijo una sola vez, sin levantarse de la silla y sin nada delante ni detrás.

— Te compré. Con mi hermano. Y te volvería a comprar, y eso es lo que no me perdona nadie de los dos.

———

Ramiro se levantó, rodeó la mesa y se paró a su lado, y le puso la mano abierta en la nuca, debajo del moño, que era donde se la ponía en el treinta y cinco cuando entraba en la cocina y no había nadie.

Adela se quedó quieta, con la cara vuelta hacia la chapa, y después se levantó y le quitó el sombrero de la mesa y lo colgó del gancho de la puerta, donde iban los sombreros en aquella cocina desde antes de que ella naciera.

Subieron con la vela.

En la cuatro hacía frío. Llevaba dos semanas sin fuego, y en Valdebruna, a setecientos noventa metros, el dieciséis de septiembre ya es otoño de noche.

El plato con la vela lo dejó en el suelo, junto al rodapié, para que no diera la luz en la cara de nadie, y lo hizo sin pensarlo, con la misma mano con que llevaba media vida colocando las cosas donde estorban menos.

Se quedaron un momento de pie, cada uno a un lado del colchón, como dos personas que van a mover un mueble y no se han puesto de acuerdo en por dónde cogerlo.

Ramiro fue el primero que se movió, y lo que hizo fue quitarse el reloj y dejarlo en la mesilla, boca abajo, que es lo que hace un hombre cuando no sabe por dónde empezar.