Adela, 1961
La luz la habían cortado el miércoles, así que aquella noche la fonda estaba a vela. La única vela entera que quedaba en la casa era de las gordas del altar, y se la había dado mosén Arturo el martes con dos cajas de cerillas y sin que ella se las pidiera.
La puso en un plato encima del mostrador de cinc y con eso se veía el comedor entero, porque un comedor vacío se ilumina con muy poco.
La maleta estaba junto a la puerta de la cocina, hecha desde las seis.
Al lado, una cesta con lo de comer del día siguiente, la caja de galletas con los libros de cuentas y un hato con la ropa de cama que no había cabido en el camión.
El camión venía a las siete de la mañana y de allí al poblado nuevo había cuatro kilómetros de carretera y una cuesta, veinte minutos con carga.
Adela cenó de pie, un huevo cocido y pan y un tomate de los últimos de la huerta de casa Cambra, que se lo habían dado el jueves y que era mejor que ninguno de los que había comido aquel verano.
Aquel día, el sábado, había sido de cosas pequeñas y de una en una. Por la mañana entregó las llaves de la cuadra y del patio en la mesa plegable de la plaza y firmó dos hojas, y el señor Bandrés le dijo que la casa quedaba a disposición de la empresa desde las cero horas del domingo.
Adela preguntó si eso quería decir a las doce de la noche del sábado.
Bandrés le contestó que sí. Entonces se quedaba a dormir, dijo ella, y a las siete de la mañana se iba con el camión, y él se lo apuntó en el cuaderno sin poner ninguna pega y le dio la mano al despedirse, cosa que aquella semana no hizo con todo el mundo.
Después fregó el plato en el patio, con agua del pozo, y lo secó y lo dejó bocabajo encima del brocal, y aquello no tenía ningún sentido porque el plato se quedaba allí, pero llevaba treinta y tres años fregando lo que ensuciaba y no iba a dejar de hacerlo la última noche.
Por la tarde barrió las seis habitaciones, una por una, y bajó el polvo con la escoba desde el falso hasta el portalón, en el orden en que se había barrido siempre aquella casa.
Fregó el suelo del comedor con agua y jabón.
Sacó brillo al mostrador de cinc con un trapo y un poco de ceniza, y estuvo en eso más rato del necesario.
El cinc bien frotado tarda dos días en volverse a poner mate y ella no iba a estar allí para verlo.
A las nueve y media estaba sentada en el banco corrido, con la espalda en la pared y el delantal doblado en el regazo, oyendo el pueblo.
Que no sonaba. Ese era el asunto. En Valdebruna, a las nueve y media de la noche de un sábado, sonaban siempre cuatro cosas por lo menos: alguna puerta, algún perro, la fuente, y los de la cantina.
Y aquella noche quedaba la fuente y nada más.
Los perros se habían ido en los camiones, las puertas estaban todas cerradas y los de la cantina llevaban tres días en el poblado nuevo, bebiendo en un bar con las paredes recién pintadas y sillas que no eran de la casa de uno.
Llamaron al portalón a las diez menos veinte.
———
Llamaron dos veces, con el nudillo y no con la mano abierta, y esperaron entre una y otra lo que hay que esperar.
Adela cogió la vela del plato y fue hasta el portalón, y descorrió el cerrojo de arriba y luego el de abajo, y abrió una hoja.
Ramiro Lahoz tenía cincuenta y siete años, el pelo blanco de las sienes para arriba y la cara de un hombre que ha viajado desde por la mañana. Traía un abrigo doblado en el brazo, una maleta pequeña y el sombrero en la mano, y detrás de él la plaza estaba negra y no se oía nada.
Se quedaron un momento así, Adela con la vela a la altura del pecho y Ramiro un peldaño más abajo.
— ¿Le queda alguna libre?
Adela abrió la otra hoja del portalón, porque un hombre con maleta no pasa por una sola, y se apartó.
— Pase, que se enfría todo.
———
Se sentaron en la cocina, donde quedaba fuego, porque Adela había guardado dos brazadas de leña para aquella noche y había encendido la chapa a las siete como todos los días de su vida.
Puso la vela en el vasar. Sacó una botella de anís de la que había dejado escondida detrás del cajón de la sal para no tener que dársela al tratante, y dos vasos de los pequeños, y no había otra cosa en aquella casa.
Ramiro dejó la maleta en el suelo, se sentó, se puso el sombrero en las rodillas y luego lo puso en la mesa y luego otra vez en las rodillas.
— Vengo en el coche de línea de las cuatro. He subido andando desde el cruce.
— Con la maleta.
— Con la maleta.
Adela sirvió los dos vasos y se sentó enfrente, y se quedó mirando cómo aquel hombre daba un sorbo y dejaba el vaso exactamente en el mismo redondel de la mesa de donde lo había levantado.
Estaba igual y no estaba igual. Los hombros los tenía en el mismo sitio y la manera de sentarse era la misma, con las dos manos abiertas encima de la mesa y los codos fuera.
Lo que había cambiado era la cara y el cuello, y una mancha oscura en el dorso de la mano derecha que no estaba en el treinta y nueve.
Del pelo blanco no le extrañó nada. A los cuarenta y ocho años una no se hace ilusiones con los espejos, y además en aquella casa no quedaba ninguno desde el jueves.
— Lo leí en el periódico en julio — dijo él —.
Cuatro líneas en la penúltima página, con la fecha del cierre de las compuertas.
El diecinueve de octubre. Y de ahí para atrás me salían cuatro semanas de desalojo, más o menos, así que en agosto escribí al ayuntamiento de Aínsa preguntando por el calendario, y no me contestaron, y en septiembre llamé por teléfono a la centralita de la empresa y me lo dijo un ordenanza.
— ¿Y por qué no ha escrito aquí?
Ramiro se quedó con el vaso a medio camino.
— Escribí aquí. En el cuarenta y seis.
Adela no dijo nada. Cogió el vaso, bebió un poco de anís, que le supo a los domingos de antes de la guerra, y lo dejó.
— Me llegó — dijo —. Me lo trajo el cartero un jueves de mayo y estuve con el sobre en la mano en el portalón, y no lo abrí, y se lo devolví, y le dije que pusiera que lo devolvieran. Y él me preguntó dos veces si estaba segura. Aquel cartero era buena persona y sabía leer los remites.
— ¿No lo abrió?
— No.
— ¿Por qué?
— Porque si lo abría, lo contestaba.
Y eso era todo lo que había, y era mucho más simple de lo que aquel hombre iba a poder aceptar en una sola noche, y por eso no añadió nada más.
Ramiro dejó el sombrero en la mesa, esta vez del todo, y estuvo un rato con las dos manos alrededor del vaso.
— Me casé en el cuarenta y ocho — dijo después —.
Con Teresa Ferrán, viuda de un factor de la estación de Lérida.
Estuvimos nueve años. Se murió en el cincuenta y siete, en abril, de un tumor que le encontraron en enero.
No tuvimos hijos. Era una mujer buena y yo fui con ella todo lo decente que supe, y no le mentí nunca, y tampoco le conté nada.
— Eso es una manera de mentir.
— Sí.
Adela se levantó a echar un tronco a la chapa, aunque la chapa no lo necesitaba, y se quedó de espaldas mientras lo colocaba y mientras cerraba la portezuela con el gancho.
— ¿Y de lo suyo? — preguntó él.
— Mi padre murió en el cuarenta y cuatro.
Mi madre en el cincuenta y tres, sentada, con las patatas peladas.
La tía Ramona en el cuarenta y nueve, y esa dio guerra hasta el último día, que se murió discutiendo con el practicante.
Rosario en el cuarenta, de unas fiebres.
Y la niña de Rosario tiene ahora veinticuatro años, vive en Zaragoza, está casada y tiene una hija de dos.
— ¿Y le dice madre?
— Me dice madre desde los cinco años.
Ramiro no preguntó lo siguiente. Lo preguntaba todo el mundo y él no lo preguntó, y Adela le agradeció aquello más que ninguna otra cosa de las que hizo en toda la noche.
———
Le subió a la cuatro poco después de las once, con la vela, porque la casa estaba a oscuras y la escalera de madera tiene un peldaño de la tercera curva que está flojo desde el cincuenta y cuatro.
En la cuatro quedaba el colchón de lana, sin sábanas, la mesilla y el armario empotrado, y el balcón a la plaza con los postigos cerrados. Nada más. Los seis colchones se quedaban porque llevarlos costaba más de lo que valían y porque en el poblado nuevo las camas eran de somier.
Adela sacó del bolsillo del delantal la llave de hierro, con su anilla y su chapa de latón remachada, y se la puso en la mano.
— La cuatro. Es la del balcón.
— La cuatro me la sé.
— Pues eso.
Y se quedó de pie en el marco de la puerta, con la vela, sin acabar la frase que había dicho por primera vez treinta años antes, porque la segunda mitad de aquella frase hablaba de la campana de San Bartolomé y la campana de San Bartolomé llevaba dos días en un camión camino de la iglesia nueva.
———
Bajaron otra vez a la cocina porque ninguno de los dos tenía sueño y porque arriba no había dónde sentarse.
Y allí, a las doce y cuarto de la noche del sábado dieciséis de septiembre de mil novecientos sesenta y uno, con la vela ya por la mitad, Adela Buisán le contó lo del treinta y ocho.
Se lo contó entero y por orden, empezando por el día y la hora, como se cuentan las cosas cuando se han pensado durante veintitrés años y no se han dicho nunca. Y no lloró, y no levantó la voz, y no se paró más que dos veces, una para atizar el fuego y otra para servirse el segundo vaso.
Le contó que entre agosto y enero bajó once veces a Barbastro con una muda limpia y media hogaza, y que en la ventanilla del zaguán acabaron conociéndola por el apellido, y que el nombre de él no se lo dijo nadie, sino que lo leyó ella sola, en septiembre, en una hoja mecanografiada clavada con chinchetas en un tablón del pasillo por el que la cola entera pasaba sin mirarlo.
Le contó que la niña de casa Nerín, Pilar, que tenía ocho años, cruzó la plaza una tarde de octubre con un papel doblado en dos.
El papel decía que la esperaban en la casa grande a las siete.