Adela, 1961 #2
Fueron a hablarle el señor Bandrés, el alcalde y mosén Arturo, por turnos y desde la calle.
Bandrés le explicó a través de la puerta que si no salía perdía la vivienda adjudicada.
El alcalde le dijo que no hiciera el tonto.
Mosén Arturo le habló media hora larga en voz muy baja, sentado en el escalón de enfrente y sin mirar a la puerta, y a la media hora se levantó y se fue con la pierna peor que la traía.
La brigada siguió con las otras casas. No había otra cosa que hacer y los camiones tenían el viaje pagado.
El sábado por la tarde, Adela le llevó una olla de sopa y un pan y los dejó en el escalón, y llamó dos veces con el nudillo, y se volvió sin llamar la tercera, porque no sabía qué decir que no le hubieran dicho ya cuatro. Al día siguiente la olla estaba en el mismo sitio, vacía y fregada.
Ángel Callizo salió el domingo por la mañana con un saco al hombro y una gallina debajo del brazo, cerró la puerta con llave, se guardó la llave en el bolsillo y bajó andando hasta el poblado nuevo sin hablar con nadie.
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El sábado a media mañana, un topógrafo joven de la empresa subió con un jalón y una libreta a repasar unas cotas del camino del monte, y se paró en la escalera.
Sube desde detrás de la iglesia, por la esquina de la última casa y el huerto de casa Cambra, en dos tramos con un rellano en medio, y son ochenta y cuatro peldaños de piedra bien labrada, con las contrahuellas iguales y una losa de coronación arriba.
Y arriba se acaba. No hay puerta, no hay ermita, no hay era, no hay camino que siga. Se acaba en el monte.
El chico bajó a la plaza y le preguntó a Adela, que estaba en el portalón.
— Perdone, señora. La escalera esa de ahí arriba, ¿adónde va?
— A ninguna parte.
— ¿Cómo que a ninguna parte?
— A ninguna parte. Están ahí desde antes de mi abuelo.
El chico se quedó mirando hacia arriba un momento largo, con el jalón apoyado en el hombro, y luego apuntó algo en la libreta, dio las gracias y siguió con lo suyo camino del monte.
En el expediente la escalera no era una finca ni un bien ni nada. No le habían puesto número, no se pagaba y no se llevaba en un camión, y en toda la semana no preguntó nadie qué se hacía con ella. No había nada que hacer.
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La fonda se cerró el sábado dieciséis de septiembre.
Adela hizo el último inventario a mano, en la mesa de la ventana, con la casa ya vacía y con la luz de la tarde entrando de refilón por el portalón abierto. Escribió lo que se iba y lo que se quedaba, en dos columnas, como había escrito todo lo demás durante treinta y tres años.
Se iban: el libro de cuentas del año en curso y los siete anteriores, atados con bramante y metidos en una caja de galletas grande.
Las dos mesas. La orza grande y las cuatro pequeñas, envueltas en paja.
Los cacharros de cocina, menos los de hierro.
La cama de sus padres, desmontada y con los tornillos en un bote.
La caja de la ropa blanca, con las sábanas de hilo que le habían durado veintidós años y que daban todavía para diez.
La palangana con el desconchón. El reloj de bolsillo de su padre, en su trapo y con la cuerda dada.
Y la fotografía de agosto del treinta y cuatro, la de los doce delante del portalón, que llevaba veintisiete años clavada con una chincheta en la trasera de la puerta de la cocina y que estaba amarilla por el borde de arriba.
Se quedaban: la chapa de la cocina, el mostrador de cinc, que estaba clavado al suelo con doce tirafondos y que valía menos que sacarlo, el banco corrido, el brocal del pozo, la pila del lavadero, seis colchones de lana, la escalera de madera con el pasamanos gastado en la tercera curva, y el hueco de la despensa.
En la segunda columna escribió también, al final y sin ninguna ceremonia, las seis llaves de las habitaciones, porque las cerraduras se quedaban con las puertas y las puertas con la casa.
Luego tachó esa línea.
Subió al primero, entró en la cuatro, abrió el armario, sacó la llave del clavo de detrás de la puerta y se la metió en el bolsillo del delantal.
Bajó a por el destornillador y por el cincel pequeño de la cuadra, volvió a subir y estuvo veinte minutos de rodillas delante de aquella puerta, sacando los cuatro tornillos del escudo y los dos del cajeado y trabajando la madera con cuidado para no astillar el canto.
La cerradura salió entera, de una pieza, con el muelle dentro y con el pestillo duro de no engrasarse desde antes de la guerra.
Pesaba lo que pesan las cosas que se hicieron para no moverse.
La envolvió en un trapo, con sus tornillos, y la puso en el fondo de la caja de la ropa blanca, debajo de las sábanas de hilo.
Después bajó, volvió a la lista, escribió cinco donde ponía seis, y cerró la libreta.
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El destornillador estaba en el cajón del mostrador desde siempre, con el mango de madera partido y sujeto con una vuelta de alambre.
La chapa del rótulo iba atornillada al dintel del portalón con cuatro tornillos de cabeza plana, a un metro noventa del suelo, así que Adela sacó una silla de la cocina, la puso debajo, se subió y empezó por el de la derecha.
El primero salió entero. El segundo salió después de golpearlo por el mango con la palma para que mordiera. El tercero salió con la cabeza redondeada y hubo que sujetar la chapa con el hombro para que no se descolgara del todo.
El cuarto estaba pasado de óxido y no había manera.
Adela se bajó de la silla, fue a la cuadra, cogió unas tenazas del clavo donde estaba el aparejo y volvió a subirse, y agarró la cabeza del tornillo con las tenazas y lo fue girando de un octavo de vuelta en un octavo de vuelta, con las dos manos y con la chapa apoyada en la cabeza, hasta que salió.
Pesaba más de lo que había pensado, y eso que la había visto poner en el treinta y ocho, cuando su padre la mandó hacer en un taller de Barbastro y pagó por ella ciento veinte pesetas, que entonces era el vino de dos meses.
La bajó de canto, con las dos manos, y la dejó apoyada contra la pata de la silla mientras se bajaba.
Luego la puso encima del mostrador de cinc, boca arriba, con las letras hacia el portalón, porque de canto se resbalaba.
FONDA DE VALDEbrUNA.
Se quedó un momento con la mano encima, sin apoyarla del todo, y después se guardó los cuatro tornillos en el bolsillo del delantal, con la llave, donde iban las cosas pequeñas de aquella casa desde siempre.
Después salió a barrer el portalón, que llevaba dos días sin barrer.