La fonda de Valdebruna Adela, 1961
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Adela, 1961

Los camiones empezaron a subir con el primer sol y se oían desde el collado antes de verse. Subían de tres en tres; era el lunes once de septiembre, y la carretera nueva tenía cuatro años y ya se había comido los arcenes en las curvas de abajo.

Eran camiones de la empresa, con las cajas de tabla y una lona enrollada encima de la cabina, y con ellos venía una brigada de traslado de doce hombres que no eran del valle y que hacían aquello por oficio, deprisa y sin mirar lo que cargaban, y cargaban una casa entera en hora y media, incluida la cocina.

El señor Bandrés, que llevaba las expropiaciones, se puso una mesa plegable en la plaza, debajo del olmo, con una silla y un cajón de botellas de gaseosa al lado.

Allí se firmaba, allí se cobraba el resto del justiprecio y allí se le decía a cada uno a qué número del poblado nuevo iba, con qué llave y en qué camión.

La cola de la mesa plegable fue la única cola que hubo en aquella plaza en toda la semana, y no se parecía a las colas de antes de la guerra, porque en esta la gente iba bien vestida; se ponían la ropa de los domingos para ir a firmar.

Nadie se lo había dicho a nadie y lo hicieron todos, y las mujeres además llevaban el bolso, aunque no metieran dentro más que un pañuelo y la cédula.

Bandrés tenía cincuenta y pocos años, era de Huesca y no era mala persona, y explicaba dos veces lo que hacía falta y dejaba que le gritaran los que necesitaban gritar.

Lo que él firmaba lo había decidido otro en otro sitio hacía veintiocho años, y eso lo sabían todos los de la cola, y por eso le gritaban poco.

El viernes anterior habían pintado los números.

Los pintaron dos chicos jóvenes con un bote de cal y una brocha de dos pulgadas, y pusieron el número de la finca del expediente en la jamba de cada puerta, a la altura del pecho y con cifras de un palmo; la fonda era la cuarenta y uno. Casa Nerín era la doce. Casa Bara, la treinta y siete.

Adela se quedó mirando cómo se secaba el cuarenta y uno en la piedra de su portalón, porosa, que se lo bebió en un cuarto de hora.

En el treinta y uno los números los habían pintado de rojo y en mitad de las fachadas, y aquella vez había salido medio pueblo a mirar y hubo quien se santiguó y quien dijo lo que iba a pasar.

Esta vez no salió nadie. A las ocho de la mañana de un viernes de septiembre todo el mundo estaba dentro de su casa haciendo cajas, y una casa entera cabe en menos cajas de las que uno se piensa.

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La iglesia la vaciaron el martes.

Vinieron dos hombres de la diócesis con un carpintero de Boltaña y desmontaron el retablo del altar mayor en tres días, numerando las piezas con tiza por detrás, del uno al cuarenta y seis, y bajándolas de dos en dos por la escalerilla del presbiterio.

Los santos los envolvieron en mantas viejas que pidieron por las casas y los ataron con cuerda de esparto, y a san Bartolomé, el grande y el que llevaba el cuchillo, lo bajaron entre cuatro y le rompieron un dedo del pie contra el quicio.

Las campanas fueron el jueves. Montaron un trípode de vigas en lo alto de la torre, con una polea y un torno de mano, y las bajaron una a una por fuera, girando despacio, con la brigada abajo apartando a los chicos, y la grande pesaba cuatrocientos y pico kilos y tardaron desde las nueve hasta las dos. La pequeña, media hora.

Mosén Arturo tenía setenta años y una pierna mala y se pasó los cuatro días sentado en un banco, en el pórtico, con el bonete en las rodillas, diciéndole a todo el que pasaba que en el poblado nuevo la iglesia era más clara y tenía la sacristía al mismo nivel.

Lo decía a todo el mundo con las mismas palabras, y era verdad, y no le servía de nada.

Al cementerio no subió nadie de la empresa en toda la semana; estaba en el alto, en la cota ochocientos treinta y uno, diecinueve metros por encima del nivel máximo, y en el expediente ni siquiera aparecía, y por lo tanto no había nada que trasladar ni nada que firmar.

Adela subió el miércoles por la tarde, sola, con un cubo, y limpió las cuatro losas de los suyos, arrancó la hierba de la de su madre y de la de su padre y enderezó la cruz de hierro de la de Rosario, que llevaba torcida desde el invierno.

Después se quedó de pie un rato, contando lo que había: cuatro tumbas y una que no estaba y no iba a estar nunca.

Y bajó antes de que se le hiciera de noche, y desde el cementerio a la plaza hay media hora larga y el camino está mal.

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De las ciento cuarenta y dos personas que quedaban censadas en Valdebruna en enero de aquel año, cuarenta y seis se fueron al poblado nuevo, treinta y una a Zaragoza, veintiocho a Barcelona y al cinturón, once a Huesca, nueve a Barbastro y a Monzón, y los demás a casa de un hijo o de una hermana, a donde los cogieran.

Las cuentas de aquella semana se hacían en voz alta en la plaza y las hacía todo el mundo; casa Latre cobró sesenta y dos mil por la casa, la borda y ocho fanegas, y con eso compraron un piso en Zaragoza y les sobró para un colchón.

Los Escartín cobraron menos porque tenían menos y porque en el cincuenta y nueve no supieron alegar, y todavía andaban con el recurso.

Y en la Cerollera, mientras tanto, estaban cortando.

La empresa había sacado a subasta el arbolado de todo el vaso, y una cuadrilla de Sabiñánigo llevaba desde julio talando los chopos de la vega, los nogales de los ribazos y los frutales de las huertas, porque la madera bajo el agua no vale nada y en el pliego venía que había que dejar el terreno limpio hasta la cota ochocientos doce.

Cortaron ciento noventa y dos árboles en la Cerollera.

Los nogales, los buenos, los compró un tratante de Graus a tanto la pieza, y los frutales los dejaron amontonados en la linde, para leña, y allí se quedaron.

El ganado bajó el jueves por la mañana, todo junto, por el camino viejo y no por la carretera, y tardaron cinco horas en llegar a Aínsa. Lo que no se pudo bajar, se vendió allí mismo, y lo que no se vendió, se mató.

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Amparo subió el miércoles en el coche de línea, con la niña.

Tenía veinticuatro años y llevaba tres viviendo en Zaragoza, casada desde el cincuenta y ocho con Jesús Arbués, que trabajaba en un almacén de recambios y no pudo pedir el día.

La niña había cumplido dos en junio y se llamaba Mercedes y le decían Merche, y lo primero que hizo al llegar fue meterse debajo de una mesa del comedor y no querer salir.

Se pasaron el miércoles y el jueves empaquetando lo de arriba. Las seis habitaciones dieron once bultos, sin contar los colchones, de lana, que había que llevar al vareador antes de meterlos en ningún sitio, y no había ni tiempo ni sitio.

La niña se pasó los dos días en la escalera de madera, subiendo y bajando los peldaños de uno en uno y de culo, agarrada al pasamanos, y contándolos a su manera, que consistía en decir uno, dos, uno, dos, hasta arriba.

Amparo la subía y la bajaba veinte veces al día y le decía que iba a acabar rodando. No rodó.

Del comedor salieron las ocho mesas. Seis se las quedó un tratante de Barbastro a ciento cincuenta pesetas la mesa, que era regalado y las dos partes lo sabían, y dos se subieron al camión de la fonda.

Una de esas dos era la de la ventana, que tenía el tablero de nogal con una quemadura redonda de un puchero de mil novecientos veintiocho y una raja en el canto que hizo un huésped de la brigada de topografía y que pagó al día siguiente sin que nadie se lo pidiera.

La chapa de la cocina no cabía por la puerta sin desmontarla y desmontarla costaba más que una nueva. Se quedó.

El espejo de la cantina, con la publicidad del anís rayada por la parte de abajo, se rompió al bajarlo, y no lo rompió la brigada, lo rompió Adela ella sola, por querer hacerlo deprisa y por no pedir ayuda.

— Madre, deje eso.

— Ya está roto.

— Que lo deje.

Amparo le quitó el marco, lo llevó al patio y lo apoyó contra el brocal del pozo, y volvió a por la escoba, y estuvo barriendo el cristal durante diez minutos con la niña detrás pegada a la falda.

El jueves por la noche, cuando ya estaba todo en el camión menos lo que se quedaba, Amparo se sentó en el escalón del portalón con la niña dormida encima y le preguntó por qué no se iba a Zaragoza con ellos, que en el piso había sitio y que allí no le faltaría trabajo.

— ¿Y qué hago yo en Zaragoza?

— Lo que hace aquí. Pero sin subir agua del pozo.

— Aquí sé cuánto vale todo.

— Aquí ya no va a haber aquí, madre.

— En la carretera sí. En la carretera va a pasar gente todos los días, y esa gente va a querer dormir en algún sitio y comer en algún sitio, y en cuatro kilómetros a la redonda no hay ninguno.

Amparo se quedó callada. Su madre llevaba cuatro meses sin decirle ni una palabra de aquello y acababa de decirle, en dos frases y sin levantar la voz, que no pensaba retirarse a los cuarenta y ocho años ni vivir de un justiprecio.

No contestó a eso, o contestó cambiando de tema, que a veces viene a ser lo mismo, y se pusieron a hablar de la niña, de las muelas y de si aquel año había habido buenas manzanas en algún sitio.

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Ángel Callizo se encerró el martes y no abrió hasta el domingo.

Tenía treinta y seis años, dos hijos y una casa en la calle de Abajo con la cuadra debajo, y había firmado en junio como todo el mundo y había cobrado veintiocho mil pesetas. Y el martes, cuando le tocaba camión, no salió.

Atrancó el portalón por dentro con el arcón de la ropa y metió las gallinas en la cocina. Su mujer se había ido el lunes con los críos a Escalona, así que dentro estaba él solo.