Raquel, 2025 #2
Trece fincas con acta de mutuo acuerdo y perito de las dos partes. Esa columna la he leído cuatrocientas veces en dos meses y no la he mirado ni una.
Casa Nerín perdió la mejor vega del valle. Y fue la única casa de Valdebruna que eligió lo que vendía, y a quién, y cuándo.
Eso no es un delito y no hace falta escribirlo en ninguna parte.
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Y hay una cosa más, que me sale sola y que apunto en el margen con dos rayas al lado.
Julián Buisán murió en enero del treinta y nueve dejando viuda y una hija de año y medio.
La fonda pasó entera a Adela, titular único desde 1953, y lo pone en el expediente con otra tinta y a mano.
Y en el cincuenta y siete cobró una sola persona setenta y tres mil setecientas pesetas, mientras mi abuela Amparo vivía de alquiler en Zaragoza.
Del tercio de la niña no sé nada, y se sabría si se pidiera. Hay protocolos notariales en Boltaña y en Aínsa, y yo llevo dos meses pidiendo partidas al registro civil como quien pide el pan.
Escribo la pregunta en el cuaderno y no escribo debajo a quién hay que pedírsela.
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El viernes por la mañana, a las ocho menos diez, la furgoneta de Marcos está parada delante de El Cinco con el motor encendido y él dentro.
Bajo con el termo y la mochila y subo, y él no abre la boca hasta pasado el cruce del depósito, dos kilómetros y medio de silencio con el limpiaparabrisas puesto.
— Lo del otro día.
— Sí.
— Lo del otro día lo dije mal. Lo que quería decir era otra cosa y me salió eso.
— Te salió eso.
Y no sigo. Lo que me sale es una lista de tres cosas que le tenía preparadas desde el miércoles, y las tres eran buenas el miércoles y ninguna sirve esta mañana. Lo miro de lado. Lleva las mismas ojeras que yo y la misma camisa que el martes.
— Ayer estuve en Aínsa — dice él.
— Te vi el coche.
— No fui a verte.
— No hacía falta que me lo dijeras.
Metemos el segundo silencio del viaje y este dura hasta el desvío de la central. Al llegar aparca, apaga y se queda con los antebrazos encima del volante.
— Quiero enseñarte una cosa. La tengo desde antes de conocerte y no te la enseñé por lo mismo que dije aquello.
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El almacén de la central es una nave de chapa larguísima, con el suelo de hormigón pintado de gris y estanterías de perfil metálico hasta el techo.
Huele a grasa y a hierro frío. Dentro hace más frío que fuera, como en todas las naves de chapa en octubre.
Marcos enciende los fluorescentes de uno en uno, con cuatro interruptores separados, y tardan en arrancar y parpadean en distinto orden cada vez.
Las estanterías de la derecha son de repuestos, con las etiquetas puestas y el inventario impreso en una funda de plástico al final de cada módulo. Se nota quién manda aquí. En doce años de yacimientos he visto tres almacenes tan ordenados como este y los tres eran de empresas privadas.
Al fondo, detrás de una pila de bridas y de un motor desmontado sobre un palé, hay cosas que no son de la central.
Un banco de iglesia. Dos aguamaniles. Una reja de ventana enrollada. Un cajón de madera con azulejos de cocina rotos y numerados con tiza. Y, apoyada de canto contra la pared, tapada con un plástico que Marcos retira sin ceremonia, una chapa.
Es de hierro, de metro cuarenta por treinta y ocho, con el borde remachado sobre un bastidor. Tuvo fondo azul y quedan islas de azul. Las letras son de palo, en relieve, de doce centímetros, y les han saltado casi todas la pintura blanca, pero el relieve está entero y se lee del todo.
FONDA DE VALDEbrUNA.
Nos agachamos los dos a la vez para levantarla y ponerla derecha. Pesa más de lo que parece. Mi mano y la suya están en el mismo canto, casi tocándose, y ninguno de los dos la mueve mientras la apoyamos contra la estantería.
Le doy la vuelta con las dos manos, despacio, y en el reverso hay cuatro agujeros. En línea, a la misma altura, del mismo diámetro, con el hierro abocardado hacia dentro por el lado del tornillo. Saco la cinta y mido la separación entre el primero y el segundo. Cuarenta y un centímetros.
Tengo esa medida escrita en la ficha de la unidad 41 desde el diecisiete de octubre. Cuatro perforaciones antrópicas de anclaje, diámetro ocho, separación cuarenta y uno, sin más.
— ¿Cómo ha llegado esto aquí?
— La subió mi abuelo. En el sesenta y uno, el último día, cuando bajó de la casa. Iba a la chatarra con todo lo que quedaba y él la puso en el carro y la trajo al almacén de la presa, que entonces era una caseta de obra. Y ahí ha estado.
— ¿Sesenta y cuatro años?
— Sesenta y cuatro años. Mi padre lo sabía y yo lo sé desde los quince. Está en el inventario del almacén como material vario sin uso, y eso me lo apunté yo mismo en el dos mil siete cuando digitalizamos las fichas.
Me quedo delante de la chapa con la cinta métrica todavía en la mano y no la enrollo. Doce años sacando objetos de un sitio para meterlos en otro, y siempre con el mismo procedimiento y las mismas cinco casillas. Esta es la primera vez que un objeto me estaba esperando a mí en una estantería.
— Se puede depositar — digo —. Con un acta. La empresa cede, la comarca recibe, y va al inventario de bienes muebles con su número.
— Me lo sé de memoria.
— ¿Y por qué no lo has hecho en veinte años?
Marcos apaga dos de los cuatro fluorescentes. Lo hace en esta nave cuando quiere que la conversación termine y no sabe decirlo.
— Porque el día que salga esa chapa de aquí, alguien va a preguntar de qué casa era. Y llevo veinte años sabiendo que la respuesta iba a traer problemas a gente que todavía vive.
— ¿A quién?
— A los que están apuntados en tu libreta, Raquel. Que son las mismas ocho o nueve casas que hay en este valle desde hace trescientos años. Escartín es Charo. Callizo soy yo.
Eso no se me había ocurrido en toda la noche y llevaba toda la noche despierta. Me apoyo en la estantería, encima de una caja de juntas, y me quedo así.
— Tú no sabes lo que pagó tu bisabuelo — le digo.
— Mil ochocientas pesetas. Ahora ya lo sé.
Vuelve a poner el plástico. Lo estira por los dos lados, con las dos manos, y le da la vuelta a la esquina de abajo para que no se levante.
— Raquel, cuando escribas eso, no me cites a mí. Cita el acta.
— Es que no hay acta.
— La habrá el lunes. La firmo yo, la mando yo y la registro yo, y si mi jefe de zona quiere discutirla que la discuta conmigo y no contigo.
Sale detrás de mí y en los seis kilómetros de bajada no vuelve a hablar. Ni falta que hace.