Raquel, 2025
Lo primero que hago con la libreta no es leerla. Lo primero es fotografiarla entera.
Ochenta y una hojas escritas y quince en blanco.
Pongo la mesilla contra la ventana, apoyo el móvil en dos libros y voy pasando página con el canto de una tarjeta.
Cada foto, su número. Cada número, su hoja.
Tardo una hora y cuarto y no leo nada mientras lo hago, porque si empiezo a leer se me olvida fotografiar y luego me arrepiento.
A las once y media termino y guardo la libreta en su bolsa.
Me hago un café soluble con el hervidor de la habitación y me siento en la cama con la espalda contra la pared y el ordenador en las rodillas.
Es la manera menos digna de trabajar que conozco y es como he hecho la mitad de mi carrera. Y entonces sí.
———
Es un cuaderno de campo, y está llevado por alguien que sabía llevar un cuaderno de campo.
Las siete primeras hojas son croquis de situación. Un tramo del río, dos márgenes, la cerrada estrangulada entre dos paredes, y siete cruces numeradas con la cota escrita al lado de cada una. Después vienen los partes, uno por sondeo, y cada parte ocupa entre dos y cinco hojas.
Sondeo S-1. Iniciado el 9 de junio de 1933.
Margen derecha, cota 811,40. Y luego columnas: de cero a cuatro metros ochenta, coluvión y cantos; de cuatro ochenta a diecinueve metros veinte, caliza gris compacta; recuperación de testigo del noventa y uno por ciento.
Al margen, con letra más pequeña, tres palabras que no le pedía nadie: sin fisuración apreciable.
El S-2 igual. El S-3 igual, con un metro más de recubrimiento y una anotación al margen sobre el agua que entraba por una diaclasa a los once metros, con el caudal medido y todo.
Hay que entender lo que es esto para saber lo que estoy leyendo.
Un sondeo saca del subsuelo un cilindro de piedra, un testigo, que se guarda en cajas de madera por tramos y por orden.
El que lo describe escribe lo que tiene delante de los ojos y nada más.
No hay interpretación, no hay opinión y no hay margen: es la parte del oficio que más se parece a lo que hago yo cuando dibujo una unidad estratigráfica: mirar una cosa y decir lo que es sin adornarla.
Este hombre lo hizo bien siete veces seguidas en once semanas de verano, en un barranco, con una sonda de vapor y con diez años menos de los que tengo yo.
El S-4 está en la hoja veintitrés y lo leo tres veces seguidas.
Iniciado el 12 de julio de 1933. Margen izquierda, cota 806,80. Recuperación del noventa y cuatro por ciento. De cero a cinco noventa, coluvión. De cinco noventa a veintiuno treinta, caliza gris compacta, sana. Y debajo, subrayado con la misma tinta y con una regla, cuatro palabras.
No se aprecia falla.
El S-5 dice lo mismo. Está a treinta y un metros del S-4, en la misma margen, y llega a los veinticuatro metros y medio. Caliza sana desde los seis diez. No se aprecia falla.
Tengo en la carpeta dos folios de la memoria justificativa del proyecto, sacados en Barbastro, en los que se cita el informe sobre la aptitud geológica de la cerrada de las Foces, firmado el catorce de noviembre de 1933.
El informe dice que los sondeos S-4 y S-5 dieron conglomerado permeable y una falla a los dieciocho metros.
Pongo las dos cosas encima de la cama, una al lado de la otra, y las miro hasta que me duele la espalda de estar sentada así.
La libreta, a la izquierda, escrita en el barranco, en julio, con el ruido de la sonda a diez metros.
La memoria justificativa, a la derecha, escrita cuatro meses después en un despacho de Huesca o de Madrid por un señor que probablemente no bajó nunca a coger un testigo con la mano.
Doce años bajando a documentar cosas que una máquina iba a destruir el lunes. Doce años de fichas, de cotas y de fotografías con la escala al lado, siempre llegando tarde y siempre para lo mismo: que quede constancia de algo que ya no se puede evitar.
Y esta es la primera vez en toda mi vida profesional que tengo delante un papel que no describe lo que pasó. Describe lo que se decidió que no pasara. No sé dónde se archiva eso.
———
La última hoja escrita es la ochenta y uno y no tiene nada que ver con el resto.
Está a lápiz. Es otra letra: más grande, más lenta, con las mayúsculas muy adornadas y los rasgos de abajo largos. Y no son metros ni cotas. Son once líneas.
Once apellidos, uno debajo de otro, con puntos suspensivos de relleno hasta la mitad de la hoja. Al final de cada línea, una cifra o una palabra. Y en el margen izquierdo, delante de cada apellido, un mes y un año abreviados, con el punto detrás.
Bara, cuatro mil. Latre, la borda de Sarralta. Pardina, dos mil quinientas. Escartín, seis fanegas de la Cerollera. Callizo el mayor, mil ochocientas. Sanromán, tres mil. Ballarín, novecientas. Mur, el prado de la Solana. Cambra, cinco mil. Lacasa, mil doscientas. Bellosta, cuatro mil quinientas.
Los leo dos veces sin entender nada de nada.
Pienso en un arrendamiento y descarto el arrendamiento porque las cantidades no cuadran con ninguna renta de la época.
Pienso en una deuda de tienda, y no, porque nadie debe cuatro mil pesetas en una tienda de pueblo en el treinta y ocho.
Pienso, durante un minuto entero y con toda seriedad, que es la cuenta de una matanza.
Y luego sumo. Es lo que hay que hacer siempre y es lo último que se me ocurre.
Sumo las cifras en el móvil, apretando las teclas más fuerte de lo necesario, y me salen veintidós mil novecientas pesetas. Más tres fincas.
En el expediente de expropiación, con sello de mil novecientos cincuenta y siete, la fonda entera se tasó en setenta y tres mil setecientas pesetas.
Edificio, cuadra, corral y pozo. Y no son la misma peseta.
Entre una fecha y la otra el coste de la vida se multiplicó por algo más de seis.
Eso lo mira cualquiera en una tabla, y yo lo miro antes de escribir un número.
La fonda, en dinero del treinta y ocho, sale por once mil y pico.
Eso quiere decir que en aquella hoja, escrita a lápiz en seis meses, hay dos fondas enteras y tres pedazos del mejor suelo del valle.
Después me pongo con los meses del margen. Llevo media hora evitándolos sin darme cuenta.
Octubre del treinta y ocho. Octubre del treinta y ocho. Octubre del treinta y ocho. Noviembre. Noviembre. Diciembre. Enero del treinta y nueve. Enero. Febrero. Febrero. Marzo.
Once.
En seis meses, once. Digo once. Son los que apuntó.
———
Estoy de pie en mitad de la habitación y no me acuerdo de haberme levantado. En la carpeta tengo la fotografía del aval de octubre del treinta y ocho. La saco y la pongo al lado de la hoja ochenta y uno, con la lámpara de la mesilla en medio y el flexo torcido para que no dé brillo.
Comparo la firma de Ovidio Nerín con la letra del lápiz. No soy perito calígrafo y no me hace falta serlo para ver los mismos rasgos de abajo, la misma inclinación y la misma manera de rematar la ese final, que se le va hacia arriba y hacia la derecha como si le sobrara mano.
Mañana pediré cotejo. Se pide, se paga y tarda cuatro meses, y hasta que llegue el informe yo no voy a escribir en ningún sitio que esa letra es de nadie. Pero es de él.
Lo que no sé, y lo apunto en el cuaderno con esas palabras, es para qué era cada uno de aquellos once.
No lo pone. Un aval no es una sola cosa.
Puede ser para un expediente, para un informe de conducta, para una licencia, para un empleo o para nada.
En la hoja ochenta y uno no hay más que apellidos, meses y precios.
Pero lo que sí sé lo escribo debajo, en el cuaderno, con la letra de las fichas y con la fecha delante, porque es la única manera que tengo de sujetar una cosa así.
A una mujer de veinticinco años, en octubre del treinta y ocho, le pusieron delante un papel y le dijeron que ese papel era uno. Uno, y no dos. Y aquel mismo mes, antes de que ella subiera los seis escalones de la casa grande, don Ovidio Nerín había firmado ya otros tres.
Mi bisabuela no cambió a su hermano por un hombre.
Le dieron un aval y le dijeron que era uno.
Digo mi bisabuela. Otra vez. No lo era, y sigo diciéndolo, y a estas alturas creo que ya lo digo a propósito.
Me siento en el suelo, entre la cama y el radiador, con la libreta cerrada en el regazo. Abajo, Charo está fregando y tiene la radio puesta. Son las dos y veinte de la mañana del jueves treinta de octubre y no voy a dormir nada.
———
A las tres y diez me levanto otra vez, porque me ha salido sola la otra cuenta.
Saco el ejemplar B. El tachado, el de las sesenta y siete fincas, con la cota ochocientos treinta y seis escrita a mano en la cabecera.
Lo tengo fotografiado desde el veintidós de septiembre y llevo cinco semanas sin saber qué hacer con él.
Ahora sé lo que es. Es la lista de lo que se habría expropiado con la presa arriba.
Sesenta y siete fincas y cero casas del pueblo, y en esas sesenta y siete están el monte alto, la serrería, los pastos de la Solana y una casa de labor: las cuatro cosas de casa Nerín. Con las Foces los Nerín lo pierden todo y no venden nada, porque ahí arriba no hay obra que abastecer.
Con Bagüeste pierden la Cerollera. Es verdad y se dice en este valle desde siempre. Los Nerín también perdieron, que es una frase que he oído seis veces en dos meses y siempre para cerrar la conversación.
Cojo el ejemplar A, el de mil novecientos cincuenta y siete, y me voy a la última columna, la que dice cómo se adquirió cada finca.
Dos abreviaturas, O. F. y M. A.: ocupación forzosa y mutuo acuerdo.
Ciento setenta y seis fincas van con O. F.
y quince van con M. A. Y trece de esas quince son de la misma casa.
Finca doce, la cantera. Finca ochenta y ocho, el monte alto y la serrería. Fincas ciento tres a ciento trece, la ladera de la cota ochocientos cuarenta y cinco. Valdebruna Nueva. Donde duermo yo y donde Charo tiene el bar.