La fonda de Valdebruna Adela, 1952
73%

Adela, 1952

La obra volvió en marzo, y volvió como vuelven estas cosas, sin que nadie lo anunciara y con todo el mundo enterado desde enero; primero un ingeniero joven que subió a mirar y se fue el mismo día, y luego dos camionetas con material y un capataz que preguntó por el agua.

Y en abril ya había cuarenta hombres durmiendo en barracones de tabla en el estrecho de Bagüeste.

Adela tenía treinta y nueve años y llevaba ocho llevando la casa sola, desde que se murió su padre en el cuarenta y cuatro de una cosa del pecho que empezó en noviembre y acabó en febrero.

Su madre seguía en la cocina y seguía mandando en la cocina, pero de la puerta para fuera hacía años que no discutía una decisión de su hija delante de nadie, que era la manera que tenía Encarna Sesé de pasar el mando sin decir que lo pasaba.

Un día de aquellos empezaba a las cinco y veinte con la chapa y acababa a la una y media con el libro, y en medio cabían la compra, el pan, la colada de los martes, los cuarenta y ocho platos del mediodía, las cuentas de la cantina y una discusión con el de la carne de Escalona, que siempre subía el precio en agosto y siempre daba la misma explicación.

El expediente había dormido trece años en algún cajón de Madrid y ahora lo habían despertado; con él despertaron los mismos papeles de siempre, los mismos plazos y las mismas palabras, y en el ayuntamiento de Valdebruna volvieron a colgar edictos en el tablón de la entrada, de corcho y lleno de agujeros de chinchetas de veinte años atrás.

Lo que había cambiado era el pueblo. En el censo del treinta había doscientos cuarenta y ocho habitantes y sesenta y dos casas abiertas; en el del cincuenta quedaban ciento setenta y uno, y de las sesenta y dos casas había once con la puerta clavada y dos caídas por el tejado.

Los de Lardués se habían ido todos menos una familia.

En Sarralta no quedaba nadie desde el cuarenta y siete.

Y aun así la fonda hizo aquel año el mejor verano desde el treinta y cinco, y los cuarenta hombres de Bagüeste bajaban los sábados y los técnicos no dormían en los barracones.

La casa volvió a tener las seis habitaciones ocupadas de martes a viernes, y volvió a matar dos cerdos en vez de uno, y volvió a haber cola en la cantina a las nueve de la noche.

Los de ahora no se parecían a los del treinta y uno más que en el oficio.

Aquellos venían de Zaragoza y de Huesca y hablaban de la República y del jornal, y estos venían de Jaén y de Almería en camiones de la empresa, en cuadrillas cerradas, y hablaban de lo que iban a mandar a casa a fin de mes.

Se sentaban siempre los mismos con los mismos y no se mezclaban con el pueblo, y el pueblo tampoco hacía por mezclarse.

En la fonda había que ponerles las mesas separadas sin que pareciera que se las separaban.

Ese oficio no se aprende en ningún sitio.

El encargado de la contrata bajaba a pagar los sábados a mediodía, con una cartera de cuero y una lista, y montaba la paga en la mesa grande del comedor; Adela le cobraba a él, en un solo apunte, las consumiciones de toda la semana de los que hubieran querido fiado.

Aquel arreglo lo propuso ella el segundo sábado y estuvo funcionando nueve años sin un solo problema, y le ahorró apuntar cuatro mil líneas y discutir cuarenta.

———

Amparo cumplió quince años en abril y servía el comedor los sábados y los domingos y todos los días de julio y de agosto.

Lo hacía bien y lo hacía deprisa, con las dos manos y sin apuntar nada.

Tenía la memoria de su abuela y el genio de su padre.

A los de la obra los trataba de usted a todos y no se dejaba una palabra de más encima de la mesa.

Adela la miraba desde el mostrador y hacía la cuenta de lo que aquella chica le ahorraba en jornal, veintidós pesetas al día en temporada.

Luego se quedaba pensando en otra cosa distinta y no seguía la cuenta.

Aquel julio le dijo por primera vez lo de Zaragoza. Se lo dijo fregando, de espaldas y con el agua corriendo. En las cocinas de este mundo las cosas que se llevan pensando desde marzo se dicen así.

— La Pilarín de casa Latre se va en septiembre. A casa de una tía suya, a servir. Y luego a lo mejor a una fábrica.

— Pilarín tiene diecisiete.

— Yo tengo quince y medio.

— Tienes quince y tres meses.

Amparo no contestó a eso. Aclaró la olla, la puso boca abajo en el escurridor y colgó el trapo en el gancho, y después dijo lo otro.

— Es que aquí, madre, dentro de diez años no hay pueblo.

Adela estaba haciendo el apunte del día y no levantó la pluma del renglón.

Aquella palabra la llevaba oyendo desde que la niña tenía cinco años y no la había corregido nunca.

Ni el primer día, ni delante de la abuela, ni delante del cura, ni delante de nadie del pueblo.

A estas alturas corregirla habría sido una crueldad, y además habría sido inútil.

En Valdebruna todo el mundo sabía de quién era hija Amparo y todo el mundo la llamaba la de Adela.

— Dentro de diez años ya veremos — dijo.

— Eso dice usted siempre.

— Y siempre hemos llegado.

Amparo colgó el trapo, se puso el delantal limpio para el turno de la noche y salió al comedor a poner las mesas.

Por el ruido con que dejó los platos, aquella conversación no estaba terminada sino aplazada.

Adela terminó el apunte del día, secó la plumilla en el paño y estuvo un rato con la mano encima del libro cerrado, oyendo a su hija poner los cubiertos al otro lado del tabique.

———

El edicto de la cota salió en septiembre y lo pegaron un martes en el tablón del ayuntamiento y en la puerta de la iglesia, con dos chinchetas cada uno y un poco torcido.

Decía lo mismo que el del treinta y cinco. Decía que el nivel máximo normal del embalse quedaba fijado en la cota ochocientos doce, y que los bienes situados por debajo de esa cota quedaban sujetos a expropiación forzosa, y venía la relación de términos municipales y una fecha para alegaciones.

En el treinta y cinco, aquel mismo papel había puesto a doscientas personas en la plaza y había hecho que un hombre le partiera una silla en la espalda a otro en la cantina de la fonda.

En el cincuenta y dos, delante del tablón, había tres.

El secretario, que lo pegaba. Mosén Arturo, que pasaba por allí camino de la sacristía y se paró por educación.

Y Bienvenido, el de casa Bara, que lo leyó entero de arriba abajo, movió la cabeza dos veces y se fue a echar de comer a las gallinas antes de que se hiciera de noche.

A lo largo de la semana fueron pasando los demás, de uno en uno y a horas distintas, y ninguno se quedó delante del tablón más de lo que se tarda en leer catorce líneas.

La mujer de casa Latre preguntó en la tienda si eso quería decir que este año todavía se podía sembrar la vega, y le contestaron que sí, y con eso se quedó tranquila y no preguntó nada más.

Adela lo leyó a media mañana, cuando bajó a por el pan, y lo leyó de arriba abajo porque las cosas escritas hay que leerlas enteras y porque la letra pequeña de un edicto es la que luego se cobra.

Se fijó en la fecha del plazo de alegaciones, treinta días hábiles, y en el número del expediente, el mismo del treinta y cinco con dos cifras añadidas detrás.

Mosén Arturo seguía allí y esperó a que se fuera el secretario. Le habló mirando el tablón y no a ella.

— Adela, ¿usted piensa arreglar eso algún día?

— ¿El qué, mosén?

— Usted sabe el qué. Llevo quince años sin verla comulgar por Pascua y no se lo he dicho nunca. Ya se lo he dicho.

Se fue a la sacristía con las manos a la espalda y sin esperar contestación. Adela se quedó con la hogaza debajo del brazo y se acordó siempre del sitio, de la hora y de que aquella mañana hacía viento del norte.

Después subió por la calle del Horno con la hogaza debajo del brazo, abrió la fonda, puso la chapa y fregó el comedor, y a la una tenía a doce hombres sentados comiendo alubias con oreja y pagando a doce pesetas el cubierto.

El pueblo no protestó porque el pueblo ya había protestado en el treinta y cinco y no le había servido de nada, y porque de los que gritaron en el treinta y cinco quedaban en el valle menos de la mitad, y porque los que quedaban tenían todos un hijo o un yerno o un sobrino cobrando un jornal en Bagüeste.

Siete pesetas al día en el treinta y uno.

Cuarenta y seis en el cincuenta y dos. Eso lo entiende cualquiera sin que se lo expliquen dos veces.

———

En noviembre, un sábado por la tarde, Adela vació el cajón del mostrador para cambiar el papel del fondo, que estaba comido de humedad por una esquina.

Sacó el libro de cuentas del año, dos cajas de plumillas, un ovillo de bramante, una lata de betún, el sello de caucho de la casa con el tampón seco desde antes de la guerra, tres cartas de la Delegación de Abastos y un juego de llaves que no abría ninguna puerta de la casa.

Puso todo encima del mostrador, en dos filas y por tamaños, limpió el cajón con un trapo húmedo y esperó a que se secara la madera antes de cortar el papel nuevo a la medida con las tijeras de la cocina.

Las llaves las estuvo probando una por una en las seis habitaciones, en la cuadra y en la puerta del falso, y ninguna entró en ninguna cerradura de aquella casa, y como no eran de nadie las volvió a meter en el cajón, donde llevaban desde siempre.

En el fondo del cajón, en la parte de atrás, la madera tenía un rectángulo más oscuro que el resto, de unos catorce centímetros por nueve, donde no había dado nunca la luz ni el roce.

Adela se quedó de pie con el trapo húmedo en una mano y el cajón fuera, apoyado en el mostrador de cinc, y con la otra midió el rectángulo con los dedos abiertos. Un palmo justo de largo y algo menos de dos tercios de ancho. Lo midió otra vez y le salió lo mismo, porque le tenía que salir lo mismo.

Del comedor venía el ruido de Amparo poniendo las mesas para la noche, las ocho de siempre y dos turnos, y en la cantina había tres hombres de Bagüeste esperando a que se hiciera la hora de cenar y discutiendo una avería del compresor.

Pasó el trapo por encima del rectángulo, el único sitio de aquel cajón donde no había polvo. Lo pasó dos veces. La madera siguió estando más oscura, porque catorce años tapada no se le quitan a una tabla con un trapo húmedo, y Adela dobló el trapo por la parte limpia y siguió con lo suyo.

Adela puso el papel nuevo encima, apretó los cuatro dobleces con la uña y volvió a meter las cosas en el mismo orden en que las había sacado. Primero el libro de cuentas. Luego las plumillas. Luego lo demás.

Cerró el cajón.

Esa noche había veintiséis cubiertos, tres de ellos de gente de paso que llegó sin avisar a las nueve y cuarto, y tuvo que sacar el jamón de la orza de arriba y freír seis huevos más de los previstos. Se acostó a la una y media y a las cinco y veinte estaba otra vez encendiendo la chapa.

———

En marzo del cincuenta y tres se murió Encarna Sesé, a los sesenta y ocho años, sentada en la banqueta baja de la cocina y con las patatas peladas.

Fue un martes, entre las once y las once y media, y no la vio nadie. Adela estaba en la cantina cobrándole a un tratante de Naval y Amparo había bajado al horno. Cuando su hija entró a poner la olla, su madre seguía sentada igual que siempre, con el barreño entre los pies y el cuchillo en el suelo.

Adela hizo lo que hay que hacer y lo hizo por orden: le cerró los ojos con dos dedos, le quitó el barreño de entre los pies y lo subió al vasar, porque una casa con un muerto dentro no deja de ser una casa.

Salió al comedor y echó a los dos que estaban comiendo con la excusa de que se había roto una tubería.

Cerró el portalón y mandó a un chico a Escalona a por el médico y a otro a Aínsa a por el cura.

Después subió a lavarse las manos antes de volver a tocarla.

Aquello lo contó el chico de casa Broto por todo el valle durante veinte años, y siempre lo contó al revés: que la de la fonda no lloró. Y delante de él no lloró. Es distinto, y en Valdebruna no le interesó nunca a nadie la diferencia.

El velatorio fue en el comedor, con las ocho mesas arrimadas a la pared y las sillas puestas en dos filas. Vino el pueblo entero, que aquel año eran ciento sesenta y una personas, y vino don Ovidio Nerín a las nueve de la noche, y estuvo de pie once minutos y se fue.

En el libro de cuentas de aquel mes hay un renglón el martes diez, con la letra de siempre, que dice cuatro velas de a libra, y no hay nada más hasta el lunes dieciséis.

Encarna Sesé llevaba la cocina de aquella casa desde mil novecientos siete y había dado de comer a dos guerras, a la brigada del treinta y uno y a los que subían con sacos en el cuarenta.

Y había subido el precio de la cama de cinco a seis pesetas leyendo la libreta de su hija del revés y desde el otro lado de la mesa.

No dejó dicho nada: ni una carta, ni un encargo, ni un recado para nadie, y a Adela le pareció bien, porque las dos habían tenido cuarenta años para decirse lo que hiciera falta y los habían gastado enteros en trabajar.

Lo único que dejó fue el delantal en el gancho, y Adela lo estuvo mirando cuatro días antes de descolgarlo, y luego lo lavó, y luego se lo puso.

En abril nevó dos veces, que en el valle no pasaba desde el cuarenta y siete, y en la cantina lo estuvieron discutiendo cuatro noches sin llegar a nada.