La fonda de Valdebruna Raquel, 2025
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Raquel, 2025

Me llama un número fijo de Aínsa y no lo tengo guardado. Son las nueve y diez de la mañana del martes veintiocho.

— ¿La de la comarca?

— Sí.

— Soy Pilar Nerín. Venga usted esta tarde a las cinco. A las seis me ponen la cena y ya no atiendo a nadie.

Y cuelga. No dice para qué. No pregunta si puedo.

Cancelo el vuelo de dron de la tarde, que con viento del norte no me lo iban a autorizar de todas formas. Hago la mañana con el nivel y la cinta en la calle de Abajo y termino la unidad 33 antes de comer.

Bajo a Aínsa por la carretera del valle, once kilómetros de curvas detrás del camión del pienso. Es martes y hay mercado, y acabo dejando la furgoneta junto a los contenedores.

Llego con veinte minutos de sobra y los gasto dentro del coche. Hago una lista de seis preguntas en el cuaderno. No voy a llegar a la tercera.

———

El ascensor sigue sin funcionar. Hay un cartel escrito a mano en la puerta de chapa, con letra temblona y una fecha de julio. La escalera huele a lejía y a guiso.

Subo los tres pisos despacio, contando los peldaños sin querer.

Es una manía que se me ha puesto este otoño y que en septiembre no tenía.

Dieciocho por tramo. Me abre una mujer de unos cincuenta años.

Bata de rayas y un blíster de pastillas en la mano.

Me dice que pase, que la señora está en el comedor, y que si quiero un café ella lo hace. Le digo que no.

— Yolanda, no le des café — se oye desde dentro —. Que luego se quedan.

Pilar Nerín está sentada en su butaca, junto al balcón, con una manta de cuadros hasta la cintura. En la mano izquierda tiene el mando de la televisión. La televisión está encendida y sin sonido, y no la apaga en toda la hora ni la mira ni una vez.

— Siéntese ahí. En esa no, que esa cruje.

Me siento en la silla que me dice. Es de las de comedor y está medio metro más baja que la butaca, y no creo que eso sea casualidad en esta casa.

Ella se me queda mirando el tiempo justo para que resulte incómodo.

Luego empieza por donde quiere empezar, que no es por donde yo venía.

En cinco minutos me ha sacado más datos a mí de los que yo pensaba sacarle a ella.

— ¿Su madre vive?

— Sí.

— ¿Y qué hace?

— Está jubilada. Trabajó en una gestoría, en Zaragoza.

— Zaragoza — repite — ¿Y ella qué sabe de todo esto?

— Nada.

— Nada — repite —. Pues ya somos dos las que no hemos contado nada, y a mí me sacan cien años y a ella no.

Noventa y cinco. Los cumplió en marzo y lo tengo en el padrón, con el día y todo. No se lo digo. Llevo cinco semanas aprendiendo cuándo se corrige a la gente de este valle y cuándo se deja pasar. Esta mujer no me ha llamado para que yo le enmiende una cifra.

— El otro día estuvo usted en el archivo de Barbastro — dice.

— Sí.

— Y encontró un papel con la firma de mi padre.

Ahí me quedo quieta. En Barbastro estuvimos la archivera y yo, y a la archivera se lo conté sin dar nombres.

— ¿Cómo lo sabe?

— Porque llamé y pregunté. Tengo teléfono y tengo la cabeza. Lo que no tengo son piernas.

Se ríe con dos golpes secos y se le va la risa enseguida. Detrás se le queda una respiración corta que no me gusta nada. Yolanda pasa por detrás con una fiambrera y le toca el respaldo de la butaca al pasar, y Pilar no se entera o hace como que no.

— Sí — le contesto —. Un aval de octubre del treinta y ocho. Firmado por don Ovidio Nerín a favor de Ramiro Lahoz Used.

— Mi padre firmaba mucho.

— Eso no lo sé.

— Yo tampoco. Yo tenía ocho años.

Y se queda tan tranquila, con las dos manos encima de la manta, esperando a ver por dónde salgo.

En este oficio he entrevistado a cuarenta o cincuenta personas mayores en pueblos de tres provincias, y casi todas quieren que te vayas contenta y te cuentan lo que creen que has venido a buscar.

Esta no. Esta me está midiendo desde que he entrado por la puerta y no tiene ninguna prisa por aprobarme.

———

En el balcón hay una jaula vacía con la puertecita abierta, colgada de una escarpia a la altura de la barandilla.

Está limpia por dentro, con el papel del fondo cambiado, y tiene el bebedero puesto y con agua.

Llevo diez minutos mirándola de reojo, entre pregunta y pregunta, y al final me pilla en el segundo vistazo largo.

— Se murió en febrero — dice —. No quiero otro. Se mueren antes que yo y ya está bien.

Y después, sin transición, sin bajar la voz, sin nada:

— ¿Ha visto el cartel de mi sobrino?

— El del mirador.

— Ese.

— Lo he visto.

— ¿Y ha visto lo que hay en la esquina?

— El escudo.

— El escudo de la casa de mi padre. En un cartel de un camping.

Se le pone una voz distinta. No más alta.

Más despacio, con las consonantes muy marcadas.

Es la voz de quien lleva cuarenta años ensayando una queja y no ha encontrado a quién dársela.

Coge aire dos veces antes de seguir. El mando de la televisión se le mueve en la mano.

Con la uña del pulgar le da a un botón que no hace nada, porque el aparato está sin sonido.

— Ignacio es el hijo pequeño de mi hermano Fermín. Vino a verme en enero con una carpeta y me dijo que iba a poner en valor la memoria del pueblo. Eso me dijo, poner en valor. Y me pidió una foto de la casa. Le dije que no. Y ha puesto el escudo igual, dibujado, para no tener que pedírmelo.

— Se puede pedir que lo quiten.

— ¿A quién? ¿A él?

No tengo respuesta a eso.

— Cuarenta parcelas y dos casas rurales — dice —. Y el escudo de mi padre en la esquina, entre las banderitas de Europa.

Me callo lo que pienso. Que ese escudo lleva noventa años encima de un portalón. Que el portalón está a cuatro metros por debajo de la cota máxima y que en marzo no lo va a ver nadie. Aquí eso no es un argumento. Aquí un escudo no es una piedra: es de quién es.

———

Entonces se echa hacia un lado en la butaca, mete la mano por debajo del cojín y saca una bolsa de tela con un cordón.

De la bolsa saca una libreta, la deja un momento en el regazo y le pasa el dorso de la mano por la tapa, una vez, para quitarle un polvo que no tiene.

Es pequeña. La mido después, en el coche, con el metro de la mochila: catorce por nueve centímetros y algo menos de dos de grueso.

Tapas negras de hule, cosidas con hilo gordo por el lomo.

Dos puntadas sueltas en la parte de abajo.

El canto de las hojas está teñido de rojo.

Un rojo apagado, comido en los bordes de tanto pasar el pulgar.

Las esquinas se han redondeado con el uso.

El hule está levantado en la de abajo a la derecha, donde asoma el cartón.

Huele a armario y a papel viejo, ese olor dulzón y seco que sale de las cajas cuando levantas la tapa después de cuarenta años y que no se confunde con ningún otro. Lo he olido en tres archivos de comarca y en un desván de Sos, y siempre huele igual, y siempre me pasa lo mismo por dentro.

Me la deja encima de la mesa camilla, en el hule verde, y aparta la mano y la vuelve a meter debajo de la manta.

— Ahí está lo que buscaba.

— No sé lo que busco.

— Pues lo va a saber esta noche.

La abro por el medio, con cuidado, sujetando el lomo con la palma para no forzar la costura.

No la leo: la miro. Columnas a tinta ferrogálica, de la que se va a marrón por los bordes del trazo.

Números con las comas clavadas. Una letra pequeña, muy derecha, con los sietes cruzados y los unos con banderola.

Profundidades. Metros y centímetros. Y una palabra que se repite en muchísimas líneas y que desde aquí no acabo de leer.

La cierro y la dejo exactamente donde estaba, con el lomo paralelo al borde de la mesa. Me limpio las manos en el pantalón sin que ella lo vea.

— ¿La ha leído usted?

— Una vez. En el setenta y uno, cuando murió mi padre y vaciamos el escritorio. Son números y palabras de obra. Yo de eso no entiendo nada y no me hizo falta entender para saber que aquello no lo tenía que haber tenido mi casa.

— ¿Y por qué la ha guardado cincuenta y cuatro años?

— Porque era mía. Estaba en mi casa.

Se le tensa la boca y se le queda así un momento. Es la primera vez en toda la tarde que se le nota que elige lo que va a decir. Y lo dice mirándome de frente y sin pestañear. A los noventa y cinco años eso tiene mérito.

— No lo hago por usted. Ni por su bisabuela. Lo hago porque mi sobrino ha puesto un cartel.

Digo bisabuela. Lo dice ella y lo repito yo por dentro. No lo era. Esta mujer lo sabe desde antes que nadie de mi familia y no piensa aclarármelo. No la corrijo. Hay cosas que en este valle se dicen mal a propósito y llevan noventa años dichas así.

———

— Yo llevé un recado a esa casa — dice, al rato, cuando ya pensaba que se había acabado la visita.

— ¿Cuándo?

— En octubre. Del treinta y ocho. Tenía ocho años y me lo dio mi hermano en el zaguán.

— ¿Fermín?

— Fermín. Un papel doblado en dos, sin sobre. Me dijo: se lo das a Adela y no se lo das a nadie más, y esperas.

Yolanda asoma desde la cocina con el paño al hombro. Pilar levanta la mano izquierda, la del mando, sin volver la cabeza. Yolanda se vuelve por donde ha venido y ninguna de las dos dice una palabra. Debe de ser un código de los suyos. Llevan seis años.

Saco el cuaderno y le pregunto si le importa que apunte. Me dice que apunte lo que quiera, que ella ya no tiene nada que perder. Lo dice sin ninguna solemnidad. Igual que dice que no quiere café.

— De mi casa a la fonda hay catorce metros — digo yo, porque lo tengo medido.

— Serán. A mí me parecieron muchos.

— ¿Por qué?

— Porque iba mirando el papel. Iba pensando en si lo llevaba bien cogido.

Se calla un momento. Fuera, en la avenida, pasa el camión de la basura. Hace ese ruido de frenos que en Aínsa se oye desde el castillo. Esperamos las dos a que termine. No hay otra cosa que hacer.

— La fonda tenía el portalón abierto y ella estaba dentro, en el mostrador. Salió a la puerta. Yo le di el papel y me quedé en el escalón. Me habían dicho que me quedara en el escalón.

— ¿Lo leyó delante de usted?

— De pie. En el portalón, debajo del rótulo, con el papel a la altura del pecho. No se sentó ni se metió dentro.

— ¿Y?

Pilar Nerín se queda mirando la televisión sin sonido, donde están dando el mapa del tiempo con las isobaras y una mujer que señala el Cantábrico. Tarda en contestar más de lo que ha tardado en toda la tarde. En el balcón se mueve la jaula vacía con el aire.

— Yo he visto a mucha gente leer papeles malos. En noventa y cinco años se ven muchos. Y la gente hace algo con la cara. Se pone blanca, o se pone roja, o se le va la boca, o dice ay. Ella no hizo nada.

— ¿Nada?

— Nada. Lo leyó, lo dobló otra vez por donde estaba doblado, se lo metió en el bolsillo del delantal y me preguntó si había comido.

— ¿Que si había comido?

— Que si había comido. Yo le dije que sí. Y me dio un terrón de azúcar de todas maneras, y me dijo que me sentara en el escalón, y entró.

Tengo la libreta a veinte centímetros de la mano izquierda y no la toco. En mi trabajo un objeto sin contexto no vale nada. Llevo veinte minutos oyendo el contexto. Y lo que oigo no lo va a firmar nadie ni va a entrar en una ficha con esas palabras.

— ¿Cuánto estuvo dentro?

— Un rato. Yo me comí el azúcar y luego estuve mirando las piedras del escalón. Eran cinco y una partida.

— ¿Y salió?

— Salió y me dijo que le dijera a mi padre que iría. Yo eché a correr y se lo dije en el zaguán. Y al día siguiente, a mediodía, la tuve otra vez delante.

———

— El segundo día no era un papel — dice —. Era un paquete. Lo trajo ella misma hasta la mitad de la plaza y allí me lo dio a mí, delante de todo el mundo, a mediodía.

— ¿Delante de todo el mundo?

— A mediodía, en la plaza. Con la gente saliendo de misa de once. Eso también lo hizo ella, y eso sí lo he pensado alguna vez.

— ¿Qué había en el paquete?

— Esto. Envuelto en un trapo de cocina y atado con una vuelta de bramante. Pesaba poco y era duro. Para mí que era una caja de betún.

— ¿Y qué hizo usted?

— Cruzar la plaza, subir el escalón de mi casa y dárselo a mi padre en el escritorio. Mi padre lo desató, miró dentro, lo volvió a atar y lo puso en el cajón de abajo. Y a mí me dijo que fuera a la cocina.

Pilar se pasa la mano por la manta de cuadros. La alisa donde no hay ninguna arruga, del muslo a la rodilla, tres veces. Es lo único que le he visto hacer con las manos en toda la tarde que no sea agarrar el mando.

— Ya está. Eso es todo lo que sé y todo lo que vi. Lo demás lo sabrán ustedes con sus papeles.

— No es poco.

— Es lo que hay. Yo tenía ocho años y me acuerdo del azúcar y del bramante, y de que aquel día llevaba unos zapatos que me hacían daño. De lo importante no me acuerdo, porque a los ocho años nadie sabe qué es lo importante.

— ¿Volvió a hablar con ella?

— Toda la vida. En misa, en la tienda, en la fiesta. Buenos días, Adela. Buenos días, Pilar.

— ¿Y nunca le dijo nada?

— Ni ella a mí ni yo a ella. Cuarenta años dándonos los buenos días en la plaza y luego en la carretera, y no nos dijimos nada más que eso.

Lo dice sin ningún peso. Podría estar dándome el horario del autobús de Barbastro. Y por primera vez en toda la tarde tengo que apartar la vista y hacer que apunto algo en el cuaderno.

———

Salgo a las seis menos diez. Yolanda ya está poniendo el mantel de hule en la mesa camilla, con la sopa en una fuente y un plato tapado con otro plato, y ha subido el volumen de la televisión sin que nadie se lo pidiera.

En la puerta me da la mano y me dice que la señora hoy ha hablado mucho, y que eso está bien, y que otros días no habla nada.

Bajo los tres pisos con la libreta dentro de la mochila. Va entre dos carpetas rígidas y envuelta en su bolsa de tela. Bajo agarrada al pasamanos. No me fío de mis propias piernas ahora mismo.

En el coche la saco. La mido con el metro.

La fotografío por las dos tapas y por el lomo, con la escala al lado y la luz del móvil.

Anoto la hora y el sitio en el cuaderno de campo, con la letra de siempre.

Veintiocho de octubre, dieciocho horas cuatro minutos, avenida de Ordesa, entrega en mano de la propietaria, sin cadena de custodia previa.

Escribo también el nombre completo de la propietaria y su fecha de nacimiento.

Añado que la entrega es voluntaria y que no ha puesto condiciones. Puso una. La apunto también.

Es lo que hago con los objetos. Es lo único que sé hacer con ellos. Esta tarde es también lo único que me sostiene la mano.

Luego me quedo quieta en el aparcamiento veinte minutos. Las dos manos en el volante y sin arrancar. Hasta que se enciende la farola de arriba y el mercado ya está recogido del todo.

Lo último me lo ha dicho antes, en el recibidor, mientras me despedía. Desde la butaca, sin volverse, con el mando todavía en la mano.

— Y otra cosa. Cuando eso se enseñe donde se tenga que enseñar, que ponga quién lo ha dado. Con mi nombre y mis dos apellidos.