Ramiro, 1946
La habitación de la pensión de la calle de Cavallers medía dos noventa por tres sesenta, y tres diez de altura libre.
Ramiro lo sabía porque lo había medido el primer día, con la cinta de tela, y lo había apuntado en la contratapa de un cuaderno.
Diez metros y medio cuadrados. Diez y cuarenta y cuatro.
Dentro cabían una cama de hierro, un armario de dos cuerpos, una silla y la mesa.
La mesa era lo único que había pedido al llegar.
La patrona le subió una de comedor viejo, de un metro por sesenta, con una pata calzada con un pedazo de teja, y él la puso debajo de la ventana y no la movió en siete años.
La ventana daba a un patio de luces. A las diez de la mañana entraba sol dos horas y media en invierno y casi cuatro en junio, y con eso se apañaba. La bombilla del techo era de veinticinco vatios y la patrona no ponía otra.
En el negociado hacía aforos. Salía tres días por semana con el coche, subía a las estaciones de escala, leía los limnímetros y volvía a pasar los datos a los estadillos.
El resto del tiempo cubicaba. Era un trabajo que sabía hacer con los ojos cerrados y en el que no se equivocaba, y firmaba estadillos, y nada más que estadillos.
En el negociado había siete mesas y en cuatro de ellas había hombres que en el treinta y seis estaban en otro sitio.
De eso no se hablaba. Se hablaba del tabaco y de la lluvia.
Colomina, el de la mesa de al lado, le enseñaba todos los lunes la cartilla de su mujer y le decía lo que le habían dado y lo que le tenían que haber dado, y Ramiro le hacía la cuenta en un papel y se la devolvía.
La ciudad estaba a medio levantar. Había manzanas enteras derribadas junto al río y una grúa parada desde antes de que él llegara, con el brazo hacia el puente. Ramiro pasaba por delante los domingos y calculaba de memoria la altura del brazo. Veintidós metros. Veinte y pico.
Había vuelto al escalafón en el cuarenta y uno, en el último grado, con dos años de servicios anulados y la antigüedad desde cero.
Cobraba seis mil doscientas al año. En el treinta y cinco cobraba cinco mil quinientas, y con cinco mil quinientas del treinta y cinco se vivía mejor que con seis mil doscientas del cuarenta y seis.
Los domingos no salía. Se afeitaba con agua de la palangana, bajaba a por el periódico a la esquina, subía los dos tramos y se quedaba en la mesa hasta la hora de comer. En siete años lo había cambiado dos veces, y las dos por un entierro.
Aquel domingo era el veintiuno de abril y hacía viento del oeste, del que trae polvo del secano y hace batir las contras del patio toda la mañana.
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El primer papel lo empezó a las once y cuarto de la mañana.
Empezó por el principio. Era lo suyo. Escribió que había salido de Barbastro en abril del treinta y nueve con dos años de separación del servicio.
Escribió que no había firmado el informe de las Foces en el treinta y cuatro y que se lo habían pedido dos veces.
Escribió que la libreta de hule se la había dejado a ella en julio del treinta y seis para que no se mojara, y que había pensado en ella cada vez que llovía en Lérida, y esa frase la tachó antes de terminarla, porque era falsa por la mitad y en lo escrito no se puede dejar media cosa falsa.
Escribió también lo del veintinueve de abril del treinta y nueve, y lo escribió con la fecha y con la hora, porque de aquella tarde se acordaba con la hora.
Escribió que se había ido porque se lo había pedido ella y que no había vuelto a subir por lo mismo.
Y escribió, ya al final, que llevaba siete años dándole vueltas a qué había hecho él para merecer aquel vete, y que no le había salido nada.
Cuatro folios. Tres y medio.
Los leyó a la una menos veinte, de pie, con los folios contra la ventana para que les diera la poca luz del patio. Aquello se parecía más a un descargo que a una carta. Y un descargo se le manda a un tribunal, no a una mujer que no ha preguntado nada.
Los rompió en cuatro y los echó a la palangana, y luego los sacó de la palangana porque el agua estaba limpia y la patrona la subía a pulso desde el primero.
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El segundo lo escribió después de comer, con el café de la patrona todavía en la mesa.
Este iba de Julián. Puso que se había enterado en el treinta y nueve, en Barbastro, por un pliego pegado en una pared, y que lo había leído dos veces porque la primera no lo había creído.
Puso que había preguntado dos veces por el expediente y que las dos le habían contestado con la misma frase.
Puso que sentía mucho lo de su hermano y que Julián le había arreglado un jalón partido en el treinta y tres sin que él se lo pidiera.
Siete años.
Ese fue el problema con el segundo papel, y lo vio en cuanto escribió la fecha en la cabecera: que un pésame que llega con siete años de retraso no es un pésame, y que ella iba a mirar la fecha antes que la firma, porque Adela Buisán miraba siempre la fecha primero.
Lo dobló, lo metió en el bolsillo de la chaqueta y no lo rompió hasta la noche.
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El tercero lo escribió el martes, no el domingo, y lo escribió a lápiz para poder borrar.
Este era práctico. Preguntaba por la libreta.
Si la conservaba, si la había dado, si se había quedado en la fonda o se la había llevado alguien, y si quería que él pasara a recogerla, que podía pedir dos días en agosto y bajarse a Aínsa en el coche de línea.
Ponía también que si no la tenía, no pasaba nada, que aquello a estas alturas ya no servía para nada.
Lo leyó dos veces y lo borró entero con la goma, línea por línea, hasta dejar el folio gris y todavía usable para otra cosa. Tardó más en borrarlo que en escribirlo.
Le estaba pidiendo algo. Siete años sin escribir, y la primera carta era una petición, y para pedir ya tenía él bastante con la administración de lunes a sábado.
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El cuarto lo escribió el domingo siguiente, a las nueve y diez de la mañana, y le llevó cuatro minutos.
Adela: Estoy en Lérida desde el treinta y nueve. Volví al escalafón en el cuarenta y uno, en el último grado, y hago aforos. Si alguna vez le queda una habitación libre, la pago por adelantado, como la primera vez. Ramiro Lahoz.
Lo leyó una vez y no lo corrigió, y era la primera cosa que escribía en siete años sin corregirla.
Lo dobló en tres, lo metió en un sobre de los de la papelería de la esquina y escribió las señas con la letra de los planos: Fonda Buisán, Valdebruna, provincia de Huesca. Debajo, más pequeño, el remite.
Estuvo un rato con el sobre cerrado encima de la mesa, del lado de la ventana, junto al tintero.
Lo puso paralelo al borde largo. Después lo puso paralelo al corto.
Y luego en diagonal, en mitad del tablero, donde se queda todo lo que uno no sabe dónde poner.
Luego se levantó, cogió la chaqueta del respaldo y bajó a la calle sin volver a mirarlo.
En la estafeta de correos había cola de seis personas y un olor a goma arábiga que se le quedó en la ropa. El sello costaba cuarenta céntimos. La mujer de la ventanilla se lo pegó ella, le dio un golpe con el puño en el matasellos y lo echó al saco sin mirarlo.
Eran las once menos veinte de un domingo de finales de abril. Salió a la calle y se fue andando hasta la Seo vieja por el camino largo, mil doscientos pasos más, y los contó.
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Del correo a Valdebruna había tres saltos. De Lérida a Barbastro, de Barbastro a Aínsa y de Aínsa arriba, que en aquellos años subía con el coche de línea dos veces por semana y a veces una. Doce días para la ida. Diez, si la carta cogía el coche del jueves.
Ramiro hizo la cuenta el lunes en la mesa del negociado, en el reverso de un estadillo, y le dio que si contestaba, la respuesta podía estar en Lérida el veintitrés de mayo. Guardó el estadillo. No lo tiró.
No la esperó todos los días. Los martes y los viernes bajaba a la conserjería de la pensión y miraba el casillero de la letra ele. Las demás mañanas se iba derecho al negociado sin pasar por el zaguán, y lo hacía a propósito, y las dos cosas le costaban lo mismo.
Aquel mes lo invitaron a una merienda en casa de Colomina por el santo de su mujer. Le sentaron al lado de una tal Teresa, viuda de un factor de la estación, que habló muy poco y le preguntó dos cosas del oficio y las dos con sentido.
Volvió andando por el paseo, con la grúa parada a la derecha, y se acostó a las once.
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El sobre volvió el catorce de mayo, un martes, y por eso lo vio el mismo día.
Estaba en el casillero, con el nombre de él hacia fuera, y no venía dentro de otro sobre ni traía nada añadido más que dos cosas. Un matasellos de Barbastro del día once. Y, cruzado en diagonal sobre las señas, escrito a lápiz azul con letra grande y con mucha prisa, Devuélvase al remitente.
Ramiro lo cogió del casillero, subió los dos tramos de escalera y lo puso en la mesa, del lado de la ventana.
La solapa estaba entera. La goma, seca y sin levantar en ningún punto del borde. Le dio la vuelta dos veces y miró el reverso al trasluz de la ventana del patio, que a esa hora no daba luz suficiente para nada.
No había manera de saber si aquel lápiz azul lo había escrito un cartero, un ordenanza de la estafeta de Aínsa o una persona en un portalón. Ninguna de las tres cosas se podía comprobar desde aquella habitación.
Lo guardó en la maleta de cartón, debajo del forro suelto, con la cartilla militar y la copia de la resolución del expediente del treinta y nueve. Cerró la maleta con la correa, la subió con las dos manos y la volvió a poner encima del armario, donde estaba desde el cuarenta y uno y donde siguió.
Aquella semana no escribió nada más. El jueves le tocaba la escala de Balaguer y fue, y el viernes pasó los datos, y el sábado se cortó el pelo.
El martes siguiente le tocaba subir a Camarasa con el coche del negociado a comprobar dos escalas y a repasar el perfil de un vado. Salían a las seis de la mañana desde la puerta del negociado, y a las seis de la mañana, en mayo, en Lérida ya era de día.