Raquel, 2025
Lo tengo todo encima de la cama, en la habitación de arriba de El Cinco. El radiador hace ruido a las siete y no hay manera de pararlo.
A la izquierda, las fotocopias de Barbastro, en el orden en que las pedí.
El aval de octubre del treinta y ocho, la firma de Ovidio Nerín, el nombre de Ramiro Lahoz Used escrito a máquina en el hueco y la palabra suficiencia dos veces.
A la derecha, lo que no hay. Ni un papel a nombre de Julián Buisán Sesé, ni una diligencia, ni una entrada de registro con ese apellido en todo el año treinta y ocho.
He mirado tres cajas y las he mirado hoja por hoja. He pedido el índice antiguo y el índice nuevo. He preguntado a la archivera dos veces. La segunda ya con vergüenza. Las dos sabíamos que yo buscaba la ausencia de una cosa, y eso en un archivo no hay manera de buscarlo. Se acepta.
En medio de la cama, la caja de galletas de hojalata del piso de mi abuela.
Y la cuenta sale sola. Es una cuenta de dos líneas y la puede hacer cualquiera que sepa leer una fecha. En octubre del treinta y ocho hay un aval firmado para el hombre de fuera. En enero del treinta y nueve hay una lista pegada en una pared de Barbastro con el nombre del hermano.
Mi bisabuela vendió a su hermano por un hombre.
Digo mi bisabuela. No lo era. Adela Buisán era la tía de mi abuela Amparo. Se pasó cincuenta y ocho años dejando que todos creyéramos lo otro. Y yo he tardado cinco semanas en enterarme de algo que en Zaragoza no se planteó nadie. Ni mi madre, ni las hermanas de mi madre, ni yo.
Me levanto y abro la ventana. Fuera hay cuatro grados y se oye el generador del camping, que lo apagan a las once. Cierro. Recojo los papeles por el orden de la signatura y los meto en la carpeta. Luego me quedo sentada en la cama, con la carpeta encima de las rodillas y sin abrirla.
———
A mi madre la llamo a las diez y veinte, que para ella es tarde.
— ¿Pasa algo?
— No. Una pregunta.
— Empezamos bien.
— La abuela Amparo. Adela no era su madre. Era su tía.
Al otro lado se oye la televisión. Luego deja de oírse.
— Eso no puede ser.
— Está en la partida del registro civil de Aínsa. Padre, Julián Buisán Sesé. Madre, Rosario Sanromán. Adela era la hermana de él.
— Toda la vida hemos dicho la bisabuela Adela.
— Lo hemos dicho toda la vida y está mal dicho.
— ¿Y por qué no lo dijo nadie?
— Eso es lo que te llamo a preguntar yo a ti.
Y no me contesta, y en el silencio se oye una silla. Me quedo con el bolígrafo apoyado en el renglón, como si esto fuera una entrevista y no mi familia.
— Háblame de ella. De cuando ya era mayor.
— ¿Qué quieres que te diga? Era tu abuela. La has visto toda la vida.
— La he visto los domingos. No es lo mismo.
Mi madre tarda. No es que se lo esté pensando. Está apagando la televisión del todo y sentándose, y eso lo hace antes de hablar en serio desde antes de que yo naciera.
— En el dos mil nueve la llevé a Panticosa tres días, con las de la parroquia. Volvimos por Aínsa y por el pantano.
— Por la carretera de arriba.
— Por esa. El autocar paró en el mirador ese que hay en la curva. Bajaron todas a hacer fotos de la torre.
— ¿Y ella?
— Ella no bajó.
Lo apunto. Dos mil nueve, Panticosa, mirador, no baja. Si no lo apunto ahora, mañana lo tengo redondeado.
— ¿Se encontraba mal?
— Se encontraba estupendamente. Se quedó sentada con el bolso encima de las rodillas y la ventanilla a medio bajar. Cuando volvieron las demás preguntó si habían tardado mucho.
— ¿Y nadie le dijo nada?
— Le dijeron que se lo había perdido. Y ella dijo que qué bien se había quedado la tarde.
Escribo qué bien se había quedado la tarde entre comillas, con la hora al lado, y me doy cuenta de que llevo dos minutos entrevistando a mi madre.
— Mamá, ¿ella nombraba a Adela?
— La nombraba. Decía la tía. Nunca decía mi madre y nunca decía mi tía. Decía la tía, así, sin nada delante.
— ¿Y del pueblo?
— Del pueblo, el frío. Que de cría se helaba el agua de la jofaina y había que romperla con el mango del cepillo. Eso lo dijo veinte veces y nunca dijo dónde.
— ¿Y nada más?
— Raquel, tu abuela estuvo cuarenta años en una fábrica con cien mujeres y hablando con todas. No era muda. Es que de aquello no hablaba.
Hay una diferencia entre no hablar y callarse, y mi madre la acaba de decir sin saber que la ha dicho. Yo la apunto igual.
— Otra cosa. La caja de galletas del altillo.
— Los trastos.
— Dentro hay una llave grande con una chapita y un cuatro.
— Ah, la llave. Esa la llevaba en el llavero hasta que se rompió la anilla. Yo tendría quince años. La llevaba con la del piso, con la del buzón y con la del cuarto de la plancha.
— ¿Y qué abría?
— Nada. Se lo pregunté una vez.
— ¿Y?
— Me dijo que abría una puerta que ya no estaba. Y se puso a pelar patatas.
En mi oficio esa frase es un dato. En mi casa era la manera de terminar una conversación, y funcionaba, y a mí también me ha funcionado durante cuarenta y un años.
— Mamá.
— Dime.
— ¿Tú crees que ella sabía lo del aval?
— ¿Cómo va a saberlo?
— No lo sé. Por eso lo pregunto.
Mi madre tarda otra vez, y esta vez tarda más, y no apaga nada porque ya está todo apagado.
— Cuando murió la tía, en el noventa y ocho, tu abuela subió al entierro ella sola. En autobús y en taxi. No quiso que la llevara nadie y no dijo dónde había sido.
— Fue en el cementerio de arriba.
— Eso lo sabes tú ahora. Yo tenía treinta y nueve años y me quedé en casa con vosotras.
Cuelga como cuelga siempre, a mitad de la despedida, y yo me quedo con el teléfono en la mano y con la libreta abierta por una hoja en la que hay cuatro renglones y ninguno es un documento.
———
El jueves escribo el apartado 4.3 de la memoria. Contexto histórico y proceso de expropiación. Son once folios y los tengo casi hechos desde la semana pasada.
Escribo cuatro párrafos sobre el aval y los escribo bien.
Cito la signatura, la caja, el folio y el reverso donde estaba archivado, que no es el suyo.
Pongo la fecha, pongo la firma, pongo la relación de parentesco entre la titular de la finca 41 y el señor Buisán Sesé, con el número de la partida del registro civil de Aínsa.
No pongo ni un adjetivo. En doce años de oficio no he puesto un adjetivo en una memoria y no voy a empezar por esto.
Y luego los selecciono y los borro.
Me quedo un rato mirando el hueco que dejan cuatro párrafos cuando ya no están.
Es un hueco de nada. Dos líneas en blanco.
Guardo el archivo. Lo abro otra vez a los diez minutos y vuelvo a escribir el primer párrafo, más corto y sin el parentesco, y lo borro también.
Esta vez guardo, cierro el portátil, lo meto en la funda y bajo a cenar.
Charo me pone judías con oreja y les pone un ocho, nota alta viniendo de ella.
Están de nueve y no se lo digo. Llevo dos días sin hablar más de tres frases seguidas.
Ella lo ha notado y no me pregunta nada.
Esa cualidad la tiene y no se le nota. Se sienta al otro extremo de la barra con el crucigrama.
Me deja cenar sola sin que parezca que me deja sola.
———
El viernes subo con Marcos al mirador de encima del camping. Él va a comprobar una baliza y yo voy porque necesito quince minutos con alguien que no sea yo.
Desde ahí se ve el vaso entero. El barro. Las sesenta y dos plantas del pueblo. La torre sin campanas. Y la cicatriz clara de la orilla, que marca hasta dónde sube el agua cuando esto está lleno. Detrás de mí, el panel de acero corten con el escudo de casa Nerín en la esquina.
Marcos trae el termo en una mano y la libreta de partes en la otra.
No suelta ninguna de las dos hasta que se sienta en el murete.
Sirve dos vasos y me da uno. Nuestros dedos se tocan en el plástico un segundo.
Ninguno de los dos hace nada con eso. El café está ardiendo y nos lo bebemos igual, y es entonces cuando se lo cuento: lo del aval, lo de que no hay nada de Julián y lo de los cuatro párrafos.
— ¿Y qué has hecho?
— Borrarlos.
Marcos deja el vaso encima del murete, muy despacio, y se queda mirando el vaso.
— ¿Los vas a volver a escribir?
— No.
— ¿Por qué?
— Porque con lo que tengo solo se puede escribir una cosa. Y esa cosa es que una mujer de veinticinco años cambió a su hermano por un ingeniero.
— No era ingeniero.
— Marcos.
— Perdona. Sigue.
— Que no lo sé. Que en el papel pone un nombre y no pone por qué. Y si yo escribo eso en una memoria con número de registro, dentro de dos años está en un panel del centro de interpretación resumido en cuarenta palabras.
Marcos no dice que no.
— Y en cuarenta palabras solo cabe la parte fea.
Marcos coge la libreta de partes, la abre por donde cae y la vuelve a cerrar sin mirarla. Tiene las manos moradas de frío por el dorso y limpias por las palmas. En él eso es raro. Este hombre se pasa el día tocando hierro.
— ¿Sabes lo que acabas de hacer? — dice.
— Dímelo.
— Has decidido tú sola lo que puede saber la gente.
— He decidido no publicar media verdad.
— Eso es exactamente lo que ha hecho todo el mundo en este valle durante ochenta y siete años.
Lo dice mirando el agua y sin ningún énfasis encima, y por eso duele. Yo me pongo de pie. En este trabajo, cuando me pongo de pie, es que ya he perdido.
— Tu abuelo se quedó cinco días encerrado en su casa y luego se calló cuarenta años — digo.
— Mi abuelo contaba lo de las Foces a todo el que quería oírlo. Y no le creía nadie porque no tenía un papel. Ahora hay un papel, lo tienes tú, y lo estás guardando.
— El papel no dice lo que tú quieres que diga.
— El papel dice lo que dice. Escríbelo y que lo lea quien lo tenga que leer.
— ¿Y quién lo lee, Marcos? Lo lee Fito. Lo lee Ignacio. Lo lee tu prima la del camping y lo lee la de la panadería de Aínsa. Y a partir del lunes, en este valle, mi familia es la familia que vendió a uno de los suyos.
— Tu familia lleva siendo eso desde el treinta y cinco. Lo que pasa es que hasta ahora te lo decían a la cara y no por escrito.
Eso me lo tenía guardado o le ha salido solo, y las dos cosas son malas. Me subo la cremallera del forro hasta arriba y le doy el vaso, que todavía tiene café.
— Tú cierras las compuertas el uno de diciembre — le digo.
— Yo cierro las compuertas.
— Y firmas el parte.
— Y firmo el parte. Todos los días de mi vida desde hace veinte años.
— Pues no me des lecciones de escribir cosas.
Marcos se levanta, recoge el termo y los dos vasos y los mete en la mochila. Ordena así cuando se está callando algo. Baja unos metros por la pista y se para.
— En enero te vas — dice, sin volverse.
— Sí.
— Pues escribe lo que sea antes de irte. Porque el que se queda soy yo.
Bajamos a la furgoneta. Me deja en la puerta de El Cinco con el motor en marcha y no apaga las luces largas hasta que entro.
Esa noche llamo a mi madre y no se lo cuento.
Hablamos del coche, que tiene que pasar la revisión, y de una vecina suya que se ha roto la cadera.
Al final me pregunta cuándo vuelvo y le digo que en enero.
Nos damos las buenas noches y colgamos, y me quedo con el teléfono en la mano, de pie en mitad de la habitación, cuatro o cinco minutos.
———
La caja de galletas es de hojalata azul y pone Palma de Mallorca en la tapa. No sé por qué. Mi abuela Amparo no fue a Mallorca en su vida, y se lo pregunté una vez y se rió.
La foto y la llave las he mirado cien veces desde julio.
El sobre, no. Es pequeño, amarillo por los bordes, con un sello de cuarenta céntimos y el matasellos de Lérida.
Va dirigido a la fonda, a Valdebruna, provincia de Huesca, con una letra de ingeniero: pequeña, inclinada, con los números clavados.
Cruzado en diagonal, a lápiz azul y con otra letra, pone Devuélvase al remitente.
Y está cerrado, con la solapa entera y la goma seca, setenta y nueve años después y sin que lo haya abierto nadie.
Lo tengo un rato en la mano. Lo pongo a contraluz de la bombilla y dentro se ve la sombra de una hoja doblada en tres, una sola.
Podría abrirlo esta noche con el cuchillo de la cena.
En el archivo esto se abre con espátula, con guantes y con una ficha de apertura firmada.
Aquí no hay ficha ni hay archivo. Hay una cama de hostal, un radiador que hace ruido y yo.
Lo dejo otra vez en la caja, encima de la llave, y pongo la tapa.
La tapa de estas cajas no cierra sola. Hay que darle con la palma.