Adela, 1939-1941
La duodécima vez fue el trece de enero, un viernes, con hielo en las cunetas desde Escalona y con la niebla parada sobre el Cinca como una tapa, y el conductor tuvo que poner cadenas antes de Ligüerre y llegaron media hora tarde.
Las once anteriores habían sido iguales entre ellas: una muda limpia, media hogaza, un puñado de higos secos cuando quedaban, y el papel doblado en cuatro con la fecha de la última vez que le habían dejado entregar algo.
En noviembre había vuelto dos veces al despacho de don Emiliano y le había pagado otras ciento cincuenta pesetas por delante.
De allí salió con una lista de papeles que trajo enteros en diciembre menos uno.
Aquel había que pedirlo en Huesca, y en Huesca no contestaban.
Doce viajes de siete horas de camino, ciento ocho pesetas de billete y ni una respuesta.
Aquel viernes no salió nadie con la lista.
A las once y media, el de la ventanilla levantó la cabeza y le dijo que mirara en el zaguán; siguió apuntando, y a la mujer que iba detrás de Adela le pidió el nombre y el pueblo con la misma voz de siempre.
En la pared del zaguán, a la altura de los ojos de un hombre alto, había tres pliegos escritos a máquina y pegados con engrudo, y tenían los bordes rizados por la humedad y una esquina levantada que alguien había vuelto a apretar con el pulgar.
Los nombres iban por orden de expediente y no por orden de letra, así que había que leerlos todos, uno detrás de otro.
A Adela le llevó su rato. Delante tenía a dos mujeres que no se apartaban y el pliego del medio quedaba a contraluz.
El nombre estaba en el tercero. Buisán Sesé, Julián. Al lado, en la misma línea, una fecha y una palabra corta.
Detrás de ella, una mujer con un pañuelo negro y un cesto se puso a leer en voz alta y muy despacio, deletreando, sin saber leer de corrido, y otra le iba diciendo los nombres al oído, y de vez en cuando le decía que no, que ese no era, que siguiera.
Adela se apartó para dejarlas pasar y se quedó junto a la puerta, con el hato en las dos manos, hasta que el de la ventanilla la llamó por el apellido y le dijo que pasara a firmar.
Lo que le devolvieron cabía en un envoltorio de papel de estraza atado con cuerda de rafia y pesaba menos que lo que ella había llevado.
Dentro iban la chaqueta de pana, doblada por alguien que no sabía doblar chaquetas, una camisa sin dos botones y los zapatos, con los cordones fuera y los cordones aparte, hechos un ovillo.
Y el reloj de bolsillo de su padre, sin cadena, con la tapa rayada y las manecillas paradas en las cuatro y veinte.
Firmó el recibo con la letra que usaba para el libro de cuentas, redonda y apretada y sin apoyar la muñeca; el hombre le dio las gracias. Aquel hombre daba las gracias. Y le dijo que mirara el envoltorio antes de irse por si faltaba algo, y ella contestó que no faltaba nada, y no lo abrió.
Preguntó una sola cosa, y la preguntó fuera, en el patio, a un ordenanza que estaba fumando junto a la fuente.
— ¿Dónde?
— Eso yo no lo sé, señora.
— ¿Y quién lo sabe?
— Nadie que vaya usted a encontrar hoy.
No lo sabía, se le notaba en cómo agarraba el cigarro, y a Adela le pareció bien no saberlo tampoco; le dio las buenas tardes y salió a la calle con el envoltorio contra el pecho.
El coche de vuelta salía a las tres y cuarto, así que le sobraron tres horas y media, y las gastó en la plaza del Mercado, sentada en el pretil, con el paquete en las rodillas; enfrente descargaban una tartana de alubias y un chico de doce o trece años bajaba los sacos de uno en uno.
Se le cayó uno dos veces en el mismo sitio y las dos veces lo volvió a subir al hombro él solo.
Comió media hogaza de la que llevaba. La otra media la volvió a guardar en el hato, porque tirar pan no lo había hecho en su vida y no iba a empezar aquel día.
———
Llegó a Valdebruna a las siete y media de la tarde, con la pista helada desde el cruce, y los últimos dos kilómetros los hizo andando, y el del carro no subía los viernes y en enero no subía casi nadie.
En la fonda había cuatro de la brigada de repaso de la carretera cenando en la mesa de la ventana; su padre estaba en la cantina y su madre en la cocina, con la olla, y la tía Ramona pelaba cardo sentada en la banqueta baja con el barreño entre los pies.
Adela dejó el envoltorio encima del mostrador sin desatarlo, y se quitó el pañuelo y el abrigo y los colgó en su sitio antes de decir nada, porque si se hubiera puesto a hablar con el abrigo puesto habría tenido que volver a colgarlo después.
Encarna salió de la cocina con el paño al hombro, miró el envoltorio, luego a su hija, luego otra vez el envoltorio.
— ¿Está todo?
— Está todo.
— ¿Y el reloj?
— El reloj también.
Encarna se acercó, deshizo el nudo de la rafia con las uñas y apartó la chaqueta y la camisa con el dorso de la mano, sin tocarlas más de lo necesario. Cogió el reloj. Le dio cuerda con dos vueltas y se lo quedó escuchando en la palma.
Andaba.
Se lo llevó a Máximo a la cantina sin decir una palabra y volvió a los tres minutos.
El resto de la noche estuvo sirviendo cenas y cobrando y diciéndoles a los de la carretera que el vino de la garrafa nueva estaba mejor que el de la vieja.
No lloró delante de ellos, ni delante de nadie, ni aquella noche ni ninguna de las que Adela le vio después.
Máximo cerró la cantina a las diez, una hora antes de lo suyo, y se sentó en el comedor a oscuras con el reloj encima de la mesa y las manos a los dos lados. Ahí seguía cuando su hija bajó a las doce a apagar la chapa y a echar la llave del portalón.
Rosario estaba arriba con la niña, que llevaba dos días con calentura y con los mocos verdes, y bajó cuando ya se habían ido los de la carretera.
Se lo dijeron en la cocina, con la puerta cerrada y la olla todavía en el fuego, y Rosario preguntó tres veces la misma cosa de tres maneras distintas, y las tres veces le contestaron lo mismo con las mismas palabras.
Después subió otra vez, porque la niña estaba llorando y porque en aquella casa la gente subía a hacer algo cuando no sabía qué hacer.
La tía Ramona se quedó pelando cardo hasta las once y media, y pelaba y maldecía por lo bajo, en el aragonés cerrado que le venía de su madre, y no se santiguó ni una vez en toda la noche.
———
Ramiro llegó a la fonda el veintinueve de abril, un sábado, a media tarde, cuando el sol daba todavía en la fachada de casa Nerín y en la plaza estaban los chicos con el juego de la lata.
Adela lo vio desde el mostrador antes de que llamara, porque venía por la calle del Horno y por la calle del Horno no venía nadie de fuera.
Traía una maleta de cartón atada con una correa y un abrigo que le venía grande de hombros, y estaba más flaco y más viejo de lo que le tocaba a un hombre de treinta y cinco años.
Se paró en el portalón sin entrar, debajo del rótulo, con la boina en la mano.
— Adela.
— Ramiro.
— Me han resuelto el expediente. Dos años de separación del servicio, sin haberes. Puedo volver al escalafón en el cuarenta y uno, en el último grado.
— Bien.
— Me voy a Lérida, a casa de un primo de mi madre que tiene un taller. Le escribí en marzo y me contestó que sí.
— Bien.
Ramiro cambió el peso de un pie al otro y miró hacia dentro, al comedor, a las ocho mesas vacías y a la chapa de la cocina apagada un sábado a media tarde, cosa que en aquella casa no había pasado nunca. Después volvió a mirarla a ella y empezó una frase por el nombre de Julián.
— Vete — dijo Adela.
— ¿Qué?
— Que te vayas.
Él dejó la maleta en el suelo, cosa que no había hecho hasta entonces.
Le preguntó por qué, y se lo preguntó bien, sin levantar la voz.
Dos veces seguidas y con las mismas palabras, que era como preguntaba él las cosas desde el primer día que subió a aquel valle.
La segunda vez añadió que si había hecho algo se lo dijera, que él lo entendería, y que le parecía que tenía derecho a saberlo.
Adela cerró el libro de cuentas que tenía abierto encima del mostrador y lo puso derecho, con el canto contra el borde.
— Vete, Ramiro.
Se quedó todavía un momento en el portalón, mirando el libro cerrado y no a ella, y luego cogió la maleta, se puso la boina y bajó por la calle del Horno hacia la carretera sin volverse.
Adela lo estuvo mirando desde la puerta hasta que dobló por la fuente, y después entró, y abrió otra vez el libro, y apuntó dos jornales de la cuadra y un cántaro de vino que casa Bara le debía desde el jueves.
———
Rosario se murió en octubre del año siguiente, de unas fiebres que empezaron un lunes.
El practicante de Boltaña subió a verla el jueves, cuando ya no había mucho que ver, y dijo que eran de las malas y que aquello o remitía en dos días o no remitía.
Para el domingo estaba en el cementerio de arriba, junto a la tapia de poniente, a media hora de camino desde la plaza y por encima de todo lo demás.
Amparo tenía tres años y medio y no se enteró de nada, o se enteró de otra cosa.
Durmió dos noches con la abuela. A la tercera se subió sola por la escalera de madera, con la manta a rastras y agarrándose al pasamanos gastado de la tercera curva, se metió en la cama de Adela sin pedir permiso y allí se quedó.
Nadie en la casa dijo nada. Encarna bajó del falso el jergón pequeño y lo puso a los pies de la cama grande, y Adela lo dejó puesto y no lo usó nunca. La niña siguió durmiendo arriba con ella, y en el pueblo la llamaron la de Rosario durante un tiempo, y después dejaron de llamarla nada.
Máximo empezó aquel invierno a equivocarse con el vino, y no en las cuentas, que las cuentas de la cantina las llevaba su hija desde los quince, sino en las garrafas.
Sacaba la del tinto flojo cuando le pedían del otro y se enfadaba con quien se lo decía.
Encarna le quitó las garrafas de delante en enero, sin discutirlo, poniéndoselas detrás del mostrador donde él no llegaba sin agacharse, y él se dejó.
La primera palabra entera que dijo la niña aquel invierno fue cántaro, y la dijo mal, y en la fonda estuvieron diciéndola mal a propósito hasta bien entrado el verano.
En el pueblo no se le dijo nada a la cara y se dijo todo lo demás.
La Nicolasa de casa Puyalón, que había mandado a su nieta a jugar a la fonda todas las tardes del otoño, dejó de mandarla en enero, y cuando Adela se lo preguntó en la tienda le contestó que la cría tenía mucho que hacer en casa. La cría tenía seis años.
En abril se repartieron los cargos de la cofradía del Rosario y salieron los nombres de las mujeres de nueve casas y no salió el de la fonda, que llevaba dando la cera desde antes de la guerra.
Se lo contó su madre en la cena, sin darle importancia y sin levantar los ojos del plato.
Adela dijo que la cera se daría igual. Y se dio igual.
———
El comedor volvió a abrir en marzo del cuarenta y uno, después de dos años de tener solo la cantina y las dos habitaciones que daban a la calle.
Abrió porque había que abrir. La cartilla de racionamiento daba lo que daba y el suministro llegaba cuando llegaba.
Pero por la carretera de Aínsa habían empezado a subir otra vez arrieros y tratantes y hombres con dos sacos y ninguna explicación.
Todos ellos necesitaban dormir en algún sitio, y pagaban en el día y sin mirar el precio.
Adela hizo las cuentas un domingo por la mañana, con el lapicero y la libreta de tapas de hule marrón que usaba para lo que no iba al libro grande. Cinco pesetas la cama y la cena, y doce camas con los dos camastros del falso.
Su madre se sentó enfrente con el café de achicoria y estuvo un rato mirando la libreta del revés. Así leyó siempre Encarna las cuentas de su hija.
— Sube la cama a seis.
— A seis no duermen.
— A seis duermen. No tienen otro sitio hasta Escalona.
Y tenía razón, y se puso a seis en abril, y no se quejó ni uno de los que subieron aquel año.
De los que subían se sabía poco y se preguntaba menos.
Adela los apuntaba a todos en el libro con el nombre que le daban, que muchas veces no era el suyo.
Nunca le preguntó a ninguno qué llevaba en los sacos, y su madre tampoco, y ese fue el único acuerdo que madre e hija no tuvieron que hablar en toda su vida.
Para abrir en marzo hacía falta el permiso del ayuntamiento, y cal para el comedor, y una cocinera, porque la tía Ramona ya no aguantaba de pie más de dos horas seguidas, y colchones, que se los habían comido los ratones y las chinches y el invierno del treinta y nueve entre los tres.
Adela escribió la lista en la última hoja de la libreta y le salió corta.
La miró un momento y supo por qué le salía corta.
En aquella casa quedaban tres mujeres, una cría de cuatro años y ningún hombre, y eso en una lista no hay manera de ponerlo.