Raquel, 2025
El martes pedí en el ayuntamiento el padrón del cincuenta y cinco y me hicieron once fotocopias a diez céntimos. El jueves ya lo sabía Charo, y el jueves lo sabía el poblado entero, sesenta y un vecinos y una sola calle.
El bar tiene ocho mesas y esta noche hay tres ocupadas, que en Valdebruna Nueva es lleno. Los del fondo son de la brigada forestal y bajan de Bielsa los jueves. La pareja de la ventana lleva los bastones de montaña apoyados en la pared y una guía sobre el mantel, sin abrir.
A las diez y media, cuando ya no queda nadie en la barra, Charo se pone a secar vasos delante de mí y me lo cuenta sin que se lo pregunte y sin mirarme.
— El sábado, en esa mesa de ahí, uno dijo que la de la comarca anda buscando lo de la fonda.
— ¿Y?
— Y otro dijo lo que se decía en su casa de esa casa.
— ¿Qué se decía?
Charo deja el vaso, coge otro y lo empieza a secar por dentro. Un vaso se empieza por dentro cuando no se quiere levantar la cabeza.
— Que la de la fonda sabía la cota antes que el cura.
Lo suelta y sigue secando. No le pone nota a la frase, ni a la noche, ni a nada.
Yo tengo el expediente y contesto con el expediente. Setenta y tres mil setecientas pesetas de justiprecio, con la cuadra y el pozo. Caja doce del archivo de Aínsa. Lo puede pedir cualquiera con el carné.
— Ya — dice Charo.
Cuatro años de brigada durmiendo arriba. Cuatro años de comidas, de vino y de mulas en la cuadra. Eso también está en el expediente. Eso no lo he dicho.
La mujer de los bastones se acerca a la barra al rato. Trae la guía abierta por fin, sujeta con el pulgar, y me la enseña por la doble página.
Es la torre. Cuatro metros de piedra y la veleta en mitad de una lámina de agua azul, a sangre, con un pie de foto de nueve palabras.
— Perdone. ¿El pueblo de abajo se puede visitar?
— Ahora mismo no. Está la pista cortada.
— Es que salía en un vídeo.
— Sale en muchos.
— ¿Y la torre? La torre se ve, ¿no?
— La torre se ve todo el año. Es lo único que se ve todo el año.
Se lo queda pensando. Me dice que han venido desde Pamplona por eso, que han pagado dos noches y que no lo sabían.
Le explico lo de la revisión de la galería y lo del uno de diciembre.
Se queda con la guía abierta y no dice nada más.
Mañana se van a otro sitio. Charo, desde la cocina, les recomienda las foces de Escalona y les pone un nueve.
———
El viernes bajo al pueblo con Marcos. Hace sol y el barro está duro.
Trabajo toda la mañana en la cuarenta y uno, una planta rectangular de ciento ocho metros cuadrados en la esquina de la plaza con la calle del Horno, con los muros hasta la altura del pecho y un hierro retorcido dentro que fue una cocina.
Y luego me pongo con el umbral, lo único entero de toda la casa. Una losa de caliza gris de metro sesenta, gastada en el centro por la mitad de un siglo de gente entrando. Encima quedan dos jambas y un trozo de dintel caído hacia dentro.
En el dintel hay cuatro agujeros. En línea, a la misma altura, con los bordes limpios.
Diámetro ocho milímetros, separación cuarenta y un centímetros entre el primero y el segundo.
Los mido, los fotografío con la escala al lado y los apunto en la ficha como cuatro perforaciones antrópicas de anclaje, sin más.
No sé de qué son. Escribo lo que veo y sigo bajando por la calle del Horno.
———
El cartel lo pusieron a primeros de mes en el mirador que hay encima del camping.
Un panel de dos metros por uno, con estructura de acero corten y una lona impresa.
Una recreación del pueblo con el agua bajando y una silueta de mujer con pañuelo mirando hacia la torre.
Y en la esquina de abajo, entre el logotipo de la comarca y el del programa europeo, un escudo de piedra dibujado a línea.
Es el escudo del portalón de la casa grande. Lo tengo fotografiado desde el veinte de septiembre, unidad siete. En diciembre tendrá cuatro metros de agua por encima.
———
Ignacio Nerín entra el sábado a las diez menos cuarto, cuando ya no queda nadie más que la pareja de los bastones y yo. Trae el móvil en una mano y las llaves del coche en la otra y no suelta ninguna de las dos cosas en toda la conversación, ni para saludar.
— Buenas noches, Raquel. ¿Se ha quedado sin cenar?
— He cenado.
— Charo, ponme un cortado, que luego no duermo y me da igual.
Se sienta enfrente sin preguntar si puede. Es cordial de verdad, y ahí está lo que más trabajo me da de él. Que no finge.
— Me han dicho que estuvo la semana pasada en Barbastro. En el archivo.
— Estuve.
— Muy bien. Cuando esto empezó le dije a la comarca que no me mandaran a nadie a hacer fotos bonitas. Que me mandaran a alguien que se metiera en las cajas.
Charo trae el cortado y se va sin ponerle nota, y es la primera vez en cinco semanas que la veo servir algo callada.
— Su contrato termina el doce de enero — dice Ignacio —. Cuatro meses. Llevo doce años firmando contratos de cuatro meses y he visto a mucha gente hacer las maletas en enero.
— Todavía no he entregado la memoria.
— Ya lo sé, y no le estoy ofreciendo nada. Le estoy diciendo que en septiembre, cuando abra el centro, va a hacer falta alguien que sepa lo que hay debajo del agua.
Y ahí tiene razón. Eso es lo que nadie me contó de este trabajo. Que el que te aprieta suele llevar encima la mitad de los argumentos, y que la mitad buena no se la puedes quitar.
— El convenio lo firmé yo — añade, y da un sorbo —. La nómina se la paga la comarca, pero el convenio lo firmé yo. Ustedes documentan, nosotros señalizamos.
Es la misma frase de septiembre, con la misma pausa antes de señalizamos.
— ¿Y si lo que documento no cabe en un cartel?
Ignacio deja la taza en el plato con mucho cuidado, sin ruido, y se toma su tiempo.
— Entonces hacemos dos carteles.
———
Marcos llega cuando Ignacio ya se ha ido. Se queda en la puerta con el forro polar de la central y las llaves de la furgoneta colgadas del índice, mira el bar entero de una pasada y me localiza. Descuelga mi chaqueta del perchero, la sostiene abierta y espera.
Le doy las buenas noches a Charo. Charo levanta la barbilla y le pone un seis a la noche, que para un martes de octubre dice que está bien.
Fuera hace cuatro grados y huele a la leña de todas las chimeneas del poblado a la vez. Marcos me pone la mano abierta en la espalda, entre los omóplatos, y me lleva hasta la furgoneta sin apretar y sin decir nada, igual que se saca a alguien de un pasillo estrecho. Es un segundo y medio.
Dentro huele a perro, aunque no tiene perro. No arranca. Se queda con las dos manos en lo alto del volante y mira la carretera vacía. En Zaragoza, un silencio de veinte segundos dentro de un coche es una avería. Aquí es una frase.
— Lo que me ha contado Charo — empiezo.
— Lo que te ha contado Charo lo dice todo el mundo. Lo que pasa es que a ti te lo ha contado de frente.
— ¿Tú también?
— Yo cierro las compuertas el uno de diciembre. Yo no tengo derecho a opinar de quién cobró en el treinta y uno.
Lo dice mirando el parabrisas y no a mí, y ahí se acaba la parte fácil de la noche. Marcos tiene las manos de un hombre que abre y cierra válvulas: cuadradas, con una uña partida y una marca vieja de quemadura en el dorso de la derecha. Las baja del volante y las deja en las rodillas.
— El que lo dijo el sábado es mi primo. Fito Callizo, el de la desbrozadora del ayuntamiento. Hijo del hermano de mi padre.
— Ya.
— Su abuelo y el mío son el mismo hombre. A él le tocó la casa de la calle de Abajo y a mí me tocó la central.
Le repito lo del justiprecio, con la caja y con el número, porque me ha salido bien en el bar y porque necesito que me salga bien aquí. Marcos me deja terminar, más de lo que hace casi nadie cuando explico esto.
— Raquel, el papel lo escribió el que pagaba.
Y ahí me quedo sin respuesta. Porque esa es buena, y porque en el noventa por ciento de mi oficio es verdad.
Arranca. La calefacción tarda en tirar y hasta la curva del depósito subimos con el vaho de los cristales comiéndose el pueblo por los bordes.
— ¿Y qué le contesto a tu primo la próxima vez?
— Nada.
— Marcos.
— Que no le contestes nada, Raquel. Fito tiene razón en lo del abuelo.
———
Para en la puerta de El Cinco y no apaga el motor, y yo no abro la puerta.
Van cinco semanas de esto. Cinco semanas de bajar juntos a las ocho y de subir juntos a las cinco.
De pasarme el jalón antes de que se lo pida, de un café en el mismo termo, de una mano en la espalda que duró un segundo y medio.
Tengo cuarenta y un años y llevo seis sin nada de esto.
Y sé perfectamente lo que estoy haciendo cuando no abro una puerta.
El limpiaparabrisas va a intermitente y hace ese ruido de goma seca. Fuera hay cuatro grados. Dentro huele a perro, y no tiene perro, y el cuadro le ilumina la mitad de la cara desde abajo.
Alargo la mano y le bajo el cuello del forro polar, que lo lleva medio subido desde el bar. Es un gesto de nada y tardo demasiado en hacerlo. Le rozo el borde de la mandíbula con dos dedos y no aparto los dos dedos.
Marcos se queda muy quieto. Este hombre se queda muy quieto cuando pasa algo importante y cuando se atasca una compuerta.
— Raquel.
— Dime.
— Si sigues, aparco.
Me lo dice mirando al frente, con las dos manos en el volante y con la voz un tono más baja, la misma con la que dicta cotas por radio. No sé lo que me pasa por dentro con eso. Sé lo que me pasa por fuera: que se me va el aire un segundo entero.
Quito los dedos. Los quito yo y los quito despacio, y me quedo con la mano en la palanca del cambio, que está entre los dos y que no es de nadie.
— Hoy no.
— Hoy no.
— No es que no quiera.
— No he pensado eso.
— Es que si esto empieza hoy, empieza el día en que me han contado lo de mi bisabuela en una barra. Y no quiero que empiece ese día.
Marcos asiente una vez. No me pregunta cuándo. Cualquiera lo preguntaría, y yo no sabría contestar.
Abro la puerta y el frío entra de golpe.
— Raquel.
— Dime.
— Mañana a las ocho.