La fonda de Valdebruna Raquel, 2025
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Raquel, 2025

A Barbastro se baja en una hora y cuarto por una carretera que va bien hasta Aínsa y muy bien a partir de ahí. Sesenta y ocho kilómetros. Los hago el quince de octubre con la furgoneta y con dos cafés.

Barbastro en octubre huele a mosto. Es la semana de la vendimia tardía y hay camiones de uva parados en la entrada, con la caja tapada con una malla verde y el remolque goteando.

Voy porque Valdebruna era del partido judicial de Barbastro y porque los expedientes de expropiación se tramitaban por el juzgado. La copia que tengo en Aínsa está incompleta y le faltan folios. Aquí, en teoría, está el duplicado.

La sala de consulta tiene seis mesas, tres lámparas y un cartel que pide silencio en cuatro idiomas.

Me atiende un chico de unos treinta que se llama Aitor y que lleva un lápiz detrás de la oreja y guantes de nitrilo colgando del bolsillo.

Le doy la signatura, le doy la petición firmada y me dice que tarda veinte minutos.

Tarda cuarenta. Trae un legajo de un palmo, atado con balduque blanco, con una etiqueta de los años ochenta pegada encima de otra de los cincuenta.

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El legajo huele a lo que huelen todos. A polvo seco y a un punto de humedad antigua. Aitor me deja también una cuña de gomaespuma para que no fuerce el lomo, y no hace falta, porque este legajo no tiene lomo.

El expediente de la Vellosa en Barbastro tiene doscientos once folios y va por fincas.

Las primeras cuarenta son de casa Nerín y de dos vecinos más, y ahí se ve lo que ya sabía: once hectáreas de regadío en la Cerollera, valoradas a un precio que hoy da risa y que entonces daba para menos. Luego vienen las casas del pueblo por orden de calle.

Un expediente de expropiación se lee como se lee cualquier inventario. Primero el bien, luego la superficie, luego la valoración, luego las alegaciones si las hubo. En este las alegaciones ocupan cuatro folios en total y son todas de casa Nerín.

La finca cuarenta y uno está en el folio ciento seis.

Está mecanografiada con una máquina que tenía la ele descentrada, en papel de barba de mala calidad, y en el margen izquierdo lleva un sello de registro con fecha de mil novecientos cincuenta y siete.

Finca número 41. Propietaria: doña Adela Buisán Sesé, mayor de edad, soltera, vecina de Valdebruna.

Descripción: edificio destinado a fonda, denominado Fonda de Valdebruna, sito en la plaza, esquina a la calle del Horno, de planta baja, piso principal y falsa, con cuadra, patio y pozo, de superficie aproximada trescientos ochenta y cuatro metros cuadrados.

Abajo viene la valoración, con tres partidas y una suma. Edificio, sesenta y cuatro mil doscientas pesetas. Cuadra y corral, ocho mil. Pozo, mil quinientas. Y en la última línea, la palabra conforme y una firma que sube hacia la derecha.

Lo leo dos veces por el gusto de leerlo. Es la primera vez en cinco semanas que veo el nombre de la casa escrito en un papel oficial.

Y luego le doy la vuelta al folio, porque siempre se le da la vuelta al folio.

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En el reverso hay un texto mecanografiado que no tiene nada que ver.

Es una copia de papel carbón, morada, desvaída por arriba y bien legible por abajo. Está torcida respecto al borde de la hoja. Y está impresa en la cara que en 1957 alguien decidió que era la cara limpia, porque en 1957 el papel se aprovechaba por los dos lados.

Lo primero que pienso es que se ha traspapelado un documento de otro expediente. Es lo que pasa siempre. Los archivos están llenos de papeles que se cayeron de una carpeta y volvieron a otra.

Tardo unos segundos en entender lo que estoy viendo. El archivo no se ha equivocado. Alguien reutilizó la hoja.

Don Ovidio Nerín Latre, mayor de edad, propietario, vecino de Valdebruna, provincia de Huesca, con cédula personal número cuatro mil ciento diecisiete, certifica: que conoce a don Ramiro Lahoz Used, ayudante de Obras Públicas, natural de Zaragoza, de treinta y cuatro años de edad, por haber prestado sus servicios en el término de esta localidad desde el año mil novecientos treinta y uno, y que durante dicho tiempo observó conducta intachable, sin haberle conocido intervención en actividad política alguna.

Y para que conste donde convenga, firma la presente en Valdebruna a veinticuatro de octubre de mil novecientos treinta y ocho.

Debajo, la firma. Es una firma pequeña y apretada, muy distinta de la de don Fabián Orduna.

Ramiro Lahoz Used. Mil novecientos cuatro. Mil novecientos ochenta y nueve. La lápida de la izquierda, en el cementerio de la cota ochocientos treinta y uno, al lado de la de Adela.

Me levanto y voy al mostrador con el folio en la mano, sujetándolo por el borde y con el reverso hacia arriba. Le pregunto a Aitor si esto es normal. Se pone los guantes antes de tocarlo y yo se lo agradezco sin decírselo.

— ¿Papel reutilizado? Muchísimo. En los cincuenta se hacía en todas partes.

— ¿Y no se cataloga lo del reverso?

— Se cataloga lo que va en el expediente. El reverso es basura administrativa. Nadie lo mira.

Le pido una reproducción certificada del folio ciento seis, por las dos caras, y él me dice que eso hay que solicitarlo y que tarda. Lo solicito. Relleno el impreso, pago siete euros con veinte y me guardo el resguardo en la carpeta de gastos.

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Después me leo los doscientos once folios. Los doscientos once, uno por uno y por las dos caras. No sé hacerlo de otra manera y además no se puede hacer de otra manera.

Tardo cuatro horas y veinte minutos, y a las dos y media me echan para comer y vuelvo a las cuatro. Le doy la vuelta a todos los folios que se pueden dar la vuelta. Reversos con texto hay nueve.

Ocho son papel de contabilidad de una serrería y una relación de jornales de 1943.

El noveno es este. El de la fonda. El que tengo delante desde las once y media de la mañana y que sigo sin poder explicar del todo.

En todo el expediente no hay ni un aval más. Ni uno a favor de nadie del pueblo, ni uno firmado por otra persona, ni uno con otro nombre. Solo hay este, en el reverso del folio de la fonda, y no debería estar aquí en absoluto.

Y en todo el expediente no aparece ni una sola vez el apellido Buisán acompañado de otro nombre que no sea Adela.

———

A las seis y media me duelen los ojos y tengo la libreta con cuarenta y una anotaciones. Ninguna de las cuarenta y una sirve para nada por sí sola. Todas juntas tampoco.

Salgo a las siete y llamo a mi madre desde el aparcamiento, apoyada en la puerta de la furgoneta, con el sol ya bajo y una fila de coches saliendo del polígono.

— ¿Pasa algo?

— No pasa nada. Es una pregunta de las de antes.

— Ay, Raquel.

— Mamá, ¿tú sabes cómo se llamaba el padre de la abuela Amparo?

Hay un silencio de esos que se miden. Oigo la televisión de fondo y oigo que se levanta y que se va a otra habitación. Lo hace siempre que una conversación amenaza con durar más de dos frases.

— Julián.

— ¿Julián qué más?

— Julián nada más. Julián. La abuela decía mi padre Julián y ya está.

— ¿Y qué le pasó?

— Murió en la guerra.

— ¿Dónde?

— Raquel, que yo tenía ocho años cuando preguntaba esto. Murió en la guerra. Eso es lo que se decía en casa y eso es todo lo que sé.

— ¿Y la abuela nunca contó más?

— La abuela no contaba nada de allí arriba. Nada. Ni del pueblo, ni de la casa, ni de nadie. Y cuando yo insistía me decía que qué manía con lo viejo.

Mi madre tiene sesenta y seis años y una capacidad para no hablar de esto que a mí me habría venido muy bien en otras cosas de la vida. No le duele. Le parece una pérdida de tiempo, y no lo disimula.

Le pregunto una cosa más y me arrepiento mientras la estoy preguntando.

— ¿Y el señor que está enterrado al lado de la bisabuela? Lahoz.

— Ese fue el que llevó el hostal con ella. Toda la vida. Yo de cría lo llamaba tío Ramiro. — Y ahí baja la voz, aunque esté sola en su casa —. Se casaron muy mayores, ¿eh? Y hasta entonces, nada. Eso en el pueblo no se decía.

———

Ceno un bocadillo en el coche, en el arcén de la variante, con las luces de Barbastro detrás. Subo de noche, con la carretera vacía y con niebla a partir de Escalona. Tardo una hora y media porque voy despacio.

Charo me ha dejado la cena tapada con un plato y una nota que dice siete y medio. Hoy tocaba merluza. Me la como de pie en la cocina. Está fría y está buena.

En la habitación, a las once y media, saco la libreta y escribo lo que tengo. Es lo único que sé hacer cuando no entiendo nada.

Uno. Octubre de 1938. Ovidio Nerín firma un aval de buena conducta a favor de Ramiro Lahoz Used, de Zaragoza, que llevaba siete años viviendo en la fonda.

Dos. Julián Buisán, del pueblo, de esa misma casa, padre de mi abuela, murió en la guerra y no hay ni un papel suyo en doscientos once folios.

Tres. La copia del aval acabó archivada donde no le tocaba, y por eso existe.

Y luego, debajo, escribo una cuarta línea que no pienso poner en ningún sitio.

Los Nerín firmaron por el de fuera y no firmaron por el de la casa.

La leo. La subrayo. Escribo debajo, sin pensarlo, una frase de cinco palabras: y ella se quedó con él.

Y ahí está el problema de las frases de cinco palabras. Que caben en cualquier sitio. Que no piden un número de registro, ni una signatura, ni una nota a pie, y que se quedan igual de quietas en el papel tanto si son verdad como si no lo son.

Cierro la libreta y me tumbo vestida encima de la cama con la luz encendida y el techo con la mancha de humedad, y no me quito las botas hasta la una.

En algún momento, entre la una y las dos, me siento en el borde de la cama y digo en voz alta, en una habitación de un bar de un pueblo de sesenta y un habitantes, la pregunta que llevo cuatro horas sin hacerme.

Y si a un hombre le firman un papel que le salva la vida, ¿quién lo pidió?