La fonda de Valdebruna Adela, 1938 #2
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Adela, 1938 #2

— Mi padre baja a Barbastro el veinticinco. Antes del veinticuatro por la mañana.

— Tendrá el nombre mañana.

— Adela, yo lo siento.

— Fermín, no me diga usted eso.

Se dieron la mano en mitad del despacho, y Fermín se la cogió con las dos suyas, como se da la mano en un entierro, y ese fue el único momento de toda la tarde en que a Adela le costó trabajo estarse quieta.

Fue hasta la puerta ella sola, sin esperar a que se la abrieran, y con la mano ya en el picaporte se volvió a medias y dijo la última cosa de aquella tarde.

— Dígale a su padre que ponga el nombre a máquina. A mano no lo voy a poder mirar.

———

Bajó los catorce metros de la plaza despacio, con la luz de octubre ya en el suelo, y en la puerta del horno había tres mujeres hablando que se callaron cuando pasó y volvieron a hablar cuando llevaba cinco pasos.

Eso llevaba pasando desde marzo del año treinta y cinco y aquella tarde le dio exactamente igual.

Entró en la fonda a las ocho menos veinte y sirvió veintidós cenas entre el comedor y la cantina, y cobró veinte y fio dos.

Encarna le preguntó dos veces qué le habían dicho y las dos veces Adela contestó que lo estaban estudiando.

Ramona le preguntó una y le contestó lo mismo.

Su padre no preguntó nada. Llevaba desde julio sin preguntar nada, y aquella noche se acostó a las once después de haber fregado él los vasos, cosa que en aquella casa hacía siempre otro.

A las doce y cuarto la casa estaba callada, y arriba tosió Rosario dos veces y luego se quedó.

Adela puso el candil en el mostrador de cinc y abrió el cajón de la derecha, el de las gomas, los sellos y las facturas viejas, y de debajo de todo, envuelta en un trozo de bayeta, sacó la libreta.

Hule negro. Tapas cosidas con hilo grueso y las esquinas de abajo blandas de tanto bolsillo.

La abrió por la mitad, con cuidado y sin apoyarla del todo en el mostrador.

En la primera hoja, arriba, había una fecha y una palabra: junio de 1933, Foces.

Después venían páginas y páginas de columnas: profundidades, metros y centímetros, horas de la mañana con los minutos, y unas letras repetidas que ella no sabía leer y que estaban en todas las hojas.

Cada tanto un dibujo pequeño hecho a lápiz, en sección, con rayas cruzadas.

Había siete grupos de hojas y cada grupo empezaba con una S y un número.

Buscó la del cuatro, la única que le decía algo, y la encontró pasada la mitad del cuaderno. Y en la tercera línea, con la letra pequeña y derecha de un hombre que escribía a las siete y cuarto de la mañana con las manos frías, ponía una cosa que Adela leyó dos veces y que entendió a la primera.

Caliza sana. Seis metros cuarenta.

Pasó las hojas hasta el final, despacio y con el dedo, mirándolas todas aunque no entendiera ninguna.

Los partes se acababan a la mitad de una hoja, en agosto del treinta y tres, con una raya y la hora.

Detrás no quedaba más que papel en blanco, quince hojas o dieciséis, con el canto rojo intacto y sin estrenar, esperando un trabajo que se quedó sin hacer.

Cerró la libreta y la dejó encima del mostrador, al lado del libro de cuentas del año, y las dos cosas juntas ocupaban menos que una fuente de las de servir.

Estuvo así hasta la una y media, sentada en el taburete del mostrador, con el candil bajo y sin tocar ninguna de las dos cosas.

———

A la una y media fue a la cocina, sopló las brasas cubiertas hasta que se pusieron rojas, se calentó encima de la chapa un buen rato y volvió al mostrador.

De lo que Adela pensó entre la una y media y las dos de la madrugada del veintitrés de octubre de mil novecientos treinta y ocho, en la cantina de una fonda de un pueblo de doscientos habitantes, no hay nada escrito en ninguna parte.

No hubo testigos y no se levantó acta. Lo que sí se puede contar es lo que hizo con las manos.

Envolvió la libreta en la bayeta de secar los vasos, lo único de aquella casa que no tenía dueño, y ató el paquete con un bramante de los de las facturas, dos vueltas y un nudo, y le sobró bramante y lo cortó y lo guardó.

Estuvo un rato con las dos manos encima del paquete y con la vista en el reloj de la cantina, que adelantaba cuatro minutos al día y los llevaba adelantando desde antes de que ella naciera.

Luego apagó el candil de un soplo, subió a acostarse parándose en la tercera curva de la escalera como se paraba siempre, y no durmió.

Podía haberlo mandado con Perico, que subía a casa Nerín tres veces por semana con el pedido y volvía con el cesto vacío sin que nadie levantara la vista de lo suyo.

Podía haber salido a las siete de la mañana, con la plaza todavía sin luz y con escarcha en el pilón, y dejarlo en el portalón de arriba y volverse por la calle del Horno, y en el pueblo no se habría enterado nadie hasta el jueves.

Se levantó a las cinco, encendió la lumbre, hizo el pan, puso los pucheros, sirvió los desayunos de los tres que quedaban en la casa, fregó, subió a cambiarse y bajó a las doce menos cinco con el paquete en las dos manos.

La misa acababa de salir. La plaza estaba como está una plaza un domingo de octubre a mediodía: los hombres en el lado del sol, las mujeres en el de la fuente, los chicos dándole patadas a una lata en la cuesta y todo el mundo con tiempo de sobra.

La cría bajaba en ese momento del portalón de casa Nerín con el abrigo azul y las manos metidas en las mangas.

Adela cruzó media plaza y se paró delante de ella.

— Buenos días, Pilar.

— Buenos días.

Los corros no se callaron, porque un pueblo no se calla nunca del todo, pero bajaron la voz.

Adela se agachó para ponerse a su altura, le puso el paquete en las dos manos y le dijo que lo llevara así, con las dos, y que no lo soltara hasta el portalón de su casa. La cría dijo que sí con la cabeza.

Y entonces Adela, todavía agachada y sin soltarle las manos, le dijo el nombre.