Adela, 1938
Adela se puso los zapatos buenos y se recogió el pelo delante del espejo picado de la cocina. Subió a casa Nerín el tres de octubre por la mañana y la recibió don Ovidio en el zaguán y de pie, y estuvo cuatro minutos.
Dijo lo que había ido a decir: que a su hermano lo tenían en Barbastro señalado para consejo y sin fecha, y que hacían falta informes de personas de solvencia, y que su casa llevaba treinta y un años dando de comer a esta casa y a los que venían a esta casa.
Lo tenía preparado desde la noche anterior y se lo había dicho tres veces en voz baja mientras fregaba, y le salió entero y en el orden que llevaba pensado; era lo único que estaba en su mano hacer bien aquella mañana.
Don Ovidio la escuchó entero, sin interrumpirla una sola vez, con el sombrero en la mano aunque estuviera en su propio zaguán.
— Lo estudiaremos — dijo.
Y esa fue toda la respuesta, y en el valle esa respuesta se conocía bien, porque era la que daba casa Nerín cuando alguien pedía agua de la acequia fuera de turno.
Adela bajó los catorce metros de la plaza y se metió en la cocina y se puso a pelar patatas para once, y a las dos de la tarde la fonda dio de comer como todos los días.
Pasaron diecinueve días y no bajó nadie de aquella casa a decir nada.
Diecinueve días en una fonda son diecinueve días de trabajo, y eso fue lo que hubo, y se hizo la matanza pequeña de octubre, se enjalbegó el comedor y Adela apuntó cada tarde lo que había entrado y lo que había salido con la misma letra apretada y la misma raya doble al final de la semana.
Encarna subió una vez y la recibió doña Camila, que le dio conversación durante media hora sobre un catarro y no la dejó llegar al asunto; Máximo no subió porque Máximo no servía para eso. Y Adela no volvió a subir, porque en aquella casa lo que se pide dos veces ya no se está pidiendo.
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La cría llegó el veintidós de octubre a las cinco menos cuarto de la tarde.
Se llamaba Pilar, tenía ocho años y era la pequeña de don Ovidio, nacida cuando su padre pasaba ya de los cincuenta, y en el pueblo se la conocía porque era la que iba con los recados desde que aprendió a andar deprisa.
Aquella tarde llevaba el abrigo azul de los domingos en día de labor, una postilla en la rodilla izquierda y un lazo puesto por alguien que tenía prisa.
Traía un papel doblado en la mano derecha, y lo traía con el puño cerrado, apretado, y no lo soltó en toda la plaza ni al entrar en el portalón, y solo lo soltó cuando Adela salió de la cantina y se puso delante de ella.
— Que se lo dé a la señorita Adela y a nadie más.
— Soy yo.
— Ya lo sé.
Adela abrió el papel allí mismo, de pie en el portalón, con la cría todavía delante y con la mano izquierda todavía en el picaporte; eran dos líneas escritas a pluma con letra clara.
Que si tenía la bondad de pasar por la casa aquella tarde a las siete.
En la fonda se leen así los papeles que traen los críos, de pie y en la puerta, y un papel que trae un crío o es un encargo de comida o es un aviso, y en los dos casos hay que contestar en el momento.
Adela dobló el papel por donde venía doblado y se lo guardó en el bolsillo del delantal. Se quedó un momento así, con la mano en el bolsillo y sin decir nada, y la cría se quedó mirándola desde abajo con la boca un poco abierta y sin marcharse. Nadie le había dicho que se marchara.
— Dile a tu padre que iré.
— Bueno — dijo la cría, que tenía ocho años y todavía no sabía que a los recados no se contesta.
Y salió corriendo por la plaza, con el abrigo azul abierto y sin abrochar, y subió los seis escalones de casa Nerín de dos en dos.
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A casa Nerín se entra por un portalón con escudo de piedra encima, seis escalones y un zaguán empedrado.
De ahí sale una escalera de piedra con la barandilla de hierro y, en el primer descansillo, un banco corrido donde se sienta a esperar el que viene a pedir.
Adela conocía aquel banco desde niña, porque su padre había esperado en él dos veces.
El despacho de don Ovidio da al norte, con una mesa de nogal con el tapete verde, un armario de puertas de vidrio con los libros de las fincas por años, y un reloj de pared que atrasa cuatro minutos al día.
En aquel despacho no estaba don Ovidio.
Estaba Fermín, de pie junto a la mesa, con una carpeta cerrada delante y con el pelo peinado con agua, y tenía treinta y tres años, era el hijo mayor y llevaba desde el treinta y cinco llevando los asuntos de la casa, y aquella tarde le abrió la puerta él mismo y le retiró la silla a Adela para que se sentara.
— Siéntese, por favor. ¿Quiere agua?
— No, gracias.
— Hace calor todavía para ser octubre.
— Sí.
Fermín se sentó al otro lado. No en el sillón de su padre, sino en la silla de al lado, en el mismo lado de la mesa que ella y con la mesa de canto, y aquel detalle era de las cosas que Fermín Nerín hacía muy bien.
— Mi padre me ha pedido que hable yo con usted. Está delicado del pecho.
— Que se mejore.
— Gracias.
Abrió la carpeta, y dentro había tres hojas escritas a máquina que Adela no llegó a ver en toda aquella tarde.
— Vamos a lo suyo y no nos entretenemos. Su hermano está en la prisión de partido de Barbastro y está señalado para consejo de guerra. Nosotros lo sabíamos antes que usted, porque mi padre tiene quien le informe en Huesca. Se lo digo para que no perdamos el tiempo.
— Se lo agradezco.
— Mi padre puede firmar un informe de conducta. Lo firma él, lo firma el señor cura si mi padre se lo pide, y lo hace subir por un conducto que llega. Eso vale. En estas cosas no vale todo lo que se firma, y lo de mi padre vale.
Adela tenía las dos manos encima del regazo, quietas, una encima de la otra.
— Entonces, ¿lo firma?
Fermín miró la carpeta y no la abrió más.
— Hay otro nombre.
— ¿Qué otro nombre?
— Ramiro Lahoz Used. Ayudante de Obras Públicas. Está en Barbastro desde junio, detenido en Bielsa, y tiene abierto expediente de depuración. Eso lo he visto yo con mis ojos en una relación de la Jefatura.
Y ahí Adela no dijo nada. Cualquier cosa que hubiera dicho en aquel momento habría sido peor que el silencio, y los dos lo sabían.
— Adela, no le voy a hacer perder el tiempo ni se lo voy a hacer perder a mi padre. De lo otro no he venido a hablar. En mi casa no se ha hablado y no se va a hablar, y con eso ya le digo bastante.
— ¿Entonces?
— Un aval, Adela. Mi padre firma uno. No dos.
El reloj de pared dio las siete y cuarto y los dos esperaron a que acabara de dar, y en aquellos segundos Adela se fijó en que el reloj atrasaba. El de la torre de San Bartolomé había dado el cuarto un rato antes, y desde el despacho se oye la torre perfectamente.
———
Adela había hecho cuentas toda su vida, y lo que le pusieron delante aquella tarde era la única cuenta que no se puede hacer, porque no tiene unidad. Un aval no se divide en dos medios avales. No se aplaza. No se cambia por trabajo ni por dinero ni por diez años de fiado.
— ¿Y por qué no dos?
— Por dos razones y las dos son verdad. La primera es que un informe de mi padre vale porque mi padre no firma nada más que cuando responde. Si firma por dos, el segundo le quita el valor al primero, y quien los lea lo va a ver antes que usted y que yo.
— ¿Y la segunda?
— La segunda es más fea y por eso se la digo. Uno de los dos es de este pueblo y estuvo movilizado. El otro es de fuera, no estuvo en filas y lo que tiene es un expediente de papeles. No son la misma clase de asunto. Mi padre firma por el que tenga arreglo.
— ¿Y cuál tiene arreglo?
— Eso no lo sé yo.
Fermín se levantó y fue hasta la ventana y estuvo un momento mirando hacia fuera, aunque desde aquella ventana no se ve la plaza. La del despacho da al norte y lo único que hay enfrente es la pared del pajar.
— Y hay otra cosa. Esta la pide mi padre y la pido yo.
— Diga.
— El señor Lahoz le dejó a usted un cuaderno el día que se fue. Un cuaderno pequeño, negro. Lo queremos.
El frío le llegó a las manos antes que a ninguna otra parte del cuerpo, y se las apretó una contra la otra encima del regazo y no se movió de la silla.
— ¿Y eso quién se lo ha contado?
— Adela, en este pueblo hay balcones.
— ¿Y para qué lo quiere su padre?
— Para tenerlo.
— Eso no es una razón.
— Es la que le voy a dar.
Se volvió y se apoyó de espaldas en el alféizar, con los codos hacia atrás, y siguió con el mismo tono de siempre, que era el tono con el que se pregunta por la salud de una tía.
— Mire, yo no sé lo que hay en ese cuaderno y prefiero no saberlo.
Mi padre tampoco lo ha leído. Lo que sabemos es que ese hombre estuvo dos veranos en las Foces con una sonda y que después no firmó lo que le pusieron delante, y eso lo sabe medio Huesca.
Con eso basta para que un papel escrito de su puño esté mejor en un cajón de esta casa que en el bolsillo de nadie.
— ¿Y si no se lo doy?
— Entonces hablamos solo del aval, y yo le pido que se lo piense igual, porque lo del aval sigue en pie con cuaderno o sin cuaderno. Lo del cuaderno se lo pido aparte y por las buenas.
Y esa fue la única frase de toda la tarde que Adela no supo si creerse, y las dos posibilidades eran malas.
———
Estuvieron callados mientras fuera empezaba a caer la tarde y en el despacho se puso la luz de octubre, amarilla y de poco rato, y ninguno de los dos encendió la lámpara.
— Fermín.
— Dígame.
— Si su padre firma por mi hermano, ¿sale mi hermano?
Fermín tardó en contestar y contestó con la verdad, y eso fue lo único decente que pasó en aquella habitación.
— No lo sé. Yo no soy juez ni conozco a los que juzgan. He visto salir a hombres con un aval y he visto no salir a hombres con tres. Lo único que le puedo decir es que sin ninguno es peor.
— ¿Y con el otro? ¿Con el de fuera?
— Con el de fuera es un expediente administrativo y esos se resuelven con informes, que es exactamente para lo que sirve un informe. Yo diría que sí. Pero tampoco lo sé.
Adela se levantó y se alisó la falda con las dos manos, una a cada lado, y se quedó mirando el tapete verde de la mesa y el borde de la carpeta cerrada.
— ¿Cuándo lo necesita?