Adela, 1938
El valle cambió de mano en abril y en Valdebruna se supo por la carretera, como se había sabido todo desde que empezó la guerra.
Un martes no subió nadie y el miércoles subieron tres camiones, que estuvieron dos horas y preguntaron por el alcalde, y el alcalde llevaba desde febrero sin aparecer por el ayuntamiento; se llevaron los libros del padrón, dejaron un bando pegado en la puerta y se fueron antes de comer.
Lo que vino después fue papel.
Hubo que renovar la cédula personal. Hubo que sacar salvoconducto para bajar a Aínsa y otro distinto para pasar de Aínsa, y lo firmaba el presidente de la comisión gestora, que era el secretario de siempre con otro cargo y con la misma mesa.
Hubo que declarar el ganado y hubo que declarar el grano, cada cosa en su impreso y cada impreso por duplicado.
Y hubo que entregar en el ayuntamiento, antes del quince de mayo, una relación de las personas de la casa con la edad y el paradero de cada una, y en la casilla del paradero de Julián Buisán Sesé, Adela escribió la palabra desconocido, y era verdad y fue lo peor que escribió en su vida.
De aquel papeleo, lo que se le quedó fue el orden en que iban las cosas: primero el nombre, después la edad, después el paradero, y al final una casilla estrecha para observaciones donde no cabía una frase entera.
Aquel mayo entendió por primera vez que un impreso también se diseña para que no quepa lo que a uno le haría falta decir.
Mosén Arturo volvió el veinte de abril, abrió la iglesia y dijo misa el domingo siguiente con la iglesia llena, y en la puerta saludó a todo el mundo por su nombre igual que antes, y en el pueblo aquello se agradeció más de lo que se dijo.
Nadie le preguntó dónde había estado los veinte meses largos que faltó, ni él lo contó, y se dio por bueno que no se hablara de eso.
Tampoco se habló de otra cosa. En la relación que se llevaron los camiones de abril había nombres subrayados a lápiz en el margen, y el lápiz no había subido de Aínsa.
Nunca se supo de quién era la mano, porque nunca se preguntó, y hubo dos casas de la calle de Abajo que dejaron de hablarse aquel mayo y siguieron sin hablarse hasta que se murieron los viejos de las dos.
El reloj de la torre siguió andando por encima de todo aquello, con su cuerda de los martes, y fue de las pocas cosas de aquel año que no hubo que declarar en ningún impreso.
En Valdebruna hubo aquellos meses gente que lo pasó muy mal y gente que respiró, y en general fueron las mismas casas de siempre las que estaban arriba y las mismas de siempre las que estaban abajo.
A los Buisán no les pasó nada. No les pasó nada porque una fonda da de comer a todo el que entra y de eso no se libra nadie, y porque casa Nerín no movió un dedo en contra de ellos, y las dos cosas contaban y Adela lo sabía.
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Rosario pasó aquel verano en la cama, con la puerta del cuarto entornada y con la cría entrando y saliendo a gatas, y a partir de julio ya no preguntaba por Julián todos los días sino cada dos o tres, y eso en aquella casa lo entendieron todos y no lo comentó ninguno.
Amparo cumplió un año en abril, andaba desde junio agarrándose a las patas de las mesas del comedor y se pasaba el día en la cocina con la tía Ramona, que la llamaba por cuatro nombres distintos y ninguno era el suyo.
De Julián no se sabía nada desde el nueve de marzo.
La última carta traía matasellos de Lérida y en ella preguntaba por la cría, por Rosario, por la madre, por el padre y por la mula, en ese orden, y decía que le habían dado unas alpargatas.
En mayo Adela empezó a preguntar, y preguntar en el treinta y ocho tenía sus pasos, y a esos pasos en el valle se les llamaba la ronda, y las mujeres se los enseñaban unas a otras en la puerta del horno.
El primer paso era la comisión gestora del pueblo, que no sabía nada y que lo decía en dos minutos. El segundo era Aínsa: el juzgado, el cuartel y la parroquia.
En el segundo paso se aprendía además una cosa que no estaba escrita en ninguna parte, y era el tono.
Se entra despacio, se saluda, se dice la casa de la que se viene y no se levanta la voz ni se llora delante de la mesa, porque el que llora delante de la mesa tarda más.
Eso se lo dijo a Adela una mujer de Boltaña en la puerta del cuartel de Aínsa, y fue el mejor consejo que le dieron en dos años.
El tercero era Barbastro, y a Barbastro había que ir.
Adela bajó por primera vez el dos de agosto, con el salvoconducto, tres huevos duros y ciento veinte pesetas cosidas por dentro del forro de la chaqueta.
El coche de línea sale de Aínsa a las seis y cuarto de la mañana y tarda tres horas y media largas, con dos paradas, y los sesenta y ocho kilómetros se hacen enteros de pie si no llegas el primero.
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Un edificio con una ventanilla es una máquina, y la máquina no tiene mala intención, y esto es lo que hay que entender para no volverse loca.
En la ventanilla había un hombre de unos cuarenta años con manguitos negros y con una lista. La lista tenía nombres y al lado de cada nombre unas siglas. El hombre no era malo y miraba la lista, y decía lo que ponía en la lista y no decía nada más, y cuando no ponía nada decía que no constaba.
— Buisán Sesé, Julián.
— No consta.
— ¿Y eso qué quiere decir?
— Que en esta relación no consta.
— ¿Y en qué relación consta?
— Eso yo no se lo puedo decir.
Detrás de Adela había veintitantas mujeres y dos hombres viejos, y todas las mujeres llevaban un papel en la mano, y algunas llevaban tres o cuatro papeles.
Y no había manera de enfadarse con él, y eso era lo peor, porque aquel hombre no había decidido nada de lo que pasaba en aquel edificio, cobraba trescientas pesetas al mes y leía en voz alta cuarenta veces al día lo que le habían puesto delante en una hoja escrita por otro.
Adela lo vio durante cuatro mañanas y en las cuatro hizo lo mismo y con la misma cara, y a la cuarta lo saludó por costumbre.
La cola se aprende en dos mañanas, y lo primero que se aprende es que hay que llegar a las siete aunque abran a las nueve.
Se aprende que a los de fuera de la ciudad los atienden por la tarde, y que por la tarde cierran a la una y media.
Se aprende que si te falta un papel te mandan a por él y que el papel que te falta lo dan en otro sitio, y que ese otro sitio abre las mismas horas que este.
Y se aprende, sobre todo, que la máquina no te dice que no. La máquina te dice que vuelvas.
Adela bajó a Barbastro cuatro veces entre agosto y septiembre. Cuatro viajes de siete horas de camino, cuatro salvoconductos, cuatro días de fonda cerrada por la mañana, y ochenta y ocho pesetas gastadas entre billetes y comida.
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El abogado se llamaba don Emiliano y tenía el despacho encima de una tienda de tejidos, en la calle del General Ricardos, en un segundo con una placa de latón sin brillar.
La cuota eran ciento cincuenta pesetas por adelantado y sin recibo.
— ¿Sin recibo?
— Señorita, esto no es un pleito de aguas.
Adela pagó las ciento cincuenta, que llevaba cosidas en el forro, y las descosió allí mismo, con las tijeras pequeñas que llevaba en el bolso, delante de él, y le contó los billetes en la mesa uno a uno y en voz alta.
El despacho tenía una mesa grande, dos sillas para las visitas y un armario con carpetas atadas con balduque, y encima de la mesa había once expedientes puestos en dos montones y un tintero seco. En la pared, un calendario de una casa de vinos de Barbastro con la hoja de junio, tres meses atrás.
Don Emiliano no era un ladrón, y eso hay que decirlo. Hizo lo que se podía hacer, y era poco: averiguar dónde estaba el expediente, ver por dónde iba, decir qué papeles hacían falta y avisar de una cosa que Adela ya había oído en la cola y que nadie le había dicho tan claro.
— Lo que vale son los avales.
— ¿Los qué?
— Informes de buena conducta. De personas de solvencia. Cura, alcalde, patrono, propietario. Cuantos más y mejores, mejor.
— ¿Y eso se compra?
— Eso no se compra, señorita. Eso se pide.
Y esa fue la primera vez en su vida que a Adela le dijeron con todas las letras que lo que iba a pesar en la suerte de su hermano era la firma de la gente que quisiera ponerla debajo de su nombre, y muy poco lo que él hubiera hecho o dejado de hacer.
Salió de allí y se quedó en la calle sin saber para qué lado tirar, y era el veintitrés de septiembre y hacía calor de Somontano, y en el escaparate de la tienda de tejidos había un maniquí con un traje de niña de comunión.
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Lo de Julián lo supo aquella misma tarde y lo supo por otra mujer.
Se llamaba Presenta, era de Naval, llevaba tres meses bajando y tenía al marido y a un hijo, y en la cola de la tarde le explicó a Adela lo que significaban las siglas de la lista del hombre de los manguitos. Se las había hecho explicar a un escribiente a base de subir todos los días.
— Si pone así, es que está en instrucción. Si pone lo otro, es que ya está señalado para consejo.
— ¿Y cómo se sabe cuál es cuál?
— Se pregunta por el número, no por el nombre. Pregunte usted por el número de la causa.
Adela volvió a la ventanilla a las doce y cuarto y preguntó por el número, y el hombre de los manguitos bajó el dedo por la hoja, se paró y leyó en voz baja, como leía siempre, sin levantar la cabeza.
Julián Buisán Sesé estaba en la prisión de partido de Barbastro desde el diecinueve de junio y estaba señalado para consejo de guerra sumarísimo, sin fecha.
Adela dio las gracias. Eso es lo que hizo. Dijo gracias, se apartó de la ventanilla para que pasara la siguiente y se fue hasta la pared del fondo, y allí se quedó de pie mirando el suelo hasta que pudo respirar bien.
Lo otro fue quince minutos después y fue en la pared de al lado.
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En el pasillo, entre la ventanilla y la puerta, había un tablón de corcho con cuatro hojas mecanografiadas clavadas con chinchetas.
Aquel tablón no tenía nada que ver con los presos y era de los administrativos que hay en todos los edificios oficiales de España, con circulares y relaciones de personal, y la gente de la cola pasaba por delante sin mirarlo porque no iba con ella.
Adela lo miró porque llevaba desde las siete de la mañana de pie y porque leía todo lo que tenía delante, manía suya desde niña y la única cosa que le quedaba de los cuatro cursos de escuela.
Se leía los bandos, se leía los sobres de las medicinas, se leía las etiquetas de los botes de la cocina y se leía dos veces las circulares del ayuntamiento aunque no fueran con ella.
La hoja de la izquierda decía arriba: Relación de funcionarios y personal auxiliar de los servicios de Obras Públicas de la provincia sujetos a expediente de depuración. Debajo venían los nombres en columna, por orden alfabético, con el cuerpo y la categoría de cada uno.
En la segunda columna, la séptima línea.
Lahoz Used, Ramiro. Ayudante de Obras Públicas. Expediente en trámite.
Adela se quedó delante de la hoja el tiempo que hace falta para leer siete líneas cuarenta veces. Detrás de ella la cola se movía y alguien le dijo dos veces que si iba a pasar, y a la segunda se apartó y dijo perdone.
No copió el nombre. No preguntó en la ventanilla. No hizo nada de lo que había hecho aquella mañana con lo de su hermano, porque para lo de su hermano tenía un procedimiento y para esto no tenía ninguno.
En el coche de vuelta iba sentada al lado de una mujer que llevaba una cesta con dos gallinas vivas y que habló los sesenta y ocho kilómetros de lo cara que se estaba poniendo la harina.
Adela le contestó lo que había que contestar cuatro o cinco veces, y en Naval se bajó la mujer y ella se quedó con toda la fila para ella sola.
Cogió el coche de las cuatro, llegó a Aínsa a las siete y media y subió al pueblo andando los once kilómetros, porque no quiso esperar al carro del día siguiente, y llegó a la fonda a las diez y cuarto de la noche con los zapatos rotos por el empeine.
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Encarna la esperaba levantada, con el fuego cubierto y la sopa hecha.
— ¿Y bien?
— Está en Barbastro. En la prisión de partido, desde junio. Señalado para consejo y sin fecha.
Encarna se sentó. Se sentó despacio, poniendo las dos manos en la mesa primero, y cuando estuvo sentada preguntó lo único que se podía preguntar.
— ¿Y qué hace falta?
— Avales. Firmas de gente de orden.
— Pues mañana subo yo a casa Nerín.
— Mañana no. Déjeme pensar dos días.
Adela se quitó los zapatos allí mismo, debajo de la mesa, y estuvo con los pies descalzos en el suelo de piedra hasta que se le quedaron fríos, y arriba se oyó toser a Rosario y luego a la cría, que tenía año y medio y dormía mal.
— Madre.
— ¿Qué?
— Hoy en Barbastro, en un papel de la pared, he visto el nombre del de Zaragoza.
Encarna dejó de mover la cuchara dentro de la olla y no se volvió.
— ¿Y qué ponía?
— Expediente en trámite.
— Entonces está vivo.
— Entonces está vivo.
Y las dos se quedaron con eso. Era lo único que tenían, y era muchísimo más de lo que tenían de Julián.