Ramiro, 1938
El puente está donde la carretera cruza el barranco por última vez antes de Escalona, y lleva ahí desde antes que la carretera. Un solo vano, estribos de mampostería, el sillar bueno solo en las esquinas.
Está en el kilómetro nueve de la carretera del Cinca contando desde Salinas.
Salva un barranco que baja de la izquierda y que en junio no lleva casi nada.
La carretera es de firme de macadán, de cinco metros con las cunetas, y desde el puente hasta Bielsa quedan once kilómetros y medio.
Once con cuatrocientos, medidos con la rueda.
El frente se había cerrado por abajo el catorce de abril y desde entonces al valle no se entraba ni se salía más que por arriba.
Eso en el puente del nueve no cambió nada durante seis semanas.
Siguieron llegando el pan y las órdenes, siguió pasando el correo y siguió sin arreglarse el estribo de aguas arriba. Estaban allí para eso.
Ramiro llevaba en aquel puente desde el diecinueve de mayo, con cuatro hombres de la brigada y un capataz de Monzón. El capataz se llamaba Sesé y no era pariente de los Sesé del valle, aunque las tres primeras semanas lo hablaron dos veces.
El trabajo estaba claro y era un trabajo de manual. Recalzar el estribo de aguas arriba, que estaba descarnado. Reponer el firme de la entrada. Y dejar el puente preparado, con los alojamientos abiertos en los riñones de la bóveda y las cargas colocadas, para cortarlo si venía la orden.
Los alojamientos los abrió él mismo, con dos hombres y a mano, entre el veintidós y el veinticinco de mayo.
Cuatro huecos, dos por riñón, a metro veinte del arranque.
Es la manera de hacerlo si se quiere que la bóveda caiga entera y no se quede a medias.
A Ramiro le habían enseñado eso en Madrid en el año veintitrés y no lo había hecho nunca.
Las cargas las trajo un teniente el treinta de mayo, en dos cajas. Venían con una hoja de entrega que hubo que firmar por triplicado. Ramiro firmó las tres copias. La orden de cortar no venía en la hoja, y eso también se lo hizo poner por escrito al teniente, en el margen, con la fecha.
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El día tres de junio empezó a subir gente.
Al principio eran pocos y eran de los pueblos de abajo, de Escalona y de Lafortunada, y subían con lo puesto y con una manta.
El día siete ya no cabían en la carretera.
El once había desde el puente hasta la curva de arriba una fila que no se acababa, y desde el puente hasta la curva de arriba hay setecientos metros.
Un puente es un sitio donde se ve pasar a la gente de uno en uno. Por una carretera pasa una multitud; por un puente de doce metros pasa una señora con una gallina debajo del brazo.
Ramiro los contó los tres primeros días, por costumbre, apoyado en el pretil con la libreta.
El día tres pasaron ciento veinte. El día cuatro, cuatrocientos y pico. El día cinco dejó de contar, porque contar sirve para algo cuando el número cambia y no sirve para nada cuando lo que hay es una fila.
Iban andando casi todos. Los que tenían mula llevaban encima a los viejos o los colchones.
Los que llevaban colchones eran los que peor lo habían pensado.
El Puerto Viejo está a dos mil doscientos metros y allí arriba, en junio, todavía había nieve en la cara norte.
Se lo dijo Sesé a una familia el día nueve. La familia siguió con el colchón.
Un carro no pasa del hospital de Parzán. De ahí para arriba es camino de herradura y hay que ir a pie, con la mula del ramal. El último tramo se hace de noche o al amanecer, cuando la nieve está dura y no se hunde.
Eso Ramiro lo sabía por el oficio, no por otra cosa. Un camino de herradura con esa pendiente admite mula y no admite rueda. Con eso basta para entender lo que se estaba haciendo por aquella carretera.
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Llovió del once al quince.
No cayó una tormenta sino una lluvia de las que no se paran, fina y constante y con el cielo pegado a la peña. De las que en el Pirineo pueden durar cinco días y duran cinco días.
El firme de macadán con esa lluvia y con ese tránsito se deshace. El agua se lleva el fino, se levanta la grava y en dos días la carretera es una pasta con piedras sueltas donde una rueda se atasca hasta el eje. Aquello sí era trabajo de Ramiro y aquello sí lo hizo.
Entre el doce y el catorce, con cuatro hombres, echaron veintiséis carretillas de zahorra en el tramo malo de la entrada del puente, recebaron dos veces al día y abrieron a pico dos sangraderas en la cuneta de la izquierda.
Trabajaron los tres días con el agua encima y sin decirse casi nada, porque con lluvia no se habla, se señala.
Y por encima de la zahorra recién echada pasó todo el mundo.
Pasaron mujeres con críos a la espalda, pasaron dos rebaños, pasó un hombre muy viejo sentado en una silla de anea que llevaban entre dos, pasó una máquina de coser encima de un burro.
El día catorce, a media tarde, pasó un chico de unos doce años tirando de una vaca.
La vaca se plantó en mitad del puente y no había manera.
Estuvieron veinte minutos los dos, el chico y Ramiro, empujando por detrás, y al final pasó.
Eso fue lo único que hizo Ramiro en Bielsa que se pueda contar en una casa.
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La orden de cortar el puente no llegó.
Llegaron otras cosas. Llegó el día trece un aviso de que se retirara todo el material que se pudiera.
Llegó el catorce por la mañana un enlace en moto que preguntó por Sesé y estuvo con él cuatro minutos y se fue.
Llegó el catorce por la noche la noticia de que arriba se estaba pasando gente y de que se iba a pasar más.
Ramiro fue a buscar a Sesé el quince a las siete de la mañana.
— ¿Lo cortamos o no lo cortamos?
— Yo no tengo esa orden.
— ¿Y la pides?
— ¿A quién?
Y esa era la respuesta y no había otra. El teléfono de Salinas llevaba dos días sin línea. El enlace no había vuelto. Por la carretera subía gente y por la carretera, si se cortaba el puente, dejaba de subir gente.
Ramiro se quedó en el pretil con la lluvia encima y con el cuello del capote subido, mirando los cuatro alojamientos abiertos en los riñones de la bóveda, que estaban perfectamente hechos y que llevaban tres semanas esperando.
Y no hizo nada. Que era lo que había que hacer, y lo hizo por la razón equivocada, porque no lo cortó por no tener la orden y no por la fila de la carretera.
Se lo dijo a sí mismo tres veces aquella mañana. Las tres veces le sonó a excusa de las que se ponen por escrito.
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En la noche del quince al dieciséis pasó el puerto la gente que tenía que pasarlo.
Del puente del nueve eso no se ve. Se ve la carretera vacía a las tres de la mañana por primera vez en doce días, se oyen mulas arriba, muy lejos, y se ve una luz que baja y otra que sube.
Sesé y los cuatro hombres se fueron a las dos. Se lo dijeron. Le dijeron a Ramiro que subiera con ellos, que en el Puerto Viejo estarían al amanecer y que en Francia daban de comer.
— Yo tengo un expediente abierto en Barbastro desde el treinta y seis — dijo Ramiro.
— Pues por eso.
— Y tengo el material firmado por triplicado.
Sesé le miró como se mira a un hombre que dice una cosa que no viene a cuento, y en aquel momento no venía a cuento, y Ramiro lo sabía mientras lo estaba diciendo.
Se dieron la mano. Sesé le dejó media hogaza y el impermeable, mejor que el suyo, y subió la carretera con los cuatro. Eran las dos y veinte de la madrugada. Dos y veinticinco.
La caseta tenía una mesa, un banco y una chimenea que tiraba mal, y en la pared, escrito con lápiz de carpintero por algún peón de antes de la guerra, un cuadro con las distancias a Salinas, a Bielsa y a Parzán.
Estaban bien puestas las tres. Ramiro las comprobó el primer día con la rueda y no tuvo que corregir ninguna.
Ramiro se quedó en la caseta de peones camineros del kilómetro nueve, un cubo de mampostería con un ventanuco, y estuvo el día dieciséis dentro, con la puerta abierta, viendo llover.
Aquel día por la carretera no subió nadie y no bajó nadie hasta las cinco de la tarde.
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Lo detuvieron el diecisiete por la mañana, a las diez y veinte, y no fue nada.
Vinieron cuatro por la carretera, tres a pie y uno en una moto con sidecar.
Le preguntaron el nombre y lo apuntaron.
Le preguntaron qué hacía allí. Dijo que era ayudante de Obras Públicas y que estaba destinado en la conservación del firme, y eso también lo apuntaron.
Enseñó la hoja de entrega del material, las tres copias, y el que mandaba la leyó entera y se la quedó.
Uno de ellos bajó al barranco y estuvo mirando la bóveda desde abajo. Luego subió.
— Aquí hay cuatro agujeros.
— Sí.
— ¿Y por qué no está cortado?
— Porque no llegó la orden.
El que mandaba anotó también eso, y después le preguntó si tenía armas, y Ramiro dijo que no, y le registraron la maleta. Encontraron dos mudas, un compás, un estadillo de aforos y una fotografía de un puente que no era ninguno de los suyos. Se lo devolvieron todo menos el compás.
Lo bajaron andando hasta Salinas y desde Salinas en un camión con otros nueve, y en el camión no habló nadie con nadie.
De todos aquellos días, lo que llevaba metido en las manos cuando lo bajaron a Salinas eran las veintiséis carretillas de zahorra que echaron entre el doce y el catorce con el agua metiéndosele por el cuello del capote y por las bocamangas, y que él sabía perfectamente que la primera crecida del otoño se iba a llevar entera, y que echaron igual, porque un camino con agua encima se receba o se pierde, y porque en aquellos tres días fue lo único que se podía hacer con las manos mientras por encima de la zahorra recién echada pasaba una fila de gente que no se acababa y que iba hacia arriba, hacia la nieve.