La fonda de Valdebruna Adela, 1937
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Adela, 1937

A Amparo la sacó del revés la tía Ramona, en el cuarto de arriba que da al corral. Nació el nueve de abril por la mañana y tardó catorce horas en nacer, porque venía de nalgas y hubo que darle la vuelta, y la tía Ramona no salió de aquel cuarto hasta que la niña lloró.

Catorce horas en una casa se cuentan por lo que se hace: dos calderos de agua, el fuego cebado tres veces, la comida de mediodía hecha y servida a nadie, la cena igual, y entre una cosa y otra el corredor de arriba, que tiene once metros y que Adela hizo aquel día unas doscientas veces.

La partera era la Sinforosa de Escalona, que subió andando de noche con el candil y con setenta y un años; Encarna se quedó dentro las catorce horas; Adela estuvo fuera, subiendo agua caliente y bajando lo otro, y no entró ni una sola vez porque no la llamaron.

A las once y veinte de la mañana se oyó llorar arriba y se acabó, y en la cocina nadie dijo nada durante un minuto entero.

Pesó poco, le pusieron Amparo por la abuela de Rosario, y la bautizaron a los diez días en Escalona porque en Valdebruna la iglesia llevaba cerrada desde el verano anterior; Rosario no fue porque no podía levantarse.

Ramona, que a las ocho había subido con un vaso de vino caliente con azúcar y no la habían dejado entrar, le contó aquel día a todo el que entró en la cantina que había sido de nalgas y que ella lo había dicho en enero.

Y aquí es donde hay que decir lo de Rosario, y hay que decirlo como se dijo entonces, que fue muy poco.

Rosario no se puso buena: se levantó a las tres semanas, hizo lo que pudo durante un mes y en junio volvió a la cama para no levantarse casi.

No tenía nada que se pudiera nombrar y por eso en el pueblo se decía que estaba débil, porque eso era lo que se decía siempre de una mujer que no se recuperaba de un parto y no había médico a menos de once kilómetros.

El de Aínsa subió dos veces en todo el año y las dos veces dijo lo mismo: caldo, huevo y quietud.

Amparo la crio Encarna aquellos primeros meses, con leche de la cabra de casa Puyalón, y Adela le hacía la parte de la noche.

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Rosario tenía la cama junto a la ventana del corral y desde allí se oye todo lo que pasa en una fonda; pedía que no le cerraran la puerta del cuarto.

Decía que con la puerta cerrada le parecía que la casa se había ido a otro sitio, y en once meses no hubo un solo día en que aquella puerta estuviera cerrada del todo.

En esta casa siempre había mandado Encarna y siempre lo había hecho por debajo, dejando que su marido pareciera el amo, y Adela llevaba desde los quince años discutiéndole cada decisión con el libro de cuentas delante.

En el treinta y siete se acabó eso, y se acabó una noche de mayo por una manta.

Un grupo de nueve hombres subió a las diez de la noche pidiendo sitio para dormir, y venían del frente de Huesca de camino a Bielsa, iban molidos y traían dos con fiebre, y el que mandaba pidió mantas y un sitio caliente.

Encarna dijo que se abrieran las tres habitaciones de arriba y que se sacaran las mantas del arca.

— Esas mantas son de lana buena — dijo Adela —. Se van a ir con ellas.

— Sácalas.

— Madre, si esas mantas se van, en invierno no tenemos con qué.

— Adela. Sácalas.

Y Adela las sacó. Las sacó, las repartió, las repasó al día siguiente por costumbre y no dijo nada cuando faltaban cinco.

Lo que le dolió no fue la lana ni fueron las cinco mantas, que a fin de cuentas se compran.

Fue que su madre no se lo discutiera, y que no se lo discutiera delante de nueve hombres que estaban mirando, y que en aquella cocina las dos supieran exactamente lo que acababa de pasar y ninguna de las dos lo dijera en voz alta ni entonces ni después.

Fue la primera vez en su vida que obedeció una orden que le parecía mal, y en aquella casa se notó enseguida, aunque ninguno de los que vivían en ella hubiera sabido decir qué era lo que estaba distinto.

Encarna mandó desde aquella noche y en aquella casa no volvió a discutirle nadie una orden. Y a Adela le quedó de aquello una cosa que no habría sabido nombrar delante de nadie, y que era el descanso enorme y vergonzoso de que decidiera otra.

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La fonda no la requisó nadie, o no del todo, o no de una manera que se pueda contar en una frase.

Aquí no vino nadie a poner un cartel en la puerta ni a echar a nadie de su casa; lo que hubo fue papeles, gente de paso y hambre, en ese orden.

Y hubo una tarde de agosto en que dos del valle bajaron a Aínsa a declarar por escrito contra un vecino, y subieron a cenar a la fonda a su hora, y Adela les puso la cena y se la cobró, y de aquel vecino no se volvió a saber.

Eso se contó en el pueblo durante años sin decir nunca los tres nombres.

Lo que pasó fue que a partir del verano el comité de Aínsa la empezó a usar como puesto de paso, y lo hizo con papeles.

Venía un papel firmado, se alojaba a los que fuera, se daban las cenas que fueran y se firmaba un vale.

El vale llevaba número, fecha, el sello del comité y la cantidad en pesetas, y en el libro de cuentas Adela abrió para eso una columna nueva a la derecha del todo.

En diciembre esa columna sumaba cuatro mil trescientas ochenta pesetas. Con eso se compraban en el treinta y siete once vacas, o se pagaba a tres jornaleros durante dos años, o no se compraba absolutamente nada. Lo tercero fue lo que pasó.

Adela nunca reclamó ni uno de aquellos vales y los guardó todos, atados con un bramante, en la misma caja donde estaba el libro. Los guardó por lo mismo por lo que apuntaba el fiado de gente que ya no iba a pagar.

En septiembre subieron dieciocho hombres y tres mulas y estuvieron cuatro días esperando que despejara el puerto.

Uno de ellos, un chico de veinte años que se llamaba Casimiro y que era de un pueblo de al lado de Tudela, se pasó los cuatro días arreglando cosas de la casa sin que nadie se lo pidiera: la bomba del pozo, dos sillas y la puerta de la cuadra, que llevaba rozando desde antes de la guerra.

— Esto no es de la guerra — dijo, con la hoja descolgada y apoyada en la rodilla —. Aquí lo que pasa es que el gozne está bajo. Se sube medio dedo y ya no roza.

— Lleva rozando desde el veintinueve.

— Pues desde el veintinueve está el gozne bajo.

Lo subió medio dedo con dos calzos y un martillo prestado, y aquella tarde la puerta de la cuadra se cerró sola por primera vez en ocho años.

Al cuarto día se fueron y a Encarna se le llenaron los ojos, y eso en aquella mujer era como si otra se echara al suelo.

Por aquella casa pasaron en el treinta y siete unos cuatrocientos hombres, en grupos de seis o de veinte, y algunos volvieron a pasar de vuelta y otros no.

Se les daba sopa, pan y lo que hubiera, y dormían en las tres habitaciones, en la falsa y en el comedor con los bancos juntos.

Dos veces hubo heridos leves que se quedaron a esperar transporte, y la tía Ramona les curó a los dos con lo que había en la cocina, porque no había otra cosa ni otra persona.

De todo aquello, lo más difícil de aprender en el treinta y siete fue a que dejara de importarle quién entraba por la puerta.

Se les preguntaba el nombre para el registro y ya está.

Y hubo hombres muy buenos y hombres muy malos entre aquellos cuatrocientos, y en una fonda no hay manera de saber cuál es cuál hasta que ya se ha ido.

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En el padrón de aquel año Valdebruna tenía doscientos once vecinos, treinta y siete menos que en el treinta, y de esos doscientos once había cuarenta y dos hombres entre los dieciocho y los cuarenta que no estaban en el valle.

La escuela había bajado de treinta y ocho críos a catorce, el molino molía dos días por semana en vez de seis, y en la plaza, los domingos por la tarde, quedaban las mujeres, los viejos y los críos.

Las cartas de Julián llegaban tarde, y llegaban de tres en tres, y llegaban desordenadas.

Escribía poco y escribía mal, con la letra grande y torcida y sin puntos, y en cada carta preguntaba lo mismo por el mismo orden: por la cría, por Rosario, por la madre, por el padre y por la mula. De él no contaba nada más que si comía o no comía.

A la casa la carta de Julián le duraba tres días. El primero la leía Rosario sola. El segundo se leía en voz alta en la cocina después de cenar. El tercero se doblaba y se metía en la caja de latón de la repisa, con las otras, y ya no se sacaba más.

En octubre llegó una de agosto en la que preguntaba si la cría ya andaba, y la cría tenía seis meses. Rosario le contestaba todas desde la cama, y a partir de septiembre se las escribía Adela al dictado porque a Rosario le temblaba la mano.

De Ramiro llegaron dos en todo el año, una en mayo y otra en octubre, con la letra de ingeniero, pequeña y derecha. Decían que estaba bien, que trabajaba en lo suyo y que la comida era mala, y las dos acababan con un saludo a la familia y su nombre entero debajo. Ni una sola palabra de las otras.

Adela no las guardó en la caja de latón de la repisa, donde estaban las de Julián y donde las podía leer cualquiera de la casa, sino dentro de la funda del libro de cuentas del año treinta y cinco, el sitio de aquella casa donde no metía la mano nadie más que ella.

Después de octubre no llegó ninguna más en lo que quedó de año.

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Amparo empezó a andar sola en octubre y a partir de octubre la casa entera se organizó alrededor de una cría de año y medio que se metía en la cantina, en la cuadra y debajo del mostrador.

Encarna le puso una cuerda a la puerta del corral.

Ramona le hacía muñecas con un trapo y un palo y le ponía siempre el mismo nombre, y a la tercera muñeca Adela le preguntó por qué siempre el mismo, y Ramona contestó que porque a las muñecas no hay que cambiarles el nombre, que ya se lo cambian bastante los que las cogen.

Doña Visi se fue en septiembre.

Aquel verano la escuela había dejado de ser escuela varias veces. Sirvió de almacén en julio, de dormitorio dos noches de agosto y de sitio donde poner las mesas del reparto de aceite, y doña Visi lo aguantó todo y volvió a barrer y a poner los bancos en su sitio cada vez, hasta la última.

Había llegado en el treinta y dos con veintiséis años y un baúl, y se iba con treinta y uno y con el mismo baúl. La víspera cenó en el comedor con la casa, cosa que no había hecho en cinco años, porque una maestra no cena en una fonda si no quiere que el pueblo hable.

El día antes de irse bajó a la fonda con la caja de las tizas y la dejó encima del mostrador.

— Que no me la llevo — dijo —. Que allí ya tendrán.

Era una caja de cartón, de las de la casa suministradora, con las tizas puestas de pie y ordenadas por tamaño, y quedaban dieciocho enteras y muchos cabos. Adela le dijo que se la guardaba para cuando volviera y doña Visi dijo que bueno.

La caja se quedó en el armario del comedor, en la balda de arriba, entre las botellas de anís y las servilletas de fiesta. Nadie la abrió, nadie la tiró, y allí siguió con las dieciocho tizas de pie y ordenadas por tamaño.

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En agosto, cuando hubo que hacer sitio para los heridos, Encarna mandó vaciar el armario de la tía Ramona, y dentro había cuatro botellas de aguardiente y un paquete de cartas de un novio del noventa y ocho; el aguardiente se gastó en las curas y de las cartas no habló nadie en aquella casa.

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La matacía de aquel año se hizo con un cerdo en vez de con dos.

El segundo se había vendido en septiembre para pagar la contribución.

Adela apuntó los kilos de cada cosa igual que todos los años, y a la hora de poner el precio del kilo se quedó con la pluma en el aire, porque en el treinta y siete el precio del kilo lo ponía cada semana una autoridad distinta.

En diciembre nevó pronto y nevó mucho, y el valle se quedó cortado once días, los once días más tranquilos del año. Once días sin coche, sin correo y sin nadie de fuera.

Vino a la puerta un perro. Era un perro pardo, mediano, de los de vigilar ganado, y no era de nadie desde octubre.

La casa a la que pertenecía estaba cerrada y la gente de esa casa se había ido a Barbastro.

Se ponía en el portalón todas las noches a las ocho, se sentaba, se estaba una hora larga mirando hacia dentro y luego se iba.

No entraba. No ladraba. No pedía.

Máximo empezó a sacarle un hueso y a dejárselo en el escalón, y el perro no se lo comió nunca. Se lo dejaba allí y a la mañana siguiente el hueso seguía en el escalón, con la nieve encima, y Máximo lo recogía y por la noche le sacaba otro.

Al undécimo día abrieron paso los de Escalona con dos parejas de mulas y subió el correo atrasado, once cartas para todo el pueblo, y en la fonda no había ninguna. Ramona dijo que ya lo había avisado ella y se metió en la cocina sin aclarar qué era lo que había avisado.

Ramona decía que aquello era mal fario. Encarna decía que aquello era un perro. Y Adela, que aquel invierno apuntaba en el libro hasta lo que no se cobraba, no lo apuntó, y estuvo tres semanas saliendo a las ocho a mirar si estaba.