La fonda de Valdebruna Raquel, 2025
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Raquel, 2025

— El sábado tengo la lancha.

Marcos lo dice desde el otro lado de la mesa, sin quitarse el chaleco. Ha esperado a que El Cinco se quedara vacío para entrar, y eso también lo ha calculado.

— ¿Y?

— Que si quieres ver las Foces, el sábado tengo la lancha.

Charo, desde la barra, le pone un ocho al asunto sin que nadie se lo pregunte. Después sigue secando vasos. Marcos no se sienta. Se queda los tres minutos que dura la conversación de pie, con el casco debajo del brazo, y se va sin tomar nada.

Ni él dice perdón por lo del otro día ni yo se lo pido. Hay gente que arregla las cosas con una frase y hay gente que las arregla con un sábado.

———

El viernes por la noche me leo tres veces el índice de remisión y busco en internet, sin ninguna esperanza, la palabra Foces junto a la palabra Vellosa. Sale un blog de senderismo de 2011 con cuatro fotos borrosas y nada más.

Salimos a las ocho menos cuarto desde el pantalán de servicio, que está pegado a la presa y que en verano queda a quince metros por encima del agua. Ahora está casi al nivel. Las escaleras metálicas quedan al aire, cubiertas de una costra gris que se deshace al tocarla.

La lancha es de aluminio y lleva motor fuera borda.

En la proa hay una bandera de la empresa despintada por el sol.

Marcos me da un chaleco y me lo abrocha él, porque me lo pongo al revés.

Tiene las manos grandes y con las uñas cortas, y una cicatriz vieja entre el pulgar y el índice de la izquierda.

— Chaleco y casco. Y si te digo que te sientes, te sientas.

— Sí.

— Y no me toques nada de aquí.

Marcos arranca a la tercera y no dice nada del par de veces que no ha arrancado. Lleva el chaleco puesto también, cerrado hasta arriba, y el casco atado. Con esa gente que cumple las normas cuando no la ve nadie se puede ir a cualquier sitio.

Subimos a contracorriente por lo que queda de embalse, dos kilómetros escasos de agua marrón y muy quieta. Es raro navegar por un sitio que sabes que es un valle. Debajo de la quilla hay una carretera de tierra, un molino y once hectáreas de vega, y en la superficie no se nota nada de nada.

A los veinte minutos se acaba el agua.

Se acaba de una manera absurda, sin orilla ni playa: el agua se va estrechando, se pone del color de la arcilla y de pronto es un río otra vez, con corriente y con piedras.

Marcos vara la lancha en un banco de grava.

Ata el cabo a un tocón que estuvo sumergido sesenta y cuatro años. Sigue ahí, negro y duro como el hierro.

— Desde aquí andando. Seis kilómetros. ¿Traes agua?

— Traigo dos litros y un bocadillo.

— Pues vamos.

———

Se anda por lo que fue el fondo del pantano y luego por lo que fue la carretera vieja.

Los primeros dos kilómetros son los peores.

El barro seco tiene una costra que aguanta el peso hasta que deja de aguantarlo.

Entonces la bota se hunde diez centímetros.

Debajo hay una pasta gris que huele a huevo.

Marcos va delante y va marcando por dónde.

No me lo dice. Pisa donde hay que pisar y yo pongo la bota donde ha puesto la suya.

A la altura del kilómetro tres cambia el suelo. Se acaba el barro del vaso y empieza la grava del río, que suena distinto debajo de la bota. Y ahí, a la izquierda, aparece el primer muro de piedra seca de un bancal, con las hiladas puestas a mano y todavía enteras.

Después el terreno sube y empieza el pueblo.

Lo he pisado ya veintitantos días y sigo sin acostumbrarme a entrar por abajo.

Se entra por donde entraba la carretera.

Y de frente aparece el arranque de la calle de Abajo, con las jambas de piedra todavía en pie.

Cruzamos la plaza sin pararnos. La unidad cuarenta y uno queda a la derecha, con la mira y el jalón donde los dejé el miércoles.

———

Las Foces están dos kilómetros y medio más arriba y hay que ir por el barranco.

El río se mete entre dos paredes de caliza gris que se juntan hasta dejar un paso de veinte metros escasos. Las paredes tienen cincuenta o sesenta de alto y son verticales. El estrato va echado hacia dentro. No se ve una sola grieta grande. Aquí el agua suena distinto que abajo. Aquí retumba.

Me quedo parada en la entrada de la cerrada más tiempo del que hace falta.

Mido con los ojos. Es un vicio del oficio y no se quita. Veinte metros de luz entre paredes. Cincuenta y tantos de altura hasta la coronación de la roca. Un tapón de hormigón aquí sería una cuarta parte del de Bagüeste.

No soy geóloga y no voy a escribir en ninguna parte que esto sea bueno o malo. Pero he trabajado en catorce obras públicas en doce años. He visto a mucha gente con casco discutir delante de un talud. Y sé lo que es un sitio donde alguien pensó en poner algo.

Y las bocas están ahí. Están donde tienen que estar y no hay que buscarlas mucho. Marcos sube el primero y se aparta para que las vea yo antes.

Están en la margen izquierda, en una repisa a la que se sube por un sendero que todavía se distingue.

Son siete. Siete círculos de cemento de unos veinte centímetros, a ras de roca, alineados en dos grupos: cuatro seguidos con dos metros de separación y otros tres más arriba, en la repisa de encima.

El cemento está gris y viejo. Tiene la superficie picada de lluvia y líquenes en el borde. En cinco de los siete se distingue todavía una marca hecha con el dedo antes de fraguar. En dos de ellos la marca es un número.

Saco la cámara y saco la escala. Fotografío los siete, uno por uno, con el jalón al lado.

Levanto las coordenadas con el móvil. La estación total pesa doce kilos y no la he subido hasta aquí.

Escribo la ficha allí mismo, sentada en la roca, con la libreta encima de las rodillas y el bolígrafo que no tira.

Unidad 78. Siete bocas de sondeo selladas con mortero de cemento. Margen izquierda del río Vellosa, paraje de las Foces. Sin documentación asociada en el archivo comarcal. Corresponden probablemente a la campaña de reconocimiento 1932-1934 citada en el asiento 11 del índice de remisión.

Probablemente. Esa palabra la voy a tener que defender.

———

Comemos sentados en la repisa, con las piernas colgando y las botas grises hasta el tobillo. Mi bocadillo es de tortilla de la de Charo. El suyo es de lomo y lo parte por la mitad sin preguntar.

— Mi abuelo estuvo aquí de crío — dice Marcos —. Subía con la comida a los del sondeo. Tenía siete u ocho años.

— ¿Ángel?

— Ángel Callizo. El último que salió del pueblo.

Saca un termo de café y dos vasos de rosca y sirve los dos sin preguntar. Tiene una manera de servir que es la de alguien que ha servido mucho en sitios incómodos.

— Mi abuelo contaba una cosa toda su vida y no le hizo caso nadie. Que hubo un sitio donde se podía haber hecho el pantano sin ahogar el pueblo, y que no se hizo.

— ¿Este sitio?

— Este. Decía que aquí estuvieron dos veranos con la sonda y que luego lo dejaron y que nunca se supo por qué.

— ¿Y qué le contestaban?

— Que era un viejo. — Marcos se bebe el café de un trago —. Que en todos los pueblos que ahogaron hay uno que dice eso. Y es verdad, ¿eh? En Mediano hay quien lo dice, y en Búbal, y en Jánovas. Es una cosa que se dice.

Eso me toca. Porque es exactamente lo que yo escribiría en una memoria si me lo contara cualquiera.

— Yo lo tengo que apuntar como tradición oral — le digo.

— Apúntalo como quieras.

— Es lo que es. Un informante que no vivió los hechos y que repite lo que decía su abuelo. En un expediente eso vale muy poco.

— ¿Y los siete agujeros valen algo?

— Los siete agujeros valen. Los siete agujeros están numerados y fotografiados y van con coordenadas.

Marcos mira las bocas de cemento sin acercarse y después enrosca el vaso en el termo.

— Mi abuelo se murió en el dos mil once. En el poblado nuevo, en la casa de la carretera, mirando el pantano por la ventana de la cocina. Eso hizo durante cincuenta años.

———

— ¿Y tú qué crees? — le pregunto.

— Yo trabajo para la empresa que explota esa presa.

— No te he preguntado eso.

— Ya sé lo que me has preguntado. — Se levanta y se sacude los pantalones —. Vámonos, que a las siete se hace de noche aquí dentro.

Antes de irnos hago lo que hay que hacer y que no me apetece nada: apuntar en la ficha las dudas.

Escribo tres. Que no puedo datar los sondeos sin el tomo del asiento once.

Que no puedo saber cuántos hubo en total ni si los siete son de la misma campaña.

Y que el sellado con mortero no lo he podido fechar y podría ser muy posterior.

Bajamos deprisa porque se nos ha echado la tarde encima.

En la lancha, a las seis y cuarto, hace un frío que no había a las ocho de la mañana.

El aire que baja del puerto va por encima del agua sin nada que lo pare.

Yo llevo una camiseta técnica y un forro polar y nada más.

A las ocho de la mañana, en octubre, una siempre cree que va a hacer sol todo el día.

Marcos saca una manta de debajo del asiento de proa. Es una manta de las de emergencia, de tejido gris, de las que llevan los coches de la empresa, y huele a plástico y a taller.

No me pregunta si tengo frío. Mira dos segundos cómo llevo los brazos cruzados y se agacha a por la manta.

Me la pone por encima de los hombros con una mano, sin soltar la caña del motor con la otra, y me la ajusta por delante. Tarda dos segundos. En esos dos segundos no me mira a mí, mira al agua por encima de mi hombro. La gente hace eso cuando hace una cosa que no tenía pensado hacer.

Vamos los dos kilómetros de vuelta sin hablar, con el motor a media y el sol ya detrás de la sierra.

———

Esa noche no duermo. A las dos me levanto, enciendo el flexo y abro el portátil encima de la cama.

Paso la ficha de la unidad 78 a limpio, meto las siete fotos con su pie y su hora y redacto el apartado de fuentes orales.

Informante varón de cuarenta y cinco años, transmisión de segundo grado.

Transcribo lo que ha dicho entre comillas y sin arreglarlo.

Escribo leyenda. Tacho leyenda. Escribo tradición oral, porque eso lo admite el impreso y no me lo va a discutir nadie.

A las cuatro bajo a la cocina a por un vaso de leche y me encuentro a Charo levantada, con la bata puesta y haciendo caldo, porque dice que el caldo a las cuatro de la mañana sale mejor y que eso no se lo discute nadie.

A las nueve me escribe Marcos. Un mensaje, sin saludo y sin hache en la primera palabra, escrito con el pulgar y de camino a algún sitio.

— ¿Tú sabes cuántos sondeos hacen falta para descartar una cerrada?

— No. Ni idea.

— Yo tampoco. Pero siete son muchos para un sitio que no valía.