Adela, 1936 #2
Rosario le preguntó si se había apuntado y Julián dijo que no.
Encarna le preguntó lo mismo por la noche, en la cocina y sin nadie delante, y Julián le contestó que en el pueblo lo iban a saber igual y que había ido a ver, nada más.
Adela no le preguntó nada. Aquella noche le puso la cena y no la apuntó en el libro, y fue la segunda vez en su vida que dejaba un renglón sin escribir.
El aviso de Ramiro llegó el veinticuatro por la mañana, en mano, con un chico de Escalona que subió en bicicleta hasta donde se puede subir en bicicleta y luego a pie.
Se llamaba Perico, tenía trece años y llevaba tres veranos subiendo recados a los pueblos de arriba por dos reales el viaje.
Se bebió dos vasos de agua del pozo seguidos y se comió medio pan con tocino de pie, en el portalón, mirando el rótulo pintado encima de la puerta y sin decir palabra, y luego cogió la bicicleta y se fue cuesta abajo con los pies fuera de los pedales.
Era medio pliego, escrito a máquina y con dos firmas.
Requerimiento de personal técnico. Se le ordenaba presentarse en Barbastro el veintisiete, en la Comandancia de Obras, para trabajos de fortificación y comunicaciones.
Al pie, a mano, alguien había escrito la palabra urgente y la había subrayado.
Ramiro lo leyó en la cocina, de pie y sin quitarse la gorra, y luego lo dobló por donde venía doblado y se lo guardó en el bolsillo de dentro, junto con lo demás.
— ¿Y si no vas? — preguntó Julián.
— Entonces vienen a buscarme y es peor para todos.
— ¿Peor para quién?
— Para esta casa.
Julián no volvió a preguntar. Se puso a arreglar la falleba de la ventana de la cocina, que llevaba dos años floja, y estuvo arreglándola hasta que Ramiro salió al corral.
———
El veinticinco de julio, sábado, día de Santiago, no se trabajó en el valle porque no había en qué.
Ramiro bajó la maleta a las siete de la mañana. Es una maleta de fibra con dos correas, la misma con la que subió en mayo del treinta y uno, y en cinco años lo único que había cambiado dentro era la cantidad de papeles.
Adela estaba detrás del mostrador con el libro abierto, porque era donde estaba siempre a esa hora y porque no se le ocurrió otro sitio donde ponerse.
Ramiro dejó encima del mostrador de cinc la llave de la cuatro.
Es una llave de hierro forjado, de guardas, con la anilla grande y una chapa de latón remachada con el número. Pesa más de lo que parece. La dejó plana, con el número hacia arriba, y la empujó dos dedos hacia ella con el canto de la mano.
— Está pagada hasta el treinta y uno — dijo.
— Sí.
— Pues eso.
Adela cogió la llave y no la colgó en el clavo, sino que se la quedó en la mano cerrada, y con la otra mano cerró el libro.
— ¿Sabes cuándo vuelves?
— No.
— ¿Sabes si vuelves?
— No.
Y esa fue toda la conversación sobre el asunto.
En la plaza no se había levantado nadie todavía y el pilón goteaba, como gotea desde que se puso, por la junta de la izquierda y no por el caño. Adela llevaba oyendo esa gotera desde que tenía uso de razón y aquella mañana se puso a contarla sin querer, y le salieron catorce gotas en un minuto.
Encarna salió de la cocina con un paquete envuelto en un paño: pan, tocino, una cebolla y tres huevos duros.
Se lo dio sin ceremonia y le dijo que Barbastro estaba lejos y que en el camino no iba a encontrar nada abierto.
Máximo le dio la mano con las dos suyas y le dijo que aquello se arreglaba en una semana, por última vez.
Ramona le puso en el bolsillo de la chaqueta un trozo de queso envuelto en papel de estraza y le dijo que se lo comiera a solas y en un sitio a cubierto.
Julián le dijo que se cuidara y que en Barbastro había un primo de su madre en la calle del General Ricardos que le podía dar de cenar si andaba mal, y le apuntó el nombre en un papel con la letra grande y torcida que tenía.
Ramiro se guardó el papel en la cartera y le dio las gracias dos veces, una por el papel y otra por lo de la falleba, y los dos se quedaron un momento sin saber cómo se acaba una cosa así entre hombres.
Rosario, que estaba embarazada de poco y todavía no lo sabía nadie fuera de la casa, le dio dos besos y se echó a llorar en la escalera, y Julián la subió al cuarto y bajó él solo.
———
Se despidió del pueblo por la calle de Abajo, no por la plaza, y no se despidió de casi nadie.
Le dio la mano al secretario, que estaba en la puerta del ayuntamiento a las siete de la mañana porque no dormía desde el domingo, y le dijo dos cosas técnicas sobre la caseta y la lona de la sonda que el secretario no entendió y apuntó igual en un papel.
Salieron al portalón a las siete y veinte.
Hacía ya calor y el sol estaba dando en la mitad de arriba de la torre. En la plaza no había nadie más que el chico de casa Escartín, sentado en el pilón, mirando.
Ramiro dejó la maleta en el suelo, junto al poyo del portalón, y se metió la mano en el bolsillo de dentro de la chaqueta, donde llevaba siempre lo que no quería que se le cayera.
Adela había pensado durante toda la noche anterior en las cosas que se pueden decir en un portalón a las siete y veinte de la mañana con un chico mirando desde el pilón y con la mula bajando por la calle del Horno, y de todas las que había pensado no le servía ninguna.
Le habría valido cualquiera de las que se dicen en una fonda, porque para eso están, pero aquella mañana no se le ocurrió ni una sola de esas tampoco.
Sacó una libreta. Hule negro, pequeña, de las que caben en un bolsillo, con las tapas cosidas y las esquinas de abajo gastadas de tanto llevarla. Se la puso a Adela en la mano y le cerró los dedos por encima, igual que había hecho dos años antes con un lapicero, y esta vez le apretó.
— Guárdame esto.
— ¿Qué es?
— Guárdamelo tú, que donde voy se moja todo. — Miró un momento hacia la calle del Horno y volvió —. En un sitio seco. En el arca de las mantas, o donde tú sepas.
— Ramiro, ¿qué es?
— Es mío.
— Eso no es una respuesta.
— Ya lo sé.
Adela bajó la vista a la libreta. La abrió por la mitad con el pulgar, sin sacarla de la mano, y vio dos páginas de números en columna, unas fechas y un dibujo pequeño a lápiz que no supo qué era.
— ¿Es de la obra?
Ramiro tardó. Levantó la mano y se la puso en el antebrazo, encima de la manga, y allí se la dejó.
— Adela, si algún día alguien te pide eso, es que ya sabe lo que hay dentro.
— ¿Y qué hago?
— Lo que te convenga. Preguntármelo a mí desde donde yo esté no te va a servir de nada.
Por la calle del Horno bajó Julián con la mula del ramal, y las herraduras en el empedrado se oyeron desde el otro lado de la plaza.