Adela, 1936
Rosario Sanromán entró en la iglesia del brazo de su padre con el vestido de su madre, arreglado por las axilas y suelto en todo lo demás.
Se casaron el catorce de junio, a las once de la mañana, con veinte grados y sin una nube, y la comida se dio en el comedor de la fonda porque en casa Sanromán no cabían.
Cuarenta y seis comensales. Dos corderos, treinta y ocho gallinas entre el caldo y el arroz, cuatro cántaros de vino y una tarta que bajó de Aínsa en el coche de línea envuelta en un paño y que llegó torcida.
Adela llevó la cuenta de todo aquel día también, por costumbre, y luego rompió la hoja, que fue la única hoja que rompió en su vida.
Fue una boda de las de antes, con la novia entrando por la calle de Abajo del brazo de su padre y medio pueblo asomado, y con la ronda a la puerta hasta las cuatro de la mañana.
Aquel día en Valdebruna no se habló del pantano ni una vez, y eso fue lo mejor que tuvo la boda.
Hubo quien lo dijo en voz alta a los postres, y hubo quien le mandó callar.
Rosario tenía veintitrés años, la risa fácil y unas manos que no paraban nunca.
Se instalaron en el cuarto de arriba de la fonda, el que da al corral, mientras arreglaban la casa de la abuela de ella en la calle de Abajo, y en cinco semanas la casa de la abuela no se arregló porque pasó lo que pasó.
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Lo primero que se supo fue que el coche de línea no subió el lunes.
Eso, en Valdebruna, es una noticia por sí sola; el coche subía de Aínsa los lunes, los miércoles y los viernes, y llevaba el correo, el pan de la tahona de Escalona y lo que le encargaran a Torcuato, el conductor, y el lunes veinte de julio no subió, y no subió tampoco el miércoles.
En el valle no había más aparato de radio que uno de galena que tenía el maestro de Escalona y que no cogía nada por encima de Boltaña.
Había un teléfono, el del ayuntamiento, puesto en el treinta y cuatro, con manivela y con una caja de madera clavada a la pared, y lo usaban tres o cuatro veces al mes para hablar con la capital de la comarca.
El teléfono del ayuntamiento sonó tres veces el domingo diecinueve; el secretario cogió las tres y a la tercera se puso pálido y salió a la plaza sin la chaqueta, y nadie le había visto nunca sin la chaqueta.
Lo que contó fue poco y confuso, y lo poco y confuso fue lo mismo que se contó en toda España aquella semana; que se habían levantado en África el sábado, y que en Huesca sí y en Barbastro no.
Que en Zaragoza sí. Que en Aínsa había gente armada en la plaza mayor desde el domingo por la tarde y que no eran de Aínsa.
Y ahí se acabó lo que se sabía; en una casa de Zaragoza o de Barbastro aquella semana se supo mucho más y no sirvió de nada; en Valdebruna no se supo casi nada y sirvió lo mismo.
Lo que hizo la gente fue lo que se hace: subir a la era a mirar la carretera de abajo, preguntarle al que llegaba, y volver a subir a la era.
En la cantina se pasaron dos días diciendo cada uno lo que le parecía y ninguno tenía manera de saber nada. Máximo dijo que aquello se arreglaba en una semana. Lo dijo el lunes, lo repitió el jueves y lo dejó de decir el sábado.
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La obra se paró en seis días y se paró sin que nadie la parase.
El lunes veinte no bajó nadie a Bagüeste, el martes bajaron nueve y el miércoles bajaron cuatro y se subieron a mediodía, y el jueves veintitrés se presentó en la caseta un hombre de Aínsa con una orden escrita a mano y se llevó la camioneta, el gasoil de los bidones y las dos vagonetas de la vía estrecha.
Adela bajó a la caseta el viernes con Ramiro, a llevarle la comida y a ayudarle a recoger.
Encontraron la puerta abierta y todo dentro, tal cual, con la achicoria en el bote y la estufa con ceniza de la última vez.
En la pared seguía clavada con una chincheta una postal de un puente, y Ramiro la descolgó, la miró por detrás y la volvió a clavar en el mismo agujero.
Lo que no se llevó nadie fue lo demás. Se quedó la caseta con la mesa dentro y el legajo de las cubicaciones, se quedaron los jalones clavados por todo el término, se quedó la sonda desmontada debajo de una lona en el ensanche, y se quedaron los cuarenta metros de vía y el tejadillo de chapa.
En el ensanche de Bagüeste se quedaron también, hasta que el óxido pudo con ellos, un compresor sin correas, tres carretillas de hierro y el marco de la puerta de la caseta con una fecha grabada a punta de navaja por alguien que estuvo allí con tiempo de sobra.
Nadie subió a llevarse nada durante el primer año, y eso no fue por respeto a la propiedad del Estado, sino porque en el treinta y seis en aquel valle todo el mundo tenía otras cosas en que pensar.
Los jalones aguantaron dos inviernos más y luego se los fue llevando la gente para rodrigones de las judías, y a nadie le pareció mal, porque un palo pintado clavado en tu campo deja de ser del Estado en cuanto el Estado se va.
Los hombres de la brigada se fueron en tres días.
Los de fuera cogieron el camino de Barbastro andando, en grupos de cuatro y cinco, con el hatillo y las botas atadas al cuello, porque no había coche que los bajara.
Los del valle se quedaron en sus casas, y era peor: un jornal de siete pesetas se acaba en una tarde y una casa hay que seguir manteniéndola.
Sebastián Callizo, que llevaba tres años y medio en el desmonte y que en marzo del año anterior había señalado el rótulo de la fonda delante de cuarenta hombres, se quedó sin jornal el veintitrés de julio con seis hijos y una mujer que estaba mala del pecho desde el invierno.
El veinticuatro por la tarde subió a la fonda, se paró en el portalón sin entrar y le pidió a Máximo un cuarto de tocino fiado, y Máximo se lo dio sin llamar a nadie y sin apuntarlo en el libro.
Adela lo apuntó después, en el renglón que le tocaba, con la fecha y la cantidad y sin una palabra más.
Don Fabián Orduna no volvió a subir al valle. La última vez había sido en abril, por lo del deslinde del monte, y no llegó a sacar los papeles de la cartera porque llovía y se volvió antes de comer.
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Una fonda sin huéspedes es una casa muy grande y muy callada.
Adela lo tuvo delante en el libro antes que en las habitaciones, porque la última semana completa de junio se cerró con quinientas noventa pesetas.
La primera de agosto se cerró con veintiséis, y de esas veintiséis, dieciocho eran de la cantina y ocho de un viajante de Monzón que se quedó una noche y se fue por la mañana sin desayunar.
Cerrar una habitación de fonda lleva media mañana y es un trabajo que no se le puede encargar a nadie de fuera.
Hay que sacar la ropa de la cama, ventilar el jergón, mirar debajo por si se ha quedado algo del último, repasar la palangana y el jarro, y luego pasar el trapo a los cristales aunque no vaya a mirarlos nadie hasta que se vuelva a abrir.
Cerraron la cuatro, la cinco y la seis. Se bajaron los colchones a la falsa, se doblaron las mantas con alcanfor en una arca, se subieron las palanganas y los jarros al granero y se dejaron las tres puertas abiertas. Una habitación cerrada y sin nadie coge humedad y luego huele.
En el valle, la guerra se notó antes en el precio que en otra cosa.
En una semana el azúcar se puso a más del doble en la tienda de Escalona y el aceite desapareció del todo, y luego volvió, y luego volvió a desaparecer.
Encarna mandó bajar a Julián a comprar sal y compró treinta kilos.
Era una barbaridad y de aquella sal comieron hasta el treinta y ocho.
Quedaron abiertas la uno, la dos y la tres. La cuatro se quedó abierta también, pero eso no fue por la humedad.
El viajante de Monzón fue el último forastero que durmió en aquella casa en dos años y medio, y llegó a las nueve de la noche con una maleta de muestrarios de mercería que ya no le iba a comprar nadie en ningún sitio.
Cenó solo en el comedor, con las ocho mesas vacías alrededor, y a los postres le preguntó a Adela si en el valle había alguna manera de pasar a Francia, y Adela le dijo que por Bielsa, y que eran cuarenta y cinco kilómetros río arriba y luego el puerto a pie.
Adela hizo la cuenta del fiado la noche del veintitrés de julio, con la casa recogida y todo el mundo acostado.
Le salieron dos mil ciento cuarenta pesetas repartidas entre veintiséis nombres, la mitad de ellos de gente que ya no estaba en el valle.
Estuvo con la pluma en la mano hasta que se le secó.
Luego pasó una raya doble debajo del último nombre y no tachó ninguno, porque tachar era decidir, y no era el momento de decidir nada.
El jueves veintitrés subió a Sarralta mosén Arturo con una maleta pequeña y las llaves de la iglesia se las dejó al secretario, en el ayuntamiento, encima de la mesa y sin decir cuándo volvía.
La iglesia estuvo cerrada desde entonces y el reloj de la torre siguió andando, porque al reloj le daba cuerda un hombre de casa Puyalón y ese hombre no se fue a ninguna parte.
La tía Ramona sacó las conservas de la orza aquellos días y las repasó dos veces, y a la segunda dijo que con lo que había en aquella cocina se comía hasta enero y que a partir de enero ya veríamos.
Nadie le llevó la contraria. Luego maldijo, y se santiguó, y volvió a meter la mano en la orza por tercera vez.
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Julián bajó a Aínsa el jueves veintitrés y volvió el viernes a mediodía.
Traía la cara de haber dormido poco y traía tabaco, lo único que había podido comprar.
Contó que en la plaza mayor había un camión y una mesa, y que había gente apuntándose, y que a los de los pueblos de arriba les habían dicho que esperasen aviso.