Adela, 1935 #2
— No es de nada. Llevas cinco meses durmiendo en una casa donde no te habla nadie.
— Me habla Ramona.
— Ramona le habla hasta a la mula.
Y ahí se le escapó la risa, la primera desde marzo, y le salió mal y le salió corta, y a los dos les cambió la respiración a la vez. Fuera, la plaza entera cantaba una jota que el trío estaba tocando en un tono que no era.
Ramiro le quitó una telaraña del pelo. No le tocó la cara, no le dijo nada, le quitó una telaraña del pelo con dos dedos y se los limpió después en la pernera del pantalón.
— Sube tú primero — dijo ella —. Yo apago el candil.
———
La habitación cuatro con la fiesta abajo es otra habitación.
La contraventana no se puede cerrar del todo en agosto, porque el calor del día se queda dentro de la pared hasta la madrugada, y por la rendija entra la plaza entera: el acordeón, las voces, el arrastre de los pies en la tierra, una mujer riéndose fuerte junto a la fuente y un crío llorando porque no le dejan quedarse.
Adela subió a las dos y media. No llamó a la puerta y no hizo falta.
Se quedaron de pie mucho rato. Él tenía la camisa de la fiesta, la de cuello duro, con el botón de arriba desabrochado desde las once, y ella todavía llevaba el delantal, y lo primero que hizo Adela fue quitarse el delantal y doblarlo y dejarlo en el respaldo de la silla, doblado en cuatro, porque llevaba once años doblando delantales y las manos van solas.
Después ya no fue el delantal.
Fue el cuello duro, que se quita tirando de un pasador de hueso, y el pasador cayó al suelo y estuvo debajo de la cama hasta septiembre.
Fue el pelo, que Adela llevaba recogido desde las siete de la mañana y que pesa cuando cae.
Fue una hilera de botones que ella no dejó que él tocara, y luego otra que le dejó.
El acordeón se colaba por la rendija con las voces detrás y muy poco de lo demás, y en aquella habitación el ruido de abajo no molestaba. Tapaba.
La luz de la plaza entraba en una raya estrecha y torcida y les cruzaba a la altura de la cintura, y cada vez que abajo pasaba alguien delante de un farol la raya se cortaba un momento y volvía. Lo vieron los dos sin querer, y cuando se dieron cuenta se estaban riendo.
Abajo, el clarinete se equivocó en la misma nota tres veces.
Lo demás fue de ellos y no se cuenta, y lo que quedó al final fue el calor de agosto, la ropa por el suelo de una manera que ninguno de los dos habría consentido en otra ocasión y las dos horas largas que faltaban para que empezara a clarear.
A las cuatro y diez se acabó la música. Se oyó a la gente irse en grupos, se oyó a Julián cantar por la calle del Horno con dos más, se oyó una puerta y otra puerta y luego el pueblo entero se quedó en silencio de golpe.
— ¿Y ahora qué hacemos? — dijo Ramiro.
— Ahora tú duermes tres horas, que a las ocho tienes la camioneta.
— No es eso lo que te he preguntado.
— Ya sé lo que me has preguntado.
Se quedaron quietos hasta que empezó a clarear por encima del monte de enfrente, sin dormirse ninguno de los dos y sin volver a decir una palabra en más de media hora.
Por la rendija ya no entraba música, sino el ruido de las gallinas de casa Escartín y una carreta que bajaba a la huerta muy temprano, y en la plaza alguien estaba barriendo lo de la noche con una escoba de brezo, despacio, arrastrando mucho.
———
Bajó a las cinco menos cuarto, con la primera luz.
En la mano llevaba la camisa de cuello duro, porque al quitarle el botón de la bocamanga se lo había arrancado con hilo y todo y no era cosa de dejarlo así.
La caja de latón de los botones había sido de una libra de galletas y estaba en el vasar desde siempre, con la tapa abollada por un lado y con un nombre de fábrica que ya no se leía.
Su madre la abría dos veces al año, en octubre y en marzo, y no dejaba que nadie la revolviera.
Se sentó en el poyo de la cocina, con la puerta del corral abierta y el frío bueno de la madrugada entrando por abajo, y sacó la caja de latón donde su madre guardaba los botones desde antes de que ella naciera.
Doscientos botones y ninguno igual a otro. Buscó uno de nácar, pequeño, de cuatro agujeros, y no lo encontró a la primera ni a la segunda.
Al final apareció, del tamaño de una lenteja, con una raya de más en el borde que no se notaba a menos de un palmo. Lo cosió con hilo blanco, tres pasadas por cada par de agujeros y el nudo por dentro, y remató la costura por debajo para que no rozara.
Encarna entró a las cinco y media a encender el fuego, como todos los días de su vida, y vio a su hija sentada en el poyo cosiendo un botón de hombre con la primera luz.
No dijo nada. Cogió el fuelle, se agachó delante de la chapa y estuvo un rato soplando las brasas de la noche, y después puso el agua y sacó el pan de ayer, y en toda la mañana no le preguntó ni una cosa.
Dobló la camisa. La dejó encima de la mesa de la cocina, con la manga buena hacia arriba y el botón nuevo a la vista, y se quedó un momento con las dos manos encima.
— Ya está — dijo, en voz alta y sin que hubiera nadie.