La fonda de Valdebruna Adela, 1935
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Adela, 1935

Estuvieron cinco meses sin hablarse, y lo difícil de aquellos cinco meses fue que se hablaron todos los días.

Ramiro siguió durmiendo en la cuatro y siguió pagando el primero de cada mes, y Adela siguió escribiendo su nombre entero en el registro de viajeros con la misma letra de siempre y sin equivocarse en el segundo apellido, y se dieron los buenos días ciento cincuenta veces.

Ella le preguntó si cenaba y él contestó que sí ciento veinte veces y que no unas treinta, y las treinta avisó por la mañana para que no le pusieran plato.

Una fonda tiene un idioma propio y se puede vivir dentro de él años enteros.

¿Le subo agua caliente? ¿Va a bajar a comer?

La cuatro está pagada hasta el treinta y uno.

Con ese idioma se dice todo lo que hace falta para que una casa funcione y no se dice ni una sola cosa de las que importan, y ellos dos lo hablaron desde marzo hasta agosto con una corrección que en el pueblo se notó antes que la pelea.

Hubo dos veces en aquellos cinco meses en que aquello estuvo a punto de romperse por lo sano.

La primera fue en mayo, un domingo por la tarde, cuando la casa estaba vacía y coincidieron los dos en el corredor de arriba, cada uno con una sábana doblada en el brazo, y se apartaron los dos hacia el mismo lado.

La segunda fue en junio, cuando a Ramiro le subió fiebre y estuvo tres días en la cuatro, y Adela le subió los caldos y se los dejó en la cómoda sin entrar del todo, y a la tercera tarde se entretuvo en la puerta más de lo que hace falta para dejar un caldo.

Encarna no preguntó. Máximo preguntó una vez, en junio, y Adela le contestó que el señor Lahoz era un huésped como los demás, y Máximo no volvió a abrir la boca.

La tía Ramona, en cambio, siguió haciéndole a Ramiro lo mejor de la casa.

Le guardaba el hueso del jamón para su plato, le ponía el huevo encima de las judías y le sacaba la primera taza del café, y cuando Adela le dijo un día que por qué le trataba tan bien si tanto los odiaba, Ramona contestó que una cosa es la obra y otra un cristiano que come solo, y luego maldijo en aragonés y se fue con la fuente.

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Las alegaciones las escribió Adela en abril, en el comedor, en once tardes seguidas.

La idea de que las escribiera ella fue de la Nicolasa de casa Puyalón, que subió el primer día con un sobre y dos sellos y con la cara de quien viene a pedir un favor que no piensa devolver.

Detrás vinieron los demás, de uno en uno y casi todos a la hora de la siesta, para que no los viera nadie entrar en la fonda a pedir nada.

Once vecinos subieron con su escritura vieja debajo del brazo o sin escritura ninguna, y ella les fue preguntando lo que había que preguntar y lo fue poniendo en papel de barba con la letra clara.

Las llevó al ayuntamiento el mismo día, todas juntas, y pidió que le sellaran una copia porque eso se lo había oído decir a Ramiro un año antes y se le había quedado.

El de casa Bergua, que no era pariente del capataz de la obra aunque en el valle se lo preguntaron media docena de veces, no traía escritura, ni la había tenido nunca, y estuvo hora y media contando por qué la mitad de aquellas tierras eran suyas desde antes de la guerra de Cuba.

Adela lo escuchó entero y luego escribió cuatro líneas, porque de hora y media de un hombre que se defiende salen cuatro líneas que valgan en un papel y ni una más.

La contestación llegó en julio, en un oficio de doce líneas. Desestimadas las once; la razón venía en la línea nueve y decía que las alegaciones formuladas no aportaban elementos técnicos que desvirtuaran las conclusiones del proyecto.

Adela leyó esa frase cuatro veces y luego se la aprendió sin querer, como se aprende un padrenuestro.

Elementos técnicos. Ella había puesto que casa Puyalón tenía nueve fanegas de regadío y siete personas, que el horno era de todos, que la escuela se arregló en el treinta y dos y que en el molino trabajaban dos familias, y nada de eso era un elemento técnico.

Y lo que sí lo era estaba en una libreta de hule negro que dormía todas las noches a diez metros de su cama, y eso no lo sabía nadie en el mundo salvo un hombre.

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En agosto la conversación del valle había cambiado de asunto, y lo que se preguntaba en la cantina ya era cuándo pagaban.

Habían subido dos veces unos señores con una cinta métrica y una libreta, midiendo fachadas y anotando los árboles frutales de uno en uno, y detrás de ellos iba siempre alguien del pueblo diciendo que aquel nogal era más viejo de lo que parecía.

Casa Nerín no mandó a nadie detrás de los de la cinta.

Casa Nerín llevaba desde marzo tratando el asunto en otro sitio y con otra gente, y eso en el valle se sabía y no se decía.

El quiosco de la música se empezó en mayo por suscripción popular.

La idea fue del secretario y de dos de casa Sanromán, y el argumento era que si el pueblo se iba a acabar, que se acabara con quiosco; se recogieron setenta y ocho pesetas con veinte céntimos en tres semanas, se compró el hierro en Barbastro y se levantaron los seis pilares y el arranque del tejadillo.

Ahí se quedó. En agosto seguían los seis pilares con el hierro a la vista, la mitad de las tejas apiladas al lado y una tabla atravesada donde iban a ir los escalones.

Nadie volvió a hablar del asunto y nadie retiró las tejas, y en la fiesta la orquesta tocó al lado del quiosco y no dentro, y eso fue todo.

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La fiesta mayor de San Bartolomé cayó en sábado aquel año.

Hubo misa a las once con el cura de Escalona ayudando, procesión corta por la calle de Abajo, y a la salida el reparto del pan bendito, que lo hizo la mujer del secretario porque a la que le tocaba se le había muerto la madre en julio.

A las dos comieron en las casas y a las cinco fue la ronda, y la ronda aquel año la aguantaron nueve mozos, cuando en el treinta y uno fueron veintidós.

No vino la orquesta de Boltaña, que costaba trescientas cincuenta pesetas y ese año no se juntaron.

Vino un trío de Aínsa por ciento veinte: acordeón, clarinete y un chico con la caja.

Tocaron desde las diez de la noche hasta las cuatro de la mañana con dos descansos, y a las tres y media el del clarinete se sentó en el suelo y siguió tocando sentado.

Al del clarinete lo habían traído de Aínsa envuelto en una manta porque venía malo del estómago, y cenó en la fonda a las siete un caldo y nada más, y la tía Ramona estuvo toda la cena diciéndole que aquello era del agua de abajo y que en el valle el agua es otra cosa.

A las once tocaba como si tal cosa. A las tres y media se sentó en el suelo y desde el suelo tocó mejor que de pie, y hubo dos que se lo dijeron.

Faltaba gente. Casa Bellosta se había ido a Barcelona en junio, con los cuatro hijos y dos colchones, y casa Bergua había vendido las vacas en la feria de Aínsa y hablaba de irse a Zaragoza en la primavera.

En el baile se notó igual. La plaza estaba llena y no faltaba sitio, y aun así eran las mismas cuatro parejas las que bailaban todas las piezas.

Los de la obra estaban invitados, como todos los años, y como todos los años se quedaron en su rincón, junto al arco de la calle del Horno, bebiendo lo suyo y sin sacar a bailar a nadie. Aquel año eran menos: la brigada estaba en veintiséis hombres y hasta noviembre no volvían a ser cuarenta.

Julián bailó con Rosario Sanromán delante del pueblo entero y sin disimular nada, cinco piezas seguidas, y a la sexta se paró a beber y volvió a bailar la séptima.

Encarna lo miró desde la puerta de la fonda con los brazos cruzados y no dijo nada, y por no decir nada se entendió que aquello estaba dicho.

Fermín Nerín no sacó a bailar a Adela aquel año. Se acercó a saludar a Máximo, preguntó por la casa, dio las buenas noches y se fue antes de las doce, y esa fue toda su fiesta.

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Adela trabajó hasta las dos.

En la fonda, la fiesta mayor es la semana más larga del año y no la disfruta nadie de la casa.

Se empieza el martes con la matanza del cordero y se acaba el domingo fregando, y en medio hay que dar de comer a los de fuera, a los que vuelven, a los que traen a la novia a enseñarla y a los músicos, que comen antes que nadie y a deshora.

La fonda dio ochenta y cuatro cenas entre el comedor y la cantina, que era el doble de un día bueno, y a las once se acabó el vino de la cuba pequeña y hubo que bajar a la cuadra a subir la otra.

Adela bajó ella misma con el candil porque Julián estaba bailando y su padre estaba en la puerta contando anécdotas.

La cuba grande pesa lo que pesa y no la sube una mujer sola por seis escalones.

Estuvo un minuto largo mirándola con el candil en alto y calculando, porque calcular era lo que hacía siempre antes que cualquier otra cosa.

Podía llamar a su padre y su padre estaba contando por tercera vez lo del inglés que subió al valle en el veintiocho.

Podía esperar a Julián y Julián no iba a salir de aquella plaza antes de las cuatro.

Luego subió, se desató el delantal, cruzó la cantina entera por delante de cuarenta personas y se plantó en el rincón del arco.

— Señor Lahoz. Necesito dos manos en la cuadra.

Fue la frase más larga que le dijo en cinco meses.

Ramiro dejó el vaso, se descolgó de la pared y bajó detrás de ella, y entre los dos subieron la cuba por los seis escalones, él delante y ella detrás aguantando el peso de abajo, con el candil en el suelo y las sombras dando vueltas por la bóveda.

La subieron en tres tiempos y en el segundo la cuba se venció hacia el lado de ella, y Adela aguantó con el hombro y con la cadera, y lo único que se oyó en toda la escalera fue la duela contra la piedra. Es un trabajo que no se puede hacer hablando. Se hace mirándole las manos al otro y contando.

Cuando la dejaron encima del banco, los dos con los brazos ocupados y sin sitio donde ponerse, se quedaron a medio metro el uno del otro.

— Gracias — dijo Adela.

— De nada.