Raquel, 2025
Llevo tres semanas y media aquí y he levantado cuarenta y una unidades. Las estructuras no discuten. Se miden, se numeran, se fotografían y se quedan quietas, y por eso llevo doce años en esto y no en otra cosa.
El problema es que una ruina no te dice quién vivía dentro ni por qué se fue. Para eso hacen falta papeles, y los papeles de este sitio están en una nave con palomas a la que no me dejan entrar. Así que llevo dos días haciendo la única cosa que me queda: preguntar en el bar.
— La que sabe es Pilar — dice Charo, con el trapo en el hombro y las dos manos en la barra —. Pilar Nerín. La tía del alcalde.
— ¿Vive?
— Noventa y cinco y ni un pastillero. Vive en Aínsa, encima de la ferretería vieja, en un tercero sin ascensor. Bueno, con ascensor. Con ascensor que no anda.
— ¿Y me va a recibir?
— A ti no lo sé. Yo a esa mujer le pongo un nueve y medio y le quito medio punto solo porque una vez me dijo que mi ensalada rusa estaba pasada. Y tenía razón.
Le pido el teléfono y no lo tiene. Me da la dirección, el nombre del portal y el aviso de que llame por la mañana temprano, que por la tarde ve la televisión y no abre. Apunto las tres cosas en la libreta, debajo de la ficha del día, y ninguna de las tres es un documento.
———
El seis de octubre subo los tres pisos y no me abre.
El portal está entre una ferretería cerrada y una tienda de recuerdos que abre en Semana Santa. Huele a piedra fría. En octubre huelen así todos los portales viejos de esta comarca.
Me abre una mujer de unos cincuenta que lleva las llaves de tres casas en un bolsillo del pantalón.
Sin pasarme del rellano, me dice que doña Pilar hoy no recibe.
No dice que esté mala. No dice que esté durmiendo.
Dice que hoy no recibe, y lo dice sin apoyarse en ninguna palabra, porque la frase no es suya.
Escribo una nota en una hoja de la libreta. Mi nombre, el número del contrato de la comarca, qué estoy documentando y por qué. Cuatro líneas y el teléfono al pie.
Escribo trabajo. Tacho trabajo y escribo encargo, porque a la gente mayor la palabra trabajo le suena a que vas a cobrar de algo suyo.
La dejo doblada en el buzón y no debajo de la puerta, porque debajo de la puerta parece una amenaza y en un buzón parece una gestión.
———
El ocho por la mañana me llama Yolanda y me dice que suba a las once.
Yolanda me abre con la misma cara del lunes y no me pide perdón por lo del lunes, y hace bien.
El piso huele a lejía y a geranio. Son dos olores que no pegan y que juntos son exactamente el olor de la casa de mi abuela. El pasillo tiene el suelo de terrazo y una alfombra corrida que hace bulto en la tercera junta. Al fondo, la galería.
En el recibidor hay un mueble con tres fotografías. Una boda en blanco y negro. Un grupo de doce personas delante de una casa con escudo, y un retrato de estudio de un hombre con corbata. Ninguna tiene pie ni fecha. Miro la del grupo el tiempo que se puede mirar una cosa sin que se note.
La galería da al este y tiene ocho macetas de geranio en el poyo y cuatro colgadas. Están perfectos. En octubre, en el Pirineo, a novecientos metros, no hay geranios perfectos, y estos lo están.
Doña Pilar Nerín está sentada en una silla de anea con un cojín, de espaldas a la luz, y tiene en las manos unas tijeras de podar pequeñas, de las de flor, con el mango naranja. No las suelta en toda la mañana.
— Siéntese ahí — dice —. Ahí no, que ahí me tapa.
Me cambio de silla. La otra está pegada a la mesa camilla y desde ahí solo se le ve el perfil, con la luz de la galería detrás y la cara en sombra.
— Usted es la del pantano.
— Soy la que está documentando las ruinas, sí.
— Documentando. — Corta una hoja seca y la deja en el regazo —. En mi casa a eso se le llamaba mirar.
Me río y ella no, y a partir de ahí ya sé de qué manera va a ir la mañana. Me acomodo en la silla igual que quien se sienta a esperar un autobús del que no conoce el horario.
Le explico el encargo en las cuatro frases que llevo preparadas: la comarca, los cuatro meses, la ficha de cada estructura, el inventario, la memoria. Le digo que no soy de la empresa. Le digo que no soy del ayuntamiento.
— Ya sé de quién no es. ¿De quién es?
— De nadie. Me pagan cuatro meses y me voy.
— Pues eso es de la comarca.
Tiene razón y no se lo discuto. La comarca me paga, la comarca firma la memoria y la comarca decidirá qué hace con ella cuando yo esté en otro sitio. Eso es exactamente de quién soy.
———
Trabajo así desde hace doce años. Hay una parte del oficio que no sale en ningún manual y que consiste en aguantar callada mientras alguien decide si te cuenta algo. Es una espera larga y sin nada que hacer. No puedes insistir y no te puedes levantar de la silla.
Y hay otra parte del oficio que tampoco sale en los manuales: no corregir.
Si el informante dice mil novecientos cuarenta y fue el cuarenta y dos, tú apuntas cuarenta y sigues.
La corrección la haces después, en casa, contra un papel.
Si la haces delante, se acabó la entrevista y no vuelve a abrirte la puerta nadie de esa familia en veinte kilómetros a la redonda.
Doña Pilar tarda veinte minutos en decidir.
En esos veinte minutos me habla del precio del butano y de una sobrina segunda que vive en Zaragoza.
También de un cura que hubo en Aínsa en los años setenta y que era muy buen hombre.
Yo pregunto por el pueblo dos veces y las dos veces me contesta otra cosa.
A la tercera me contesta lo que quiere contestar, que no es lo que le he preguntado. Lo suelta de golpe, sin levantar la vista de la maceta, y se nota que lo ha estado guardando desde el lunes.
— La fonda era la mejor casa del pueblo.
— ¿La mejor?
— La mejor. — Deja las tijeras en la falda y las vuelve a coger —. La casa grande era la más rica. Es otra cosa. En la fonda entraba todo el mundo, y en la fonda se sabía todo, y comía usted mejor que en ninguna casa del valle. Mi madre mandaba a buscar allí la merienda cuando venía gente.
— ¿Usted iba?
— Yo era una cría. Iba a por lo que me mandaban.
Anoto: fonda Buisán, prestigio local, servicio a casa Nerín. Lo anoto delante de ella, despacio, para que vea que apunto y no grabo. La gente mayor tolera mejor una libreta que un teléfono encima de la mesa.
— ¿Y usted se acuerda del pueblo?
— Yo tengo noventa y cinco años y me acuerdo de todo, hija. Lo que pasa es que no lo cuento todo.
———
A las doce menos cuarto le pregunto por las dos cotas. Llevo la carpeta encima de las rodillas desde que he entrado y no la he abierto hasta ahora. Abrirla antes de tiempo es la manera más rápida de que te echen.
Se lo pregunto con el papel delante, porque es lo único que sé hacer. Le enseño la fotocopia de la hoja con el ochocientos doce y la fotocopia de la hoja con el ochocientos treinta y seis tachado. Le explico lo que significa cada número y dónde llegaría el agua con cada uno.
Doña Pilar mira las dos hojas. Las mira de verdad, no por cortesía. Las mira el tiempo que hace falta para leerlas.
— Yo de números no entiendo.
— Doña Pilar.
— No entiendo. — Corta otra hoja seca —. ¿Y esto de dónde lo ha sacado?
— Del archivo de la comarca. Es público.
— Público. — Se le queda la palabra dando vueltas —. Ahí no había nada público en aquellos años.
Le pregunto si le suena el nombre de las Foces. Le pregunto si en su casa se hablaba de que hubiera otro sitio. Le pregunto si su padre tuvo algo que ver con el emplazamiento.
Y ahí es donde se acaba la mañana amable. Las tijeras se cierran de golpe sobre un tallo que no tocaba y el tallo cae al suelo con flor y todo.
— Mi padre no era un ladrón.
— No he dicho eso.
— Lo ha preguntado, y preguntarlo es lo mismo pero más fino.
— Se endereza en la silla y por primera vez me mira de frente y no de lado —.
Mi padre perdió la Cerollera entera. Once hectáreas de regadío, las mejores del valle, y no le pagaron ni la mitad de lo que valían.
Eso no lo cuenta nadie. Aquí todo el mundo cuenta lo que perdió, y de los que perdimos arriba no se acuerda ni Dios.
— Perdón.
— No pida perdón, que queda mal. Pregunte otra cosa.
Me quedo un momento sin saber qué preguntar. Fuera, en la escalera, alguien sube arrastrando algo, y se para en el descansillo, y sigue.
Y de eso hay papel. Es verdad lo de la Cerollera: está en la relación de bienes y derechos con el nombre de Ovidio Nerín Latre, y lo comprobé el jueves pasado con la ortofoto al lado.
Y también es verdad, y esto no se lo digo, que casa Nerín conservó el monte alto, la serrería y la cantera, y que el poblado nuevo se construyó en una ladera que era suya.
Las dos cosas a la vez, y ninguna de las dos explica nada por sí sola.
———
A las doce y media Yolanda trae café y se va. Doña Pilar no lo toca.
— ¿Usted de quién es? — me pregunta de pronto.
— ¿Cómo?
— De quién es usted. De qué casa.
— Mi abuela era de Valdebruna. Amparo Buisán.
Las tijeras se paran encima de la maceta de la izquierda y ahí se quedan, abiertas y sin cortar nada.
No hace ningún gesto de película. No se le cae nada, no se lleva la mano al pecho, no se le humedecen los ojos. Sencillamente deja de mover las tijeras y se queda quieta cuatro o cinco segundos. Es mucho tiempo cuando estás mirando unas manos.
— Amparo — dice —. La de la fonda.
— Sí.
— ¿Y vive?
— Murió en febrero.
Las tijeras se paran otra vez, y esta vez tardan más en volver a moverse.
Coge el café. Le echa un sobre de azúcar y no lo remueve.
— Su bisabuela era Adela.
— Sí.
Digo sí y me sale sin pensar. Es lo que me han dicho toda la vida. Es lo que pone en el árbol que hizo mi madre en un cuaderno cuando yo tenía doce años.
— En octubre del treinta y ocho llevé yo un recado a esa casa — dice doña Pilar —. Tenía ocho años. Me mandaron con un papel doblado en la mano y me dijeron que no lo soltara hasta el portalón.
Dejo de escribir. La libreta se me queda abierta encima de la rodilla y el bolígrafo apoyado en el renglón, y así se queda, sin que ninguna de las dos lo mire.
— ¿Qué recado?
— Un papel doblado.
— ¿Y qué pasó?
— Que salió ella al portalón y lo cogió.
— ¿Y?
Doña Pilar mira los geranios. Con las tijeras corta una hoja que no está seca. Se da cuenta y la deja caer al suelo.
— Me acuerdo de la cara que puso.
Espero. He aprendido a esperar. Cuento hasta veinte, y luego hasta cuarenta, y en el rellano el ascensor hace el ruido que hacen los ascensores que no funcionan, un chasquido y nada.
— Doña Pilar.
— Tráeme el agua, hija, que está en la cocina, en la nevera, en la botella empezada. Y no me la traigas del grifo, que aquí sabe a tubería.
———
Le traigo el agua. Se la bebe entera, sin parar, con las dos manos en el vaso. Después me habla veinte minutos seguidos de un perro que tuvo en el sesenta y ocho y que se llamaba Tino.
Cuando me levanto para irme le dejo mi teléfono otra vez, escrito con letra grande en una hoja arrancada, y le digo que puede llamarme a cualquier hora. Ella lo dobla en cuatro y se lo mete en el bolsillo del delantal. No esperaba tanto.
Ya en el rellano, con la mano en la puerta y sin invitarme a volver, me suelta lo último de la mañana.
— Mi sobrino ha puesto un cartel.
— ¿Ignacio?
— Un cartel en la carretera, con una flecha. Ruta del pueblo sumergido. Con una flecha, como si aquello fuera una cueva.
— Ya lo he visto.
— Váyase con Dios.
Y cierra.
———
Bajo los tres pisos otra vez y en el segundo está la misma vecina con la misma regadera. Me cuenta que el ascensor lleva parado desde mayo y que se le va a morir el marido en el cuarto sin que nadie se entere. Le digo que lo siento y no se me ocurre nada mejor.
Salgo a la calle y me quedo un minuto largo en la acera con las llaves en la mano y sin saber a dónde voy.
En el coche apunto la entrevista antes de arrancar. Si no, se pierde. Fecha, hora de inicio, hora de fin, lugar, informante, edad, relación con el yacimiento. Luego, en observaciones, lo que ha dicho, entre comillas y sin arreglarlo.
Octubre de 1938. Un papel doblado. Ocho años. La cara que puso.
Lo leo dos veces y no me dice nada. Un recado en octubre del treinta y ocho de la casa grande a la fonda puede ser una merienda, una deuda, un pésame o un encargo de cordero. En octubre del treinta y ocho, en este valle, podía ser cualquier cosa y casi todas las cosas eran malas.
No sé qué es. No tengo ni un documento que lo sostenga y en una memoria técnica no se puede meter una frase de una señora de noventa y cinco años sin más. Lo pongo igual, en el apartado de fuentes orales, con su número, que para eso está el apartado.
Lo que sí anoto, con letra normal y sin subrayar, es que doña Pilar contestó a todas mis preguntas menos a dos. A la de las cotas y a la de las Foces. Y que a esas dos no contestó lo mismo que a las otras: no las esquivó hablando de otra cosa. Se quedó callada y esperó a que yo cambiara de tema.
Antes de arrancar me suena el teléfono. Es un correo de la empresa, con registro de salida y todo, tres párrafos y una firma escaneada.
Deniegan el acceso a la documentación técnica por tratarse de fondo privado de la concesionaria, y me indican que puedo dirigirme a la Confederación.
Se lo reenvío a Marcos tal cual, sin una palabra.
Contesta a los diez minutos: Te lo dije.
Y a los once: Lo siento.
Salgo de Aínsa por el puente, detrás de una furgoneta de reparto que va parando en doble fila cada cincuenta metros.
En el retrovisor, por encima de los tejados, se ve el último piso del bloque de doña Pilar, con la galería llena de geranios y el toldo medio bajado.
Yolanda los riega los lunes y los jueves con agua del grifo.
Me lo ha dicho ella en la puerta, sin que se lo preguntara, mientras yo buscaba las llaves.