La fonda de Valdebruna Adela, 1935 #2
38%

Adela, 1935 #2

Se fue, y detrás se fueron seis o siete. Los demás se quedaron y siguieron bebiendo y hablando en voz más baja, y hacia las nueve la cantina estaba como cualquier otra noche, salvo que nadie cantó.

El pueblo no se puso de parte de Sebastián Callizo.

En las semanas siguientes la fonda siguió llena, siguió cobrando y siguió fiando, y nadie dejó de saludar a Adela en la plaza ni de pedirle que le escribiera la alegación en papel de barba.

Pero cuando ella entraba en un corro, el corro cambiaba de tema y lo cambiaba con mucha educación.

Y no siempre era por el dinero. En octubre se casó la mayor de casa Latre, que había ido a la escuela con Adela y le había pedido prestada la mantilla dos veces, y a la fonda no llegó convite. Encarna estuvo tres días diciendo que mejor, que así no había que hacer regalo.

———

Encarna la esperó en la cocina, de pie y con la puerta abierta.

— ¿Le has sacado lo del fiado delante de la gente?

— Sí.

— Pues ya está. Ya tienes al pueblo entero contando lo que debe cada uno. — Encarna cogió el cazo y lo dejó otra vez —. Se dice en la puerta y en voz baja. Nunca dentro.

— Me ha llamado ladrona delante de cuarenta hombres.

— No te ha llamado ladrona. Te ha llamado lista, que aquí es peor.

Encarna había servido en aquella cantina desde los diecisiete años y sabía de sobra lo que es una casa que da de comer a todo el mundo y no es de nadie.

En una fonda el que entra tiene razón aunque no la tenga, y el que sirve se calla y apunta.

Eso no lo había sacado ella de ningún libro, sino de su suegra, que se lo enseñó en una semana y ella tardó treinta años en creérselo del todo.

Adela se quedó fregando hasta la una y media, y fregó los nueve platos de la brigada y los cuarenta y tantos vasos de la cantina y las dos fuentes grandes y la olla, y a la olla llegó ya sin ganas y la dejó a remojo, cosa que su madre le tenía prohibida desde niña.

A la mitad de la olla apareció la tía Ramona en camisón, con la vela en una mano y el rosario en la otra, y dijo que ella ya lo había avisado en el treinta y uno y que nadie le hizo caso.

Maldijo en aragonés. Se santiguó. Preguntó si quedaba algo de la fuente de las judías y se sentó a comérselo frío, de pie primero y luego sentada, sin dejar de decir que aquello no había quien se lo comiera.

Julián apareció a las dos de la mañana, se sentó en el poyo y habló de todo menos del edicto y de lo de Sebastián Callizo. Le contó que en Escalona había un hombre que compraba ganado y que a lo mejor había que empezar a pensar en la mula. Estuvieron media hora hablando de la mula.

———

El jueves de aquella misma semana subió Fermín Nerín a la fonda a encargar una comida para el sábado. Doce cubiertos, en el comedor de arriba si lo había, y que no faltara cordero.

— ¿Doce? — dijo Adela, con el libro abierto.

— Doce. Vienen unos señores de Barbastro y de Huesca.

— ¿Y quiere el vino de la casa o del otro?

— Del otro. Y apúntemelo todo junto, Adela, que ya pasaré yo a fin de mes.

Lo apuntó todo junto. Fermín tenía treinta años, era el hombre más educado del valle y se quitaba el sombrero también delante de las criadas, y cuando salió por el portalón lo hizo dando los buenos días al que estaba barriendo.

Subieron a las Foces al día siguiente, ella y Ramiro, sin quedar y quedando.

No fue arriba del todo donde se dijeron las cosas, sino a media escalera, en el sitio donde se paran siempre los que suben.

Adela subió cuarenta y dos peldaños y se sentó, y Ramiro subió detrás y se quedó de pie uno por debajo, para no quedarse por encima de ella.

Marzo estaba entrando bien aquel año, y la nieve se había ido de la solana quince días antes de lo normal y por el barranco bajaba el agua turbia, del color que trae cuando se está deshaciendo el hielo de arriba.

Desde el peldaño cuarenta y dos se ven los tejados, y Adela los había mirado muchas veces de cría, cuando subía a esconderse de su madre, y siempre le salían sesenta y uno, y siempre le faltaba uno, y nunca averiguó cuál.

Su padre decía que el que falta es el que queda detrás de la torre.

Su madre decía que su padre no había subido a esa escalera en su vida.

Abajo se veía el pueblo entero: la plaza en cuesta, la torre, la casa grande con el escudo, las eras y la Cerollera, y el río haciendo la curva de abajo antes de meterse en Bagüeste. Un valle no se ve nunca entero desde dentro. Desde aquella escalera casi.

— ¿Se podía haber hecho de otra manera? — preguntó Adela.

Ramiro tardó. Tardó cuatro segundos largos.

— No.

— Contéstame otra vez.

— No se podía, Adela. El Plan pide salto y el salto está abajo. Cualquier ingeniero de este país habría llegado al mismo sitio.

Y era verdad todo lo que dijo, palabra por palabra, y por eso pudo decirlo mirándola. Lo que no dijo fue lo otro, que cabía en una frase de once palabras y que llevaba dieciséis meses en el bolsillo de dentro de su chaqueta, en una libreta de hule negro con las tapas cosidas.

Adela no le preguntó nada más de aquello, porque ella también sabía callarse y lo hacía mejor que él, y aquel día lo hizo por otra razón.

— ¿Y tú te vas a quedar hasta el final?

— Hasta que me manden a otro sitio.

— Eso no lo decides tú.

— Adela.

— Yo he empezado a hacer una cuenta esta noche — dijo ella, mirando abajo —.

He contado las casas que se ahogan, y son sesenta y dos.

Por encima de la cota no queda ninguna, porque el cementerio no es una casa.

He contado los años que llevo llevando el libro de esta fonda, y son seis.

Y luego me he puesto a contar lo que va a valer todo eso cuando lo tasen, y ahí lo he dejado, porque no sé lo que vale una casa en la que ha nacido tu padre.

Ramiro no contestó a eso, y lo que hizo fue agacharse, coger una piedra suelta del peldaño y volver a ponerla en su sitio, un poco más encajada.

— Yo no puedo casarme contigo — dijo Adela.

— Eso ya lo hemos hablado.

— No lo hemos hablado. Lo has dicho tú una vez en el treinta y cuatro y yo te dije que sí, y luego seguimos igual. Ahora es otra cosa. Ahora, si esto sigue así, en este pueblo la que se case con uno de la obra no vuelve a servir una mesa en su vida. Y esta casa somos cuatro y una vieja.

— ¿Y tú qué quieres que haga? — dijo Ramiro —. ¿Que vaya al ayuntamiento y presente yo la alegación?

— No.

— Porque la presento. La escribo esta noche y la presento mañana, y la firmo con mi nombre y con mi número.

— Y a la semana siguiente estás en Cuenca y el edicto sigue en el tablón. — Adela se subió la toquilla —. No te lo estoy pidiendo. Te estoy diciendo lo que hay.

— Yo puedo pedir traslado.

— ¿Y yo qué hago en Huesca, Ramiro? ¿Qué hago yo en Huesca?

No hubo respuesta a eso. La había, seguramente, pero no la que se puede decir en marzo del treinta y cinco en una escalera que no lleva a ninguna parte.

Estuvieron callados hasta que abajo tocaron las tres, y las campanas se oyeron mal. Desde arriba el sonido se va hacia el otro lado del valle.

Adela se levantó, se sacudió el polvo de la falda con dos golpes y se puso la toquilla.

— La cuatro se la voy a seguir guardando — dijo —. Está pagada hasta fin de mes.

— Adela.

— Y baje usted con cuidado, que los peldaños de abajo están mojados y se resbalan.