Adela, 1935
El edicto subió al pueblo en el macuto del cartero de Escalona, un martes de marzo, con las cartas y el recibo de la contribución de casa Sanromán.
Venía en el Boletín Oficial de la Provincia, en la página cuatro, con letra pequeña y sin un solo adjetivo, y don Serapio Mur lo recortó, lo pegó en una cartulina y lo clavó en el tablón del ayuntamiento a las once de la mañana.
A las once y cuarto había once personas delante del tablón y a las doce estaba la plaza entera, que en Valdebruna, en marzo y en día laborable, quiere decir unas cuarenta mujeres, los viejos y los críos de la escuela. Los hombres estaban abajo en la obra cobrando sus siete pesetas.
Doña Visi sacó a los críos de la escuela a las once y media y los puso en fila contra la pared del horno.
No había manera de dar clase con aquel ruido debajo de las ventanas.
Los críos aguantaron quietos ocho minutos, y después se colaron entre las faldas hasta el tablón, y el mayor de todos, el tercero de Sebastián Callizo, un chaval de diez años que se llamaba Ángel, leyó el edicto en voz alta y a trompicones para los que no sabían leer, parándose en las palabras largas y saltándose enteras las que no entendía.
Cuando llegó a lo de la cota lo repitió dos veces. Desde atrás se lo pidieron.
Adela bajó con el delantal puesto y la lista de la compra en el bolsillo, y se puso detrás, que es donde se pone la gente de las casas que sirven al pueblo, y desde allí leyó por encima de tres cabezas lo que ya se contaba desde diciembre y ahora estaba impreso.
Información pública del proyecto de pantano en el río Vellosa, término municipal de Valdebruna. Cota de máximo embalse, ochocientos doce metros. Quince días hábiles para alegaciones, contados desde la publicación.
La cota de máximo embalse eran ochocientos doce metros y la plaza de Valdebruna está a setecientos noventa, y Adela lo sabía desde el verano del treinta y uno, cuando un hombre con un trípode se lo dijo sentado en un peldaño y ella no supo qué hacer con el dato.
Ahora sabía hacerla, y la cuenta era que ochocientos doce menos setecientos noventa son veintidós metros de agua por encima de la fuente, y que la torre de San Bartolomé mide veintiséis desde el suelo hasta la veleta.
Le sobraban cuatro metros. Por encima del agua iban a quedar la veleta y el cuerpo de las campanas, y eso si no la desmontaban antes.
Información pública quiere decir que el proyecto está a la vista de todo el mundo durante quince días hábiles y que en esos quince días cualquiera puede presentar por escrito lo que tenga que decir, y que después de los quince días ya no.
Eso venía en el edicto, en la penúltima línea y con las mismas letras que lo demás, y en la plaza no lo leyó nadie.
Delante del tablón, la Nicolasa de casa Puyalón preguntó en voz alta qué era una cota.
Nadie contestó a la primera, y luego el secretario dijo que era la altura, y la Nicolasa preguntó la altura de qué, y el secretario dijo que del agua, y entonces se calló todo el mundo a la vez, y un silencio así en una plaza se oye.
Mosén Arturo llegó tarde, leyó el edicto dos veces con las gafas en la punta de la nariz y dijo que había que esperar, que aquello eran papeles y que los papeles cambian.
Tenía cuarenta y cuatro años y llevaba nueve en la parroquia, y no se le ocurrió otra cosa, y probablemente no había otra cosa que se le pudiera ocurrir.
Don Ovidio Nerín no bajó a la plaza, sino que estuvo en el balcón de la casa grande, sin sentarse, el tiempo que hizo falta para verlo todo, y luego entró y cerró la puerta del balcón, y a las dos de la tarde su hijo Fermín salió a caballo camino de Aínsa.
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La fonda dio de comer aquel día a nueve hombres de la brigada, como todos los días desde el año treinta y tres.
Aquella tarde, con el libro abierto delante y sin apuntar nada, Adela hizo la cuenta entera de lo que se ahogaba y le salió mal tres veces.
El molino, que está a setecientos sesenta y dos y es el primero que se moja; la huerta de abajo entera; las eras y el pajar grande; el horno, de todos y de nadie; la escuela, que la arreglaron en el treinta y dos y todavía huele a cal.
Y la Cerollera, de casa Nerín en tres cuartas partes, y ahí se le torció la cuenta, porque a los Nerín les entraba el agua hasta media vega y eso no le encajaba con nada de lo que se decía en la cantina.
Adela sirvió los nueve platos, cobró los nueve, apuntó los nueve en el libro y no le tembló la mano, porque una cosa es lo que uno lleva dentro y otra es la letra.
Encarna estuvo en la cocina desde las once hasta las cuatro sin salir, y la tía Ramona salió tres veces y las tres dijo lo mismo en aragonés, y a la tercera Encarna le dijo que si tenía que maldecir que maldijera fuera, que se iba a cortar el guiso.
Por la tarde empezó a subir gente de la obra, y subieron antes de la hora, en cuadrilla, con las botas embarradas hasta media pantorrilla, y no fueron a sus casas sino derechos a la cantina.
Y allí se rompió el pueblo.
No se rompió por la mitad, que hubiera sido más fácil, sino en pedazos distintos y de tamaños distintos: los que llevaban cuatro años cobrando siete pesetas y ahora se quedaban sin casa; los que no habían cobrado ni un jornal y ahora se quedaban sin casa igual; los tres o cuatro que tenían la tierra arriba, por encima de la cota, y que aquella tarde no abrieron la boca ni miraron a nadie; y una mujer, la de casa Puyalón, que se puso a llorar por la escuela, lo único suyo que no era suyo.
En la cantina cabían veinticinco personas y aquella tarde hubo más de cuarenta.
Gritaron. Gritaron contra la empresa, contra el ayuntamiento, contra el secretario, el único que estaba allí para recibirlo, y contra Madrid, porque Madrid queda lejos y sale más barato.
Uno dijo que había que ir a Huesca todos juntos y otro preguntó cuánto pagaban por una casa, y eso no lo sabía nadie.
Un tercero dijo que a su suegro, en el pantano de Barasona, le habían dado tres mil pesetas por una casa de dos plantas y que con eso no se compra ni un pajar.
— ¿Y el cementerio? — preguntó la de casa Puyalón desde el fondo —. ¿El cementerio también?
— El cementerio no — dijo Ramiro desde la puerta —. El cementerio está a ochocientos treinta y uno.
Fue lo único bueno que se dijo en la cantina aquella tarde, y dos mujeres se echaron a llorar por eso más que por su casa, y una de las dos no tenía allí a nadie enterrado.
Hacia las siete la conversación se volvió práctica, y por eso se puso peor, y empezaron a preguntar por el papeleo: si había que ir a Barbastro o a Huesca, si el ayuntamiento ponía el abogado, si valía la escritura vieja o había que sacar una nueva, si a los que llevaban tierras en aparcería les tocaba algo.
De las cuatro preguntas, tres no tenían respuesta, y la cuarta sí la tenía y no gustó.
Máximo servía vino y decía que se calmaran, y cada vez que lo decía la cosa iba a peor, porque Máximo tenía la voz de dar la bienvenida y no la de parar nada.
Ramiro estaba en el rincón de la puerta con el vaso lleno y no lo tocó en toda la tarde, y cuatro veces le preguntaron directamente y cuatro veces contestó lo mismo: que él no firmaba proyectos, que el edicto lo firmaba la Jefatura y que las alegaciones se presentaban en el ayuntamiento, por escrito, en quince días.
— Por escrito — dijo uno —. Aquí no sabemos escribir ni la mitad.
— Entonces vengan y se las escribo yo.
Eso lo dijo Adela desde detrás del mostrador, con el lapicero en la mano y el libro abierto. Y era verdad, y en la cantina se hizo un silencio de dos segundos, que en una cantina con cuarenta hombres es muchísimo.
Y entonces habló Sebastián Callizo.
Sebastián Callizo tenía cuarenta y seis años, seis hijos y un huerto que no daba para seis hijos, y llevaba desde el treinta y tres en el desmonte de la pista.
Era de los que habían cobrado y era, además, el que había abierto la boca por todos en aquella misma cantina cuatro años antes, cuando dijo, sin levantar la voz, que a él lo que le daba mala espina era no comer.
Se levantó, dejó el vaso en la mesa y señaló hacia el portalón con la barbilla, hacia fuera, hacia arriba, hacia donde estaba el rótulo pintado sobre el portalón desde el año doce, en letras negras de medio palmo.
— Escribirlas ella. Claro que sí. Que las escriba la de la Fonda de Valdebruna, que lleva cuatro años dándoles de cenar a los que nos ahogan y cobrándoles la pensión completa y el vino aparte.
Esta casa es la única del pueblo que ha ganado con esto.
Y cuando esto sea un charco, el letrero se lo ponéis a una barca.
No lo dijo gritando. Eso fue lo peor. Lo dijo con la voz que se usa para decir una cosa que se lleva pensando mucho tiempo y que se ha ensayado dos o tres veces sin querer, mientras se pica piedra.
Nadie le contestó, y hubo uno que dijo hombre, Sebastián, y no pasó de ahí, y los demás miraron al suelo o miraron a Adela, y de las dos cosas la peor fue la segunda.
Adela cerró el libro, y no lo cerró de golpe, y puso el lapicero en el canto del mostrador, con la punta hacia dentro, y le contestó lo único que sabía contestar.
— Trescientas veintiséis pesetas, Sebastián.
— ¿Qué?
— Lo que le debe a esta casa tu cuñado desde el mes de octubre, en fiado, apuntado y firmado con una cruz porque no sabe firmar.
Y no se lo he reclamado ni una vez. Si mañana quieres la cuenta entera de lo que esta casa ha fiado en el valle desde el treinta y uno, te la saco en una hoja y la cuelgas en el tablón al lado del edicto.
Sebastián Callizo cogió la boina de la mesa y se quedó un momento con ella en la mano, dándole la vuelta, y aquella fue la única vez en toda la tarde que estuvo callado.
— No hacía falta decir eso delante de todos — dijo.
— Tú tampoco.