La fonda de Valdebruna Ramiro, 1934
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Ramiro, 1934

En la caseta de Bagüeste hacía el frío de dentro, el que no se mueve y no se quita andando. Ramiro llevaba desde las ocho pasando a limpio las cubicaciones del desmonte, con los guantes cortados por la punta de los dedos y el tintero encima de la estufa para que no se espesara.

La camioneta subió a las once y diez. Se oía antes de verse, porque la pista venía en revuelta y el ruido rebotaba en la pared de enfrente. Ramiro cerró el cuaderno de cubicaciones, se quitó los guantes y se puso la chaqueta, y todo eso le llevó lo que la camioneta tardó en llegar al ensanche.

Don Fabián Orduna bajó con el abrigo puesto y una cartera de tapa dura, y lo primero que dijo fue que allí arriba hacía menos frío del que le habían contado. Tenía cincuenta y cinco años y un catarro, y se sentó en el lado bueno de la mesa sin que nadie se lo indicara, como hacía siempre.

De Huesca a Aínsa hay cien kilómetros y de Aínsa a la caseta once más, y don Fabián los había hecho todos en una mañana de noviembre, con catarro y con un legajo de veinte hojas en la cartera. Eso también era un dato.

— ¿Tiene café?

— Tengo achicoria.

— Póngamela.

Bebieron los dos de pie, sin hablar, mirando el estrecho por la ventana de poniente, y desde esa ventana se veía el sitio exacto donde iría el estribo derecho, sesenta y un metros por encima del cauce. Sesenta y uno, si al final se hacía lo que decía el anteproyecto, y todavía podían subir dos.

Después don Fabián abrió la cartera y sacó un legajo de veinte hojas, cosido con hilo rojo, y lo puso en el centro de la mesa con las dos manos.

— Léalo.

Informe sobre la aptitud geológica de la cerrada de las Foces. Huesca, catorce de noviembre de mil novecientos treinta y tres. Firmado por don Fabián Orduna Berges, ingeniero de caminos, canales y puertos, director de las obras.

Ramiro leyó las veinte hojas de pie y tardó veinte minutos largos. En la página once estaban los partes de sondeo, y en la página once se paró.

Sondeo S-4: conglomerado poligénico con matriz arenosa, permeable, hasta los veintidós metros. Sondeo S-5: ídem, con indicios de falla a los dieciocho metros y pérdida total de agua de perforación.

Él hizo esos dos sondeos entre el veintiséis de junio y el nueve de agosto del treinta y tres.

Los hizo con Bernal y con el chico de Escalona, y sacó los testigos, y los envolvió, y los numeró uno por uno con lápiz de grasa.

Caliza gris, sana, desde los seis metros.

Desde los seis con cuarenta, para ser exacto.

No hubo pérdida de agua en ninguno de los siete y no hubo falla en ninguno de los siete.

Ayudante de Obras Públicas. Eso quería decir que había hecho el ingreso a los diecinueve, que había estudiado tres años en Madrid con una pensión de un tío suyo y que salió con el número catorce de treinta y uno.

Los de caminos entraban por otra puerta y salían por otra, y a los cuarenta firmaban.

Su padre había tenido una fundición pequeña en el barrio de San Pablo y la perdió en el veinte, y desde entonces en aquella casa la palabra carrera se decía bajito.

— Esto no es lo que yo saqué — dijo.

— No.

Don Fabián dejó la taza en el poyo de la ventana. No levantó la voz. No la levantaba nunca, y por eso la gente lo escuchaba.

— Siéntese, Lahoz.

Ramiro se sentó, y al otro lado de la mesa había una silla y en la silla había una manta doblada, y se estuvo mirando la manta un rato porque era más fácil que mirar el legajo.

— Lo que tiene usted delante no es una mentira, es una redacción — dijo don Fabián —. Los datos son suyos. La interpretación es mía. Yo firmo la interpretación y usted no firma nada.

— Los datos no dicen eso.

— Los datos son piedra y agua, Lahoz. Lo que hay en ese papel es una opinión técnica y la opinión la firmo yo. Y aquí falta una diligencia al pie, de conformidad del ayudante que ejecutó los trabajos de campo. Es una línea. Se pone la fecha, se pone conforme y se firma.

— ¿Y si no la pongo?

— Entonces se busca a otro que la ponga y el expediente sale igual, con quince días de retraso.

Ramiro miró por la ventana, donde la niebla estaba a la altura de la cornisa de la izquierda, unos veinte metros por encima del cauce. Veintidós.

— Las Foces era viable — dijo.

— Las Foces era barata. Que es distinto, y no lo digo por hacerme el listo.

Don Fabián sacó del bolsillo un pañuelo y se sonó despacio, y después lo dobló y se lo guardó, y siguió por donde lo había dejado.

— Se lo voy a explicar una vez y no lo vamos a volver a hablar.

En Madrid no hay malas personas: hay plazos.

El Plan pide salto y el salto está abajo.

Con las Foces se anegan cuarenta y una hectáreas y el salto bruto es de cuarenta y un metros; con Bagüeste se anegan trescientas veintidós y el salto es de setenta y ocho.

Nadie que tenga que dar cuenta de un presupuesto va a defender lo primero.

— Con Bagüeste se anega el pueblo.

— Con Bagüeste se anega el pueblo, sí. Y se indemniza. Está previsto y está presupuestado y hay un capítulo para eso.

— Doscientos cuarenta y ocho vecinos.

— Doscientos cuarenta y ocho vecinos que van a cobrar.

Y hay una cosa más, y esta se la digo para que no ande usted haciendo cuentas raras: con Bagüeste pierde también casa Nerín.

Pierde la Cerollera entera, que es la mejor vega del valle.

Así que no me venga con que esto se ha hecho para favorecer a nadie del pueblo.

Ramiro se quedó callado. Eso era verdad y le había estado dando vueltas desde el año anterior, y era la parte que no le encajaba y seguía sin encajarle.

— ¿Y el monte alto?

— ¿Qué pasa con el monte alto?

— Que con Bagüeste no se moja. Ni el monte, ni la serrería, ni los pastos de arriba, ni la cantera.

Don Fabián se puso el abrigo despacio, buscando la manga, y desde dentro del abrigo contestó.

— Ya veo que hace usted bien las cuentas. Eso en un ayudante está bien visto hasta cierta altura.

— No es una acusación.

— Ya sé que no. Y como no lo es, se lo explico una vez y se acabó.

Don Fabián se sentó otra vez sin quitarse el abrigo y apartó el legajo dos palmos hacia un lado. Fue contando con el índice encima del tablero, sin llegar a tocarlo, como quien enumera los apartados de un expediente.

— Uno. Don Ovidio Nerín tiene concertado el justiprecio de la Cerollera con la concesionaria desde el treinta y dos, con perito de las dos partes y firmado. Cobra el primero y cobra a precio de antes de que se supiera nada.

— ¿Eso está permitido?

— Eso está hecho. Dos. La ladera de la cota ochocientos cuarenta y cinco es suya, y ahí es donde habrá que levantar el poblado nuevo para meter a doscientas cuarenta y ocho personas.

Tres. La cantera de la vuelta del río es suya, y de ahí sale el firme de doce kilómetros de carretera.

Cuatro. La madera de entibación de la galería sale del monte alto, que con Bagüeste no se moja.

Ramiro se quedó en el dos y no consiguió pasar del dos mientras el otro seguía hablando.

— Con las Foces no hay nada de eso — dijo don Fabián —. No hay poblado, no hay carretera, no hay nueve años de obra y no hay a quién comprarle. Hay una presa de treinta y cuatro metros que le anega el monte, la serrería y los pastos de arriba, y que no le paga por ninguna otra cosa.

— Con Bagüeste también pierde. Pierde la vega.

— La vega la vende. Aquí no hay nadie que evite perder, Lahoz: lo que hay es quien pierde y quien vende.

Se levantó, se estiró el abrigo por los faldones y esperó por si el otro decía algo.

— Y ahora le digo lo que es esto, y luego usted haga lo que quiera. Las Foces ya no es una cerrada, es un pleito. Y quien lo abra no lo va a ganar: lo va a llevar encima toda la vida.

Cogió el legajo, lo golpeó de canto contra la mesa para cuadrarlo y lo volvió a dejar.

— Su libreta no es una prueba, es una libreta.

Un cuaderno de campo de un ayudante, sin visar, sin registrar y sin testigos, contra un informe firmado por el director de las obras y registrado en la Jefatura.

Piénselo con calma. Y no lo enseñe por ahí, que después de lo de octubre no está nadie para líos.

— No pienso enseñárselo a nadie.

— Mejor.

Don Fabián se paró en la puerta con la cartera bajo el brazo. Se le habían empañado las gafas al abrir.

— Lahoz, tengo cincuenta y cinco años, dos hijas y un piso en Huesca que acabo de pagar el año pasado. No le estoy pidiendo que me entienda.

— No le estoy juzgando.

— Sí que me está juzgando. Pero lo hace usted en voz baja, y eso se lo agradezco.

———

La camioneta se fue a las doce y media y el legajo se quedó encima de la mesa, con el hilo rojo y las veinte hojas, y en la última página había un hueco en blanco de tres renglones al pie, con el sitio para la fecha y el sitio para la firma.

Ramiro no se sentó a la mesa. Estuvo de pie el resto de la mañana y se puso a repasar las cubicaciones del desmonte, y a la tercera columna llevaba ya media hora sumando la misma partida.

Fuera empezó a caer aguanieve, y la estufa aguantaba metro y medio de calor y él estaba a tres metros, junto a la ventana de poniente, sin quitarse el abrigo.

En la pared, encima del perchero, seguía clavada con una chincheta la postal que Bernal había mandado por Navidad desde Monzón, con un puente de sillería que no era ninguno de los suyos. Llevaba once meses allí y seguía en el mismo sitio.

Sacó la libreta del bolsillo de dentro. Hule negro, tapas cosidas, canto rojo. La abrió por el parte del S-4 y leyó lo que había escrito con su letra el veintiocho de junio del año anterior, a las siete y cuarto de la mañana, con la hora puesta como se pone siempre.

Siete sondeos. Siete.

Cerró la libreta y se la guardó. No cogió la pluma. No escribió la diligencia. Tampoco escribió ninguna otra cosa aquel día, ni al siguiente, ni escribió a la Jefatura, ni habló con nadie de Huesca, ni fue a ver al ingeniero jefe del servicio.

A las cinco cerró la caseta con llave y subió al pueblo andando.

Del ensanche de Bagüeste a la plaza de Valdebruna hay mil ciento veinte metros y una cuesta que en el último tramo pasa del doce por ciento.

Se tarda veinticinco minutos con el suelo mojado.

Los había medido una vez con el reloj en la mano y desde entonces los sabía, y aquella tarde tardó treinta y uno.

En la cantina había cuatro hombres y la lumbre encendida, y olía a la cebolla de la cena. Adela estaba detrás del mostrador de cinc haciendo la cuenta del día, con el libro abierto y el lapicero de punta chata.

— Llega usted tarde — dijo ella —. ¿Ha subido alguien de la Jefatura?

— Don Fabián.

— ¿Y qué quería?

Ramiro dejó el sombrero mojado en el mostrador y se estuvo un momento con la mano encima.

— En las Foces, lo que yo saqué en junio del año pasado...

Se paró. Adela levantó la cabeza del libro y esperó con el lapicero en el aire, y esperó bastante.

— Nada. Papeles. ¿Queda sopa?