Adela, 1934
La obra volvió a mover gente en abril, cuando se secó la pista de servicio y pudieron subir los camiones hasta el barracón de abajo, y para el diez de mayo la fonda tenía otra vez las seis habitaciones ocupadas y dos jornaleros durmiendo en la falsa.
Adela cerró aquel mes con setecientas ochenta y cuatro pesetas de hospedaje limpias de gasto, y aquello daba para dos inviernos de leña con el hierro del carro dentro.
En el valle había cuarenta hombres cobrando siete pesetas al día y unos cuantos más que no cobraban nada, y esa era toda la conversación de la cantina desde el año anterior, y los que cobraban decían que el jornal era el jornal; los que no cobraban decían que a ver qué comían cuando se acabara.
Encarna no opinaba delante de nadie. En casa lo dejó dicho una vez y no volvió sobre ello, y lo que dijo fue que el dinero de la obra es dinero.
De lo del once de enero no se volvió a hablar en aquella cocina.
Encarna no lo nombró ni una vez en toda la primavera, ni delante de su marido, ni delante de Julián, ni cuando en la puerta del horno se hablaba de otras hijas y de otras casas.
Adela llevaba la cuenta de las veces que su madre no lo nombraba, y a mediados de marzo dejó de llevarla.
Desde aquella mañana las dos encendían la lumbre a las seis, juntas y sin decirse gran cosa, y hablaban del pan, de la carne y de lo que había que bajar a comprar a Aínsa.
Lo que no cabía en el libro de cuentas era lo otro, y lo otro llevaba ya tres años metido en la casa como el humo de la cocina, que no se ve pero está en la ropa, en el pelo y en las cortinas de arriba.
La habitación cuatro seguía siendo de Ramiro desde el primer día de mayo del treinta y uno, y en el registro de viajeros estaba su nombre entero, Ramiro Lahoz Used, natural de Zaragoza, ayudante de Obras Públicas, con la letra de Adela y la fecha de entrada renovada cada primero de mes.
Era el peor sitio de la casa para lo que hacían, porque el balcón daba a la plaza, la plaza daba a la iglesia y a casa Nerín, y en Valdebruna una contraventana que se abre a deshora la cuenta el pueblo entero antes del desayuno. Y era el único sitio que había.
Subían por separado y con media hora larga de diferencia, ella la última, después de cubrir el fuego y de dejar las llaves en el clavo del mostrador, de derecha a izquierda como las dejaba su madre.
La escalera tenía el pasamanos gastado en la tercera curva, de tanta mano, y ahí era donde Adela se paraba a escuchar la casa antes de seguir.
Desde esa curva se oía la casa entera y ella se sabía todos los ruidos que hacía.
Los que no se sabía eran los de Ramiro, y esos los fue aprendiendo despacio: la manera de dejar las botas de lado y no de punta, el ruido del lapicero rodando por la mesa hasta el canto, la respiración cuando dormía y el silencio raro de cuando no dormía y se quedaba quieto por no despertarla.
En junio hizo calor de golpe, un calor de valle cerrado que no corre y que se queda parado entre las paredes hasta la madrugada.
Por las noches dejaban la contraventana entornada dos dedos para que entrase el aire de arriba.
Por esos dos dedos entraba también el olor a paja mojada de las eras.
Y a las cinco menos cuarto entraba el primer gallo de casa Escartín, el que mandaba en el pueblo.
Una noche de aquel junio Ramiro extendió sobre la cama el perfil transversal de la cerrada de abajo y le fue explicando a Adela lo que era cada línea, con el lapicero de punta chata, y ella escuchó de pie y con los brazos cruzados.
Luego se sentó en el borde, le quitó el lapicero de la mano y preguntó una cosa señalando el papel.
Estuvieron así hasta muy tarde, con el plano entre los dos y la vela corta, y fue la conversación más larga que tuvieron en todo el verano y no hablaron de ellos ni una vez.
Ramiro dormía con la camisa puesta, que era una costumbre de hombre que ha dormido mal en muchas casas.
Adela se la desabrochó aquella noche por el cuello, dos botones, solo para que le corriera el aire, y le dejó la mano ahí un momento más de lo que hacía falta.
Él no se movió. La vela dio un salto y se apagó sola, y lo que quedó de luz venía de los dos dedos de la contraventana y era luz de plaza, azul y de poco fiar.
Cuando ella se levantó para irse, Ramiro le cogió la mano por la muñeca, sin tirar, solo para pararla, y le puso el lapicero dentro y le cerró los dedos por encima.
Adela se lo llevó abajo y lo tuvo tres días en el cajón del mostrador, entre las gomas de las facturas y los sellos, y luego se lo devolvió, porque un ayudante sin lapicero no sirve para nada.
———
Julián lo supo en julio, y lo supo por un descuido de ella. Así se saben estas cosas.
Adela bajó una madrugada con los zapatos en la mano y en la cocina había luz.
Julián estaba sentado en el poyo con el cesto de las cerezas entre las rodillas y los brazos rojos hasta el codo.
Le había dado por bajar a la huerta a las cuatro para no coger el sol.
Se miraron. Adela no soltó los zapatos y Julián no soltó el cesto, y estuvieron así el tiempo que tarda en hervir un puchero pequeño.
— Hay café de ayer — dijo Julián.
— No quiero café.
— Pues siéntate igual y me deshojas esto.
Se sentó. Deshojaron el cesto entero sin hablar de otra cosa que de las cerezas: de que aquel año habían venido pequeñas y muy dulces, de que a las de arriba del todo del árbol no había manera de llegar sin la escalera larga, y de que la escalera larga la tenían los Callizo desde la primavera y no la devolvían.
Cuando terminaron ya era de día y la tía Ramona bajaba refunfuñando por el corredor.
Julián no dijo una palabra aquella mañana ni ninguna de las que vinieron detrás. Lo que hizo fue otra cosa, y esa otra cosa Adela la entendió al tercer día.
Julián cantaba desde crío: en la matacía, en la era y en la cantina cuando había cuatro que le rieran la gracia, y Encarna le tenía dicho que a ver si se callaba de una vez, que parecía un jornalero de Barbastro.
A partir de aquel julio, Julián empezó a cantar en el corral todas las mañanas a las cinco menos cuarto. Cantaba con el gallo, sacando agua del pozo, y hacía con el cubo bastante más ruido del que hace falta para sacar agua de un pozo.
Nadie en la casa dijo nada; Encarna le mandó callar dos veces desde la ventana de la cocina y él siguió igual, y a la semana ya era una costumbre más de aquella casa.
Adela tuvo desde entonces un cuarto de hora largo para bajar la escalera. No hubo que darle las gracias, porque no había manera de darlas sin decir en voz alta lo que no se podía decir en voz alta.
Lo que sí hubo fue que Julián dejó de mirarla a la cara. Le hablaba, le pasaba el pan en la mesa y le contestaba cuando ella le preguntaba, y todo eso lo hacía mirando al plato, o a la puerta, o a sus propias manos, y estuvo así desde julio hasta bien entrado septiembre.
Y una noche de agosto, en la cuadra, cuando ella bajó a por el candil, le dijo lo único que le dijo de aquello en toda su vida.
— Yo canto porque eres mi hermana. Pero no me hagas pensarlo, Adela, que cuando lo pienso me pongo malo.
Se llevó el candil y la dejó a oscuras, y aquello no se lo había hecho nunca. A la mañana siguiente estaba en el pozo a las cinco menos cuarto, cantando.
Aquel verano Julián empezó también a bajar a Escalona los domingos con la chaqueta buena, y volvía tarde y de un humor insoportable, del bueno, y no contaba de dónde venía.
La casa entera sabía que se llamaba Rosario y era de casa Sanromán, y la casa entera hacía como que no lo sabía, y así estuvieron dos años.
Una tarde de agosto, en el comedor y con gente delante, Julián soltó por encima del hombro mientras llevaba una fuente:
— Ramiro, la cuatro tiene la falleba floja. Que se te va a abrir sola de noche. Ciérrala por dentro y con la vuelta entera.
— Gracias — dijo Ramiro.
— De nada, hombre.
Y siguió con la fuente hasta la mesa de la brigada, y le puso la carne al que menos comía primero. Esa era la manera que tenía Julián de arreglar las cosas del mundo.
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Lo de Huesca fue en septiembre.
Vino un aviso el martes por la tarde, en un sobre de la Jefatura, y Ramiro lo leyó de pie en la cantina y se lo guardó en el bolsillo de dentro sin comentarlo con nadie.
A la hora de cenar le pidió a Adela que le guardara la habitación una semana y que no se la diera a nadie, y le pagó los siete días por adelantado aunque no fuera a dormir en ellos, veinticuatro pesetas con cincuenta, y ella se las apuntó en el libro con la fecha y con la palabra reserva, que en la fonda no se había escrito nunca hasta ese día.
— ¿Y qué va a hacer usted una semana en la capital? — preguntó Encarna, que preguntaba lo que Adela no podía preguntar.
— Llevar unos papeles.
— Pues buen viaje.
Ramona le puso en la cartera un paquete con dos tortas de aceite y media libra de queso, y le dijo que en Huesca comen tarde y mal. Luego maldijo en aragonés porque el nudo no le salía, y siguió maldiciendo sin soltar el cordel.
Adela lo acompañó a la mañana siguiente hasta el coche de línea, no ella sola sino con medio pueblo.
El coche salía de la plaza de Aínsa, y aquel día bajaban también dos mujeres de Sarralta y el chico mayor de los Callizo.
Son once kilómetros de pista y se hacen en hora y media largas con el carro de la obra.
En ese camino Ramiro le habló de las Foces.
Le dijo el nombre tres veces y le explicó que era la cerrada de arriba, la del barranco, la que queda por encima del pueblo, que allí había hecho él los siete sondeos del año treinta y tres, y que la piedra estaba sana desde los seis metros y lo tenía escrito en su libreta con la fecha de cada parte.
— Y con las Foces, ¿qué se moja? — preguntó Adela.
— El monte alto. Los pastos de arriba. La serrería.
— ¿Y el pueblo?
— El pueblo no lo toca el agua ni por asomo.
Adela iba mirando el río y sacó la cuenta ella sola. Le salió en dos partes: la primera era que había otro sitio, y la segunda era de quién eran el monte alto, los pastos y la serrería, y ahí se le paró, porque de eso en el valle no hacía falta preguntar.
— ¿Y eso lo sabe don Ovidio?
— Eso lo sabe cualquiera que haya visto los dos anteproyectos.
— Yo no he visto ninguno.
— Tú tuviste un testigo del cuatro en la mano el verano pasado.
No siguieron. Llegaron a Aínsa con tiempo de sobra y Ramiro se subió al coche con la cartera de los papeles y el paquete de Ramona. Adela se quedó en los soportales hasta que el coche cogió la curva de abajo, y eso fue más de lo que se queda una fondista por un huésped.
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Esa semana la fonda funcionó como un reloj y ella la pasó entera haciendo inventario.
Cuarenta y una sábanas arriba, y faltaba una que se había ido en junio con los de la calicata. Veintiocho platos hondos y treinta y dos llanos. Diecinueve tazas de desayuno: la veinte la rompió su padre en el treinta y uno y no se compró otra.
Lo que quedaba de tocino en la orza. Lo que había que sacar de la matacía de noviembre y en cuántas semanas se comía todo eso si volvían los cuarenta hombres.
Y ahí se le fue la cuenta, porque le salió que dependía de si volvían, y si volvían dependía de una firma de Huesca, y una firma de Huesca no cabe en ninguna columna de un libro de cuentas.
Cerró el libro. Se fue a la cuadra a ver la mula, que llevaba dos días con la pata mal. Volvió y lo abrió otra vez.
En el cajón del mostrador estaban las veinticuatro cincuenta de la reserva, apartadas en un sobre con el nombre puesto.
A Adela no le gustaba mezclar el dinero de una habitación vacía con el de las llenas.
Cinco veces abrió el cajón aquella semana y las cinco lo volvió a cerrar sin tocar el sobre, y a la quinta la tía Ramona le dijo desde la puerta de la cocina que a ver si se le había perdido algo ahí dentro, y que ella también tenía un armario y no se pasaba el día abriéndolo.
El jueves de la semana siguiente subió don Ovidio Nerín a la cantina, cosa que hacía tres o cuatro veces al año.
Pidió un vaso de agua, no de vino, y se estuvo un cuarto de hora largo hablando del precio de la lana con Máximo.
Antes de irse le preguntó a Adela si su huésped seguía en la capital y cuándo volvía.
Adela le dijo la fecha, porque la fecha estaba en el libro y en el libro no se miente.
Don Ovidio le dio las gracias y se fue con el sombrero en la mano y sin tocar el agua.
Casa Nerín tenía teléfono en Aínsa y tenía primo en Huesca, y no le hacía ninguna falta subir a la cantina de los Buisán para saber cuándo volvía un ayudante de Obras Públicas de la capital.
Adela estuvo con el vaso lleno en la mano hasta que se le entibió, y luego lo tiró al fregadero y apuntó la consumición que no se había tomado, un vaso de agua, cero pesetas, porque en aquel libro entraba todo el que entraba por la puerta.
Ramiro llegó esa misma tarde en el coche de las siete, con la cartera y el mismo cuello de camisa de siete días. Cenó abajo con los demás y contestó lo que le preguntaron de la capital, que si había mucho movimiento y qué se decía. De lo suyo no contó nada.
Adela le subió después una palangana de agua caliente, como se hacía con los viajeros que llegaban de noche. Se quedó en la puerta con el trapo en la mano.
— ¿Ha ido bien?
— Ha ido.
— Ramiro.
— Ha ido como tenía que ir — dijo, y se puso a deshacer la cartera con las dos manos y de espaldas.
Adela dejó el trapo doblado encima de la cómoda y se estuvo un momento mirándole la espalda. Luego bajó a cerrar la cantina y a echar la tranca del portalón, lo último de cada día.
Aquella noche, mientras hacía el apunte de la cena y ponía la fecha, veinte de septiembre, y once cubiertos, y el vino aparte, se le ocurrió que llevaba tres años haciendo cuentas de una casa que iba a estar debajo del agua, y que las hacía todos los días igual de bien, con la misma letra apretada y la misma raya doble al final del mes, y que a lo mejor era eso lo que hacía el valle entero desde el treinta y uno, seguir midiendo el trigo y las tazas del desayuno mientras la capital decidía por dónde iba a pasar el agua, y que ella no sabía hacer otra cosa ni pensaba aprenderla a los veintiún años.