La fonda de Valdebruna Raquel, 2025
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Raquel, 2025

Nieves me deja la caja encima de la mesa y no se sienta. Lleva el rotulador tapado en la mano. Es la tercera que le pido esta semana y no protesta. Mira la caja, no a mí, y espera a que me ponga los guantes.

— Esta es la última de expropiación — dice —. Lo demás que hay de la Vellosa es de montes y de caminos vecinales.

— ¿Y lo técnico?

— Lo técnico no está aquí.

Abro la caja y los legajos vienen cosidos con bramante. El papel está amarillo por los bordes y frío al tacto, porque el radiador de esta sala no se enciende hasta noviembre y hoy es veintinueve de septiembre.

En la primera carpeta viene lo que ya me sé de memoria. La relación de bienes y derechos, las fincas por orden de numeración, la cuarenta y uno con el nombre de mi bisabuela escrito a máquina. La be de Buisán se sale del renglón, más alta que las demás, y así está en las nueve hojas.

Una relación de bienes y derechos es una lista en la que alguien pone por escrito todo lo que tiene una persona para poder quitárselo con arreglo a la ley.

Casa, corral, era, fanegas de secano, un nogal.

Está redactada en un idioma que no le hace daño a nadie, y ahí está toda la maquinaria.

Aquí no hubo una tarde de gritos. Hubo un impreso con cuatro columnas y quince días hábiles para alegar.

Y las dos cotas. Ochocientos doce en una hoja. Ochocientos treinta y seis en otra, con dos rayas de lápiz encima y sin fecha que la ampare.

Escribo pista en la libreta. Tacho pista y escribo antecedente. En una memoria técnica lo primero no se sostiene y lo segundo sí. Llevo doce años aprendiendo a escribir cosas que aguanten cuando las lee un abogado.

Ochocientos treinta y seis metros son veinticuatro metros más de agua que ochocientos doce. Veinticuatro metros más, y en esa hoja no hay ni una casa del pueblo. Las sesenta y dos están en la lista de la cota baja. Eso es lo que no me cuadra y llevo tres días sin que me cuadre.

Alguien escribió esa cifra en un papel oficial y alguien la tachó después. Entre las dos manos hay sesenta y dos casas y ni una línea que explique nada.

— Nieves.

— Dime.

— Cuando la comarca recibió todo esto, ¿vino junto o vino a trozos?

Se acerca sin soltar el rotulador y por fin lo destapa, y lo que hace con él es señalar. Tiene las uñas cortadas al ras y en el pulgar derecho una tirita de tela mal puesta, de las que se ponen con una mano sola.

— En el ochenta y dos, de una vez. Pero antes pasó por la empresa y allí se quedó lo bueno. Mira, hay un índice de remisión.

Es una hoja mecanografiada con dos copias de papel carbón detrás, grapada del revés, y el sello de la esquina se ha comido media fecha. Relación de documentación técnica remitida a la empresa concesionaria, pone arriba, con dos espacios de más entre las palabras.

Veintitrés asientos numerados a mano. La letra es firme hasta el quince y a partir de ahí se cansa. Perfiles, secciones, libro de aforos, memorias, presupuestos, un rollo de fotografías sin identificar.

El asiento número once dice: Estudio comparativo de emplazamientos. Cerradas de Bagüeste y de las Foces. 1932-1934. Un tomo y cuatro planos.

Doy con el asiento doce y con el trece, de perfiles y de precios, y vuelvo al once dos veces más antes de escribirlo en la ficha con la signatura completa.

Comparativo quiere decir que hubo dos sitios donde poner la presa.

Y si hubo dos sitios, hubo alguien que eligió, y esa persona firmó en alguna parte.

Lo leo tres veces por si la palabra cambia. No cambia. Emplazamientos, en plural, y dos nombres.

— ¿Qué son las Foces? — pregunto.

— Un barranco. Arriba, pasado el pueblo, donde el río se mete entre dos paredes. Ahí no hay nada, Raquel. Ahí no ha habido nunca nada.

———

Fuera, en el pasillo, hay una máquina de café que se traga las monedas de cincuenta y no devuelve nada. Encima alguien ha pegado un papel escrito a mano. Por el color del papel, lleva ahí desde antes que yo.

Me tomo el café en el bar de enfrente y vuelvo con las manos limpias, como se pide en una sala de consulta. Nieves me lo dijo el primer día, muy despacio, y no ha hecho falta que me lo repita ninguna otra mañana.

En la carpeta de planos sueltos hay ocho hojas y ninguna está catalogada. La penúltima es un croquis de emplazamiento a escala uno a dos mil. El cauce del Vellosa va dibujado a plumilla y las curvas de nivel están repasadas después, en una tinta más floja.

El papel es tela, de ese que se dobla mal y aguanta un siglo. Lo abro sobre la mesa con las dos manos y pesa lo que pesa una sábana doblada.

En el cajetín, abajo a la derecha, hay tres líneas.

El Ingeniero Director de las Obras. Firmado, don Fabián Orduna. Huesca, nueve de marzo de mil novecientos treinta y cinco.

La firma es grande y se sale del recuadro por la izquierda. Le faltó sitio y siguió escribiendo igual, por encima del dibujo. Es la única cosa desordenada del plano entero.

Fotografío el cajetín y luego el plano completo, con la escala dentro del encuadre. Apunto la signatura en la ficha de documentación con su número de orden. Cuando no entiendo una cosa, la numero y la meto en una tabla. Luego la tabla piensa por mí.

Antes de irme le pregunto a Nieves si hay algún retrato de ese señor en alguna parte. Me dice que allí no hay retratos de nadie. Que los retratos están en el ayuntamiento y son todos de alcaldes con banda.

———

El uno de octubre bajo al pueblo sola. Marcos está en la revisión de la turbina dos y me deja bajar con la radio y con la condición de dar parte cada hora, y la doy a las diez, a las once y a las doce.

Levanto la manzana de la plaza. Unidad cuarenta y uno, la fonda. O lo que hoy se puede llamar así: dos crujías, un arranque de escalera de piedra y el cerco de un portalón. El portalón aguantó lo que no aguantó el resto de la casa.

En el muro de poniente queda el hueco de una alacena, con la balda de yeso entera y un clavo dentro. Meto la mano por curiosidad y no hay nada, y lo apunto igual, porque un clavo en su sitio dice dónde estaba la cocina.

La numero y la fotografío desde los cuatro puntos cardinales. Le pongo la mira al lado para que la escala salga en la imagen y no dependa de mi palabra. Doce años de arqueología de urgencia me han enseñado que la palabra de una no vale nada dentro de un expediente.

El barro seco cruje debajo de las botas y se parte en placas grandes, del tamaño de una bandeja. A mediodía se levanta viento de arriba, del puerto. El polvo de sesenta y dos casas muertas se me mete en la boca y sabe a moneda.

Aquí van a poner carteles, una pasarela y un mirador con paneles. Eso dicen. Y en diciembre, veintidós metros de agua por encima de los carteles.

En el apartado de observaciones de la ficha escribo: estructura estable, sin riesgo de colapso inmediato. Lo escribo sabiendo que dentro de dos meses todo esto estará bajo veinte metros de agua. De la frase entera, la única palabra honrada es inmediato.

———

La central está a cuatro kilómetros de la presa. Es un edificio bajo de los años sesenta, con las ventanas apaisadas y un jardín de gravilla que alguien rastrilla los viernes. Nunca he visto entrar ni salir a nadie salvo a Marcos.

Vengo con la frase preparada desde la curva grande y me la he dicho tres veces en voz alta dentro de la furgoneta. Luego pasa lo de siempre. La digo entera y con las palabras cambiadas.

Marcos sale a la puerta con el casco colgando de una mano y las llaves en la otra. Es un aro grande de acero con quince o dieciséis dientes distintos. Lo lleva siempre por delante, a la vista.

— Necesito entrar en vuestro archivo — le digo.

— No hay archivo.

— Hay un índice de remisión con veintitrés asientos que dice que sí.

Marcos baja la vista al aro. No lo levanta.

— Hay una nave con estanterías, humedad y palomas. No le llames archivo delante de mí.

— Me da igual el nombre. Necesito el asiento once.

— ¿Para qué?

— Para saber por qué en un expediente público de expropiación hay dos cotas y una está tachada a lápiz.

Se apoya en el quicio y, dentro, alguien pasa empujando un carro y se oye el hierro rodando por el suelo pintado.

— Yo no decido lo que se enseña.

— No. Tú solo abres.

— Yo solo abro — repite, exactamente igual que la primera vez —. Llevo veinte años abriendo y cerrando puertas de una empresa que me paga la hipoteca. Y la casa está en un pueblo que existe porque existe esta presa. Ahora vienes tú y me pides que abra una nave por una corazonada.

— Una corazonada no lleva sello. Esto es un asiento numerado en un índice.

— Tienes cuatro meses.

Me lo dice mirándome a la cara. Y tiene razón, y por eso me sube el calor desde el cuello hasta las orejas.

— Cuatro meses y mil setecientos cincuenta euros brutos al mes — sigue —.

En diciembre se llena el vaso, tú entregas tu memoria y te vas a la siguiente ruina.

Yo me quedo. Y el lunes tengo que explicarle a mi jefe de zona por qué le he abierto la nave a una persona que no aparece en ningún contrato mío.

— Pues pídelo por conducto. Que te lo denieguen por escrito y con fecha.

— Eso lo vas a pedir tú.

— Eso lo voy a pedir yo.

Nos quedamos los dos en la puerta sin nada más que decirnos. Marcos le da vueltas al aro con el pulgar, una vuelta y otra, hasta que se le escapa y cae en la gravilla, y no se agacha a cogerlo enseguida.

— Hay una cosa que no te he dicho — suelta al final.

— Dila.

— Que está. El asiento once está allí, en la balda de abajo, con el lomo comido y el tomo abierto por la mitad. Lo he visto yo.

Y ahí ya no sé si me acaba de ayudar o de cerrar la puerta con más cuidado del que pensaba.

———

Vuelvo por la pista con la ventanilla bajada. Del vaso vacío sube un olor a bodega y a cieno. A la tercera semana ya no se nota, salvo cuando llueve o cuando el aire viene de abajo.

Pienso en llamar a mi madre y no la llamo. Acabaríamos igual que la última vez, con las dos calladas y yo colgando primero.

En la guantera llevo la caja de galletas de hojalata desde julio y no la he abierto desde que llegué. Dentro está la foto, el sobre devuelto y la llave de hierro con la chapa de latón. La saco en el arcén, con el motor en marcha, y la sujeto un rato antes de volver a guardarla en su sitio.

En el bar, Charo me pone el menú sin preguntarme. Le pone nota a su propia sopa, un ocho. Avisa de que es la primera vez que lo dice en todo el año.

— Le has echado algo — le digo.

— Le he echado hueso. Lo que pasa es que la gente ya no sabe lo que es un hueso.

— ¿Y el flan?

— El flan hoy no te lo recomiendo y no me preguntes por qué, que estoy de mal café.

Subo a la habitación y abro el ordenador. Redacto la instancia con los cuatro datos que hacen falta: el índice, el asiento, el motivo y el plazo. La imprimo en la impresora del bar, que come papel de sesenta gramos y lo devuelve caliente y torcido. Me guardo la copia para el registro de Aínsa.

Luego entro en la web de la empresa, en el apartado de datos de explotación. Se actualiza todos los días a las ocho de la tarde y lo lee, calculo, una persona en toda España.

Embalse de la Vellosa. Dos de octubre de 2025.

Cota del embalse, 774,95 metros. Volumen embalsado, 14,6 hectómetros cúbicos. Capacidad total, 118. Porcentaje, 12,4.

Nivel mínimo de la operación, 773,60 metros, alcanzado el 28 de agosto.