Adela, 1934
Un noviazgo clandestino en una fonda es una cosa que ocupa poquísimo sitio y una cantidad de tiempo que no se cree nadie que no lo haya llevado.
No hubo cartas, porque vivían en la misma casa, y no hubo paseos, porque en Valdebruna un paseo lo ve el pueblo entero desde el quicio.
Y no hubo nada de lo que se contaba en las novelas de aquellos años, con el balcón y la reja; la reja de la fonda daba a la calle del Horno, y en la calle del Horno estaba el horno, y en el horno había gente desde las cinco de la mañana.
Lo que hubo fue lo siguiente, y esto duró desde el verano hasta enero.
Que Ramiro bajaba al comedor a las cinco de la tarde y se sentaba en la mesa segunda, y que Adela se sentaba en la misma mesa con el cuaderno a las cinco y diez.
Que cuando había gente hablaban de lo que se habla delante de la gente y cuando no había gente no hablaban de casi nada, porque lo que se habla en esos casos no cabe en el rato que dura una casa vacía.
Que los martes, cuando ella subía a la falsa a por las mantas, él subía detrás con cualquier excusa. Y que la falsa está encima de las habitaciones y tiene el suelo de tabla, y una tabla en una casa de piedra es un chivato que no perdona ni a los que andan de puntillas.
De manera que aquel invierno Adela aprendió por dónde cruje una casa que conocía desde que nació.
Y aprendió también que el único sitio donde no cruje nada es el rellano, entre la segunda y la tercera curva, porque allí las tablas apoyan en un muro de carga y no en una viga; tres años llevando bandejas por aquella escalera y no lo había sabido nunca.
Y que en cuatro meses no se dijeron ni una vez ninguno de los dos lo que se estaba haciendo, ni cómo se llamaba aquello, ni hasta dónde llegaba, ni qué pensaba hacer cada uno con ello cuando terminase el verano siguiente.
Y hubo una cosa más, la más pequeña y la que Adela recordaba mejor, y en octubre él empezó a dejarle el periódico encima del mostrador, doblado por la página de dentro, la de las obras hidráulicas, y no dijo nunca que se lo dejaba.
Ella lo leía por la noche, cuando cerraba, y lo volvía a poner donde estaba.
El pueblo lo sabía a medias, que es como el pueblo sabe todo; se sabía que en la fonda había un hombre de la obra que llevaba tres años en la misma habitación.
Se sabía que la chica de los Buisán le había subido la comida a las Foces todo el mes de junio.
Se sabía que en la fiesta de agosto ella no había bailado con nadie más que con Fermín Nerín y que Fermín Nerín no había vuelto por allí desde octubre.
Con esas tres cosas, en Valdebruna, cualquiera armaba lo que quisiera, y cada casa armó lo suyo.
En casa Broto se decía que la chica de la fonda tenía las miras muy altas y que se le iba a torcer.
En la calle de Abajo se decía que el de Zaragoza estaba casado en su tierra, cosa que no era verdad y que en un pueblo no hace falta que lo sea.
Y en la cocina de la fonda, la tía Ramona no decía absolutamente nada.
Eso era lo más raro de todo. Y a Adela lo que le quitaba el sueño no era lo que se dijera en casa Broto.
La tía Ramona rompió su silencio una sola vez, el día de Reyes, mientras desplumaba, y lo rompió sin levantar la cabeza del papel de estraza.
Dijo que el de Zaragoza comía bien, que no dejaba nada en el plato y que eso en un hombre es lo único de fiar.
Después dijo que ella, con veintinueve años, se había carteado con uno de Graus durante año y medio y que aquello no había acabado en nada, y que menos mal.
Y luego se levantó a por sal y en toda la tarde no volvió sobre aquello, y Adela se quedó con lo del de Graus, la primera noticia que tenía en veinte años.
———
Encarna Sesé se lo dijo el 11 de enero, a las seis de la mañana, en la cocina, mientras encendían la lumbre.
Era la hora en que en aquella casa se hablaba de dinero, de matanzas y de entierros. A las seis de la mañana no hay nadie levantado, la lumbre da que hacer y el día todavía no ha empezado, de modo que se puede decir cualquier cosa sin que se note demasiado y sin que haya que mirarse a la cara.
— Adela.
— Diga.
— Lo del de Zaragoza tiene que acabarse.
Adela siguió metiendo astillas. No preguntó a qué se refería. Preguntarlo hubiera sido perder la mañana.
— No es por él. El hombre es serio, paga por adelantado y no ha dado un mal paso en tres años. Es por lo otro.
— ¿Por qué otro?
— Porque lleváis desde el verano subiendo a la falsa los martes y esa tabla la oye toda la casa. Yo no te he dicho nada hasta hoy. Y el domingo mosén Arturo me dio los buenos días en el pórtico sin preguntarme por ti, y lleva preguntándome por ti desde que naciste.
Adela no levantó la cabeza de la lumbre.
— Tres años, Adela. Ese hombre no ha hablado con tu padre, ni ha hablado con el cura, ni ha dicho una fecha. Serio, dices. Un hombre serio a los tres años pide. Delante de Dios no estáis en ninguna parte y delante del pueblo estáis en boca de todos, y a la tienda bajo yo todos los días.
Encarna se sentó entonces en la banqueta y siguió de otra manera, como hablaba cuando había pensado una cosa mucho tiempo: despacio y sin repetirse.
— Ese hombre es ayudante de Obras Públicas.
Eso es una carrera pequeña, pero es una carrera, y para tenerla ha hecho falta que en su casa alguien pasara lo suyo.
Me lo ha contado él a mí, no a ti. El padre era fundidor y se arruinó en el catorce.
Tiene una madre viva en Zaragoza y dos hermanas casadas allí.
— ¿Y?
— Y esa madre ha estado veinte años diciéndoles a las vecinas que su hijo tiene un destino del Estado. Eso, en una casa donde se ha pasado hambre, es lo único que hay.
Encarna cogió el atizador y removió la lumbre, que no lo necesitaba, y estuvo removiéndola el rato que hacía falta para que a las dos les diera tiempo a colocar lo dicho.
— Si ese hombre se casa contigo, se casa con la hija de una fonda.
De una fonda de un pueblo de doscientos cuarenta almas al que se llega por un camino de carro, en un valle que van a llenar de agua.
En Zaragoza eso no se cuenta a las vecinas.
En Zaragoza eso se calla, y a la que se calla no se la recibe.
— No me recibirán.
— No te van a recibir, hija, y él lo sabe. Y el día que lo tenga delante del todo, tendrá que elegir entre su madre y tú, y lo peor no es lo que elija.
— ¿Qué es lo peor?
— Que tú vas a estar mirándole mientras elige. Y eso, después, no se quita.
Adela dejó las astillas y se quedó quieta, con la corteza todavía pegada a los dedos.
Su madre no había levantado la voz ni una sola vez, ni había dicho una palabra contra Ramiro, ni había dicho que fuera un desgraciado, ni que se estuviera aprovechando, ni ninguna de las cosas que decían las madres del pueblo cuando se les torcía una hija.
Y precisamente por eso todo lo que había dicho se quedaba de pie en mitad de la cocina y no había manera de tirarlo.
———
Adela contestó como contestaba ella. Con la cuenta.
— Madre, un ayudante de Obras Públicas gana cinco mil quinientas al año. Eso son cuatrocientas cincuenta y ocho al mes.
— No es cuestión de dinero.
— Déjeme acabar. Esta casa, el año pasado, hizo dos mil ochocientas limpias de diferencia. Este año, con la obra en marcha, van a ser tres mil quinientas o cuatro mil. Yo llevo el libro desde los quince años y no me he equivocado nunca en un cierre de mes.
— Eso no te lo discute nadie.
— La fonda gana más que él. La fonda gana casi lo mismo que él y la casa es nuestra.
— Adela.
— Y en el veintiocho, cuando lo de la carretera, esta casa perdió cuarenta y dos pesetas y padre no dijo nada, y yo tenía quince años y las apunté en rojo y todavía están en rojo en la página doce.
Encarna la dejó terminar. Después se levantó, cogió el puchero grande y lo puso en la chapa, y contestó sin volverse.
— Tú te has hecho una cuenta de lo que entra, y la cuenta está bien hecha. Pero es que a esa gente no le importa lo que entra. Le importa de dónde entra.
Adela se quedó con aquello dando vueltas toda la semana, y lo peor no fue lo que había dicho su madre sobre la casa de Zaragoza.
Lo peor fue caer en la cuenta de que su madre había hablado con Ramiro de su padre muerto, del catorce y de la fundición, y que ella no sabía nada de eso, y que llevaba dos años sentándose enfrente de aquel hombre todas las tardes.
Y esa fue toda la conversación, y aquella misma mañana sirvieron las dos el desayuno de los once de la obra sin que se les notara ni en las manos ni en la voz, porque en la fonda a las siete y media se sirve y lo demás se aparca donde se puede.
———
Lo de Ramiro empezó a notarse a mediados de mes y Adela lo notó por el correo.
En aquella casa el correo lo llevaba ella, y lo llevaba desde los dieciséis años.
El cartero de Escalona subía los lunes, los miércoles y los sábados, dejaba lo del pueblo en el ayuntamiento y lo de la fonda encima del mostrador, y de allí Adela lo repartía por las habitaciones antes de la comida.
Lo que salía funcionaba igual y al revés.
Se dejaba en una bandeja de latón que había en la punta del mostrador, y ella la vaciaba y lo bajaba al ayuntamiento a las cinco de la tarde.
Todos los días, incluidos los domingos, en los que no había correo y bajaba igual por costumbre.
En tres años, Ramiro había mandado una media de dos cartas por semana: una a su madre, siempre los sábados y siempre con el mismo sobre pequeño, y una o dos a Huesca, oficiales, con el sobre grande y el membrete de la Jefatura impreso en la esquina.
El lunes 15 llegó para él un sobre oficial de los grandes, con el sello de la Jefatura, y Ramiro no lo abrió en el comedor delante de la gente, como abría todos los demás, sino que se lo llevó arriba doblado por la mitad. El miércoles 17 no puso nada en la bandeja.
El jueves 18, cuando Adela subió a hacer la cuatro por la mañana, en la mesa de pino había un pliego escrito por las dos caras y doblado por la mitad, y encima del pliego un sobre puesto del revés.
Adela hizo la cama, barrió, cambió el agua de la jofaina y no tocó ni el pliego ni el sobre, y bajó la escalera pensando que en tres años no había visto en aquella mesa un papel doblado. Aquel hombre no doblaba nada.
El sábado 20 el pliego seguía allí, ya no encima de la mesa sino debajo del plano grande, con la esquina fuera. El lunes 22 ya no estaba en ninguna parte, y en la bandeja del mostrador tampoco se puso nada aquel día.
Adela hizo la cuenta que hacía siempre. Tres correos seguidos sin una carta a Huesca, en un hombre que mandaba dos por semana desde el año treinta y uno. Y el sábado tampoco había ido la carta de su madre.
Y a la cuenta le faltaba todavía una cosa, que Adela añadió el domingo por la noche cuando cerró el mes: que el hombre que había pagado por adelantado ciento cuarenta y cuatro semanas seguidas, sin un día de retraso y sin que hubiera que decirle nada, aquella semana había pagado el jueves en vez del lunes.
Aquella semana Ramiro cenó cuatro noches en la mesa segunda y no bajó ninguna de las cuatro con la libreta. Y eso, en un hombre que bajaba con la libreta hasta a por agua, era la única cosa de todo el mes de enero que Adela no supo colocar en ninguna columna.
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El jueves 25, a las nueve y media, cuando ya no quedaba nadie en el comedor, Adela le llevó la jarra del agua sin que se la hubiera pedido.
Ramiro tenía el plano de siempre delante y no lo estaba mirando. Tenía las manos abiertas encima del papel, una a cada lado, como las había puesto sobre la mesa de pino el primer día que subió a la cuatro, y llevaba así el rato que Adela había tardado en fregar catorce platos.
— ¿Se le ha acabado el trabajo?
— No.
— ¿Está malo?
— No.
— ¿Ha pasado algo en Zaragoza?
— No. Mi madre está bien.
Adela dejó la jarra y se sentó enfrente, en su silla, que llevaba dos años a la misma distancia y que aquella noche estaba a la distancia de otra casa.
En la cantina, el reloj que adelantaba cuatro minutos al día marcaba las diez menos veinte y eran las nueve y media largas.
En la cocina, la lumbre estaba tapada con ceniza para la mañana.
Y en el comedor no había nadie más que ellos dos y ocho mesas vacías, exactamente la situación que Adela llevaba buscando desde el día diecisiete.
— Ramiro.
— Dígame.
— ¿Qué es lo que no ha mandado usted en el correo desde el día diecisiete?