La fonda de Valdebruna Adela, 1933
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Adela, 1933

La sonda subió a las Foces la primera semana de junio, en piezas, a lomo de tres mulos y con doce hombres empujando por el tramo malo del barranco.

Era un aparato pequeño y feo. Un trípode de madera de cuatro metros, un motorcillo de gasolina, un juego de varillas y una corona de acero que llevaba perdigón dentro y que iba royendo la roca en redondo.

Todo eso cabía en cinco bultos. Los cinco bultos costaron dos días de subida, un mulo despeado y una discusión enorme entre el sondista y el capataz Bergua acerca de si el camino de las Foces era un camino o era una excusa.

En el pueblo aquello se comentó tres días y luego se dejó de comentar. En junio hay cosas más urgentes que un trípode en un barranco al que no sube nadie.

En Valdebruna se dijo que iban a hacer un pozo.

Lo dijo primero el herrero, que lo había oído en el vado, y de ahí subió a la plaza en dos horas y llegó al horno convertido en dos pozos.

Se dijo también que iban a buscar hierro, y una mujer de Sarralta dijo que buscaban agua caliente.

De las tres cosas, la que más gustó fue la del agua caliente, porque en un valle donde nieva cinco meses un balneario suena mucho mejor que un pantano.

Ramiro subió con ellos el día cinco y no bajó hasta el veintiséis, y aquellas tres semanas fueron las primeras desde mayo del treinta y uno en que la habitación cuatro estuvo cerrada con la mesa dentro y sin nadie que la usara.

Encarna quiso alquilarla la segunda semana.

Había un tratante de Bielsa que subía a la feria de Escalona, y una habitación vacía es dinero parado.

Adela le dijo que la cuatro estaba pagada hasta fin de mes y que la casa no alquila lo que ya ha cobrado, y su madre la miró un momento y volvió al fuego, y aquella fue la primera de las tres veces que Adela le ganó una discusión a su madre en toda su vida.

Arriba montaron dos tiendas de lona y una caseta de tablas para el motor, en el rellano de la margen derecha, donde el barranco se estrecha y las dos paredes se levantan de golpe.

Dormían allí cinco hombres. La comida se la subían del pueblo tres veces por semana, y el que la subía era un chaval de casa Broto con un burro, salvo cuando el chaval tenía que ir a la siega.

Y en junio del treinta y tres, en Valdebruna, todo el mundo tenía que ir a la siega.

———

En junio se siega en el valle y se siega todo el mundo, incluidos los que ya cobran de la obra, porque la obra da jornal y el campo da comida y en Valdebruna nadie había renunciado todavía a la segunda cosa por la primera.

La fonda se quedó aquellas semanas con siete de mesa y con la casa medio vacía a mediodía, y la tía Ramona, que no tenía a quién maldecir, se dedicó a maldecir al calor.

De manera que la comida la empezó a subir Adela, los martes y los viernes, con las dos cestas y sin el burro, metido también en la siega.

Del pueblo a las Foces hay cincuenta minutos de subida por el camino viejo del molino, que va pegado al río hasta el segundo puente y después se despega y sube por la ladera de solana entre boj y aliaga.

Con las dos cestas llenas son sesenta y cinco minutos.

Adela los hacía en sesenta, porque llevaba andando por aquel camino desde los seis años y porque en las cuestas se le ponía el paso de su madre.

Subía dos ollas atadas con paño, el pan y el vino. Los martes un tocino y los viernes un bacalao, por orden de su madre y porque era lo que se comía en cualquier obra de España, con guerra o sin ella.

La primera vez que subió le costó setenta y cinco minutos y llegó con la marca del asa de mimbre en la palma, y a la vuelta se paró en el segundo puente y metió las dos manos en el río hasta que dejaron de latirle.

La segunda vez se llevó dos trapos y se los ató a las asas, y con eso el problema quedó resuelto para siempre, que es como se resuelve en una casa la mitad de las cosas: con un trapo y a la segunda.

El sondista, que se llamaba Anselmo y era de Monzón, la primera vez le dijo que aquello no era sitio para una chica.

La segunda vez le enseñó cómo se cambiaba la corona.

La tercera vez, cuando Adela llegó, le habían guardado un cajón puesto del revés para que se sentara, y el cajón siguió allí las cinco semanas.

Anselmo llevaba veintidós años sondeando y tenía un repertorio de cinco historias que contaba en el mismo orden, y a la tercera subida Adela ya se sabía las cinco y le seguía haciendo gracia la del pozo de Monegros, en la que el agua salía caliente y salada y el dueño de la finca se puso a llorar delante de todos porque él lo que quería era regar melones.

Los otros dos hombres no hablaban. Uno era de Bielsa y el otro era de un pueblo de Lérida, y en cinco semanas Adela le oyó decir al de Lérida tres frases, y las tres eran sobre el tiempo.

El de Lérida, además, tenía una manera de mirar el reloj cada vez que Adela llegaba que no era por ella sino por la comida. A la cuarta subida Adela empezó a llegar diez minutos antes solo por quitarle el gesto, y lo consiguió, y no se lo contó a nadie porque era una tontería.

Arriba se estaba bien. Eso Adela no se lo dijo a nadie en el pueblo, porque en el pueblo la obra era la obra, pero arriba, en el rellano de las Foces, con el barranco sonando abajo y las paredes de piedra gris subiendo cien metros a los dos lados, se estaba mejor que en la cocina de la fonda a mediodía en junio.

———

El viernes veintitrés, cuando llegó, la sonda estaba parada.

Se había roto una varilla a los treinta y un metros y Anselmo y otro estaban abajo, en la boca, sacándola con una cuchara y con una paciencia de otro siglo.

El resto de la brigada había bajado al vado a por gasolina.

Ramiro estaba solo en el rellano de arriba, sentado en una piedra, con seis cajas de madera abiertas en el suelo delante de él y el metro de tela extendido a lo largo.

Adela dejó las cestas a la sombra y se acercó a mirar.

— ¿Qué es esto?

— Los testigos.

En las cajas, metidos en unos huecos hechos con listones, había cilindros de piedra. Cilindros de verdad, redondos, de cuatro dedos de gordos y de largos distintos, unos enteros y otros partidos en dos o en tres, puestos en filas y numerados con lápiz graso en la madera de al lado.

— ¿Y eso lo hace la máquina?

— Eso lo saca la máquina. La corona corta un anillo y lo de dentro sube entero. Es el terreno, tal como está debajo, sin tocar.

Las cajas eran seis, de tabla de pino, con asas de cuerda, y cada una llevaba escrito en la tapa el número del sondeo y los metros que iban dentro, con lápiz graso y con la letra de Ramiro, que hacía los cuatros abiertos por arriba.

Adela se agachó al lado de la primera caja. Aquello le hizo la misma impresión que le había hecho el plano en febrero, y por el mismo motivo: alguien había encontrado la manera de meter un trozo del valle en un cajón y llevárselo.

— ¿Y esto para qué sirve?

— Para saber si la roca aguanta una presa. Una presa se apoya en los estribos, las dos laderas, y en el cimiento. Si debajo hay conglomerado, o hay una falla, o hay una capa que se moje y se deslice, no se puede.

— ¿Y si no?

— Si no, se puede.

Ramiro cogió uno de los cilindros de la caja de la izquierda y se lo puso a Adela en la mano.

Era pesado. Más pesado de lo que parecía. Estaba frío, aunque llevaba una hora al sol, y era de un gris azulado con una vetita blanca que lo cruzaba en diagonal, y tenía las dos caras cortadas limpias como un queso.

— Este es del cuatro. Del sondeo cuatro, el del estribo derecho, entre los once y los doce metros de profundidad.

— Es bonito.

— Es caliza. Y está sana.

Lo dijo con la misma voz con la que decía que había hecho sol por la mañana y viento a partir de las tres. Después señaló las cajas con la barbilla, de izquierda a derecha.

— Del uno al tres son de la margen izquierda. En los tres primeros metros hay derrubio, que eso es tierra y piedra suelta, y no cuenta. A partir de ahí, roca. En el cuatro y en el cinco, los de este lado, desde los seis metros abajo es caliza sana y no hay ni una junta abierta.

— ¿Y eso es bueno?

— Eso es lo mejor que te puede pasar en una cerrada.

Adela se quedó con el testigo del cuatro en la mano un rato más, dándole la vuelta, mirando la veta blanca. Luego lo dejó en su hueco de la caja, en el sitio exacto de donde lo había sacado Ramiro, porque en la fonda las cosas se dejan donde estaban.

— ¿Y entonces ya está? ¿Ya se sabe dónde va la presa?

— Se sabe si aquí se puede. Dónde va se decide en Madrid, y a nosotros nos lo mandan por escrito.

Y ahí se acabó eso. Anselmo gritó desde abajo que ya tenían la varilla fuera, y Adela se acordó de golpe de que el bacalao llevaba veinte minutos al sol encima de una piedra y de que aquello, en junio y a mediodía, es la manera más tonta de perder una comida de cinco hombres.

———

Comieron a la una y media los tres que quedaban arriba, sentados en las piedras, con las ollas en el suelo y el vino en la sombra de la caseta del motor.

Anselmo contó la del pozo de Monegros por cuarta vez y la contó igual que las tres anteriores, con la misma pausa en el mismo sitio, y Adela se rio en el mismo sitio también, porque en junio del treinta y tres había pocas cosas de las que reírse a mediodía y aquella se sabía dónde estaba.

A las dos y media Anselmo y el otro se bajaron a la boca del sondeo a montar otra vez, y desde arriba se les oía discutir sobre la varilla rota y sobre de quién había sido la culpa, discusión que en una sonda no se acaba nunca.

Los dos hombres bajaron por el sendero de la boca discutiendo todavía, y desde arriba se les veía las espaldas y se les oía el final de cada frase y nada más.

Adela recogió las ollas vacías, las ató con el paño y las dejó al lado del cajón, y no se fue, y no tenía ningún motivo para no irse porque abajo, en la fonda, había cena para once y masa por amasar.

Se quedó en el rellano, con el paño colgando, mirando la pared de enfrente, que a esa hora tiene el sol de lleno y se pone casi blanca.

El barranco sonaba abajo, en un salto que hay a cincuenta metros y que no se ve desde arriba, y aquel ruido de agua era continuo y tapaba todos los demás.

En la fonda había ruidos de todo tipo desde las cinco de la mañana hasta las once de la noche, y ninguno tapaba a los otros, y por eso en la fonda se enteraba una de todo aunque no quisiera.

Allí arriba no se enteraba una de nada, y eso, aquel verano, era lo mejor de las Foces.

Ramiro había vuelto a las cajas y se había puesto a apuntar en la libreta.

— ¿Cuánto le queda aquí?

— Tres días. Cuatro, contando el cinco.

— ¿Y luego?

— Luego a Huesca, a entregar. Y luego ya se verá.

Adela dobló el paño en cuatro. Lo dobló otra vez, que ya no hacía falta.

— Yo el martes no puedo subir. Viene el de la contribución.

— Ya. No hace falta que suba usted nunca, si vamos a eso.

— No hace falta.

— Lo digo porque son cinco horas de su día.

— Ya sé lo que son.

Ramiro cerró la libreta, se la puso debajo del brazo y se levantó de la piedra sin ninguna prisa y sin dejar de mirarla.

Estaba a cuatro pasos y los dio, y Adela no se movió, y lo que pasó después no lo empezó ninguno de los dos, o lo empezaron los dos, que en las cosas que ocurren en el mismo segundo no hay manera de saber quién ha ido primero.

Fue un beso corto y torpe, con el paño doblado en cuatro entre los dos.

El segundo no fue corto.

Ramiro tenía las manos frías de la piedra y olía a gasolina y a tabaco, y a Adela le entró por la cabeza, en mitad de todo aquello, la idea absurda y muy suya de que hacía cinco semanas que aquel hombre no dormía en la cuatro y que la cuatro llevaba cinco semanas sin airearse.

Se separaron porque abajo, en la boca del sondeo, arrancó el motor.

Y el ruido del motor lo tapó todo, hasta el agua.

———

Estuvieron un rato sentados los dos en la piedra grande, ella con el paño y él con la libreta encima de las rodillas, y el motor abajo dando vueltas y Anselmo gritando cosas que no se entendían.

Adela hizo entonces lo que hacía siempre que le pasaba algo grande: ponerse a ordenar lo pequeño.

Que había que bajar las ollas y que pesaban menos.

Que el martes venía el de la contribución y había que sacar los recibos del veintinueve.

Que a las seis empezaba la cena y que quedaba masa de la víspera.

Y que aquel hombre iba a estar tres días más arriba, o cuatro con el cinco, y que después se iba a Huesca.

Esa última no era una cosa pequeña y se le había colado en la lista.

Con el motor ya cogiendo vueltas iguales, Ramiro dijo su nombre.

— Adela.

Era la primera vez en dos años y un mes que la llamaba por el nombre a secas, sin el usted delante y sin el apellido detrás, y a ella le sonó tan raro en aquella boca que tardó en contestar.

— Qué.

— Le tengo que decir una cosa. Se la tenía que haber dicho en octubre.

— Dígamela.

Ramiro se puso la libreta debajo del brazo y se quedó mirando el barranco, y Adela le vio hacer una cosa que le había visto hacer dos veces en dos años: contar antes de hablar.

— En el proyecto hay dos sitios.

— ¿Dos sitios de qué?

— Dos sitios para la presa. Este, aquí arriba. Y otro.

— ¿Dónde?

— Más abajo.

Y de cuánto más abajo, nada. Adela bajó los cincuenta minutos del barranco con las cestas vacías encajadas una dentro de otra, haciendo una cuenta que no le había pedido nadie, y fue la primera vez en su vida que le salió una cuenta y no quiso el resultado.