La fonda de Valdebruna Raquel, 2025
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Raquel, 2025

Al cementerio se sube por un camino de herradura. Sale del extremo este del pueblo, detrás de las eras, y hace cuatro lazadas largas por la ladera. Media hora larga, dijo Marcos el primer día. Son treinta y ocho minutos con la mochila y parando dos veces.

Los primeros doscientos metros son barro seco, igual que abajo.

Después el barro se acaba de golpe, en una línea horizontal tan recta que parece pintada con regla.

A partir de ahí hay hierba. Esa línea es la cota máxima del embalse.

Por debajo, sesenta y cuatro años de limo.

Por encima, un monte normal. Aliagas, boj, y una carrasca que tiene más años que el pantano.

Cruzar esa raya andando es la cosa más rara que he hecho este mes. Das un paso y pasas de un fondo de embalse a un monte del Pirineo. El paso mide setenta centímetros.

Marcos sube detrás. Hoy no lleva la barra de hierro, porque aquí arriba no hay pozos. Sin la barra en la mano es otro hombre. Más suelto, más lento y con menos motivos para no hablar.

— Aquí arriba no hace falta el casco.

— Ya. Me lo quedo puesto.

— ¿Por?

— Porque me lo he traído.

Se ríe una vez, con la boca cerrada y por la nariz. Es la primera en dos semanas. Yo la apunto, porque apuntar es lo mío.

———

El cementerio es un rectángulo de tapia encalada de treinta y dos metros por veintiuno.

Tiene la puerta al sur, con una cruz de hierro clavada encima del dintel.

La tapia aguanta entera salvo en la esquina noroeste, donde se ha desmoronado un metro y medio.

Por ahí ha entrado un rosal silvestre que ahora ocupa dos sepulturas.

La puerta es de dos hojas y no tiene candado. Tiene un pasador y un alambre enrollado. El alambre está retorcido con la mano, no con alicates. Eso significa que alguien lo abre y lo cierra, y que no es el mismo que lo puso.

Dentro, la hierba me llega al muslo. Se adivina una avenida central por donde ha crecido menos.

A los dos lados están las sepulturas. Unas en el suelo, con losa y una cruz pequeña de forja.

Otras en nicho, en dos filas contra el muro del fondo, con la lápida de mármol o de piedra según lo que hubiera en casa cuando tocó.

Sesenta y ocho sepulturas. Las cuento, las apunto y les hago la ficha.

El cementerio no está en mi encargo, y hoy es jueves, y tenía que estar cerrando la calle de Abajo.

Se la hago porque esto no está debajo del agua y por lo tanto no va a documentarlo nadie nunca.

Lo que se salva del agua no le interesa a ninguna administración. Lo he visto veinte veces en doce años.

Empiezo por el muro este. Voy tomando nombres y fechas, con la cinta métrica en el suelo para las distancias entre losas.

Bautista Broto Sanz, 1871-1938. Josefa Puyalón, 1884-1952.

Un nicho de niño, sin nombre, con una fecha sola.

Tiene un rosario de cuentas blancas colgado de un clavo. El clavo es lo único que queda entero.

Sigo por el muro norte, el que está mejor. Mil novecientos cuarenta y cuatro, cincuenta y uno, cuarenta y nueve, treinta y seis, cincuenta y siete. Paso al muro oeste. Sale el sesenta. Sale el sesenta y uno. Sale otro sesenta y uno.

Y ahí se para.

En un cementerio normal las fechas suben hasta el año pasado.

Hay flores frescas. Hay una lápida nueva que desentona.

Aquí las fechas suben, se apelotonan en el cincuenta y nueve, el sesenta y el sesenta y uno, y se acaban de golpe.

Las inscripciones no se han borrado. Lo que pasó es que el pueblo se fue y se llevó a sus muertos nuevos a otro sitio.

A los viejos los dejó donde estaban, porque a los viejos ya no hay quien los mueva y porque mover a un muerto en 1961 costaba dinero.

Sesenta y seis lápidas terminan en 1961 o antes. Sesenta y seis de sesenta y ocho. Y esa cifra la escribo con el lápiz y luego la repaso con el bolígrafo en el coche. Hago eso con los datos que van a hacer falta.

———

Las otras dos están en el fondo, en el suelo, contra la tapia oeste, en el único trozo del cementerio donde la hierba está segada.

Segada no. Cortada con desbrozadora, y no hace mucho.

Los restos del corte están todavía amarillos y no negros, y en este monte la hierba cortada se pone negra en tres semanas.

Son dos losas de granito gris, iguales, puestas juntas y sin separación entre ellas.

No llevan cruz y no llevan fotografía. Las letras están grabadas y pintadas de negro, y la pintura se ha repasado por lo menos una vez.

En el fondo de los surcos hay dos negros distintos, y el de arriba se ha corrido un poco en la erre.

La de la izquierda pone RAMIRO LAHOZ USED, y debajo, 1904-1989. La de la derecha pone ADELA BUISÁN SESÉ, y debajo, 1913-1998.

Y nada más. Ni una palabra. Ni tus hijos, ni tu esposa, ni descanse en paz, ni la cruz que lleva el noventa por ciento de las lápidas de este país. Dos nombres y cuatro fechas. Y en la de la derecha, debajo del año, un hueco donde cabía perfectamente una línea más y donde no se puso ninguna.

Me siento en la hierba, con la libreta abierta encima de las rodillas y sin escribir nada en ella.

En la ficha de la unidad 070, la del cementerio, tengo rellenados quince campos de dieciocho.

Me faltan la datación de las dos últimas sepulturas, la titularidad y las observaciones, y en observaciones caben cuatro líneas.

Debería hacer una foto. Es lo que hago yo.

Llevo la cámara colgada del cuello y la escala en el bolsillo lateral.

En doce años he fotografiado tumbas de todas las épocas y no me ha temblado la mano ni una vez.

Y aquí me quedo, sentada en la hierba, mirando dos losas como una señora cualquiera en un cementerio cualquiera un jueves por la mañana.

Mi bisabuela Adela era de Zaragoza de toda la vida.

Eso lo he oído en mi casa cuarenta veces.

Lo he dicho yo otras cuarenta. Lo puse en un formulario del instituto donde había que rellenar la procedencia de los cuatro abuelos.

Puse Zaragoza en las cuatro casillas y me quedé tan ancha.

Y ahora resulta que está enterrada a ochocientos treinta y un metros de altitud, en un cementerio al que se sube en treinta y ocho minutos desde un pueblo que no existe.

En 1998 aquí no había carretera, ni pista, ni más camino que el que acabo de subir con la mochila.

La enterraron treinta y siete años después de que se marchara el último vecino.

Alguien tuvo que traerla hasta aquí. Alguien tuvo que pedir un permiso.

Y de eso hay un papel en alguna parte, porque de todo hay un papel en alguna parte.

———

Lo otro me cuesta más. De lo otro no tengo ni el nombre.

Ramiro Lahoz Used. Lo escribo en la libreta, lo miro y no me suena de nada.

Y llevo dos semanas leyendo apellidos de este valle hasta soñar con ellos.

Buisán, Sesé, Nerín, Callizo, Escartín, Broto, Sanromán, Puyalón, Mur, Bergua.

En la relación de fincas de 1957 hay ciento noventa y una entradas y no hay ni un Lahoz.

— Marcos.

— Dime.

— ¿Lahoz es de aquí?

Marcos se acerca y se para delante de la losa. La mira hasta que se le pasa el turno de decir algo, con las manos metidas en los bolsillos del chaleco y sin llegar a agacharse.

— Aquí no hay Lahoces. En Aínsa tampoco. Eso es de más abajo, de Zaragoza o de la Ribera.

— ¿Y sabes quién es?

— No.

— ¿Y quién siega esto?

— Eso sí lo sé. Lo hace el del camping dos veces al año y se lo paga el ayuntamiento por un convenio de cuatrocientos euros. Pero desbroza el camino y el pasillo de entrada.

Los dos miramos el rectángulo de hierba cortada del fondo. No está en el camino ni está en el pasillo de entrada. Es del tamaño justo de dos sepulturas juntas. Marcos no dice nada. Yo tampoco.

Saco del bolsillo el sobre de 1946, que llevo encima desde julio. Del nombre del destinatario queda la primera letra. Es una A a la que le falta el palo de la derecha.

Lo vuelvo a guardar. Una A no es nada. Con una A empiezan cuatro de cada diez nombres de mujer de este país en 1946. Y yo me dedico a esto precisamente para no hacer estas cosas.

———

Después me cuenta lo de su abuelo, y me lo cuenta de pie y sin que yo se lo pida.

Ángel Callizo, nacido en 1925. La casa es la que en mis fichas figura como unidad 034, tercera de la calle de Abajo empezando por el horno.

Se casó en el cincuenta y dos con una mujer de Escalona.

Trabajó doce años en la obra, primero de peón y luego en la central.

Y fue el último que salió del pueblo, el 17 de septiembre de 1961, con treinta y seis años y con dos críos.

— Salió el último porque se encerró.

— ¿Se encerró?

— Cinco días, con la puerta atrancada por dentro. Vinieron el alcalde y la Guardia Civil y no abrió. El domingo por la mañana salió él solo, con un saco al hombro y una gallina debajo del brazo, y se fue andando a la casa nueva, la treinta y uno del poblado.

— ¿Y luego?

— Y luego vivió cincuenta años a cuatro kilómetros de aquí y no volvió a subir ni una vez. Murió en el dos mil once. Está enterrado en Aínsa, con mi abuela.

Marcos se queda mirando el muro del fondo, donde el rosal ha entrado por el boquete.

— Yo llevo veinte años trabajando para los que le sacaron de su casa. Me lo he pensado alguna vez, y sigo trabajando.

— ¿Y qué te dices?

— Que alguien tiene que llevar la central. Y que el sueldo es el sueldo.

Le pregunto si su abuelo hablaba del pueblo.

Me dice que hablaba del pueblo todo el rato y que nunca hablaba de la marcha, y que las dos cosas convivían en la misma mesa de la misma cocina durante cincuenta años.

Contaba las nevadas, las fiestas y quién tenía las mejores peras.

De septiembre del sesenta y uno no contó nunca ni una hora.

Lo dice sin amargura y sin pedir disculpas. Es exactamente como lo diría yo si alguien me preguntara por qué me gano la vida documentando cosas que van a desaparecer el lunes.

———

Antes de bajar vuelvo a las dos losas.

Entre las dos, justo en la juntura, hay un bote de conserva grande, de los de dos kilos.

Tiene la etiqueta arrancada, está oxidado por abajo y limpio por arriba, y lo han metido medio palmo en la tierra para que no se lo lleve el aire.

Dentro hay flores de plástico. Ocho o nueve tallos, blancos y azules, y el sol se los ha comido hasta dejarlos del color de la mantequilla.

Menos tres.

Tres de los tallos siguen siendo blancos, y el azul es azul, y el plástico brilla, y uno de ellos conserva todavía el trocito de precinto en el pie.

Los saco y los pongo en fila encima de la losa, al lado de los viejos. La diferencia se ve desde tres metros y con el sol de cara.

Después los vuelvo a meter en el bote, uno a uno, en el mismo orden en que estaban. Los tres nuevos van detrás. Ahí estaban.

Llevo doce años levantando sepulturas de gente que llevaba mil años muerta y no me ha quitado el sueño ninguna. Bajo del cementerio con una pregunta que no es de mi competencia y que no se me va en toda la tarde. Quién sube hasta aquí. Cada cuánto. Y por qué no ha querido que lo supiera nadie.