La fonda de Valdebruna Adela, 1933
23%

Adela, 1933

Cuarenta plazas. Peón, siete pesetas. Peón especialista, ocho. Barrenero, nueve cincuenta. Se presentaban en la caseta del vado el lunes con la cartilla y la fe de vida, y el que no tuviera cartilla que fuera a Aínsa a sacarla, y el que no supiera firmar que llevara a alguien que firmara por él.

Adela leyó la cuartilla el sábado a mediodía, cuando bajó a llevar el correo, y le llamó la atención una cosa que no le llamó la atención a nadie más: que la lista no decía cuánto iba a durar el trabajo.

Ponía el jornal, ponía los papeles que hacían falta y ponía el día.

De la duración no ponía nada, y una casa que se compromete con un jornal sin saber los meses hace las cuentas con la mitad de los números.

Se apuntaron ochenta y seis en dos días. De Valdebruna, de Lardués, de Sarralta, de Escalona y de dos pueblos del otro lado del monte que se enteraron el martes y bajaron el miércoles a pie.

Los cuarenta se dieron el sábado, y el sábado por la tarde fue el peor rato que había pasado la plaza de Valdebruna desde el edicto de julio.

Entraron los que tenían veinte y treinta años y espalda, y entraron los que ya habían trabajado en la carretera de Escalona y traían la cartilla sellada, y entraron los tres de casa Callizo.

Se quedaron fuera los mayores de cincuenta, los que solo tenían tierra y los dos hermanos de casa Broto, mozos y fuertes, que se quedaron fuera porque llegaron el jueves y la lista se cerraba el miércoles, y eso no se lo explicó nadie a nadie.

Adela lo supo antes que casi nadie porque el capataz Bergua desayunaba en la fonda a las siete y porque el papel de la cuartilla lo había escrito él en la mesa segunda del comedor, con la pluma de la casa, la noche anterior.

Y a partir de aquel lunes, Valdebruna dejó de ser un pueblo donde se discutía si la obra era buena o mala y se convirtió en un pueblo donde unos cobraban y otros no.

———

En la cantina, aquel mes, se habló mucho de Madrid.

El periódico subía con el correo tres veces por semana y llegaba con cuatro días de retraso, y lo leía en voz alta el que estuviera más despejado a esa hora, que casi nunca era el mismo.

En marzo empezó a salir en las páginas de dentro una cosa que llamaban el plan de obras hidráulicas, que estaban haciendo unos ingenieros en Madrid y que iba a ordenar los pantanos de toda España, y en la cantina de Valdebruna aquello se entendió en una tarde y se entendió mal.

— Entonces está aprobado.

— No lo pone.

— Pero si lo están haciendo, es que va.

— Lo que pone es que lo están estudiando.

— Igual que llevan estudiando esto desde el veintinueve, y ya ves.

El que dijo eso último fue el tío Sanromán, desde el rincón de la ventana, y tenía razón y no le hizo caso nadie. En marzo del treinta y tres lo que la gente quería oír era que la obra iba.

Y la obra iba, pero no por el periódico.

La obra iba porque Saltos de la Vellosa tenía la concesión desde el año veintinueve, firmada, con su plazo y su fianza, y porque una compañía que ha puesto una fianza acaba moviéndose.

Eso lo sabían cuatro personas en el valle, y ninguna de las cuatro estaba en la cantina discutiendo el periódico.

Adela lo sabía a medias, y lo sabía por una frase que le había oído a Bergua en enero mientras desayunaba: que a ellos el plan de Madrid les daba lo mismo, que ellos tenían papel de antes.

———

En la fonda, aquella primavera, no cabía un alfiler, y lo que se hacía en un día no lo habían hecho nunca ni la casa ni las mujeres de la casa.

Se empezaba a las cinco menos cuarto con la lumbre y se acababa a las once y media fregando, y en el medio había cuarenta y tres desayunos, veintiséis comidas y una cena que se servía en dos turnos porque el comedor tenía ocho mesas y no había manera de estirarlo.

Encarna contrató por primera vez en la historia de la casa a dos mujeres del pueblo, la Vicenta y una sobrina suya, a tres pesetas el día y la comida, y aquello sí que fue una novedad de las que se comentan.

En Valdebruna una casa que paga jornales a otras mujeres deja de ser una casa y pasa a ser otra cosa.

Los cuarenta del valle dormían en su casa, pero comían allí los que venían de lejos, y a los de la contrata se sumaron el delineante nuevo, dos ingenieros que subían a pasar tres días cada quince y un practicante que la compañía puso en el vado y al que había que dar de cenar.

Encarna hizo cuentas en abril y compró seis colchones nuevos de lana, uno para cada habitación, a ciento cuarenta pesetas el colchón, en Barbastro, con el porte aparte.

Ochocientas cuarenta pesetas de una vez.

Adela lo apuntó en la contratapa y estuvo un rato mirando la cifra, porque en aquella casa nunca se había gastado tanto dinero junto en nada que no fuera un tejado.

La tía Ramona se plantó en el rellano el día que subieron los colchones y no dejó pasar a los mozos hasta que le enseñaron uno abierto.

— Esto es lana de segunda.

— Es lana de primera, tía.

— Es de segunda, con paja abajo. Yo he varear lana desde los nueve años.

— Que no lleva paja.

— Llevará serrín, entonces. Estos de Barbastro te venden un colchón de serrín y te lo cobran de lana, y luego a los dos años tienes seis colchones de serrín y un lumbago.

Los colchones eran de lana y buenos. Le costaron a la casa ciento cuarenta pesetas cada uno y, si aguantaban los veinte años que aguanta un colchón de lana, salían a siete pesetas al año, y así era como hacía Adela las cuentas de las cosas caras desde que llevaba el libro: no por lo que valen, sino por lo que valen partido por los años que aguantan.

Pero la tía Ramona estuvo hasta septiembre diciendo que la número tres olía a serrín, y en septiembre lo dejó porque se le olvidó.

———

Lo que Adela empezó a notar aquella primavera no fue el dinero. El dinero se notaba solo y era bueno de notar.

Lo que empezó a notar fue el sitio.

En marzo, la Ramona de casa Broto le pidió fiado.

En abril se lo pidió la Sanromán, que ya debía de antes.

En abril también, una tarde, subió la mujer del tío Sanromán a preguntar si en la fonda hacía falta alguien para la colada, y Adela le dijo que no hacía falta, que la colada la hacían ellas, y la mujer dijo que bueno y se quedó todavía un momento en el zaguán antes de irse.

Y en mayo pasó una cosa pequeña que Adela se llevó a la cama.

Estaba en la puerta del horno esperando a que sacaran el pan y había cuatro mujeres delante hablando, y cuando llegó ella se callaron.

No se callaron del todo ni de mala manera.

Se callaron un segundo, cambiaron de tema y siguieron, y una de ellas, prima segunda de su madre, le preguntó por la salud de Encarna con mucho interés.

Adela cogió el pan, dio las buenas tardes y se volvió a la fonda por la calle del Horno, contando lo que le debía cada una de aquellas cuatro casas y encontrando que le debían tres, y que la cuarta no le debía nada y era la que había cambiado de tema.

Julián, que para aquellas cosas tenía mucho mejor oído que ella, se lo dijo esa misma primavera de la única manera en que sabía decir las cosas serias: andando por el camino y sin mirar a la cara.

Que en el pueblo ya no decían la fonda, que decían los de la fonda, y que eso quería decir otra cosa aunque las palabras se parecieran.

Y se lo dijo comiendo una manzana y cambiando de tema antes de acabar, porque a Julián las verdades le duraban lo que tarda uno en escupir un hueso.

En la cuenta de la fonda todo aquello estaba en la columna del haber, y Adela empezó a pensar que hay cosas que se cobran y se pagan a la vez, y que su cuaderno no tenía una columna para eso.

———

El abrigo fue el diecinueve de abril, volviendo de Lardués.

Había subido a cobrar treinta y dos pesetas de un fiado de dos años a casa Puyalón, y le pagaron veinte y le dieron un jamón pequeño por lo demás, y era una manera decente de arreglarlo, y Adela lo aceptó porque a un jamón no se le dice que no.

Salió de Lardués a las siete y le pilló la noche en el camino, cuarenta minutos largos con un tramo malo entre las bordas.

A la altura del segundo puente la alcanzó Ramiro, que bajaba de las Foces con la cadena al hombro y con la libreta en el bolsillo del pecho, y siguieron juntos sin haberse puesto de acuerdo en nada.

Hablaron poco y de cosas de camino. De que el puente del vado necesitaba una viga y llevaba tres años necesitándola.

De que en Lardués quedaban ya solamente cuatro casas abiertas de las nueve que había cuando la abuela de Adela era moza, y de que las otras cinco se habían ido a Barcelona sin vender, dejando las llaves a un primo, y así se vacían los pueblos mucho antes de que llegue ningún pantano.

En abril, en aquel valle, a las ocho de la tarde el aire se vuelve del norte y baja del puerto como si alguien hubiera abierto una puerta. Adela llevaba la toquilla y el jamón, y las dos manos ocupadas, y a los diez minutos empezó a andar más deprisa sin darse cuenta.

Ramiro se paró, dejó la cadena en el suelo, se quitó el abrigo, se lo puso a Adela por los hombros y volvió a coger la cadena, y todo eso lo hizo en unos ocho segundos y sin mirarla a la cara.

Adela tampoco dijo nada. Le podía haber dicho que no hacía falta, que ya estaban llegando, que se iba a quedar él helado. No lo dijo. Se sujetó el abrigo con la barbilla y anduvieron los veinte minutos que quedaban hasta el vado uno al lado del otro sin hablar.

El abrigo era de paño gris, pesaba mucho y olía a tabaco y a papel.

Y a Adela, andando debajo de aquel peso con un jamón en una mano y la toquilla en la otra, se le pusieron a la vez tres cosas en la cabeza que no tenían nada que ver entre ellas: que aquel hombre iba a llegar a la fonda helado y que había que darle caldo, que llevaba dos años durmiendo en la cuatro y pagando por semanas y por adelantado, y que si su madre los veía llegar así desde el balcón no iba a decir absolutamente nada, y que eso era lo malo.

En la plaza, delante del portalón, Adela se lo quitó y se lo devolvió doblado, y le dijo buenas noches, y Ramiro le dijo buenas noches, y se metió cada uno por su puerta, que era la misma puerta.

———

Don Ovidio Nerín entró en la fonda el 3 de mayo, a la hora de la siesta, que en aquella casa era la única hora del día en la que no había nadie y que por eso mismo era la hora en la que hay que entrar si uno no quiere que le vean entrar.

Era la segunda vez en su vida que pasaba del escalón de la cantina. La primera había sido en el veinticuatro, en el velatorio del abuelo de Adela.

Máximo Buisán le sacó la silla buena y le sirvió un vino de la cuba pequeña, y Adela se quedó detrás del mostrador secando vasos, porque nadie le dijo que se fuera y porque en la fonda ella era la que secaba los vasos.

Y porque su padre, al servir el vino, había mirado un segundo hacia el mostrador antes de sentarse, y aquel segundo quería decir quédate.

Hablaron primero de la lluvia y del precio de la lana, que estaba por los suelos. Después don Ovidio dejó el vaso en la mesa y puso las dos manos alrededor.

— Máximo, yo te vengo a decir una cosa y te la digo delante de la chica, que ya es mayor.

— Usted dirá, don Ovidio.

— Esto que estáis haciendo ahora, con la obra, está muy bien. Yo el primero, que les vendo la piedra y la madera. Pero esto se acaba.

— Se acabará.

— Se acaba en cinco años o en diez, y cuando se acabe, aquí hay lo que había antes menos lo que se lleve el agua. Y tú tendrás una casa muy buena en un sitio que a lo mejor ya no está.

Máximo Buisán no dijo nada. Se pasó el paño de la mano derecha a la izquierda.

— Yo te compro la fonda. Ahora, con la casa llena y ganando dinero.

Vacía no te la compra nadie. Te la tasa quien tú quieras, de Barbastro o de Huesca, y yo pongo mil pesetas por encima de la tasación.

Y tú te quedas dentro, de arrendatario, pagando lo que digamos, y sigues con tu casa y con tu vino y con tu gente, y el día que venga el agua el problema lo tengo yo con la compañía y no lo tienes tú.

En la cantina se oyó el reloj, que adelantaba cuatro minutos al día, y se oyó también el agua del abrevadero, que se oye desde dentro cuando no habla nadie y que en la fonda se dejaba de oír a las siete de la mañana y no se volvía a oír hasta la noche.

Adela, detrás del mostrador, hizo la cuenta que no le habían pedido, porque le salió sola y porque nunca en su vida había podido no hacerla.

La casa, con la cuadra, el corral y el patio, tasada como se tasaba entonces, andaría por las veintidós o veinticinco mil pesetas.

Mil por encima eran mil. Y un arriendo de la propia casa, al precio que se llevaba en el valle, se comía en once años lo que le pagaran de más.

— Y si no viene el agua, don Ovidio.

— Si no viene el agua has vendido barato y me lo dirás en misa todos los domingos, y yo te lo aguantaré, que para eso me lo habré ganado.

Máximo Buisán se quedó mirando el vaso, y estuvo callado mucho más rato del que estaba callado nunca. Adela dejó de secar el vaso que estaba secando y no lo cambió por otro, porque el ruido del paño se oía.

Y su padre, al final, dijo:

— Es que la casa no es mía sola.

— Ya lo sé. Por eso te lo digo ahora y no en septiembre.

Don Ovidio se levantó, dejó cincuenta céntimos en la mesa por un vino que no le habían cobrado y se fue a su casa sin darle importancia a nada.

Cuando la puerta se cerró, Máximo se quedó en medio de la cantina con el paño en la mano.

— Adela.

— Qué.

— Tú a tu madre esto...

Y no terminó la frase. Cogió el vaso de don Ovidio, se lo llevó a la pila, lo lavó él mismo, cosa que no hacía nunca, y se fue a la cuadra a mirar una mula que no le pasaba nada.