La fonda de Valdebruna Ramiro, 1932
21%

Ramiro, 1932

La oficina de la obra en Aínsa estaba encima de una tienda de ultramarinos, en la calle Mayor, en dos habitaciones alquiladas con un tablero grande y una estufa que no tiraba.

Ramiro subió los veintiún escalones a las nueve menos cuarto, como todos los martes, con los aforos de septiembre pasados a limpio y la nivelación del tramo de Sarralta. Llevaba el rollo debajo del brazo izquierdo, porque el derecho lo tenía para la puerta.

Don Fabián Orduna ya estaba dentro. Estaba siempre dentro, a cualquier hora que uno llegase. Tenía cincuenta y tres años, dormía cuatro horas, llevaba veinte inviernos de obras de montaña y aquella mañana estaba de pie delante del tablero con los pulgares metidos en el cinturón.

En el tablero había dos planos, uno al lado del otro, sujetos con cuatro pisapapeles de plomo.

— Cierre usted la puerta, Lahoz.

Ramiro la cerró y dejó el rollo encima de la silla. La estufa estaba encendida desde antes de las siete y la habitación entera olía a carbón mojado, el olor de todos los martes de octubre.

— Esto no ha salido de aquí y no sale hoy tampoco.

———

Los dos planos eran del mismo valle y no se parecían en nada.

El de la izquierda tenía la mancha del embalse arriba, estrecha y larga, metida entre las paredes del barranco, con la cerrada dibujada en las Foces y el estribo derecho apoyado en la roca gorda.

El pueblo quedaba fuera de la mancha, abajo, en blanco, con sus manzanas dibujadas una por una y la plaza sin rellenar.

El de la derecha tenía la mancha abajo y era otra cosa: empezaba en el estrecho de Bagüeste, se abría al llegar a la vega y se comía la Cerollera entera.

El pueblo estaba dentro de la mancha, y no estaba dibujado por manzanas sino con una trama gris.

Los delineantes usan esa trama para lo que va a desaparecer.

Ramiro se acercó al tablero y miró primero las escalas. Se miran las primeras y no las mira casi nadie.

— Están las dos a uno por dos mil.

— Están.

— Entonces se pueden comparar.

— Para eso están ahí.

Después se puso a leer los cuadros de datos, que iban los dos en la esquina inferior derecha de la hoja y estaban rotulados con la letra inclinada del delineante de Huesca.

Las Foces: altura de presa sobre cimientos, treinta y cuatro metros. Capacidad, nueve coma dos hectómetros cúbicos. Salto bruto, cuarenta y uno. Superficie inundada, cuarenta y una hectáreas. Fincas afectadas, sesenta y siete. Edificios, ninguno.

Bagüeste: altura de presa, sesenta y un metros. Capacidad, ciento dieciocho. Salto bruto, setenta y ocho. Superficie inundada, trescientas veintidós hectáreas, de ellas setenta y cuatro de regadío. Fincas afectadas, ciento noventa y una. Edificios, sesenta y dos.

Sesenta y dos.

Lo leyó tres veces, y a la tercera lo leyó despacio, número por número y de abajo arriba, buscando el error que suele haber en un cuadro de datos y que aquella mañana no aparecía por ninguna parte.

Sumó las hectáreas de la relación de parajes y le cuadraron.

Comprobó la capacidad contra la curva de embalse del reverso y también le cuadró.

— ¿Lo tiene?

— Lo tengo.

— Pues ya sabe lo que hay.

———

Don Fabián se sentó, sacó la petaca y empezó a liar un cigarrillo despacio, con la calma de las mañanas en que pensaba hablar sin que le interrumpieran.

— Madrid quiere salto. Lo pidió en junio y lo ha vuelto a pedir en septiembre. La compañía tiene la concesión desde el veintinueve y no ha puesto un ladrillo, y a la compañía lo que le sirve es el kilovatio. En las Foces hay cuarenta y un metros de salto. En Bagüeste hay setenta y ocho.

— Setenta y seis y medio, si se descuenta el resguardo.

— Setenta y seis y medio. Gracias.

Ramiro se quedó de pie, porque delante de don Fabián no se sentaba mientras don Fabián no se lo dijera, y aquella mañana don Fabián no se lo dijo.

— La cuestión no es esa — dijo, y se oyó decirlo antes de haber decidido decirlo.

Don Fabián levantó la vista de la petaca.

— Diga.

Y Ramiro hizo la cuenta en voz alta. No debía haberla hecho, y la hizo porque la llevaba hecha desde el segundo minuto y porque a él las cuentas le salían por la boca.

— La presa de las Foces tiene veintisiete metros menos de altura.

Con la misma cerrada de roca, eso es la mitad larga de hormigón.

Y en la expropiación, en Bagüeste hay que pagar setenta y cuatro hectáreas de regadío, sesenta y dos edificios y el molino.

En las Foces hay que pagar monte, pastos y una serrería.

— Siga.

— A los precios de la relación provisional del año pasado, la expropiación de Bagüeste sale ochenta veces la de las Foces. Ochenta. Y la obra sale más barata.

Don Fabián acabó de liar el cigarrillo y no lo encendió, sino que lo dejó encima de la mesa, puesto en paralelo al borde, con esa manera suya de colocar las cosas rectas mientras piensa.

— ¿Ha terminado?

— Sí, señor.

— Está usted comparando dos cosas que no son la misma. El anteproyecto no es una propuesta, es una manera de enseñar dos soluciones para que arriba se elija una. Y arriba no se elige por lo que cuesta la obra.

— Se elegirá por lo que cuesta el conjunto.

— Se elegirá por lo que produce.

Don Fabián se echó atrás en la silla y dijo entonces una frase que Ramiro no le había oído hasta aquella mañana.

— Aquí no se escoge el emplazamiento, Lahoz: se escoge el salto. Lo demás es papeleo, y el papeleo lo hacemos nosotros.

Ramiro no contestó nada a eso y se quedó mirando otra vez el cuadro de datos del plano de la derecha, en la esquina, donde ponía sesenta y dos.

— Recoja usted eso — dijo don Fabián —. Y hágame el resumen de los dos con las cifras de cubicación antes del quince. Sin comentarios, solo cifras.

— ¿Los dos?

— Los dos. Todavía son dos.

Y en la manera en que dijo todavía había un dato, y Ramiro lo apuntó donde apuntaba los datos: en la cabeza y luego en la libreta.

———

Volvió a Valdebruna aquella misma tarde, en el carro del correo hasta el vado y a pie los dos últimos kilómetros, con el rollo debajo del brazo y con el resumen sin empezar.

Tardó cincuenta y cinco minutos. Cincuenta y siete, contando la parada del puente, donde se paró a mirar el agua sin ningún motivo y donde el agua bajaba clara y con muy poco caudal para ser octubre.

Iba a buen paso y no le hizo falta pararse a coger aire ni una vez, y esas dos cosas las pensó las dos con mucho cuidado.

Mientras se piensan cosas así no se piensan otras.

Llegó a la plaza a las siete y diez, con el sol ya detrás del monte y la luz de esa hora en que las paredes se ponen del color de la paja. Había cuatro críos jugando en el abrevadero y una mujer recogiendo ropa en un balcón de la calle del Horno.

Y no entró en la fonda.

Se quedó parado en la esquina de la iglesia, a treinta y cinco metros del portalón, y estuvo allí mirando la casa sin decidirse a cruzar la plaza.

Desde la esquina se veía el rótulo de la pared, con las letras negras y el sol comido en la parte de arriba.

Se veía la puerta chica de la cantina abierta y la luz amarilla saliendo por el escalón.

Y en la puerta estaba Máximo Buisán, hablando con dos hombres que no eran de la obra.

Y en el balcón de la habitación cuatro, la suya, estaba la ventana abierta porque él la había dejado abierta por la mañana.

La casa estaba en la lista de sesenta y dos.

Ramiro estuvo calculando cuánto se tarda en decir una cosa así.

Cuarenta segundos, contando el aire que hay que coger antes de empezar.

Menos, si se dice de golpe y mal. Y estuvo calculando también qué se hace después de decirla, y ahí ya no le salió ninguna cifra, porque no había manera de convertir eso en metros ni en pesetas ni en horas.

Entró a las siete y media y cenó en la mesa segunda, la suya desde el invierno anterior. Adela le sirvió y le preguntó si había ido bien el viaje, y Ramiro le dijo que sí. Después le preguntó qué tal tiempo hacía en Aínsa, y Ramiro le dijo que sol por la mañana y viento a partir de las tres.

Eso fue todo lo que dijo Ramiro Lahoz aquella noche.

———

Resumen comparativo de emplazamientos. Río Vellosa.

Octubre de 1932. Solución A, cerrada de las Foces: presa de treinta y cuatro metros, nueve coma dos hectómetros cúbicos, salto bruto de cuarenta y uno, cuarenta y una hectáreas inundadas, sesenta y siete fincas, ningún edificio.

Solución B, estrecho de Bagüeste: presa de sesenta y uno, ciento dieciocho hectómetros cúbicos, salto bruto de setenta y ocho, trescientas veintidós hectáreas inundadas, ciento noventa y una fincas, sesenta y dos edificios.

Sin comentarios. Firmado, el ayudante de Obras Públicas, R. Lahoz.