Adela, 1932 #2
Fermín Nerín tenía veintisiete años, era alto, llevaba el pelo peinado con agua y bailaba de manera correcta, sin apretar y sin separarse, a la distancia exacta que hay que guardar en un baile de pueblo delante de la madre de una y del cura.
Habló poco y de cosas sencillas. Del calor.
De que la orquestina del año pasado era mejor.
De un tío suyo de Huesca que había venido.
Y a mitad de la pieza dijo una sola frase que no era del calor ni de la orquestina.
— Mi padre dice que su padre de usted lleva la mejor casa del pueblo y que no lo sabe.
— ¿Y usted qué dice?
— Yo digo lo mismo que mi padre, pero al revés. Que lo sabe usted y que él no.
Adela no le contestó a eso. Le dio las gracias cuando acabó la pieza, se volvió con las de casa Broto y estuvo el resto de la noche notando el pueblo entero mirándola de la manera en que un pueblo mira lo que ya ha decidido.
Lo primero que notó fue que ninguna de las dos le dijo nada, y en un baile de pueblo un silencio así se oye desde la otra punta de la plaza.
La mayor le ofreció rosquillas. La pequeña se puso a hablar de un primo de Escalona.
Y las dos estuvieron media hora sin nombrar a Fermín Nerín.
Fue exactamente la media hora en la que todo el mundo lo estaba nombrando en la plaza.
Al terminar, Fermín volvió con los suyos. Doña Camila no había mirado ni una sola vez en toda la pieza.
———
Ramiro estuvo toda la noche en el portalón de la fonda, apoyado en la jamba, con un vaso que no se acababa nunca.
No bailó ni una pieza. Se lo pidieron dos veces, una la Sanromán pequeña y otra una prima de Lardués, y dijo que no sabía bailar, y era verdad, y las dos veces se disculpó de una manera tan seria que las chicas se fueron riéndose y contentas.
Adela lo vio desde la plaza cuatro o cinco veces a lo largo de la noche, siempre en el mismo sitio, con la misma postura, y a la sexta ya no estaba.
Lo encontró a la una y media en el patio, junto al lavadero, cuando salió a por agua fría para la jarra de la cantina.
El patio estaba a oscuras y se oía la orquestina por encima del tejado, amortiguada, con el bombardino marcando el bajo. Ramiro estaba sentado en el borde del lavadero de piedra, con la chaqueta al lado y las mangas subidas, y tenía las manos metidas en el agua hasta la muñeca.
— ¿Qué hace?
— Me estoy refrescando. Ahí dentro hay veintiocho grados.
— ¿Y cómo lo sabe?
— Porque tengo un termómetro en la ventana de la cuatro.
Adela se rio bajito y dejó la jarra en el brocal del pozo. Se sentó en el borde del lavadero, a un palmo largo, y también las metió en el agua. Llevaba desde las seis con la bandeja y le ardían.
Estuvieron así un rato sin decir nada, con las manos las cuatro dentro del agua y sin tocarse, y desde el patio se veía un trozo de plaza iluminado y las cabezas pasando.
— Ha bailado usted con el hijo de Nerín.
— He bailado con quien me ha sacado.
Ramiro movió el agua con la mano y no contestó.
— ¿Le parece mal?
— No me parece nada. No es asunto mío.
— Pues lo ha dicho.
Ramiro las sacó del agua y se las secó en el pantalón, y tardó en contestar más de lo que tarda un hombre que sabe lo que va a decir.
— Lo he dicho porque llevaba toda la noche pensándolo y he preferido decirlo mal a seguir pensándolo bien.
Y ahí Adela se giró hacia él, y él se giró hacia ella, y en el patio de la fonda no había nadie, y la orquestina estaba tocando un vals que ninguno de los dos oyó entero.
Se acercaron. No mucho. Lo que hay entre dos personas sentadas en el borde de un lavadero cuando una de las dos se mueve un palmo.
Y entonces sonó la campana.
Sonaron los tres toques del final de la fiesta del día, que en Valdebruna se daban a la una y media desde siempre para que la gente supiera que a partir de ahí el baile lo pagaba cada uno y que mosén Arturo se iba a la cama. Sonaron muy cerca, a cuarenta pasos del patio, y sonaron fuerte.
Adela se levantó, cogió la jarra, la llenó en el pozo y no la llenó bien, y se le derramó la mitad en la falda.
Se quedó con la jarra escurriendo, con la falda mojada y con el frío del lavadero todavía en los dedos, y estuvo dos segundos buscando alguna cosa que decir de las que se dicen en una cantina a la una y media de la madrugada.
No encontró ninguna, y era la primera vez en su vida que no encontraba ninguna, porque una fondista tiene siempre una frase para cualquier hora.
— Buenas noches.
— Buenas noches.
———
El día veinticinco, a las seis de la tarde, apareció por la fonda la muchacha de casa Nerín a devolver las dos fuentes grandes, y las devolvió lavadas y con un paño limpio encima, y dijo que doña Camila decía que había estado todo muy bueno.
Encarna le dio las gracias, guardó las fuentes en el arcón y comentó, mientras cerraba la tapa, que aquella mujer era muy suya pero que pagaba a los ocho días sin que hubiera que recordárselo, y que en el pueblo eso lo hacían cuatro casas.
La factura del ayuntamiento la hizo el día veintisiete, con la fiesta recogida, el patio barrido y ciento noventa vasos rotos de menos que el año anterior.
Eran ciento sesenta y dos pesetas con cuarenta: la merienda de la orquestina los cuatro días, las camas de los cinco músicos en la falsa, el vino del pleno y las dos comidas de las autoridades de Aínsa.
Y esta vez no la hizo en una hoja del papel de las cartas al veterinario. La hizo en un pliego bueno, comprado en Aínsa en julio, y arriba, en el centro, con la letra redonda y las mayúsculas dibujadas despacio con la pluma fina, escribió el membrete que no había tenido nunca aquella casa:
Fonda de Valdebruna. Máximo Buisán. Plaza, esquina calle del Horno.
Y debajo, el concepto, los días, el precio y la suma en dos columnas.
Encarna entró en el comedor a las once de la noche, con el candil, y se quedó mirando el papel por encima del hombro de su hija sin cogerlo.
— Has puesto el nombre de la casa.
— Sí.
— La casa no tiene nombre. Tiene dueño.
— La casa tiene el nombre pintado en la pared desde el doce.
Encarna dejó el candil en la mesa, se sentó enfrente y estuvo un rato pasando el dedo por el borde del pliego antes de decir nada.
— Fermín Nerín te sacó a bailar delante del pueblo entero.
— Delante del pueblo entero.
— ¿Y tú qué hiciste?
— Bailar. ¿Qué iba a hacer?
— Nada. Hiciste bien.
Adela sopló la tinta del membrete, aunque ya estaba seca.
— Madre.
— Qué.
— ¿Usted cuánto tardó en decirle que sí a padre?
— Yo no le dije que sí a nadie. Dije que bueno.