La fonda de Valdebruna Adela, 1932
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Adela, 1932

San Bartolomé cae el veinticuatro de agosto, y en Valdebruna la fiesta empezaba el veintitrés a las ocho de la tarde con la ronda y se acababa el veintiséis cuando ya no quedaba nadie de pie.

La fonda llevaba desde el día quince trabajando para eso.

Se mataron dos corderos y un cabrito, se hicieron catorce docenas de rosquillas en dos hornadas en el horno de al lado, se bajaron seis cántaros de la bodega y se subieron cuatro, se lavaron los manteles de los dos años anteriores y se descubrió que uno tenía una quemadura de puro que nadie había visto en veinticuatro meses.

Adela lo apuntó todo y lo cobró todo, menos la quemadura.

El día veinte se subieron los bancos de la iglesia al coro para hacer sitio, se colgó el reposte del santo y se sacó la peana, que la guardaba casa Broto desde el año de la nevada y que había que revisar todos los agostos porque siempre le faltaba un tornillo.

Ese año le faltaban dos, y el herrero de Escalona subió a ponerlos un martes por la tarde y se quedó a cenar en la fonda, y como no se le podía cobrar al herrero que ha arreglado al santo, Adela apuntó la cena en el margen y no en la columna, que era su manera de que las cosas no se perdieran sin que costaran dinero.

Aquel año había más gente que ningún año; estaban los de siempre, los de Lardués y Sarralta, los parientes que bajan de Bielsa y los que suben de Aínsa, y estaban además veintitrés hombres de la obra, que en agosto del treinta y dos ya eran una parte del paisaje.

El ayuntamiento les invitó oficialmente, en acuerdo de pleno, y el alcalde entendía que aquella gente gastaba y hubiera quedado feo no hacerlo.

La invitación se leyó en la plaza, la gente aplaudió sin ganas y la tía Ramona, que estaba en la puerta con el cucharón, dijo que en su casa a los que traen la desgracia no se les da de merendar, y luego les dio de merendar a todos durante cuatro días.

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Lo de doña Camila fue el día veintiuno, por la mañana, y duró tres minutos.

Doña Camila Nerín entró en el zaguán de la fonda con la muchacha detrás y no pasó del zaguán. Nunca pasaba; era una mujer de cincuenta y pocos años, seca, muy limpia, que llevaba desde los veinte siendo la señora de casa Nerín y que había aprendido el oficio de serlo.

Encarna salió a recibirla y Adela salió detrás, con las manos mojadas.

— Buenos días, Encarna. Vengo por lo de la merienda del día de la fiesta.

— Usted dirá.

— Serán cuarenta. Los de Barbastro llegan a las cinco, y a las seis se sirve en el patio de casa. Tortas, jamón, dos fuentes de pollo en escabeche y lo dulce. El chocolate lo hacemos nosotros.

— Muy bien.

Y entonces doña Camila se volvió media vuelta hacia Encarna, señaló a Adela con la barbilla y dijo:

— Que lo lleve la chica a las cinco y media, y que no venga con prisa, que el año pasado lo trajo todo movido. Y que traiga las fuentes de la casa, no las suyas.

Adela estaba a metro y medio. La estaba mirando. Podía haberle contestado a ella misma, porque estaba allí, con las manos mojadas y con diecinueve años, y le habría contestado que sí, señora, a las cinco y media.

Doña Camila no le habló. Le habló de ella.

Cuando se fueron, Encarna se dio media vuelta, dijo que había que sacar las fuentes grandes del arcón y se metió en la cocina, y ese fue todo el comentario que hubo en la fonda sobre el asunto.

Adela subió a las habitaciones con las sábanas y estuvo haciendo las seis camas seguidas sin parar y sin hablar con nadie, y a la tercera cama ya había convertido aquello en una cuenta, porque las cuentas la calmaban: cuarenta meriendas a dos pesetas y media, cien pesetas limpias, dos días de trabajo de la casa, y la mitad de la ganancia del mes de agosto de un año normal.

Cien pesetas eran cien pesetas. Y que la señalaran con la barbilla en su propio zaguán costaba, exactamente, cero.

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En la cocina, la tía Ramona llevaba desde el día dieciocho con un discurso propio sobre la fiesta que no admitía interrupciones y que Adela se sabía de memoria.

Que antes la fiesta duraba seis días. Que antes venía un predicador de Barbastro y hablaba una hora y media y no se movía nadie.

Que antes no había cable, ni bombillas, ni gente de fuera, y que se bailaba con la luna y con dos candiles y se veía igual de bien o mejor.

Y que ella, en el año catorce, bailó siete horas seguidas y al día siguiente ordeñó, y que a ver quién de las de ahora hacía eso.

La ronda salió el veintitrés a las ocho, con la orquestina de Boltaña delante, cinco: un violín, un clarinete, una bandurria, un bombardino y un chaval con la caja.

Se llamaban Orquestina Ideal y venían con un cartel pintado que ponían en la pared del ayuntamiento y que llevaban de pueblo en pueblo desde el veintiséis.

El del bombardino era barbero en Boltaña el resto del año, y aquella tarde, antes de empezar, afeitó a tres hombres en la cocina de la fonda por cuarenta céntimos cada uno, con la navaja apoyada en la mesa de la despensa, mientras el clarinete afinaba en el patio.

La ronda dio la vuelta al pueblo entero por las cuatro calles, parando en las casas donde había mozas y en las casas donde había vino, que solían ser las mismas.

Julián iba delante. Julián iba delante siempre y aquel año iba más delante que nunca, porque en junio se había echado novia formal con Rosario Sanromán, y porque un hombre con novia formal en un pueblo de doscientos cuarenta canta más alto.

Cantó en tres casas, cantó bien en dos, y a las once y media, en el portalón de la fonda, con medio pueblo delante, se subió a un banco para cantar la cuarta y no le salió, porque llevaba desde las siete bebiendo y porque el bombardino le había cambiado el tono a propósito.

Se cayó del banco de lado, sin hacerse nada, y se levantó riéndose y pidiendo que le dejaran empezar otra vez.

Encarna lo miró desde la puerta y se metió otra vez en la cocina, y Adela le llevó al banco un vaso de agua que su hermano no se bebió.

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La misa mayor fue a las once, con mosén Arturo estrenando casulla y con la iglesia llena hasta el atrio, y detrás salió la procesión.

En Valdebruna la procesión es corta porque el pueblo es corto: se baja por la calle del Horno, se cruza la calle de Abajo, se sube por detrás del horno y se vuelve a entrar por donde se ha salido.

Cuatro hombres llevaban al santo y los cuatro eran de casas de arriba.

Eso se decidía en enero y se discutía todo el año.

Detrás iba el ayuntamiento, y detrás de todos, ese año y por primera vez, iban seis hombres de la obra con la boina en la mano, invitados por el alcalde y colocados al final por la costumbre.

El baile fue el día veinticuatro, después de comer, y duró desde las seis de la tarde hasta las dos y media de la madrugada, con la plaza llena y las bombillas colgadas de un cable que iba de la casa Nerín a la fonda, cruzando por encima del abrevadero.

Aquel cable lo puso la contrata. Fue idea de Bergua, que se lo propuso al alcalde en junio, y la contrata puso el cable, las bombillas y el grupo electrógeno pequeño, que estuvo dos días haciendo un ruido de mil demonios detrás de la iglesia.

Y esa fue la primera vez que en Valdebruna se bailó con luz eléctrica.

Duró desde las seis de la tarde hasta las dos y media, y a las dos y media el electricista de la contrata apagó el grupo y la plaza se quedó a oscuras de golpe, y hubo un grito de todo el mundo a la vez, medio de susto y medio de gusto, que se oyó desde Lardués.

También fue la primera vez que la mitad del pueblo bailó debajo de un cable pagado por los que les iban a echar de allí, y en la plaza aquella tarde eso lo dijo mucha gente, y lo dijeron bailando.

Los de la obra estaban en el lado de la fonda, casi todos juntos, con la camisa buena y sin chaqueta.

No les habló casi nadie durante la primera hora.

Después empezaron a salir a bailar los del valle, que ya eran veinte y que ya no eran de la obra sino de casa, y detrás de ellos salieron dos o tres de fuera, y a las nueve de la noche la plaza estaba mezclada del todo y nadie sabía quién era de dónde salvo los que lo sabían perfectamente y no se les olvidaba.

En cuanto empezó a caer el sol salieron las mujeres con las sillas de casa y se sentaron en el lado de la iglesia, en dos filas, y esa era la parte de la fiesta que a Adela le gustaba de verdad desde niña: la de las sillas.

Las abuelas en la primera fila, las madres detrás, las crías sentadas en el suelo delante de todas, y una conversación continua que iba de la pieza que estaban tocando a lo que había pagado casa Broto por la novilla, y que no se interrumpía ni cuando pasaba la orquestina por delante.

Adela no bailó en toda la primera parte porque estaba sirviendo. La cantina de la fonda tenía la puerta abierta a la plaza y aquella tarde salieron por esa puerta doscientos ochenta vasos, y Adela lo sabe porque los cobró de uno en uno.

A las diez su madre le quitó el paño de la mano y le dijo que se fuera a la plaza un rato, y aquello, en Encarna Sesé, era una orden.

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Fermín Nerín la sacó a bailar a las diez y veinte, en el segundo pasodoble, y lo hizo bien, que es lo peor que pudo hacer.

Cruzó la plaza entera desde el lado de su casa, despacio, saludando a dos o tres por el camino, y llegó hasta donde estaba Adela con las de casa Broto, y no le preguntó nada raro ni le dijo ninguna gracia.

Le dijo buenas noches, le preguntó si bailaba y le tendió la mano, y en aquel momento la plaza de Valdebruna hizo lo que hacen las plazas: bajó dos tonos y siguió hablando de otra cosa mirando a otro sitio.

Bailaron el pasodoble entero.