Raquel, 2025
El archivo comarcal está en Aínsa, en la parte de abajo. Ocupa un edificio de los años ochenta que comparte con el servicio de deportes y con una sala donde ensaya una coral. Los martes ensaya la coral. Yo voy un viernes y un lunes, y aun así, el lunes, alguien canta en el pasillo.
La archivera se llama Nieves Puyuelo y lleva veintiséis años ahí. En las manos tiene un rotulador de punta fina y una lista impresa con las signaturas que le pedí por correo. Las lee en voz alta antes de traerme nada.
— Obras hidráulicas, cinco cajas. Expropiaciones, once. Ayuntamiento de Valdebruna hasta el sesenta y uno, veintitrés. ¿Todo?
— Todo.
— Es que son treinta y nueve cajas.
— Las treinta y nueve.
— Y cierro a las dos.
— Empiezo por las once, entonces.
Le caigo bien a partir de ese momento. Lo sé porque me trae el carro entero de golpe, en vez de traérmelo caja a caja. Es la manera que tiene un archivo de decirte que confía en ti.
La sala de consulta tiene cuatro mesas y estoy sola. Hay un cartel que prohíbe los bolígrafos y otro que prohíbe el agua. En la mesa del fondo hay una caja de lápices con la punta gastada, y esa caja lleva ahí desde antes que yo.
La coral está ensayando una cosa a cuatro voces que no reconozco y que se para cada minuto y medio, siempre en el mismo compás, porque siempre falla el mismo hombre.
Me lo aprendo sin querer. A las once y media les sale entero.
Doy una palmada yo sola, en la sala de consulta, delante de treinta y nueve cajas. Me da vergüenza inmediatamente.
———
Un expediente de expropiación no se lee, se recorre, y lo primero es un índice que casi nunca coincide con lo que hay dentro.
Después vienen los edictos, las publicaciones en el boletín y las notificaciones a los propietarios.
Luego las actas previas a la ocupación, las hojas de aprecio, las de la administración y las actas de pago.
Y al final, si hay suerte, los recibos firmados.
Cada finca tiene un número y ese número es la única cosa que se mantiene igual de la primera hoja a la última.
Por eso lo primero que hace uno es buscar la relación de bienes y derechos. Es un listado. Número de finca, propietario, paraje, naturaleza, superficie, y una columna de observaciones que casi siempre está vacía y que cuando no lo está vale más que todo lo demás.
La de Valdebruna está en la caja 4, en una carpeta de cartón atada con una cinta que se deshace al tocarla. La portadilla está escrita a máquina, con las mayúsculas más negras que las minúsculas, porque la máquina se comía la cinta.
EXPEDIENTE DE EXPROPIACIÓN FORZOSA. EMBALSE DE LA VELLOSA. TÉRMINO MUNICIPAL DE VALDEbrUNA. RELACIÓN DE BIENES Y DERECHOS.
Ciento noventa y una fincas, rústicas la mayoría, con cuarenta y ocho urbanas al final. Detrás van las hojas de notificación, cosidas con un bramante que alguien pasó por tres agujeros hechos con un punzón. Están las firmas de los interesados. Y siete cruces de los que no sabían firmar.
Empiezo por el principio. Voy anotando las que me interesan para cruzarlas con mis unidades. Finca 3, casa, paraje La Plaza, Nerín Escuer, Ovidio. Finca 4, casa, La Plaza, Nerín Escuer, Ovidio. Finca 7, casa y corral, La Plaza, Nerín Escuer, Ovidio, en tres cuartas partes.
A la finca 12 ya he entendido cómo funcionaba este pueblo.
———
La 41 está a media hoja, en la segunda página de las urbanas, y la primera vez le paso por encima.
Le paso por encima porque estoy leyendo la columna de la superficie y no la del propietario. Bajo tres líneas más, me paro, subo, y la leo entera.
41. Edificio destinado a fonda, con corral, patio y cuadra. Paraje: La Plaza, esquina calle del Horno. Superficie construida, 384 metros cuadrados. Propietario: BUISÁN SESÉ, ADELA.
Y en observaciones, escrito a mano, con otra tinta: Se hace constar que la interesada ocupa la finca como titular único desde 1953.
Me quedo un rato tonta mirando eso, con el lápiz en el aire. La mano izquierda sujeta la hoja por el margen. El papel de 1957 se sujeta así, o se te parte por el pliegue.
Mi bisabuela se llamaba Adela Buisán. Eso lo sé desde siempre, de la manera en que se saben los nombres de la familia, sin haber preguntado nunca. Lo que no sabía es que tuviera una casa. Y lo que no sabía sobre todo es que la tuviera aquí.
En mi casa Valdebruna no se ha nombrado jamás. Ni el pueblo, ni el pantano, ni el valle. Mi abuela Amparo era de Zaragoza y su madre era de Zaragoza y punto. Cada verano sale en el telediario un pueblo que aparece debajo de un embalse. En mi casa nadie decía nada especial.
Trescientos ochenta y cuatro metros cuadrados.
Es una casa grande. Es la casa más grande de la relación después de las tres de los Nerín y la del cura.
En un pueblo de sesenta y dos casas eso significa algo, aunque no sepa todavía qué.
En mi trabajo la superficie construida es un dato administrativo. En un pueblo es una posición.
Saco la foto del bolsillo y la pongo encima de la mesa, al lado del papel, y me digo que no.
Que una fonda no es la fonda de la foto solo porque yo quiera.
Que en el listado hay otra finca con la palabra hospedaje y que no la he mirado.
La miro. Es una casa de comidas en la carretera vieja, cerrada en el cincuenta y cuatro, de treinta y un metros.
Bueno.
Pido una copia. Nieves me dice que las copias son a cincuenta céntimos y que el escáner va lento, y me pregunta si es para el trabajo de la comarca.
— Es para el trabajo.
Y esa es la primera vez que digo una cosa que no es del todo verdad desde que llegué, y es lunes, y llevo diez días aquí.
———
Lo otro aparece por la tarde y aparece porque me pongo pesada.
En la carpeta hay dos ejemplares de la relación. Eso no es raro: se hacían tres o cuatro, para el ayuntamiento, para la jefatura, para la empresa. Lo raro es que no son iguales.
El ejemplar A es el que he leído. Ciento noventa y una fincas, todas numeradas de corrido, con las urbanas al final y con las diligencias de notificación al dorso.
El ejemplar B tiene sesenta y siete fincas. Y está tachado.
No tachado a lápiz. Tachado con dos rayas en aspa de esquina a esquina, en cada una de las cuatro hojas, con tinta, hechas con regla. Alguien se tomó la molestia de coger una regla para anular un documento, y eso no lo hace un funcionario con prisa.
Las sesenta y siete fincas del ejemplar B no son un trozo de las ciento noventa y una.
Son otras. Hay fincas rústicas en parajes que en el ejemplar A no salen: Las Foces, El Sardal, Cambrones, Puyalón.
Hay una serrería. Hay pastos. Hay una casa de labor.
No hay ni una sola finca urbana en el casco de Valdebruna. Ni una.
Y en la cabecera de cada ejemplar, arriba a la derecha, en el hueco que dejaba el membrete, hay una anotación a mano. Con pluma. Es una letra inclinada, la misma en los dos papeles, y no es la letra de la máquina ni la del que cosió el bramante.
En el A: cota 812,00.
En el B: cota 836,00.
Los copio en la libreta los dos, con la fecha y la signatura. Los copio dos veces. Uno se equivoca al copiar un número y luego se pasa tres semanas persiguiendo un fantasma que ha creado él mismo con un cuatro que era un nueve.
Y hago la cuenta. Es lo primero que sale.
Ochocientos treinta y seis menos ochocientos doce son veinticuatro metros más de agua en el papel tachado, en un valle donde la plaza está a setecientos noventa.
Veinticuatro metros más de agua y ni una sola casa del pueblo en la lista.
Eso es lo que no me cuadra, y por eso sigo de pie con el abrigo puesto a las siete menos cuarto en un archivo que cierra a las seis.
Y ahí me paro. Una cota escrita a mano en la esquina de un papel no dice de qué es.
Puede ser el máximo embalse. Puede ser la coronación de la presa.
Puede ser el límite de la expropiación, que es otra cosa distinta.
En un expediente de los cincuenta las tres cosas se anotan con la misma palabra y con la misma pluma.
Lo único seguro es que el que escribió el ochocientos doce y el que escribió el ochocientos treinta y seis hacían los ochos igual.
Después me pongo a buscar el porqué. Hay que hacerlo y no sale nunca.
Miro las fechas. El ejemplar A no lleva fecha en la portadilla, pero las notificaciones del dorso son de 1957. El B tampoco lleva fecha. El papel del B es distinto, más basto y más amarillo. El sello de la jefatura es el mismo en los dos y en los dos está pálido.
Me llevo el B a la ventana. Contra la luz, en la cabecera, hay una firma que la fotocopiadora no va a coger nunca. Encima de la firma hay un cargo, y el cargo se lee entero: Ingeniero Director.
El nombre no. El nombre es una raya con dos jorobas y una jota al final, y podría ser cualquier cosa, y de esas firmas hay tres millones en los archivos de este país.
— Nieves, ¿esto puede ser de otro expediente?
Nieves viene, se pone las gafas que lleva colgadas, mira las dos carpetas, las compara, le da la vuelta al cartón y busca el sello de ingreso.
— Entró todo junto. En el noventa y ocho, del ayuntamiento.
— ¿Y estas parcelas de Las Foces? En el otro no están.
— No lo sé.
Lo dice sin ninguna incomodidad. Eso me gusta de los archiveros buenos. No sabe, no se inventa, y no me deja irme con una teoría suya en el bolsillo.
— ¿Puede ser un proyecto anterior?
— Puede ser cualquier cosa. Aquí hay tres cajas de la empresa que llegaron sin inventariar y que llevan veintisiete años esperando a que alguien las abra.
— ¿Puedo abrirlas?
— No.
— ¿Por?
— Porque no son de la comarca. Son de la empresa. Están depositadas.
Y ahí se acaba el lunes, con las treinta y nueve cajas otra vez en el carro. Nieves apaga las luces del fondo hacia delante. La coral baja por la escalera y se despide en el aparcamiento de uno en uno. Una coral tarda en irse lo que tarda un funeral.
———
Llamo a mi madre desde el coche, en el aparcamiento del archivo, con la ventanilla bajada porque hace veinticuatro grados y estamos a veintidós de septiembre.
Mi madre se llama Merche, tiene sesenta y seis años y vive en Zaragoza. Contesta al segundo tono siempre, con el teléfono ya en la mano.
— Hija.
— Mamá, una pregunta rara.
— Empezamos bien.
— La abuela Amparo, ¿nació en Zaragoza?
Silencio de dos segundos. En mi madre, dos segundos son un discurso.
— Nació en el pueblo, creo. Y se fue de cría.
— ¿Qué pueblo?
— Uno de Huesca. Del Pirineo. Uno de esos que taparon.
— ¿Valdebruna?
— Puede ser. Nunca lo dijo así, con el nombre.
— Mamá, tengo delante un papel en el que la bisabuela Adela es la propietaria de una fonda en Valdebruna. Una fonda de trescientos ochenta y cuatro metros.
— Pues muy bien.
— ¿Cómo que muy bien?
— Que muy bien, Raquel. Que la gente antes tenía casas en los pueblos y luego las perdía. No es ninguna película.
Me lo explica en dos minutos y con la voz de tener otra cosa a medias.
Que la abuela Amparo no contaba nada de antes.
Que se casó en el cincuenta y ocho y que trabajó cuarenta años en una fábrica de calzado en la carretera de Madrid.
Y que de su infancia lo único que le oyó fue que hacía mucho frío.
— ¿Y de su madre?
— ¿De la bisabuela? Nada.
— ¿Nada de nada?
— Que fue una mujer muy trabajadora y que llevó un hostal. Y ya.
— ¿Un hostal dónde?
— Raquel, que tengo el arroz en el fuego.
Y yo, que soy tonta, insisto una vez más de lo que hay que insistirle a mi madre.
— ¿Y nunca te dijo por qué no hablaba del pueblo?
— Porque no había nada que contar. Eso lo decía ella. No había nada que contar.
Y cuelga. No de mala manera. Cuelga como cuelga siempre, con un hasta luego y un beso, y con la sensación exacta de que la conversación no ha existido.
———
En El Cinco, esa noche, Charo me pone lentejas y se queda esperando.
— Nueve.
— Vaya. Enhorabuena.
— Es que las lentejas es difícil bajar de ocho. Se hacen solas. Lo difícil es un flan.
— ¿Y el suyo qué nota tiene?
— El mío es un seis y medio y lo sigo poniendo, porque aquí el que quiere un flan de nueve que se vaya a Aínsa y luego vuelva a las once por la carretera con los jabalíes.
Subo a la habitación a las once y me pongo con la libreta. Tengo que pasar a limpio las fichas de las unidades 22 a 34. En vez de eso abro una hoja nueva y escribo arriba una palabra que no había escrito en doce años de trabajo: Adela.
Debajo pongo lo que tengo. Un nombre. Una finca de trescientos ochenta y cuatro metros. Una llave con un cuatro. Una foto de 1934 con un rótulo que no se lee. Un sobre de 1946 devuelto al remitente. Una casa donde nunca se habló de un pueblo.
Y luego, en la página de al lado, pongo lo otro. Dos relaciones de fincas. Sesenta y siete contra ciento noventa y una. Un ejemplar tachado con regla. Y dos cotas escritas a mano en la misma letra.
Miro las dos páginas un rato, una al lado de la otra, y me digo lo que se dice siempre. Que no tienen nada que ver. Que un archivo está lleno de papeles que no encajan, y que juntarlos porque están en la misma caja es el pecado original de este oficio.
Apago la luz.
Y a oscuras, con la carretera vacía y con el zumbido de la nevera subiendo por el suelo, me hago la pregunta. La llevo desde las siete de la tarde sin hacérmela del todo.
¿Por qué hay un papel en el que Valdebruna no está en la lista?