La fonda de Valdebruna Adela, 1932
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Adela, 1932

La nieve entró por el puerto de noche y no se fue hasta bien entrado marzo, y en el medio a Valdebruna no le subió ni el correo.

De diecinueve bocas a mediodía se pasó a seis, contando a la familia. La cuenta de febrero cabía en media página del cuaderno de hule verde, y Adela, que en agosto había tenido que empezar hoja nueva cada cuatro días, se pasó el invierno mirando una hoja que no acababa nunca.

Encarna cerró la falsa, quitó los camastros y guardó las sábanas nuevas en el arcón con alcanfor, y eso, en aquella casa, era la manera oficial de decir que el verano se había terminado y que había que estirar lo cobrado.

Aun así, la cuenta salía. Adela hizo el resumen del año en la contratapa una tarde de febrero y le salieron seis mil cuatrocientas y pico de ingreso contra tres mil ochocientas de gasto, y aquello, en una casa donde el año bueno eran mil quinientas de diferencia, daba para el tejado de la cuadra, para la olla nueva, para las sábanas y para tres inviernos de tranquilidad, que era lo que su madre había querido decir en mayo con lo del dinero de la obra.

En el pueblo, mientras tanto, se hablaba de la escuela.

Habían pedido maestra en octubre y no había venido nadie, y los críos llevaban desde noviembre sin dar clase, y mosén Arturo les juntaba tres veces por semana en la sacristía a leer, con un brasero, y aquello no era una escuela pero era mejor que la calle con nieve.

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Ramiro se quedó, y se quedó porque el trabajo de invierno de un ayudante de Obras Públicas no consiste en medir sino en pasar a limpio lo medido, y para eso hacen falta una mesa, una lámpara y que no le molesten a uno.

Tenía las tres cosas en la cuatro y las tres cosas también, a partir de las cinco, en el comedor de abajo.

Porque en el comedor había lumbre y en la cuatro no, y aquel invierno hacía en la cuatro un frío de romper el agua de la jofaina.

De manera que a las cinco de la tarde bajaba con el rollo, la libreta y una regla larga de boj, se ponía en la mesa segunda, la que quedaba más cerca de la chapa, y trabajaba hasta las nueve.

Y a las cinco de la tarde Adela sacaba el cuaderno de hule verde y se ponía en la misma mesa, en la esquina de enfrente.

Llevar las cuentas al lado de la lumbre era lo que había hecho toda su vida y no iba a dejar de hacerlo porque hubiera un huésped.

Ese fue el arreglo, y ninguno de los dos lo propuso.

Encarna lo vio el tercer día desde la puerta de la cocina, se quedó un momento mirando la mesa segunda con los dos cuadernos abiertos, y a los dos días puso ella misma el quinqué grande encima de la chapa para que la mesa segunda tuviera mejor luz.

Con esta casa pasaba eso. Las cosas se permitían poniendo un quinqué y se prohibían quitándolo.

La primera semana no hablaron casi. Cada uno con lo suyo, el ruido del carbón, la regla de boj contra el papel, la pluma de Adela, el reloj de la cantina que adelantaba cuatro minutos al día desde que se cayó.

La segunda semana Ramiro le pidió que le acercara el tintero y ella se lo acercó, y a la media hora se lo volvió a pedir y ella se lo dejó en el medio de la mesa, y a partir de ahí el tintero se quedó en el medio de la mesa hasta marzo.

Fue Adela la que preguntó primero, y preguntó por lo que le tenía intrigada desde julio.

— ¿Qué es lo que dibuja usted todo el día?

— Perfiles. Y una planta.

— ¿Y eso qué es, una planta?

Ramiro le dio la vuelta al papel y se lo puso delante, y se lo puso derecho para ella, no derecho para él. Adela se lo agradeció sin decirlo.

Era el valle visto desde arriba, como lo vería un pájaro que supiera dibujar.

Estaba el río. Estaba el pueblo, con la plaza en blanco y las casas en negro.

Estaban el camino de Lardués, la Cerollera, las eras.

Y por todas partes había unas líneas finas, marrones, que iban dando vueltas unas dentro de otras sin cortarse nunca.

— ¿Y estas rayas?

— Curvas de nivel. Cada una es una altura. Todo lo que está encima de esta raya está a la misma altura, y entre raya y raya hay cinco metros.

Adela se acercó el papel a la vela, y luego puso el dedo en el sitio donde las rayas se juntaban tanto que casi se tocaban.

— Aquí están apretadas.

— Ahí está el barranco. Cuanto más juntas, más empinado.

— Y aquí, que están sueltas, es la Cerollera.

— Es la Cerollera.

— Entonces esto se puede leer.

— Esto no se puede hacer otra cosa que leerlo.

Y Adela estuvo hasta las nueve leyendo un plano por primera vez en su vida, con el dedo, sin levantarlo del papel, y encontró el molino, encontró las eras, encontró el sitio donde ella iba a coger moras de pequeña y se equivocó dos veces con la escalera, porque la escalera en el plano no estaba dibujada.

———

Lo otro vino la semana siguiente y vino porque Ramiro se equivocó en una suma.

Estaba haciendo la cuenta de las dietas del trimestre en la última hoja de la libreta, con el lapicero, y le salía dos veces una cosa y una vez otra, y Adela, sin levantar la cabeza de su cuaderno, le dijo que estaba sumando la columna de arriba abajo.

— ¿Y cómo hay que sumarla?

— De abajo arriba. Y luego otra vez de arriba abajo. Si sale lo mismo, está bien.

— ¿Y por qué?

— Porque si te equivocas, te equivocas distinto cada vez. Y si te equivocas igual las dos veces, es que no te has equivocado.

Ramiro dejó el lapicero encima de la libreta y la miró.

— Eso no me lo enseñaron en la escuela.

— A mí tampoco. Me lo enseñó mi abuela, que no sabía leer.

Y entonces Adela le enseñó el cuaderno de hule verde, cosa que no había hecho con nadie que no fuera de la casa.

Le enseñó las dos columnas, el debe y el haber.

Le enseñó los apuntes en pesetas y céntimos, la raya doble del cierre de mes, la contratapa donde iban las compras grandes, la letra pequeña del margen para lo que no era dinero y que ella llamaba las notas.

Le enseñó también las tres cuentas abiertas de gente del pueblo que pagaba en huevos, en leña o en jornales, y que llevaban abiertas, la más vieja, desde el veintisiete.

Ramiro pasó las hojas despacio, hacia atrás, como se pasan las de un libro que uno no va a poder terminar.

— Esto es una nivelación.

— ¿Una qué?

— Cuando nosotros medimos un valle, no medimos alturas. Medimos diferencias, una detrás de otra, y cada una lleva un error. Al final hay que volver al punto de partida, y si al volver te sale el mismo número que tenías, es que el trabajo está bien. Si no, hay que repartir el error hacia atrás.

— Eso es cuadrar.

— Eso es cuadrar.

Se quedaron los dos callados y Adela se puso a apuntar el carbón, que no había que apuntarlo hasta el sábado.

Y aquella noche, ya en la cama, con el frío de la habitación de arriba y las mantas hasta la barbilla, se durmió tarde dándole vueltas a la palabra que había dicho aquel hombre.

Nivelación. Le gustaba cómo sonaba y le gustaba más lo que quería decir: volver al sitio de donde has salido y comprobar que sigue estando donde estaba.

———

El frío de aquel comedor, a partir de las ocho, se metía por las baldosas.

La lumbre calentaba un círculo de tres metros y fuera de ese círculo estaba el invierno entero, así que las dos sillas de la mesa segunda se habían ido juntando desde febrero sin que nadie moviera ninguna, de esa manera en que se mueven las cosas en una casa, un poco cada día y sin que nadie se acuerde de haberlas movido.

Aquella noche Adela alargó la mano a por el tintero al mismo tiempo que la alargaba Ramiro, y las manos se quedaron las dos encima del tintero, y ninguno de los dos la quitó enseguida.

Tenía los dedos fríos y manchados de tinta en el índice y en el pulgar, igual que los tenía ella, porque la tinta de aquel tintero era mala y salpicaba.

Fue un momento corto. Se oyó la puerta de la cocina y Adela retiró la mano y cogió la pluma, que no le hacía falta, y escribió en la hoja una cifra que ya estaba escrita.

Y después no se dijo nada de aquello, ni esa noche ni en las siguientes, pero el tintero se quedó en el medio de la mesa hasta marzo y las dos sillas no volvieron a separarse.

———

A las nueve y media entró la tía Ramona en el comedor con un pollo debajo del brazo.

Era un pollo vivo, blanco y muy grande, y lo traía cogido por las patas y sujeto contra el costado como se lleva un fardo.

— Este.

— Este ¿qué, tía?

— Este es el que se muere mañana. Lo digo para que no me vengas luego con que si el otro. El otro pone.

— Si a mí me da igual.

— A ti te da igual y luego preguntas.

Ramona se fue con el pollo a la cocina. A los diez segundos se oyó un revuelo, la puerta, un cacareo enorme y la voz de la tía Ramona diciendo dos cosas seguidas en aragonés, y el pollo entró en el comedor a la carrera, pasó por debajo de la mesa segunda, tiró la regla de boj, salió por el zaguán y se metió en la cuadra.

Ramiro se levantó a por la regla. Adela se levantó a por el pollo. Y en la puerta de la cocina, la tía Ramona cerró la puerta de la cocina con la cadera y dijo, sin dirigirse a nadie:

— Pues ese ya no se muere mañana.

Y no se murió. Aquel pollo estuvo en la cuadra de la fonda hasta el mes de mayo, comiendo lo que caía y sin poner un huevo, porque era pollo, y en mayo se lo llevó una zorra.