La fonda de Valdebruna Adela, 1931 #2
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Adela, 1931 #2

Y esperó. Esperó a que se hiciera el silencio entero, el de verdad, el que en la plaza de Valdebruna no se hacía ni el día de la Candelaria, y solo cuando dejaron de moverse hasta los críos siguió hablando, y lo que dijo lo dijo despacio y a palo seco.

— No lo paró el pleito del monte en el noventa y ocho, que costó cuatro mil pesetas y once años, y aquello era contra un particular.

Esto es contra el Estado y una compañía.

Nos van a quitar lo que quieran quitarnos y nos lo van a pagar, y lo único que está en nuestra mano es que nos lo paguen bien.

El que reclame solo, pierde. El que reclame con papeles, cobra.

Alguien preguntó qué papeles, y lo preguntó con la voz del que ya sabe que no los tiene.

— Escrituras. Recibos de contribución. Testigos de los años que lleva usted regando. Y un abogado en Barbastro, que cuesta y que sale barato.

Nadie le contestó, porque lo que había dicho era razonable, y en Valdebruna lo razonable siempre lo decía él.

Y sin embargo, mientras la gente se deshacía en corros y algunos ya preguntaban a otros dónde tenían la escritura de su casa y desde cuándo, a Adela se le quedó una cosa dando vueltas sin sitio donde ponerla: don Ovidio Nerín había hablado de cobrar y no había hablado ni una sola vez de quedarse.

Adela se volvió a la fonda antes que nadie y estuvo el resto de la tarde sin hablar, sirviendo cenas, poniendo vasos y llevando la cuenta.

Aquella noche cenaron veintitrés y el comedor estuvo más callado que de costumbre, con los de la obra en las mesas del fondo y los del pueblo en las dos de la ventana, y nadie se cambió de mesa, cosa que hasta el mes de julio pasaba todas las noches.

Y en algún momento entre la sopa y la fruta le vino a la cabeza una cosa desagradable y muy exacta: que si el pueblo tenía que pelear con papeles, en el pueblo había cuatro casas con papeles, y una de ellas era casa Nerín, y otra, en su medida pequeña, era la suya.

En la fonda se guardaban las escrituras en una caja de lata y se pagaba la contribución a su día desde 1894.

———

La escalera está detrás de la iglesia y sube al monte, y son ochenta y cuatro peldaños de piedra labrada que no llevan a ninguna parte.

Suben pegadas a la ladera, en dos tramos con un descansillo en medio, y están hechas con la misma piedra de la iglesia y con la misma mano.

El primer tramo tiene cuarenta y siete peldaños y el segundo treinta y siete, y eso lo sabía Adela desde los ocho años porque de crías se subían y se bajaban a la carrera y siempre se contaban dos veces para discutir.

En Valdebruna nadie sabía para qué se habían hecho.

Se decían tres cosas, las tres que se decían de todo: que las hizo un obispo, que las hizo un moro y que las hizo el que hizo la iglesia y luego se murió.

A Adela, de niña, la que le gustaba era la del obispo, sin ningún motivo.

De mayor dejó de hacerle gracia la pregunta y la escalera se quedó donde estaba.

Subió el domingo por la tarde porque desde arriba se secaba la ropa antes y porque desde arriba no se oía la plaza.

Ramiro estaba sentado en el peldaño cincuenta y tantos, con la libreta cerrada encima de las rodillas y la chaqueta doblada al lado, mirando el valle. No tenía el trípode. Era la primera vez que Adela le veía sin un aparato encima.

— Perdone. Ya me voy.

— No se vaya usted por mí. Está en su pueblo.

Adela dejó el cesto en un peldaño y se sentó tres más abajo, de lado, porque de frente no se puede estar en una escalera.

Estuvieron un rato callados. Fue el primer rato callado que compartieron y a ella se le hizo corto.

— ¿Qué es una cota?

Ramiro se giró un poco en el peldaño, lo justo para mirarla sin tener que subir ni bajar, y tardó en contestar lo que tarda un hombre en decidir hasta dónde explica una cosa.

— Es la altura de un punto sobre el nivel del mar.

— ¿Sobre el mar? Si aquí no hay mar.

— Por eso. Hay que medir desde algún sitio que no se mueva, y el sitio que se eligió es el mar, en Alicante. Todo lo que medimos en España está medido desde allí.

— ¿Desde Alicante?

— Desde Alicante.

Adela se rio, y se rio de verdad, con el cesto entre las rodillas, porque la idea de que la altura de la escalera de Valdebruna estuviera escrita en un papel a partir del agua de Alicante le pareció la cosa más disparatada y más bonita que había oído en meses.

— ¿Y esto? ¿Esto cuánto es?

— ¿La escalera?

— El pueblo. La plaza.

Ramiro abrió la libreta, pasó tres hojas hacia atrás y se paró.

— Setecientos noventa. La solera de la iglesia, setecientos noventa y uno cuarenta. El abrevadero, setecientos ochenta y siete sesenta.

— ¿Y esto se lo sabe usted de memoria?

— Me lo sé porque lo he medido yo.

Adela se quedó con el número. Setecientos noventa. Un número que había estado ahí desde siempre, debajo de la plaza y debajo de la fonda y debajo de todos los que habían nacido y se habían muerto en Valdebruna, y que hasta aquel domingo por la tarde no lo había sabido nadie del pueblo.

— Y el agua, ¿a cuánto va a llegar?

Ramiro cerró la libreta.

No la cerró de golpe. La cerró como se cierra un libro cuando alguien entra en la habitación, sin prisa y sin ruido, y se quedó mirando el valle otra vez, y desde el peldaño cincuenta y tantos se veía el molino, y la Cerollera, y el humo de dos chimeneas, y el camino de Lardués con las estacas blancas puestas en fila.

— ¿No lo sabe?

— Sé lo que he medido.

— Eso no es lo que le he preguntado.

— Ya.

Y no dijo más, y Adela no volvió a preguntar, porque en la fonda le habían enseñado desde niña que a un huésped se le pregunta una vez.

Cogió el cesto, subió los treinta peldaños que le faltaban y tendió la ropa arriba, en el rellano de la coronación, donde no hay nada.

Y mientras ponía las pinzas se le fue la cabeza sola, y le salió que la ropa se secaba antes en el rellano por el aire, y que el aire bajaba del norte, y que del norte bajaba también el barranco, y que el barranco iba a dar a la Cerollera, y que a la Cerollera la habían llenado de estacas en tres semanas mientras ella las contaba desde un balcón como quien cuenta lo que les pasa a otros, sin caer en que su casa tenía un once pintado en la esquina, y sin caer sobre todo en que el hombre que sabía a qué altura estaba su pueblo era el mismo que se lo había medido.