La fonda de Valdebruna Adela, 1931
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Adela, 1931

En junio empezaron a aparecer las estacas, y al principio nadie les hizo caso, porque una estaca en el monte es lo más parecido que hay a nada.

Eran de pino, de metro y medio, con la punta quemada para que no se pudrieran y la cabeza pintada de blanco, y las clavaban de dos en dos o de tres en tres a lo largo del río, en las eras, en el camino de Lardués y en mitad de un prado de casa Broto donde no estorbaban a nadie más que a las vacas.

En dos semanas hubo estacas desde el vado hasta la cerrada de las Foces.

En tres semanas las hubo también en la Cerollera, la vega buena, la de abajo, la de los prados de regadío, y ahí sí se enteró el pueblo.

Adela las contaba desde el balcón de la cuatro cuando subía a hacer la habitación. Once el lunes. Diecinueve el miércoles. El viernes ya no pudo. Desde el balcón se veía el camino y no se veía el barranco, y una cosa es contar lo que se tiene delante y otra suponer lo que hay detrás de un monte.

La fonda, mientras tanto, iba llena. En junio llegaron seis hombres más y hubo que poner los dos camastros de la falsa antes de tiempo, y en julio la casa tenía diecinueve bocas a mediodía, contando a la familia.

Encarna compró una olla de veinte litros en Aínsa por cuarenta y dos pesetas, que era un dineral, y una olla de veinte litros da para diecinueve bocas y no se compra dos veces.

La tía Ramona cocinaba para diecinueve maldiciendo a diecinueve, uno por uno y por su nombre cuando se lo sabía.

En la cocina se instaló una guerra de dos frentes que duró todo el verano y que Adela tuvo que arbitrar tres veces por semana.

Ramona quería dar de comer lo que se come en una casa, con su cocido, su fruta y su vaso de vino, y Bergua quería que la comida saliera a las doce en punto porque a las doce y veinte los hombres tenían que estar otra vez en el tajo.

La tía Ramona sostenía que una comida no se sirve a la hora, se sirve cuando está, y que a ella no la iba a mandar un capataz de Monzón en su propia lumbre, y luego servía a las doce en punto todos los días y no lo reconoció ni una sola vez en cuatro años.

En el pueblo, aquel verano, se trabajaba de sol a sol en dos sitios distintos y por dos precios distintos, y a las nueve de la noche los dos se juntaban en la misma cantina y se pagaban el vino con la misma moneda.

Eso duró mientras duró, y mientras duró funcionó, y en junio del treinta y uno todavía no había dicho nadie en voz alta la palabra cota.

Y el dinero entraba. Eso también hay que decirlo, y en el pueblo se dijo después de muchas maneras y casi todas torcidas: el dinero entraba, y entraba en el cuaderno de hule verde, en columnas, con la letra redonda de Adela, y en agosto la fonda había hecho más que en todo el año 30.

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El replanteo era una cosa lenta y bastante aburrida de mirar, y Adela la miró toda.

Ramiro y otros dos salían a las seis con el trípode, la mira y una cadena, y se pasaban el día parándose cada cincuenta metros; uno sujetaba la mira, otro apuntaba, Ramiro miraba por el aparato, decía un número y el que apuntaba lo escribía, y luego andaban cincuenta metros más y volvían a hacer exactamente lo mismo. Así desde junio.

Lo que a Adela le costó entender no fue el aparato sino la paciencia: que once hombres estuvieran un mes entero midiendo un valle que llevaba allí desde antes de que hubiera nadie para mirarlo, y que lo midieran otra vez la semana siguiente por si acaso, y que a eso se le llamara trabajar.

Julián, que había ido dos días de peón con ellos por siete pesetas, volvió diciendo que aquello era el trabajo más raro que había visto en su vida, porque no producía nada.

— Andan todo el día y no cavan, no siegan y no cargan. Solo miran y escriben.

— ¿Y qué escriben?

— Números. Todo el rato números.

— ¿Y para qué?

— Eso lo saben ellos.

Adela subió esa misma tarde a la cuatro con las sábanas limpias, y en la mesa de pino, sujeto con la palangana, había un papel largo y estrecho con una línea quebrada que subía y bajaba, y debajo de la línea, una fila de cifras.

Le preguntó a Ramiro qué era, y Ramiro le dijo que un perfil, y como aquello no le decía nada, le explicó que si cogías el valle y lo cortabas por la mitad con un cuchillo, de arriba abajo, y te quedabas mirando el corte, veías eso.

Adela estuvo un rato mirando el papel y luego le dijo que entonces el valle se podía guardar en un cajón.

Ramiro no contestó enseguida. Se quedó pensándolo, con el lapicero en la mano, y al final dijo que sí y volvió a lo suyo. Y a Adela le duró aquel rato más de lo que dura una conversación de dos frases.

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Los números rojos aparecieron el primer lunes de julio, y los pintó un hombre de la contrata con una brocha y un bote de minio, cifras de un palmo, en la esquina de cada casa y a la altura de la vista, empezando por la iglesia y siguiendo por la plaza y por la calle de Abajo.

Casa Nerín, el uno. La iglesia, el dos. La fonda, el once.

Nadie avisó. Nadie salió a preguntar hasta la tercera casa, y para entonces el hombre del minio ya llevaba media plaza.

Encarna salió al portalón con el paño de secar en la mano y se quedó mirando el once de su pared con el paño parado a media altura.

— ¿Y esto qué es?

— Numeración, señora. Para la relación.

— ¿Qué relación?

— La relación de bienes.

El hombre lo dijo sin ninguna maldad, con la brocha goteando en el bote, y se fue a pintar el doce en el horno.

Máximo Buisán salió detrás de su mujer, miró el once, se rio y dijo que menos mal que no les había tocado el trece, y esa broma la contó cuatro veces aquella noche en la cantina y a la cuarta ya no se rio nadie.

Aquella tarde, en la fonda, los once números y pico se convirtieron en veinte conversaciones distintas.

Que si numerar es para el catastro, que si es para pagar, que si a los de Escalona les numeraron las casas en el veintiséis para la carretera y no pasó nada, que si en Bielsa numeraron y luego hubo lo que hubo.

La tía Ramona, sin salir de la cocina, dijo que a las bestias se las marca antes de venderlas, y siguió pelando patatas.

Adela apuntó en el cuaderno, en la contratapa, y por primera vez en su vida apuntó algo que no era dinero: casa, número once.

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El edicto lo pusieron el 22 de julio, en el tablón del ayuntamiento, en un papel de barba con el sello de la Jefatura de Obras Públicas de la provincia y una letra de imprenta tan pequeña que había que ponerse a un palmo.

Lo leyó don Serapio Mur, el secretario, a las siete de la tarde, de pie en la escalera del ayuntamiento y con la plaza medio llena; el alcalde le había pedido que lo leyera en voz alta, ya que allí, de los ciento y pico que había, sabían leer bien setenta.

Adela se puso al lado del abrevadero, con el delantal puesto. Había salido un momento y no pensaba quedarse.

Se quedó hasta el final.

El secretario leyó despacio y sin entonación, con la voz plana del que lee un papel que no ha escrito él. Información pública. Anteproyecto de aprovechamiento de las aguas del río Vellosa. Relación provisional de fincas y de propietarios. Treinta días hábiles para reclamar.

Y después leyó la relación, que era lo que la gente había ido a oír.

Cuatro hojas de nombres y de números con la superficie al lado, empezando por los prados de la Cerollera y acabando en las eras.

Casa Nerín salía once veces. La fonda salía una, con la finca cuarenta y uno, y detrás ponía edificio destinado a fonda, con corral y patio, y a Adela le hizo un efecto muy raro oír su casa dicha así por un hombre que llevaba gafas y que no había dormido nunca en ella.

Tardó veintidós minutos en las cuatro hojas y en esos veintidós minutos la plaza entera aguantó hasta la tos.

Cuando acabó, hubo cuatro segundos de silencio y después habló todo el mundo a la vez.

Preguntaron cuánto pagaban, y esa fue la primera pregunta y la hizo un Callizo.

Preguntaron si pagaban por hectárea o por casa, y si el regadío valía lo mismo que el secano.

Preguntaron cuándo, y quién firmaba, y si aquello iba a ser el mismo año.

El secretario contestó que en el edicto no había fecha de obra, que aquello era un anteproyecto, y una mujer de casa Broto preguntó qué era un anteproyecto, y don Serapio Mur dijo que un papel de antes del papel.

Mosén Arturo estaba en el segundo escalón y se pasó la lectura entera mirándose la punta de los zapatos. Al final se le acercaron tres mujeres a preguntarle, y contestó lo único que se puede contestar cuando no se sabe: que había que esperar, que nada estaba decidido y que el domingo hablaría.

A la salida, la Sanromán le pidió a don Serapio Mur que le señalara con el dedo dónde estaba su casa en la lista, y él se lo señaló, y ella le pidió que se lo leyera otra vez, y él se lo leyó, y después se quedó con el dedo puesto en la línea un rato más largo del que hace falta para leer un nombre.

La otra mitad de la plaza se fue antes de acabar.

Eso fue lo que Adela recordaba de aquella tarde por encima de todo lo demás: que la mitad del pueblo se marchó a mitad de la lectura, no de rabia, sino porque había que ordeñar.

El ganado no espera un edicto, y de todas maneras a ellos no les iba a servir de nada quedarse.

Se fueron por la calle del Horno, de dos en dos, sin discutir.

Y los que se quedaron eran los que tenían tierra abajo, en la Cerollera, o casa en la plaza, o las dos cosas.

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Don Ovidio Nerín habló al final, cuando el secretario ya había bajado los escalones y la gente empezaba a hacer corros.

No se subió a ningún sitio. Se quedó donde estaba, delante de su portalón, con el sombrero en la mano por el calor, y habló con la voz de siempre, que no era fuerte y que se oía porque la gente se callaba para oírla.

— Esto no lo para nadie.