Raquel, 2025
Y hay un bar. El bar se llama El Cinco, tiene seis habitaciones arriba y lo lleva Charo Escartín, que cuando entro está pasando un trapo por la barra con la mano izquierda y sujetando el mando de la televisión con la derecha, sin bajar el volumen.
— Buenas.
— Buenas. ¿La de los papeles?
— La de los papeles.
— Te tengo la de arriba a la izquierda. Es la mejor. La otra da al contenedor.
Treinta y cinco euros la noche, desayuno incluido, y cuatro meses por delante. Charo me enseña la habitación en cuarenta segundos y me la vende en veinte palabras. Cama de metro cincuenta. Ventana a la carretera. Un armario con una percha de alambre que ha sobrevivido a todo.
— El bar lleva abierto desde que se hizo el pueblo. Yo lo cogí en el noventa y cuatro.
— ¿Y siempre se ha llamado El Cinco?
— Ha tenido tres nombres. Yo me acuerdo de dos.
— ¿Y el tercero?
— El tercero es de antes de mí, y de eso pregúntale a los viejos, que te van a decir cuatro cosas distintas y ninguna es la misma. Ah. El agua caliente tarda. Ocho.
— ¿Ocho qué?
— Ocho sobre diez. La ducha. Tarda pero luego va bien. La de la otra habitación no te la doy y no me preguntes.
Bajo a cenar a las nueve. Hay sopa, hay costillas y hay flan, y no hay carta. Charo me pone la sopa, se apoya la bandeja en la cadera y espera a que le dé el primer trago.
— Siete y medio.
— ¿La sopa?
— La sopa. Hoy le he puesto poco fideo.
Le digo que a mí me parece que está buena. Charo me contesta que yo llevo un día aquí y que eso no se aprende en un día, y se va a la barra. Me gusta esta mujer. Llevo cuatro horas en el pueblo y ya sé que me va a gustar más que casi todo lo demás.
Antes de subir le enseño la llave. La saco de la caja de galletas y la pongo encima de la barra, con la chapita del cuatro hacia arriba.
— ¿Esto le suena de algo?
Charo la coge. La mira por los dos lados, la sopesa, se la pasa a un hombre que está en la esquina de la barra con un vaso de vino y una caja de tabaco de liar delante.
— Eusebio, ¿esto qué es?
— Una llave.
— Muy listo.
El hombre le da la vuelta otra vez, se acerca la chapita a los ojos y dice que llaves así había en todas las casas de antes, y que un número es que era de sitio con habitaciones, y que él, con siete años, salió del pueblo viejo en el 61 y de las casas se acuerda de tres.
— ¿De cuáles?
— De la mía, de la de mi tío y de la iglesia.
Y se acabó la información. Charo le pone otro vino, me devuelve la llave y me dice que la guarde, que aquí no se pierde nada pero se traspapela todo.
———
El primer día de campo empieza a las siete y media, con niebla en el vaso y con Marcos Callizo esperándome en la barrera con dos cascos.
Uno es para mí. Es blanco, está nuevo y tiene todavía la pegatina del fabricante en la nuca, y lo primero que hace este hombre por la mañana es quitarle la pegatina con la uña antes de dármelo. No dice nada mientras lo hace. Yo tampoco.
La niebla en un embalse vacío no se levanta. Se queda pegada al fango hasta las once. Bajamos con la lancha, que hoy arranca a la primera y que ayer nos costó cuarenta minutos y una bujía. Del embarcadero a la plaza, quinientos metros. Veinte minutos, como él dijo.
Monto la estación total en la plaza, en el punto más alto que encuentro, encima de una laja que estuvo en el atrio de la iglesia y que hoy es un sitio donde apoyar un trípode.
Y aquí es donde el trabajo se pone aburrido. Aburrido quiere decir bueno.
Una estación total no adivina nada. Lo que hace es medir un ángulo y una distancia desde un punto conocido a otro punto que quieres conocer.
Para que eso valga algo tienes que saber dónde estás tú, y para saber dónde estás tú necesitas dos bases con coordenadas de verdad.
Me traigo las coordenadas de la red de la empresa, que Marcos me ha pasado en un correo de dos líneas y sin saludo.
Clavo la primera base al lado de la iglesia.
La segunda, a ciento treinta metros, en el arranque de la calle de abajo.
Estaciono, oriento, compruebo contra la segunda base y me sale un error de once milímetros.
Once milímetros a ciento treinta metros está bien.
Está muy bien. Nadie me va a felicitar por eso en toda mi vida y me da igual.
Antes de empezar con las casas hago lo que hay que hacer siempre y casi nunca se hace: el recorrido a pie sin tocar nada.
Cuarenta minutos andando por las calles con la libreta cerrada.
Mirando por dónde se cae la piedra, dónde hay un dintel partido y dónde el limo tiene una grieta que no es de secado sino de hundimiento.
Un yacimiento se entiende con los pies antes que con el aparato.
Después empieza lo otro. Numerar.
Unidad 001: iglesia de San Bartolomé, torre y nave. Unidad 002: atrio. Unidad 003: la casa grande del escudo. Y a partir de ahí, una por una, cada casa con su número, su croquis a mano en la libreta, sus fotos con jalón y su ficha. Nombre si lo hay. Cota de umbral. Estado de conservación. Riesgos.
A las once llevo nueve unidades y tengo las rodillas del pantalón hechas una pena.
El plan de los cuatro meses lo tengo escrito desde agosto y es sencillo de decir y difícil de hacer.
Levantamiento topográfico del casco entero.
Ficha de unidad para cada inmueble. Cobertura fotográfica sistemática, con jalón y con escala, y una batería para el día entero.
Y, si me llega el dinero del alquiler del dron, un vuelo fotogramétrico a sesenta metros para sacar un modelo del pueblo completo antes de que vuelva el agua.
Eso es lo que hay para cuatro meses y para una sola persona. La cuenta la hice en agosto y me dio ochenta y siete jornadas de campo. Tengo setenta y tres.
De las tres cosas, la que de verdad importa es la primera. Un modelo tridimensional es muy bonito para el panel del mirador. Lo que un día servirá para algo es una cota de umbral bien tomada y un número que no se repita.
Marcos me sigue a tres metros. Se ha traído una radio, un metro de cinta y una barra de hierro de metro y medio que va clavando en el barro delante de mí cada pocos pasos, y así lleva dos horas, sin decir ni media.
— Puedes sentarte, si quieres.
— No hay dónde.
— Pues puedes irte y volver a las dos.
— No.
A la décima vez que clava la barra me paro y le pregunto qué está haciendo exactamente, porque el ruido de esa barra entrando en el fango se me está metiendo en la cabeza.
— Buscar pozos.
— ¿Y no hay un plano de pozos?
— Hay un plano de expropiación de 1957 con las casas numeradas. Los pozos no se expropian, se rellenan. Y no se rellenaron.
— ¿Entonces cómo sabes dónde están?
— Porque estaban donde están todos. Detrás, a la izquierda, pegados a la medianera.
Se calla dos segundos y añade una cosa que no le he preguntado.
— Mi abuelo se llamaba Ángel Callizo. Fue el último que salió de aquí. Con treinta y seis años.
Y sigue clavando la barra.
Yo escribo en la libreta: unidad 010, casa entre medianeras, pozo probable en patio posterior, no comprobado. Y debajo, en la esquina de la hoja, apunto Ángel Callizo, 1961, y no sé todavía para qué lo apunto.
———
A media mañana bajo a la orilla, doscientos metros al oeste, a la construcción de planta rara que vi ayer desde el collado.
Es el molino. Alargado, estrecho, con el canalillo de piedra entrando por el lado de arriba y el cárcavo debajo, todavía abierto. Queda el arranque del cubo. Queda el desagüe. Y en el suelo del recinto, medio hundida en el limo y partida por la mitad, la piedra volandera.
— ¿Esto molía cuando se fueron? — le pregunto a Marcos.
— Eso ya estaba parado.
— Ya, pero ¿desde cuándo?
— Que ya estaba parado. Ya estaba parado en tiempo de mi abuelo y ya estaba parado en tiempo del suyo.
Sigo el canal con la cinta ladera arriba hasta que se mete debajo del barro y desaparece. La piedra es la misma caliza gris de la torre de la iglesia y está labrada con la misma herramienta. Esto no lo hizo un vecino un domingo. Esto lo hizo alguien que sabía y a quien le pagaron.
Le pongo el número 021, molino harinero de un par, y me quedo un momento con la ficha en la rodilla. En una ficha caben la planta, la fábrica, el estado de conservación y el riesgo. No cabe la pregunta que me hago yo: quién fue el último que subió esa compuerta y si sabía que era el último.
———
Lo de la foto lo dejo para el final de la mañana, y sale mal.
En la foto hay una fachada de piedra con un portalón grande y, encima del portalón, un rótulo pintado que no se lee. Yo tengo la fachada. Tengo sesenta y dos fachadas.
Lo que no tengo es un solo rótulo.
Me paso una hora larga con la foto plastificada en la mano, comparando dinteles.
En la foto el dintel es un monolítico, con una arista viva y sin moldurar.
En el pueblo hay once dinteles monolíticos con arista viva.
En la foto se ve, a la derecha del portalón, el arranque de un escalón de piedra.
Escalones de piedra hay en todas las puertas, porque aquí llovía.
El otro camino sería el revés: mirar los once dinteles y buscar en cuál de ellos la pared de encima tiene todavía restos de enfoscado.
Un rótulo se pinta sobre enfoscado y no sobre la piedra desnuda.
Lo hago. Me llevo cuarenta minutos y encuentro enfoscado en dos, y en los dos es enfoscado de cemento, o sea de después de la guerra, o sea de cuando quisieron tapar una grieta.
Y el rótulo, lo único que serviría, se lo comió el sol en el papel y se lo comió el agua en la pared. Sesenta y cuatro años debajo de un embalse no dejan una capa de pintura. No dejan ni la cal.
Me siento en un muro con la foto en una mano y la ficha en la otra y me digo la frase que me digo siempre cuando un yacimiento no me deja entrar: lo que no está documentado no se inventa.
Luego la vuelvo a mirar. La mujer del delantal, en el extremo derecho, tiene las manos cruzadas por delante y no está mirando a la cámara.
Está mirando a la fila de hombres, o a uno de ellos, o a la pared.
En una foto de 1934 no se puede saber eso.
En una foto de 1934 lo único que se sabe es dónde estaba cada uno cuando el fotógrafo apretó.
Guardo la foto. Unidad 011.
———
Ignacio Nerín aparece a las dos y media, cuando estamos subiendo la rampa, y aparece de la manera en que aparece la gente que sabe a qué hora vuelves.
Tiene sesenta y pocos, la chaqueta de un color que no ensucia y, en las manos, un teléfono y un llavero de coche que hace sonar contra el teléfono mientras habla. Me da la mano con las dos suyas.
— Raquel, ¿verdad? Ignacio Nerín, alcalde. Encantado. ¿Le está tratando bien Marcos?
— Estupendamente.
— Marcos es de pocas palabras y todas verdad — dice, y se ríe.
Marcos no se ríe. Marcos deja el casco en el asiento del todoterreno y se retira dos metros, con las llaves en la mano, esperando.
Ignacio Nerín me explica el proyecto en once minutos, y hay que reconocer que se lo sabe.
Se llama Ruta del Pueblo Sumergido. Fondos europeos, línea de despoblación, noventa y seis mil euros, adjudicación de la señalética en octubre, inauguración prevista para el verano que viene.
Un mirador en el collado con un panel. Un sendero balizado desde el camping hasta la orilla.
Doce atriles interpretativos con fotos antiguas y códigos para el móvil.
— Y un centro de interpretación en el economato viejo. Eso es lo que a mí de verdad me interesa. Ochenta metros cuadrados. Con una persona dentro.
— Con una persona dentro cobrando.
— Con una persona dentro cobrando, claro. Aquí el problema no son las piedras. Sesenta y un vecinos. La escuela cerró en el noventa y cuatro. Si esto no trae a alguien en verano, en diez años esto es un almacén de la empresa con un cartel.
— No se lo discuto.
— Usted documenta, nosotros señalizamos. Cada uno lo suyo y en paz.
Es simpático. No es tonto, no es un cacique de novela y no me está amenazando con nada. Me está diciendo, con muy buenos modos, que hay noventa y seis mil euros con un plazo, y que un plazo es un plazo.
— El informe se lo entrego en enero.
— En diciembre sería mejor.
— El agua vuelve el uno de diciembre.
— Por eso lo digo — dice, y sonríe —. En cuanto el agua tape esto, lo que quede escrito es lo que hubo.
Le devuelvo la sonrisa un segundo más tarde de lo que habría querido.
Se va a las tres menos cuarto. Marcos me lleva hasta la barrera con la radio puesta y, cuando bajo del coche, habla.
— Noventa y seis mil euros de señalética.
Se le nota que no ha terminado, así que espero.
— Nosotros llevamos seis años pidiendo una pasarela para la toma de la central. Ochenta mil.
Cierra la puerta y arranca.
———
En la habitación de arriba a la izquierda, con el agua caliente tardando lo suyo, me quito el barro de las uñas con un cepillo y estoy media hora larga volcando la libreta en el ordenador.
Veintiuna unidades el primer día. Está bien. Está por encima de lo que había calculado y por debajo de lo que necesito. A este ritmo, las sesenta y dos casas me llevan tres semanas, y las tres semanas se me van a poner en cinco, porque siempre se ponen en cinco.
Abro la hoja de control y apunto el nivel del embalse de hoy, que me lo ha dado Marcos sin que se lo pidiera, en un papel doblado, escrito a mano.
Cota 774,10. Y debajo, la cifra de ayer, para tener la diferencia: 774,05.
Cinco centímetros en un día por la aportación del río, aunque las compuertas estén como están.
En octubre serán menos. En octubre el río baja.
Y mientras dure la revisión de la galería, los desagües de fondo se quedan abiertos y por ahí se va casi todo lo que entra, de manera que el vaso se queda quieto hasta que Marcos los cierre.
Cinco centímetros no es nada. Cinco centímetros al día son metro y medio al mes, y desde la lámina de agua hasta el umbral de la plaza hay dieciséis metros. Con el río solo, aquí no llega nada este año. Pero el agua no la sube el río. La sube un papel de Zaragoza con una fecha puesta.
Antes de apagar, saco la llave de la caja de galletas.
La pongo en la mesilla, con la chapita del cuatro hacia arriba, al lado del cargador. Y apago.