Adela, 1931
Julián arregló el bastidor de la cuatro antes del desayuno, con unos listones de la falsa y un puñado de clavos, y tardó en hacerlo mucho menos de lo que llevaba sin hacerse.
Adela se lo dijo mientras aguantaba el somier de pie contra la pared, y su hermano le contestó que las cosas se arreglan cuando hacen falta y que hasta el jueves no hacía falta, y en eso, como en casi todo, Julián tenía una lógica que no había manera de partir por ningún sitio.
La mesa de la despensa la subieron entre los dos y les llevó lo que no había llevado el bastidor, y era de pino, de un metro y diez, con la tabla comida por el borde de apoyar las orzas.
Pesaba lo que pesan las cosas viejas que se hicieron para no moverse nunca.
Por la escalera no giraba. La probaron de canto, la probaron por encima del pasamanos, y al final Julián la sacó por el portalón, la subió por fuera hasta el balcón de la cuatro con una soga y Adela tiró desde arriba mientras medio pueblo miraba desde el quicio, que era la postura oficial de Valdebruna.
Cuando la tuvieron dentro, Adela se quedó mirando la habitación con la mesa puesta debajo del balcón, y aquello ya no era la cuatro de siempre.
La cuatro siempre había sido la buena por el balcón y por la luz, pero con la mesa allí, delante de la ventana, tenía el aire de un sitio donde alguien va a hacer algo.
— Se la pones al de Zaragoza — dijo Julián.
— Se la pongo al que la ha pedido.
— Que es el de Zaragoza.
Adela no le contestó, porque contestarle a Julián era darle cuerda, y bajó a por las sábanas.
———
Ramiro Lahoz subió a la cuatro a las ocho, con el talego en una mano y el rollo de planos en la otra, y se paró en la puerta antes de entrar, igual que se había parado la noche anterior en el comedor. Adela le esperaba dentro con la llave.
Era la llave de siempre: hierro forjado, de guardas, con la anilla grande y una chapita de latón remachada en la anilla con el número.
Su abuelo había mandado hacer las seis chapas en la fragua de Escalona en 1911 porque los huéspedes se llevaban las llaves y así, decía, por lo menos se sabía cuál se habían llevado.
— La cuatro. Es la del balcón. Si le molesta la campana, se cambia.
Ramiro cogió la llave y se quedó un momento con ella en la mano, dándole la vuelta, mirando la chapita de latón por delante y por detrás, y a Adela se le ocurrió que en veinte años de entregar esa llave nadie se había parado a mirarla.
— ¿A qué hora es la campana?
— A las seis. Y luego a las doce, y luego el toque de oración.
— ¿Y los domingos?
— Los domingos, a las cinco y media.
— Entonces no me molesta.
Dejó el talego encima de la cama sin deshacerlo, se fue derecho a la mesa y puso las manos abiertas sobre la tabla, una en cada extremo, midiéndola.
Después desató el cordel del rollo, desplegó un plano, lo sujetó con la palangana en una esquina y con el tintero en la otra, y en ese momento la habitación cuatro de la fonda dejó de ser una habitación de fonda.
Adela se quedó en la puerta más rato del que hacía falta para entregar una llave.
— Perdone. ¿Cómo me ha dicho que se llama el río?
— El Vellosa.
Sacó la libreta y lo apuntó. Era una libreta pequeña, de hule negro, con las tapas cosidas y el canto pintado de rojo, y escribía con un lapicero que llevaba afilado con navaja.
— ¿Con be o con uve?
— ¿Y eso qué más da?
— Da que en el plano viejo está con be y en la relación de aforos está con uve, y no puede ser el mismo río con dos nombres, o puede serlo y entonces son dos papeles distintos que hablan del mismo sitio.
Adela pensó en el letrero del ayuntamiento, en el recibo de la contribución y en cómo lo escribía mosén Arturo en el libro de bautizados. Tres maneras de escribirlo, en un pueblo de doscientas cuarenta y ocho almas.
— Con uve. Como se escribe la vellosa, la hierba.
— ¿Hay una hierba que se llama así?
— Hay una hierba que se llama así y que no vale para nada, ni para el ganado.
Ramiro lo apuntó otra vez, debajo del primer apunte, y subrayó la uve con una raya corta y muy recta, de las que se hacen apoyando el lapicero en el canto de la libreta. Después levantó la cabeza y preguntó lo tercero.
— Una cosa más. Aguas arriba, en Sarralta, ¿lo llaman igual?
— En Sarralta lo llaman el barranco.
— ¿El barranco a secas?
— El barranco a secas. Y en Lardués, el río de abajo.
Y lo apuntó por tercera vez, con las tres formas puestas una debajo de otra, y Adela, que llevaba tres años de libro de cuentas y sabía lo que era una columna, reconoció una columna cuando la vio.
———
Lo del dinero se lo dijo antes de bajar, en el rellano, porque en el rellano no había nadie y porque aquello lo había hablado con su madre y le tocaba a ella.
— Se paga por semanas y por adelantado.
— Muy bien.
— Es que los de la carretera de Escalona estuvieron aquí cuatro meses en el veintiocho y se fueron un martes debiendo cuarenta y dos pesetas, y mi padre las apuntó en rojo y ahí siguen.
— Ya. Muy bien.
Y sacó una cartera de piel gastada, sacó veinticuatro pesetas con cincuenta y se las puso en la mano sin que ella tuviera que repetirlo ni bajar la voz ni ponerse colorada.
Adela llevaba ensayada la conversación desde la noche anterior, con dos o tres respuestas preparadas para cuando el hombre se ofendiera, y no le hizo falta ninguna.
— ¿Me hace usted una factura?
— ¿Una qué?
— Una factura. Con el concepto y el importe. Es para justificar la dieta.
Adela se quedó con las veinticuatro cincuenta en la mano y no supo qué hacer con la otra.
En la fonda no se había hecho una factura jamás.
Se apuntaba en el cuaderno de hule verde, y si alguien quería un papel se le hacía un recibo en el reverso de una hoja de calendario, con la fecha y la cantidad.
Aquello había servido para todo el mundo desde que se abrió la casa, incluidos dos tratantes de Bielsa que no se fiaban ni de su sombra.
— Le hago un recibo.
— Un recibo no me vale. Tiene que ir el nombre de la casa, el concepto, los días y el precio por día. Y la firma.
— ¿Y el sello?
— Si tienen sello, mejor.
No tenían sello. Tenían una plancha de goma que se usaba una vez al año para el padrón y que estaba en el ayuntamiento porque se la había llevado el secretario en el veintinueve y no la había devuelto.
— Se la hago esta noche.
— No hay prisa.
— Se la hago esta noche.
———
En la cantina, a media tarde, el pueblo se partió por primera vez, y se partió por una cifra.
Siete pesetas. Ese era el jornal que pagaba la contrata al peón de a pie, y en Valdebruna un jornal de campo eran cuatro, y en la siega, con suerte y con la comida, cuatro y media.
Bergua lo había dicho a mediodía en el comedor sin ninguna intención, contestando a una pregunta, y a las cuatro de la tarde lo sabía el pueblo entero, incluidos los de Lardués.
Sebastián Callizo entró el primero y se puso en el mostrador con la boina en la mano. Tenía cuarenta y dos años, seis hijos y un huerto que no daba para seis hijos, y no era hombre de hablar en la cantina.
— ¿Cogen a gente de aquí?
— Cogen — dijo Bergua.
— ¿A cuánto?
— A siete el peón. Ocho el que sepa de barrenos.
Detrás de Callizo entraron dos más, y luego los hermanos de casa Broto. En un cuarto de hora la cantina tenía a la mitad de los hombres del pueblo de menos de treinta años, y a cuatro de los viejos sentados en el rincón de la ventana, donde se sentaban siempre y desde donde se veía todo.
La tía Ramona salió de la cocina a por agua, y no hacía ninguna falta que saliera a por agua.
— Siete pesetas por levantar una pared que se va a caer sola.
— No se va a caer, tía — dijo Julián.
— Todo lo que hace el hombre en un río se lo lleva el río. Eso lo dice hasta el catecismo.
— El catecismo no dice eso.
— Pues lo dice mi madre, que era más de fiar.
Y se llevó el botijo, que ya estaba lleno cuando bajó.
Los del rincón de la ventana no se rieron.
Uno de ellos, el tío Sanromán, dijo despacio que en el noventa y ocho vinieron unos a medir el monte para una serrería que iba a hacer rico a todo el mundo.
Y que de aquello quedaron dos pinos menos y un pleito.
Y que a él, desde entonces, un señor con un aparato de tres patas le daba mala espina.
— Pues a mí me da mala espina no comer — dijo Sebastián Callizo, sin levantar la voz y sin volverse hacia él.
Y ahí se acabó la conversación. A eso no había nada que contestar, y todos los que estaban en la cantina sabían cuántos hijos tenía Sebastián Callizo.
El tío Sanromán se acabó el vino, dejó el vaso boca abajo para que no le sirvieran otro, y se fue sin despedirse de nadie, y detrás de él se fueron los otros tres del rincón de la ventana, y la cantina se quedó con los jóvenes y con los de la obra y con el ruido que hacen doce hombres que están de acuerdo.
Adela, detrás del mostrador, sirvió doce vasos en diez minutos y llevó la cuenta de los doce, y mientras los servía fue haciendo otra cuenta que no le había pedido nadie.
Cuatro pesetas de jornal de campo eran siete al día menos tres, y tres pesetas al día en una casa de seis hijos son ochocientas al año, y ochocientas pesetas al año era exactamente lo que en Valdebruna separaba una casa que aguanta de una casa que manda al chico a Barcelona.
Don Ovidio Nerín estuvo en la puerta chica todo ese rato, con el sombrero puesto y sin pasar del escalón.
Ni pidió nada ni saludó a nadie más que con la cabeza.
Cuando Sebastián Callizo dijo lo de no comer, don Ovidio se estuvo quieto unos segundos más y luego se fue, plaza arriba, hacia su casa, y Adela le siguió con la vista desde la ventana hasta que el sombrero desapareció detrás del abrevadero.
Eso también lo apuntó, y tampoco en el cuaderno. En la fonda a don Ovidio Nerín no se le leía por lo que hacía, sino por el rato que tardaba en irse.
———
La factura la hizo a las once y media de la noche, con el comedor recogido y la lumbre apagada, en una hoja de papel bueno que su madre guardaba para las cartas al veterinario.
Le costó tres borradores. En el primero puso el nombre de la casa demasiado arriba y no le cupo el concepto, y le quedó una hoja con un título enorme y la cuenta escondida en un rincón, como los carteles de las ferias.
En el segundo se le fue una gota de tinta justo encima del importe.
En un papel no hay otro sitio donde una mancha signifique algo.
En el tercero le salió derecho, con las letras redondas de la escuela de doña Elisa, la maestra que hubo hasta el veinticinco, la que le había enseñado a Adela todo lo que sabía escribir antes de que la sacaran de la escuela a los once años para servir mesas.
Cuando la estaba secando con el papel de estraza, Ramiro bajó a por agua, en mangas de camisa, con la libreta debajo del brazo, porque aquel hombre bajaba a por agua con la libreta.
— Ya está.
Ramiro la cogió y la leyó de arriba abajo, sin prisa, como leía todo.
— ¿Está bien así?
— Está bien. Está mejor que la del hotel de Aínsa, y en el hotel de Aínsa las hacen a máquina. Le falta la fecha.
— ¿Y para qué quiere usted la fecha, si me la está pidiendo hoy?
— Para dentro de veinte años, cuando alguien me pregunte dónde dormí yo en mayo del treinta y uno.