Adela, 1931
Jueves, veintiuno. La República llevaba cinco semanas y en el pueblo lo que se discutía era el cordero, que había subido a tres pesetas y media el kilo canal y que iba a seguir subiendo hasta San Juan, según los de Escalona, que siempre sabían lo que iban a hacer los precios y se equivocaban siempre.
Adela apuntó el cordero. Apuntó dos docenas de huevos que le había traído la Sanromán a cuenta de un fiado del invierno, apuntó el carbón, y cuando llegó a la línea del vino se quedó con la pluma en el aire.
El vino de la cuba pequeña no era el mismo vino de la cuba grande y su padre los cobraba igual.
Aquello llevaba discutiéndose desde febrero, y no se iba a arreglar mientras Máximo Buisán siguiera sirviendo la cuba pequeña a los que le caían bien.
Al fondo del comedor, la cocina, con la chapa negra de carbón, la campana de la lumbre y el vasar de los pucheros. En la cocina mandaba la tía Ramona desde antes de que Adela naciera y, según la propia Ramona, desde bastante antes de que naciera el resto de la casa.
A mano derecha estaba la cantina, con el mostrador de cinc, el estante de las botellas y un espejo grande de publicidad de un anís que ya no se fabricaba, con las letras doradas rayadas por el medio de cuando lo trajeron en el carro y lo arrastraron mal.
Nadie lo había cambiado nunca. Un espejo así costaba lo que dos colchones y duraba lo que durase la pared, de modo que la raya se quedó y la casa se acostumbró a mirarse partida por la mitad.
La escalera subía desde el zaguán, de madera, con vuelta a la mitad y el pasamanos gastado justo en la tercera curva, donde todo el mundo apoyaba la mano al girar.
Arriba había seis habitaciones numeradas del uno al seis, con jofaina y orinal en cada una y una silla de anea que servía de perchero.
La cuatro era la del balcón a la plaza. La cuatro era la buena.
Por encima quedaba la falsa: el granero, las herramientas, las cuerdas de la matanza colgadas de una viga y dos camastros de jornaleros que se ponían en agosto y se quitaban en octubre, donde dormían los de la siega por sesenta céntimos y la cena.
Detrás estaba el patio, con el pozo de brocal bajo y el lavadero de piedra.
En el lavadero se hacía la colada de las seis habitaciones: doce sábanas, el mantel del comedor y lo de la familia.
Adela lo sabía desde niña: una colada entera de la fonda les llevaba a su madre y a ella un día y medio en verano y dos días largos en invierno, cuando el agua venía tan fría que dolía en las muñecas y había que entrar a caldearse en la chapa cada media hora.
Pensión completa, tres pesetas cincuenta. Cama sola, una veinticinco. El precio lo había puesto su padre en el 28 y desde entonces se lo bajaba a todo el que se lo pidiera con gracia.
Y en el zaguán, colgado de un clavo detrás de la puerta, estaba el tablero de las llaves, con seis clavos y seis chapas de latón numeradas del uno al seis.
Cuando la casa estaba vacía se veían las seis colgadas y sonaban con el aire, y cuando la casa estaba llena no se veía ninguna y el zaguán se quedaba callado.
Adela sabía cuánta gente había dormido en su casa cada noche de su vida sin necesidad de mirar el libro, solo por lo que sonaba el tablero al abrir el portalón.
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En la cocina, a las nueve, la tía Ramona estaba desplumando dos gallinas viejas encima de un papel de estraza y llevaba desde el amanecer con el discurso de la República.
Ramona no tenía opinión política, tenía agravios, y los agravios le venían por orden de antigüedad.
Que si en el 09 el ayuntamiento le puso un impuesto al horno.
Que si en el 18 la gripe se llevó a su hermana y al médico no se le vio el pelo hasta el jueves.
Que si ahora venían estos con banderas nuevas y lo primero que iban a hacer era subir el papel del timbre, y de ahí se pasó, sin cambiar de tono, a que las gallinas de la Ramona de casa Broto eran más blandas porque las mataba tarde y eso lo sabía todo el mundo menos quien tenía que saberlo.
Adela la dejó hablar mientras repasaba las orzas de la despensa. Quedaban tres de lomo en adobo, dos de costilla, una de tocino y otra que Ramona llamaba la mía y que estaba en el armario del rincón, cerrado con llave desde siempre, y de aquel armario en la fonda no se hablaba.
— Tía, ¿qué hay en el armario?
— Cosas.
— Ya. ¿Y las cosas caducan?
— Las cosas de una son de una hasta que una se muere, y luego que hagan lo que quieran.
Y siguió desplumando, y a Adela se le quedó, como se le quedaban a ella las cosas, en forma de apunte pendiente.
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El alguacil llegó a las once y media, cuando Adela estaba subiendo el vino de la bodega y le faltaba un viaje.
Traía una carta del ayuntamiento con el sello nuevo, el de la República, que en Valdebruna no habían visto todavía más que dos veces, y traía además la cara del que sabe lo que lleva dentro del sobre porque estaba delante cuando lo escribieron.
Encarna Sesé la leyó de pie en el zaguán, sin quitarse el delantal y sin ofrecerle asiento, y la leyó dos veces, y después le dio la vuelta al papel para mirar si en el revés ponía algo más.
— Once — dijo.
— Once, sí — dijo el alguacil —. Y luego más, cuando venga el resto de la contrata. De momento son once y llegan hoy.
— ¿Hoy?
— Esta tarde, si el vado del Vellosa está como estaba ayer.
Máximo Buisán salió de la cantina remangándose el mandil y con la sonrisa ya puesta antes de saber de qué se hablaba. Ella se quedó en la escalera de la bodega con la garrafa apoyada en la cadera y no subió el último escalón, porque desde allí se oía todo y no la veía nadie.
Encarna le pasó la carta a su marido y le dijo, con la garrafa todavía en la cadera, que aquello había que aceptarlo por escrito antes de la noche, con el precio puesto en el papel y no de palabra, y que esta vez el precio lo ponía ella.
— Mujer, que son del Estado.
— Los de la carretera de Escalona también eran del Estado y se fueron debiendo cuarenta y dos pesetas. La cama se cobra igual la duerma quien la duerma.
Máximo se rio y dijo que vaya manera de recibir a la gente, y Encarna no le contestó. En aquella casa las discusiones se ganaban por cansancio y su madre tenía más cuerda que ninguno.
El alguacil se fue sin tomar nada, cosa que en aquella casa no le pasaba a nadie, y a Adela le quedó de aquella mañana la imagen de su madre en el zaguán mirando el revés de un papel que no tenía nada escrito por detrás.
Adela subió, dejó la garrafa y cogió el lapicero del mostrador.
Once pensiones a tres cincuenta eran treinta y ocho pesetas con cincuenta céntimos al día.
Al día. La fonda hacía en una semana buena de agosto, con la feria y con los tratantes de Bielsa, treinta y cinco o cuarenta, y eso cuando el tiempo acompañaba y no se estropeaba el vado.
Lo escribió en el margen del libro, muy pequeño, y luego lo tapó con el codo y lo volvió a destapar. Treinta y ocho cincuenta al día eran doscientas sesenta y nueve con cincuenta a la semana; eran mil ciento cincuenta y cuatro al mes, si comían todos los días y si pagaban.
Encarna había entrado detrás sin hacer ruido y le miró la cuenta por encima del hombro, y lo único que hizo fue apartar el tintero un dedo.
— El dinero de la obra es dinero — dijo, y se fue a la cocina.
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Llegaron a las cinco y media, y no llegaron como llega la gente en las novelas.
El coche de línea de Barbastro los había dejado en Aínsa a mediodía, y desde Aínsa habían subido los once kilómetros del valle en un camión de la contrata con la caja de tablas, hasta que el camión se plantó en el vado del Vellosa porque el vado traía un palmo más de agua del que le habían dicho al chófer.
De manera que hicieron los últimos dos kilómetros a pie y cuesta arriba, con el equipaje repartido entre todos y con un mulo prestado en Sarralta que llevaba lo pesado y que tenía sus propias ideas.
Adela los vio entrar en la plaza desde el balcón de la cuatro, adonde había subido con la excusa de abrir para que se oreara la habitación.
Once hombres. Los contó dos veces porque la primera vez se le juntaron.
Cuatro llevaban mono y alpargatas y venían hablando muy alto; dos iban delante, con chaqueta y sombrero; uno traía la cara de haberse torcido un tobillo en el vado y de no querer decírselo a nadie.
Los cuatro últimos ya no los separó, porque en ese momento el mulo se plantó delante del abrevadero, decidió que hasta ahí había llegado y toda la fila se le echó encima, y lo que a Adela le quedó de aquella tarde no fue la llegada de la obra a Valdebruna sino el escándalo del mulo.
El pueblo salió a mirar sin salir del todo. En Valdebruna se miraba desde el quicio, con medio cuerpo dentro de casa y la mano en la jamba, y así estuvo media plaza hasta que los hombres pasaron el abrevadero y se metieron en el portalón.
Su padre abrió la cantina de par en par y se plantó en la puerta chica con el mandil limpio, que se lo había cambiado a las cinco.
A Máximo Buisán le gustaba la gente. Le gustaba que hubiera ruido en su casa y que se llenaran las ocho mesas, y por eso la fonda no había cerrado nunca en cuarenta años y por eso tampoco había ganado nunca lo que tenía que ganar.
La tía Ramona salió de la cocina con el cucharón en la mano, se asomó al portalón, contó a los once por su cuenta y dijo en voz alta, delante del primero que entraba:
— ¡Redios, y once! ¡Mal fuego los queme a todos y a quien los ha mandado!
Y se santiguó despacio, con el cucharón todavía en la otra mano, y se volvió a la lumbre sin esperar respuesta de nadie.
El capataz, que se llamaba Bergua y era de Monzón, se quitó el sombrero y dijo buenas tardes como si no hubiera oído nada, y Adela le agradeció aquello mucho más de lo que se lo dijo.
Después empezó el reparto, que lo hizo ella sola en el rellano con las sábanas en el brazo.
Los cuatro del mono, a la falsa, a real y medio, que eso lo había mandado su madre y no se discutía.
Bergua, a la tres, solo, porque un capataz que duerme con sus peones deja de ser capataz a la segunda noche.
Dos a la uno, dos a la dos y dos a la cinco.
La seis quedaba libre y la cuatro no se podía dar: el bastidor de la cama se había roto en marzo y llevaba desde marzo esperando a que su padre encontrase el rato.
Abajo, en la cantina, ya se oía el vino.
Julián había bajado del monte antes de tiempo, como bajaba siempre que había novedad en la plaza, y a los diez minutos estaba explicándole a un peón de Bielsa cómo se coge una trucha con la mano, con las dos manos metidas en el aire y una cara de concentración que no le ponía a nada más en el mundo.
La cena se sirvió a las ocho y media y fue la primera vez desde la feria de octubre que se llenaron las ocho mesas del comedor a la vez, incluida la tercera, la de la cuña de boj, que se puso al lado de la ventana para que cojeara hacia la pared.
Ramona sacó sopa de pan con hierbabuena, una fuente de bacalao y una tortilla de patata por cada dos hombres, y lo sacó todo con la cara de quien está envenenando a alguien y le sale bien.
Adela sirvió, retiró, volvió a servir y no se sentó en dos horas.
Veintidós platos hondos, once llanos, cuatro jarras de vino que hicieron seis, el pan de dos hornadas.
Y cuando iba por el cuarto viaje a la cocina se le cruzó por delante lo de la ropa: que once hombres eran once camas hechas todos los días, y que doce sábanas se le iban a quedar cortas antes del domingo.
Eso sí lo apuntó en la contratapa, donde iban las compras y no los ingresos: cuatro sábanas de Barbastro a nueve pesetas la pieza, treinta y seis pesetas de golpe, que asustaban de una vez y salían baratas repartidas en los años que dura una sábana buena.
Su padre, en la cantina, contaba lo de la nevada del 27 por segunda vez en la misma noche, y a la segunda ya había veinte palmos de nieve donde en la primera había doce.
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El último bajó al comedor cuando ya oscurecía y Adela estaba encendiendo el carburo.
Traía al hombro un trípode de madera con las patas atadas con un cordel, una caja de cuero colgada del otro hombro y, debajo del brazo, un rollo de planos metido en una funda de tela. No traía maleta. Traía un talego de lona con las asas cosidas a mano.
Se quedó en la puerta del comedor esperando a que Adela terminara con el carburo, en vez de entrar y hablarle mientras lo hacía, y eso fue lo primero que Adela le apuntó a aquel hombre sin apuntarlo en el cuaderno.
— Buenas tardes. ¿Queda alguna habitación?
— Queda una.
— ¿Tiene mesa?
Adela dejó la varilla del carburo y se volvió del todo, porque en once años de servir cuartos nadie le había preguntado nunca por una mesa.
— Tiene una mesilla de noche.
— Ya. Yo necesito una mesa. De este ancho — y abrió los brazos hasta poco más de un metro —. Para desplegar. Si no la hay, pago igual y ya buscaré dónde, no se preocupe usted.
— ¿Y no le sirve el comedor?
— El comedor tiene gente.
— El comedor tendrá gente hasta las diez.
— Es que yo trabajo a partir de las diez.
Lo dijo sin ninguna queja, como quien informa de la altura de un puente, y se quedó esperando con el trípode todavía al hombro, que ya llevaba así un rato largo y no lo había soltado ni para saludar.
Adela pensó en la mesa de la despensa, de pino, de un metro y diez, que hacía diez años que no se movía de su sitio y que su madre usaba para los adobos. Pensó también, y esto le duró menos, que la mesa de la despensa no cabía por la puerta de la seis.
— Suba a la seis esta noche. Es la del pasillo del fondo, la de la ventana a la calle del Horno.
— ¿Y la mesa?
— La mesa mañana. Mañana hablamos de la mesa.
Ramiro Lahoz dijo que muy bien y que muchas gracias, y antes de coger el trípode le preguntó cómo se llamaba el río.
Adela le dijo que el Vellosa. Ramiro dejó el trípode contra la pared, sacó del bolsillo una libreta pequeña y un lapicero de los de carpintero, y lo apuntó allí mismo, de pie, en mitad del comedor, antes de subir la escalera.
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Jueves 21 de mayo de 1931. Hospedaje, siete a 3,50, uno de ellos sin cena por llegar tarde: 24,50.
Cama en falsa, cuatro a 1,50: 6,00. Vino, cantina: 11,80.
Carbón: 2,40. Cordero, seis kilos canal a 3,50: 21,00.
Huevos, dos docenas, de la Sanromán, a cuenta de lo del invierno.
Suma del día: 42,30. Debe: nada. Nota al margen, con letra más pequeña: el vino de la cuba pequeña, aparte.
Y debajo, otra nota: bastidor de la cuatro.