La fonda de Valdebruna
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Raquel, 2025
La pista baja del collado en catorce revueltas. Las cuento todas. Es manía de casa: mi madre se sabe de memoria los escalones del portal, y a mí me salen las curvas solas, sin pedirme permiso. En la última se acaba el pinar. Y aparece la torre.
Es lo que se ve siempre, y en un año normal es lo único que se ve. Cuatro metros de piedra y un hierro torcido encima, plantados en mitad del agua. La punta de la torre de San Bartolomé. Le saca cuatro metros a la cota máxima del embalse. Se los lleva sacando desde el sesenta y uno.
Está en la postal que venden en la gasolinera de Escalona, con el cielo más azul de lo que ha sido nunca.
Está en el folleto de la comarca y está dibujada a línea en la señal marrón de la carretera.
Es lo que la gente para a mirar desde esta misma curva, y después arranca y se va a comer a Aínsa.
Yo la he visto en pantalla ochenta y tantas veces y en persona ninguna.
Este año la torre no está sola.
Doce por ciento.
Lo miré el martes en la página de la confederación. Lo he vuelto a mirar esta mañana en el área de servicio de Barbastro, con el café enfriándose al lado. Doce por ciento de ciento dieciocho hectómetros cúbicos no significa nada escrito en una tabla. Puesto de pie significa esto.
En el área de servicio había un señor con un churro en la mano que me vio la pantalla y opinó sin que nadie le preguntara.
Que eso ya no es un pantano. Que eso es un charco.
Que él bajaba de crío a pescar y que ahora no baja porque no hay dónde.
Le di la razón en todo y me fui, porque a las nueve de la mañana no discuto con nadie que tenga un churro.
Paro la furgoneta en el ensanche de la curva y me bajo con el motor en marcha. Lo hago siempre y todavía se me escapa por qué.
El agua se ha ido hacia dentro y ha dejado el fondo al aire.
Queda un charco largo en el eje del valle, del color del té con leche.
Dentro se marca la corriente del río Vellosa, como una raya de tiza que alguien hubiera tirado a mano.
Todo lo demás es barro. Un barro claro, casi blanco donde se ha secado.
Se agrieta en placas de tres y cuatro palmos y se levanta por los bordes, igual que se levanta la pintura vieja de una pared.
Y encima del barro está el pueblo.
Sesenta y dos casas. Las cuento desde aquí, sentada en el capó, con los prismáticos apoyados en las rodillas. Me salen sesenta y dos. Es exactamente lo que decía el censo de 1930 en el expediente que me llegó en agosto, y no me pasa muchas veces que un papel y un sitio digan lo mismo a la primera.
Sesenta y dos rectángulos de mampostería sin nada encima. La madera se pudrió en los primeros años. Las tejas se fueron valle abajo con la primera crecida. Lo que queda son cuatro paredes por casa, y dentro un cuadrado liso de limo depositado, plano como el suelo de un almacén.
Las calles están donde estaban. Eso es lo raro. El agua no borra el trazado urbano: lo rellena. Y cuando se retira te lo devuelve entero, a escala uno por uno, con las esquinas y las cuestas y todo.
La plaza es rectangular y está en pendiente, con la parte alta al norte.
Arriba, la iglesia. San Bartolomé, según la ficha del inventario.
De la torre yo conocía el cuerpo de arriba.
Hoy están los cuatro. Veintiséis metros desde el suelo hasta la veleta, y los veintidós de abajo llevan sesenta y cuatro años sin que los vea nadie.
Aguanta entera. No le falta ni un metro de altura.
Está hueca por dentro y no tiene campanas.
Se las llevaron. Siempre se las llevan. En la mitad de los pueblos anegados de España las campanas se subieron a un camión antes que la gente. Está en las actas, con fecha y con firma.
Enfrente de la iglesia, en el lado bajo de la plaza, hay una casa que es tres veces las demás.
Le queda el portalón entero, con dovelas.
Encima del portalón hay un escudo de piedra que desde aquí es solo una mancha con relieve.
Y a lo largo de toda la fachada se ve la línea de una balconada corrida, marcada por los mechinales de las vigas. La línea sí. La balconada no.
Las casas de la plaza son las mejores. Las de la calle de abajo se han caído hasta la altura de la cintura y desde el collado parecen los cimientos de una excavación en curso. Que es lo que van a ser dentro de un rato, en cuanto yo baje y les ponga un número a cada una.
Doscientos metros al oeste, en la orilla del charco, hay una construcción con la planta distinta a todas. Alargada, estrecha, con un canalillo de piedra que entra por un lado. Molino, casi seguro.
Hacia el sur, donde el valle se abre, el barro está limpio de escombro.
Ahí se ven unas líneas rectas larguísimas, tiradas a cordel: los muros de las eras y de las huertas, todavía perfectos después de sesenta y cuatro años debajo del agua.
Y arriba del todo, en el alto de la salida, por encima de la cota que alcanza el embalse, hay un rectángulo de tapia blanca con la hierba muy alta dentro.
El cementerio, dice la ficha. Y no dice nada más.
De todo esto, lo que me para no es la torre.
Es el color. Un pueblo de piedra gris secándose al sol de septiembre se pone del color exacto de la arena mojada.
A las once de la mañana no proyecta ni una sombra que sirva para nada, y por lo tanto no se puede fotografiar bien hasta las cinco.
Ya tengo el primer problema del día y todavía no he bajado.
Aracén Energía vació el embalse el 4 de agosto para revisar la galería de inspección de la presa.
Lo pone en la resolución con esas palabras: revisión de la galería perimetral y del sistema de auscultación.
No lo vuelven a llenar hasta el 1 de diciembre.
Sesenta y dos casas fuera del agua por primera vez desde el invierno de 1962, y el aviso oficial fueron tres líneas en un tablón.
Bueno. A alguien sí le importó.
A la comarca le importó lo justo para sacar un contrato de cuatro meses y mil setecientos cincuenta euros brutos al mes, para una técnica de patrimonio que documente los restos emergidos antes de que se los trague otra vez el agua.
Y esa soy yo. Porque me presenté, y porque no se presentó casi nadie.
Guardo los prismáticos y me quedo un minuto más de pie en el capó. Doce años bajando a solares con la excavadora parada al lado y nunca me he quedado quieta mirando. Es que aquí no hay excavadora. Aquí lo que hay es un calendario, y el calendario pone uno de diciembre.
Vuelvo a la furgoneta y hago la última revuelta.
———
El camino de servicio termina en una barrera de tubo pintada de blanco y rojo. Delante de la barrera hay un todoterreno de la empresa aparcado en medio, atravesado. De esa manera en que se aparca cuando lo que quieres es que no pase nadie.
El hombre que sale del todoterreno lleva un casco blanco colgando de la mano izquierda, cogido por el barboquejo. En la derecha, un manojo de llaves que no cabe en ningún bolsillo. Chaleco naranja con el nombre de Aracén en la espalda. Cuarenta y pocos, calculo, y a lo mejor me quedo corta.
— Buenos días. Por aquí no se baja.
— Buenos días — digo, y saco la mano por la ventanilla con el papel doblado.
— Ni se para tampoco.
— Es que no estoy parando. Estoy llegando.
Se me queda mirando dos segundos más de lo normal. Después deja el casco encima del capó de su coche, se limpia la mano en el chaleco y coge el papel.
Y lo lee.
Lo lee entero, que ya es raro. Todo el mundo mira un contrato como se mira un carné: por la mitad, buscando el sello, y a los cuatro segundos te lo devuelve.
Este hombre lo lee de arriba abajo. Incluida la cláusula quinta, que es la de protección de datos y no la ha leído nadie nunca.
Y cuando llega al final le da la vuelta al folio, se coloca de espaldas al sol para que no le brille el papel y lo lee otra vez entero.
— Convenio entre la comarca y la Dirección General — dice, sin levantar la vista —. Documentación de restos emergidos. Del 12 de septiembre al 12 de enero.
— Al 12 de enero. Aunque el agua vuelve el 1 de diciembre, así que el trabajo de campo son once semanas.
— Diez.
— Once.
— Diez — repite, y me devuelve el papel —. La cola sube antes que el resto del vaso. Aquí abajo tienes agua a mediados de noviembre.
Marcos Callizo. Se presenta con el apellido delante, como se presenta la gente que en su pueblo es el apellido antes que el nombre. Jefe de explotación de la central de la Vellosa. Veinte años en la empresa. Hoy le ha caído yo.
— Y vas a bajar tú sola por ahí, imagino.
— Es la idea.
— Pues no.
Me lo explica con mucha calma y con ninguna simpatía.
Lo que hay debajo de ese barro precioso que yo he estado admirando desde el collado son bolsas.
El limo se seca por arriba y por debajo sigue líquido.
En las vaguadas tiene metro y medio. Hay hierros de las obras del 61 asomando por sitios donde no tendrían que asomar.
Y hay un pozo abierto en cada casa que tuviera pozo, y las bocas no se ven: el barro se las tapa a ras.
— Un pozo tapado con una costra es una trampa perfecta — dice —. Se aguanta de pie y se hunde cuando le pones a alguien encima.
— A mí eso ya me ha pasado una vez.
Eso le para medio segundo.
— Pues entonces no hace falta que te lo explique — concede —. Con casco, con chaleco y conmigo o con alguien mío. Y avisando por radio al bajar y al subir.
— Llevo doce años entrando en solares con la excavadora esperando a que salga.
— Ya. Y yo llevo veinte firmando los partes de la gente que entra en mi zona.
Nos miramos. Lo que él no sabe es que en la discusión de quién manda dentro de un yacimiento yo tengo callo de sobra. Él no discute dos veces. Dice una cosa, la repite igual y se queda quieto.
Firmo el libro de accesos apoyada en el capó, con un bolígrafo suyo que escribe fatal.
———
En el bolsillo de la parka llevo desde julio una caja de galletas de hojalata.
Es de las redondas. Tiene pintada en la tapa una escena inglesa de caza, con un perro, una valla y un caballero que va a saltarla y lleva ochenta años sin saltarla.
Estaba en el altillo del armario del pasillo, en el piso de mi abuela Amparo, en Zaragoza, entre una manta de cuadros y una caja de zapatos llena de recibos de la luz de 1994.
Mi abuela murió en febrero, con ochenta y siete años. En julio vaciamos el piso en dos fines de semana, porque el comprador tenía prisa y mi madre también.
Mi madre despachó el altillo entero en veinte minutos.
Contenedor, contenedor, contenedor. La caja de galletas la abrió, miró dentro un segundo, dijo trastos y me la dio a mí.
Porque yo soy la que se dedica a los trastos, y en mi familia eso es una broma que ya no hace gracia a nadie y se sigue diciendo igual.
Dentro hay tres cosas.
Una es una foto. De calle, no de estudio.
Blanco y negro, con el borde dentado, doce por nueve.
Se ve una fachada de piedra con un portalón grande.
Delante del portalón, once hombres puestos en dos filas, con ropa de trabajo y las manos colgando.
En el extremo derecho, un poco separada del grupo, una mujer joven con delantal y las manos cruzadas por delante.
Encima del portalón hay un rótulo pintado en la pared, con letras grandes de imprenta. Y no se lee. La cabeza de uno de los hombres de la fila de atrás tapa la primera mitad. La otra mitad se la comió el sol hace mucho. He probado con lupa, con luz rasante y con el escáner de la oficina. No sale.
Detrás, en lápiz, con letra apretada y sin firma: Valdebruna, agosto de 1934.
La segunda cosa es una llave. De hierro forjado, de guardas, de las de girar dos veces. Tiene una anilla en la cabeza y una chapita de latón remachada con un número.
Un cuatro.
La tercera es un sobre. Timbrado, con un sello de 1946, franqueado en Lérida.
El sobre estuvo mojado alguna vez y la tinta se fue en dos manchas moradas, así que del nombre del destinatario queda la primera letra y un trozo de la segunda.
Lo único que se lee entero está escrito encima, atravesado, en lápiz azul, con una letra que no es la del sobre.
Devuélvase al remitente.
Llevo dos meses con esto en el bolsillo.
Y llevo dos meses diciendo que un sobre así se lleva a un laboratorio, que se le hace una imagen multiespectral y que la tinta aparece debajo de la mancha.
No lo he llevado. Tengo el teléfono del laboratorio y no he llamado, y no sé explicar eso mucho mejor que lo del motor en marcha.
De mi bisabuela Adela, en mi casa, se ha dicho siempre lo mismo y en la misma frase. Que era de Zaragoza de toda la vida. Y que no hablaba de sus cosas. Las dos partes iban juntas, pegadas, y en casa se repetían así, en ese orden.
Yo tampoco. Hasta que el pueblo salió del agua y me presenté al contrato.
———
La lancha está amarrada en un pantalán provisional de flotadores, en el único sitio del vaso donde queda calado. Para llegar hay que bajar ciento veinte metros de rampa de hormigón. Fue rampa hasta el año 61. Desde entonces es una lengua de barro con hormigón debajo.
Bajamos con las botas hasta media caña. Marcos delante, sin hablar. Yo detrás, con el trípode de la estación total al hombro y la caja de la libreta bajo el brazo, calculando por dónde entro mañana con el material pesado y llegando a la conclusión de que por aquí no.
— Del embarcadero a la plaza hay quinientos metros — dice sin volverse —. Se tarda veinte minutos, porque no hay dónde pisar. De la plaza al cementerio, media hora larga y toda cuesta arriba.
— ¿Y hasta la presa?
— Eso ya es mío.
La lancha es de aluminio, con un fueraborda pequeño y una manta doblada en el asiento de proa. Suelto el trípode con cuidado, me siento y me agarro al banco. Marcos desamarra, empuja con el pie, se sienta y coge el tirador de arranque.
Tira.
El motor hace ese ruido de tos que hacen los motores cuando piensan arrancar y no arrancan. Marcos tira otra vez. La tos es más corta. A la tercera el cabo se queda fuera, colgando de su mano, y el motor no dice absolutamente nada.
Estamos a doce metros del pantalán, de lado, y la lancha ha empezado a girar despacio hacia el centro del charco. Marcos suelta el tirador. Mira el motor con una tranquilidad que da mucha rabia.
— ¿Sabes remar?
— Sé nivelar. Remar no me lo ha pedido nadie hasta hoy.
Coge el remo corto de debajo del banco, me lo pone encima de las rodillas y se quita el chaleco.