La fonda de Valdebruna Epilogo
100%

Epilogo

Epílogo

En junio, en Valdebruna Nueva, el sol entra por la fachada de la carretera antes de que se haya levantado nadie. Amanece a las seis y diez y a las seis y veinte ya está dentro.

Bajo a las seis y media. Enciendo la cafetera, que tarda catorce minutos y no hay manera de meterle prisa. Mientras tanto saco el pan y pongo las mesas de fuera. Son cuatro y las quitamos todas las noches. Aquí el viento del norte se lleva lo que no está atornillado.

Charo llega a las siete menos cuarto. Trae el periódico de Huesca debajo del brazo y una caja de fruta que ha recogido en Aínsa. Lo primero que hace es leer las esquelas en voz alta. Lo segundo, encender la radio.

Somos dos, y tres los días que viene su sobrina.

Seis habitaciones arriba. Treinta y dos cubiertos abajo si se aprieta.

En junio se llena de martes a domingo. Los del canal de riego, la brigada forestal, y la gente que sube a ver la presa y se queda a comer porque no hay otra cosa en once kilómetros.

Yo hago las mañanas y las fichas. Charo hace la cocina y hace la caja, y en la caja no me deja meterme, y hace bien.

El cartel de fuera lo cambiamos en marzo.

Estuvo cincuenta y tres años poniendo El Cinco.

Así lo llamó el padre de Charo cuando compró la casa en el setenta y dos.

Se la compró a Adela y a Ramiro. Lo llevaron diez años y lo traspasaron el año en que él cumplió sesenta y ocho.

Ahora vuelve a poner lo que ponía antes.

Hostal Buisán. Chapa esmaltada, letras en relieve, del mismo taller de Barbastro. Sigue abierto y ya va por el bisnieto. Nos cobró cuatrocientos veinte euros y nos sacó el libro de encargos de su abuelo, con los dos anteriores apuntados, su fecha y su precio en pesetas.

A Charo se le ocurrió a ella, un domingo, fregando. Yo no dije nada y ella tampoco dijo mucho.

———

La memoria la entregué el nueve de enero, tres días antes del plazo.

La definitiva, quiero decir. La de noviembre, la del número de entrada dos mil cuatrocientos diecisiete, era la que había que registrar antes del pleno, y esa ya no la podía tocar nadie.

En marzo la Dirección General pidió un complemento documental.

Eso son seis meses más de contrato con la comarca, a media jornada, para preparar los contenidos del centro.

En febrero apareció el papel del noventa y ocho.

Está en el ayuntamiento, en el libro de decretos, y son once líneas.

Autorización excepcional de inhumación en el cementerio clausurado de Valdebruna, a instancia de doña Amparo Buisán Sanromán.

Informe favorable de sanidad, tasa de mil pesetas y una condición: que se subiera por el camino de herradura y sin vehículo.

En el tomo del ochenta y nueve está el otro, igual y con nueve años menos, a instancia de doña Adela Buisán Sesé.

Los firmó el mismo secretario. Es el documento trece del anexo cuatro.

El centro de interpretación abre el diecinueve de septiembre. Ya están las vitrinas montadas y vacías, con la luz puesta y los soportes de metacrilato esperando.

En la dos va la chapa del rótulo de la fonda. La cedió Aracén Energía en acta de depósito de febrero. La ha restaurado una empresa de Zaragoza que le ha quitado el óxido suelto y le ha dejado el resto tal cual estaba.

En la tres va la libreta, abierta por la hoja veintitrés y sujeta con dos cunas de metacrilato.

Atmósfera controlada y luz de tres lux. Es lo que aguanta un papel de mil novecientos treinta y tres.

En la cartela hay cuatro líneas. Las he escrito yo y las he reescrito nueve veces.

Las tres primeras dicen qué es el objeto, quién lo hizo y en qué año.

La cuarta es el número de inventario y el número de entrada en el registro de la comarca, con la fecha y la hora.

Y debajo, en cuerpo más pequeño, el nombre de quien lo depositó, que es Pilar Nerín Escuer, con sus dos apellidos y sin abreviar ninguno.

Está viva. Cumplió noventa y seis en marzo.

No piensa venir a la inauguración, porque en septiembre hace calor, porque el ascensor sigue sin arreglarse y porque no le apetece.

Ignacio Nerín las leyó en abril, en una reunión de seguimiento. Se quedó un rato con el folio en la mano y dijo que le parecían correctas. Nos llevamos razonablemente bien. Él sigue teniendo razón en la mitad de lo que dice y yo sigo sin poder quitarle esa mitad, y trabajamos.

———

Mi madre vino en mayo, un fin de semana, en el coche con mi tía. Durmió en la cuatro, la del balcón. No le dije nada de la cerradura, no lo notó y no había por qué decírselo.

El sábado la llevé al cementerio. Son treinta y cinco minutos de camino desde la orilla y hay que ir con calzado cerrado.

El bote de las flores estaba cambiado otra vez.

Lo cambia Charo, en mayo y en noviembre, y antes lo cambiaba su padre.

Se lo pregunté en marzo, fregando las dos, y me contestó que quién iba a ser.

Mi madre estuvo delante de las cuatro losas de los Buisán sin decir una palabra, con el bolso colgado del antebrazo. Luego preguntó dónde estaba el de Zaragoza. Así llama ella a Ramiro Lahoz.

Se lo señalé, que está al lado, contra la misma tapia y con la misma hierba.

— Ah — dijo.

Y ya está. Después nos bajamos y comimos las tres en la terraza. Estuvo hablando de la cadera de una vecina suya y del precio de los pisos. A las cinco se fueron, porque mi tía no quiere conducir de noche.

Cuando se despidió, en el coche, con la ventanilla bajada, me dijo que aquello estaba muy bien y que se la veía a una tranquila. Y arrancó.

Es lo que hay, y es bastante más de lo que había en septiembre.

———

Marcos vive a once kilómetros, en Escalona, y sube casi todos los días. Los martes cena aquí y los martes es el único día que Charo le pone nota a la cena delante de él.

Del embalse, desde la carretera, se ve el agua y se ve la punta de la torre.

Cuatro metros de piedra y el hierro torcido de la veleta.

Está al noventa y uno por ciento, que en junio es lo normal.

Desde el mirador de encima del camping se ve una lámina azul de tres kilómetros, una orilla de piedra clara y eso.

Ahí abajo hay sesenta y dos plantas de casa.

Un umbral de caliza gris de metro sesenta con once centímetros de desgaste en el centro.

Cuatro agujeros en un dintel caído. Sesenta y tres metros de calle empedrada que todavía tiene el reguero en medio.

Y una escalera de ochenta y cuatro peldaños detrás de la iglesia.

Y una ficha de cuatro folios por cada una de las cuatrocientas doce cosas, con cuatro copias en cuatro sitios distintos.

———

Son las siete y cinco.

La cafetera ya tira. Charo está partiendo el pan y discutiendo con la radio. Han llamado de la brigada del canal para reservar tres habitaciones a partir del martes. Así que subo a mirar la cuatro, que se quedó sin sábanas el domingo y lleva cuatro días con el colchón al aire.

Abro con la llave grande, la de hierro. Es la que uso porque es la que hay.

Las otras cinco son de las nuevas del setenta y dos.

Hago la cama. Bajo la persiana media hoja, que si no en junio la habitación se pone a treinta y dos a mediodía.

Abro el balcón un dedo. Recojo un vaso que alguien dejó en la mesilla y me lo llevo con la ropa sucia debajo del brazo.

Cierro la puerta y bajo los diecinueve peldaños.

Cuelgo la llave en el clavo, entre la del almacén y la de la cámara, y bajo a abrir.