Capítulo 22
Volvieron a Ginebra cuatro días después, con Élise todavía moviéndose con la rigidez cautelosa de quien lleva las costillas vendadas y Callum conduciendo el último tramo del trayecto para que Daniel pudiera, por fin, dormir algo más de dos horas seguidas.
No se instalaron en el piso de la Rue des Granges ni en ninguno de los otros domicilios conocidos de cualquiera de los dos, sino en un chalet aislado en las colinas sobre Cologny que Daniel alquiló a través de una cadena de tres intermediarios distintos, ninguno de los cuales podría, ni bajo tortura, conectar la reserva con ninguno de sus nombres reales ni con ninguno de sus alias habituales.
—Si vamos a hacer esto, lo hacemos desde un sitio que ni siquiera nosotros mismos hemos usado antes.
—Daniel lo dijo la primera noche, mientras Ollie desplegaba, sobre la mesa del comedor de techos altos, tres portátiles nuevos comprados en efectivo esa misma tarde en tres tiendas distintas de la ciudad—.
Nikitin ya ha demostrado que sabe encontrar cualquier sitio que hayamos usado antes lo suficiente como para dejar un patrón. No le vamos a dar otro.
El plan que fueron construyendo durante los tres días siguientes, alrededor de esa misma mesa, entre café que sí sabía a algo decente y la tensión constante de saber que cada hora que pasaba era una hora más que Noor llevaba en manos de gente sin ningún motivo aparente para tratarla bien, partía de la carpeta fotografiada en Belleville semanas atrás: el listado de sociedades, la nota manuscrita firmada con la inicial «K.
», y el nombre del despacho de gestión patrimonial de Ginebra.
Devereux el acento de los dos hombres que se turnaban para vigilarla, distinto entre ambos, lo cual sugería un equipo reclutado de varias regiones; el sonido lejano, apenas perceptible dos veces al día, de lo que podía ser una fábrica o un tren de mercancías cercano—, la habían trasladado, al segundo día de cautiverio, a una habitación con un único ordenador anticuado sobre una mesa.
Le habían dado una orden que no era, como había temido, una amenaza directa, sino algo mucho más interesante desde un punto de vista puramente profesional: encontrar, en la infraestructura digital de un rival comercial de Nikitin, una vulnerabilidad que pudiera explotarse.
—No sé nada de vuestro negocio, ni de vuestros rivales.
—Le había dicho, la primera vez que la sentaron frente al ordenador, con las muñecas todavía atadas pero las manos libres, en una postura deliberadamente incómoda que dejaba claro quién tenía el control real de la situación—.
No pienso ayudaros a hacer nada de esto.
—Entonces te quedas sentada aquí, sin comer, hasta que cambies de opinión.
—El hombre que la vigilaba con más frecuencia, uno de los dos con acentos distintos, se había encogido de hombros con una indiferencia que resultaba, en cierto modo, más aterradora que cualquier amenaza explícita—.
O colaboras, y las cosas son un poco más cómodas para ti mientras esperamos a ver qué decide tu amiga.
Había cedido, al tercer día, no porque el hambre o la incomodidad la hubieran vencido, sino porque había entendido, con la misma claridad analítica que aplicaba a cualquier sistema, que un ordenador con acceso a internet, aunque fuera vigilado, era también la única herramienta que tenía a su disposición para intentar, de algún modo, comunicar su situación al exterior sin que sus captores lo notaran.