Capítulo 21 #2
Élise se quedó en silencio un largo momento, mirando a Callum con una expresión que combinaba dolor físico, rabia y algo mucho más complicado, la misma comprensión amarga que ella misma había sentido, semanas atrás, al descubrir la trampa de Daniel en su propio taller: la certeza incómoda de que el miedo y el amor mal gestionados podían llevar a cualquiera, incluso a la gente buena, a hacer cosas que jamás se habría creído capaz de hacer.
—Mi casa ha ardido, Callum. La única casa del mundo donde nunca fingí ser nadie más que yo misma.
—Lo dijo sin levantar la voz, lo cual resultó, de algún modo, mucho más devastador que cualquier grito—.
Y mi mejor amiga está en manos de gente que no tiene ningún motivo para mantenerla con vida más allá de lo que les resulte útil.
Así que no. No te perdono. Todavía no, y puede que no llegue a perdonarte nunca por completo.
Pero también sé, por experiencia propia reciente, lo que cuesta admitir un error delante de la gente a la que has traicionado, y lo has hecho, así que vamos a dejar el perdón para cuando esto termine, si es que termina de un modo que deje espacio para perdonar algo.
—No espero que me perdones. —La voz de Callum salió apenas como un susurro—. Solo espero que me dejéis ayudar a arreglarlo, del modo que sea.
• • •
Se reunieron los cuatro esa misma noche, alrededor de la mesa de la cocina del matrimonio que había acogido a Élise, con un mapa de Europa improvisado sobre un cuaderno de espiral que Ollie había comprado en la única tienda abierta del pueblo.
Durante las tres horas siguientes, entre el dolor físico de Élise, el agotamiento acumulado de todos, y una determinación compartida que ninguno de ellos había sentido con esa intensidad hasta esa noche, tomaron la decisión que iba a definir el resto de la historia: dejar de ser dos equipos que colaboraban por conveniencia puntual, y convertirse, formal y completamente, en un solo frente contra Pavel Nikitin.
—No vamos a limitarnos a defendernos. —Daniel lo dijo con una claridad que no dejaba espacio para la ambigüedad, trazando con el dedo una línea imaginaria sobre el mapa desde Ginebra hasta las tres jurisdicciones que llevaban meses apareciendo, de un modo u otro, en cada pista que habían reunido—.
Nikitin ha construido un imperio entero sobre dinero robado y extorsionado, movido a través de estructuras que él cree invisibles.
Vamos a encontrar ese dinero, vamos a drenarlo hasta dejarlo sin nada con lo que operar, y vamos a usar ese vacío, esa desesperación, para que nos entregue a Noor y para que la agente que lleva meses persiguiéndonos tenga, por fin, algo con lo que justificar cerrar el caso de verdad, contra el objetivo correcto.
—Eso significa entrar en su terreno. —Élise, incluso con el dolor tallado en cada palabra, no perdía la precisión analítica que la definía—.
Gibraltar, Panamá, Belice. Tres jurisdicciones distintas, tres sistemas legales distintos, y en cada una de ellas, gente dispuesta a proteger ese dinero con la misma violencia que ya nos han mostrado.
—Entonces lo hacemos como hacemos cualquier otro trabajo.
—Daniel se levantó; una energía nueva parecía haber sustituido, casi por completo, el agotamiento de las últimas veinticuatro horas—.
Con paciencia. Con precisión. Sin dejar nada al azar que podamos controlar.
Y esta vez, todos juntos, sin secretos entre nosotros, porque los secretos son, precisamente, lo que casi nos ha costado la vida de Noor.
Callum, desde su sitio junto a la puerta, levantó la vista por primera vez en horas.
—Wharf Road, Hackney. Es lo único que tengo, pero es un punto de partida real, no una teoría.
—Se aclaró la garganta, buscando en la voz una firmeza que llevaba horas sin sentir—.
Dejadme investigarlo. Dejadme hacer algo útil con lo poco que sé, en vez de quedarme aquí sentado sintiendo lástima de mí mismo mientras vosotros arregláis lo que yo he roto.
Daniel lo miró un largo momento, sopesando la petición con el mismo cálculo frío que aplicaba a cualquier decisión operativa, antes de asentir, una sola vez, seco.
—Investígalo. Pero cada paso que des a partir de ahora, lo das delante de todos nosotros. Ni una sola decisión más tomada en silencio, Callum. Esa es la única condición bajo la que sigues siendo parte de este equipo.
—Entendido.
Antes de que se disolviera la reunión, Élise pidió, con un esfuerzo visible por mantener la voz firme a pesar del dolor, un minuto más de atención.
—Hay algo que quiero dejar claro esta noche, delante de todos, porque no quiero que se dé por supuesto sin decirlo en voz alta.
—Se irguió un poco en la butaca, incapaz de ocultar por completo una mueca de dolor—.
Esta casa era mía. Mi único refugio, el único lugar donde nunca fui La Musa.
Y ha ardido. No pienso fingir que no me importa, ni pienso pedirle a nadie que finja por mí.
Pero no pienso, tampoco, dejar que esa pérdida decida lo que hago a partir de ahora.
Nikitin quería enseñarme que nada de lo que tengo está a salvo mientras exista.
Se equivoca. Lo único que ha conseguido es que ya no tenga nada que perder que me dé miedo arriesgar.
—Eso vale también para mí. —Daniel se sentó a su lado, con cuidado de no rozar las costillas vendadas, y le cogió la mano—.
Íbamos a tener que desaparecer algún día, Élise, tú lo sabes tan bien como yo.
Ninguno de los dos podía seguir siendo El Relojero y La Musa para siempre sin que el mundo, tarde o temprano, nos alcanzara.
Puede que esto, con todo lo que nos ha costado ya, sea simplemente el principio de esa cuenta atrás, adelantado antes de tiempo por gente que no tenía ningún derecho a decidir cuándo empezaba.
—Entonces que empiece en nuestros propios términos. No en los suyos.
Ollie, apoyado contra la encimera con los brazos cruzados, dejó escapar algo parecido a media sonrisa, la primera desde que habían salido de París.
—Por fin algo en lo que estamos todos de acuerdo.
—Se enderezó, recogiendo el cuaderno de espiral con el mapa improvisado—.
Voy a necesitar dormir cuatro horas, un ordenador de verdad y un café que no sepa a agua sucia de gasolinera antes de poder ser útil para nada más esta noche.
Pero mañana, con la luz del día, empezamos de verdad.
Fuera, en el patio del matrimonio que los había acogido, la noche provenzal seguía su curso ajena a todo lo que se decidía dentro, con las estrellas asomando sobre colinas que ninguno de los cuatro tuvo tiempo esa noche de mirar, y en algún lugar de Europa, en un piso sin ventanas visibles desde la calle, Noor Haddad, atada a una silla con las manos libres pero vigilada de cerca, ya había empezado, con la misma tozudez metódica que la definía, a buscar la primera grieta en el sistema de sus propios captores.