La firma del ladrón Capítulo 21
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Capítulo 21

La puerta cedió al tercer golpe de hombro de Daniel, la madera barata del hotel astillándose alrededor de la cerradura con un crujido que despertó, esta vez sí, a la totalidad del pasillo, y lo que encontraron dentro no fue lo que ninguno de los dos, en el segundo y medio de terror puro que precedió a la entrada, había conseguido imaginar.

Callum estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la cama sin deshacer, un teléfono desechable roto en dos mitades sobre la moqueta frente a él —lo había partido con las manos, y se había abierto un corte superficial en la palma que ni siquiera parecía haber notado—, y los ojos enrojecidos de alguien que llevaba horas llorando en silencio, sin ninguna intención de que nadie lo viera hacerlo.

—Callum. —La voz de Daniel sonó irreconocible, incluso para él mismo, una calma que no era calma sino el filo exacto de una rabia demasiado grande para gritar—. ¿Qué has hecho?

Callum no respondió de inmediato. Se quedó mirando los fragmentos del teléfono en el suelo, como si esperara que se recompusieran solos y le devolvieran, con ellos, la posibilidad de deshacer las últimas doce horas.

—Se lo dije. —Lo dijo en voz tan baja que Daniel tuvo que dar un paso más hacia él para oírlo—. Le dije dónde estaba la casa. No sabía que iban a hacer esto, Daniel, te lo juro por lo que quieras, pensé que solo querían negociar, pensé...

Daniel cruzó la habitación en tres pasos y lo levantó del suelo por la pechera de la camisa; fue tan rápido que ni Ollie, entrando detrás de él, consiguió anticipar el movimiento a tiempo para intervenir.

Durante un segundo entero, suspendido en el aire de la habitación de hotel como algo físico y denso, pareció que Daniel Wren, el hombre más metódico y más contenido que Ollie conocía después de once años trabajando a su lado, iba a hacerle a Callum Straker algo que ninguno de los tres podría deshacer después.

—Élise tiene dos costillas rotas. —La voz de Daniel temblaba ahora, no de duda sino de una rabia que llevaba dos horas de trayecto intentando contener, sin lograrlo—.

Se han llevado a Noor, Callum. Se la han llevado, y no sabemos dónde está, ni qué le están haciendo, ni si va a seguir viva mañana.

Y tú, tú se lo has puesto en bandeja, por dinero.

—No fue por dinero. —Callum no intentó zafarse del agarre, ni levantar las manos para defenderse; aceptó, casi inmóvil, lo que estuviera a punto de pasarle, y esa pasividad resultaba, en sí misma, casi peor que cualquier resistencia—.

Fue por miedo. Miedo de que me rompieran las piernas, o algo peor, por unas deudas que nunca debí dejar que crecieran tanto.

Sé que no es excusa. Sé que no hay excusa que valga para lo que he hecho.

Pero no fue codicia, Daniel. Fue debilidad, y la debilidad no es mejor, pero es distinta, y necesito que al menos sepas la diferencia antes de que hagas lo que sea que vayas a hacer ahora.

—¡Once años! —Daniel lo soltó y lo empujó contra la pared con tanta violencia que hizo temblar el cuadro colgado sobre la cama.

Se apartó dos pasos, con las manos todavía temblando, luchando visiblemente contra el impulso de terminar lo que había empezado—.

Once años confiándote la vida cada vez que entrábamos juntos en una casa ajena, Callum.

Y me has estado mintiendo, semanas enteras, mientras dormías a quince metros de mí cada noche.

—Daniel. —Ollie se interpuso, por fin, entre ambos, con las manos alzadas en un gesto de pacificación que le temblaba tanto como a Daniel la voz—.

Cada minuto que perdemos aquí es un minuto que Élise está sola con dos costillas rotas y una casa incendiada a su alrededor.

Y un minuto que Noor sigue en manos de esa gente.

Lo que sea que Callum se merezca, lo decidimos en el coche, camino a la Provenza. Ahora mismo, tenemos que irnos.

Daniel se quedó un momento más, con el pecho subiendo y bajando demasiado rápido, y miró a Callum con una expresión ya no solo de rabia, sino de algo más complicado y más antiguo: la ruina visible de una lealtad que había sido, hasta esa noche, una de las pocas certezas absolutas de su vida adulta.

—Vienes con nosotros —dijo, por fin, con la voz recuperando, a la fuerza, algo parecido al control—.

No porque te lo hayas ganado. Porque llevas ese teléfono roto en el bolsillo, y llevas en la cabeza cada palabra que le dijiste a ese hombre, y ahora mismo eso vale más para encontrar a Noor que cualquier castigo que se me ocurra imponerte esta noche.

Pero óyeme bien, Callum: esto no está perdonado.

Puede que no llegue a estarlo nunca. Vas a tener que ganarte, minuto a minuto, día a día, el derecho a seguir siendo parte de este equipo, y el primer día empieza ahora mismo.

• • •

El trayecto hasta la Provenza transcurrió en un silencio que ninguno de los tres intentó romper más que para lo estrictamente operativo.

Ollie iba al volante, conduciendo con una precisión tensa, compensando a base de pura concentración la falta de sueño acumulada.

Daniel iba en el asiento del copiloto, con el teléfono en la mano, comprobando cada pocos minutos si Élise había respondido a los mensajes que le enviaba, sin obtener más que silencio.

Callum iba en el asiento trasero, con las manos apretadas entre las rodillas, repasando mentalmente, una y otra vez, cada palabra exacta de su última conversación con el reclutador, intentando extraer de la memoria cualquier detalle —un acento, un ruido de fondo, una referencia geográfica— que pudiera servir para algo más que para alimentar su propia culpa.

—Dijo que solo querían hablar. —Callum rompió el silencio en algún punto después de Lyon, con la voz ronca de no haber bebido nada en horas—.

Dijo, textualmente, que no habría ningún daño innecesario.

Sé que no sirve de nada repetirlo, pero necesito que sepáis que no le habría dado la ubicación si hubiera pensado, ni por un segundo, que iban a hacer algo así.

—Los hombres como ese no dicen la verdad nunca, Callum. —Daniel no se giró para decirlo, con la vista fija en la carretera que se desenrollaba ante los faros del coche—. Ni siquiera cuando parece que están siendo sinceros. Especialmente entonces.

—Lo sé ahora. Ojalá lo hubiera sabido hace cuarenta y ocho horas.

—¿Recuerdas algo del número desde el que llamaba?

¿Algún indicativo, alguna referencia? —preguntó Ollie, con la mirada fija en la carretera pero la mente ya trabajando, a pesar del cansancio, en la única dirección útil que quedaba abierta—.

El teléfono que has roto, ¿tenía algún otro contacto guardado, algún mensaje anterior que no hayas borrado?

—Nada guardado. Instrucciones expresas de borrar cada conversación después de cada llamada.

—Callum se pasó una mano por la cara, con un gesto de agotamiento absoluto—.

Pero recuerdo el acento. Europa del Este suavizado por muchos años en Londres, quizás veinte, treinta.

Y una vez, la primera vez, en el pub, mencionó de pasada un nombre de calle que no debería haber mencionado nunca si de verdad fuera tan cuidadoso como el resto de la conversación sugería: Wharf Road, en Hackney.

Podría no significar nada. Podría ser donde vive, o donde tiene una oficina, o simplemente un lugar de paso que mencionó sin pensar.

—Es más de lo que teníamos hace cinco minutos. —Ollie lo anotó mentalmente, prometiéndose revisarlo en cuanto tuviera un portátil delante y algo de tiempo—. Cuando lleguemos, se lo pasamos a Élise. Y decidimos entre todos qué hacer con ello.

• • •

Encontraron a Élise en la casa de un vecino —no el granjero de la escopeta, sino un matrimonio mayor que vivía al otro lado del pueblo y que había accedido a alojarla, tras la negativa educada pero firme de Élise a que la llevaran a un hospital donde tendría que explicar, ante autoridades francesas, una historia que no podía sostener—.

Estaba sentada en una butaca con el torso vendado bajo la ropa prestada, el rostro pálido de dolor contenido y de una noche entera sin dormir, y los ojos, cuando vio entrar a Daniel por la puerta, se le llenaron de un alivio tan intenso que durante un momento no consiguió decir nada en absoluto.

Daniel cruzó la habitación y se arrodilló frente a ella; la delicadeza con que la tocó contrastaba brutalmente con la violencia que Ollie le había visto contener apenas cinco horas antes.

Le tomó las manos entre las suyas, sin apretar, consciente de cada centímetro de dolor que ella debía de estar sintiendo bajo el vendaje.

—Estoy aquí. Estamos aquí. —Fue todo lo que consiguió decir durante un momento, con la voz quebrada de un modo que ni siquiera había alcanzado durante la llamada de madrugada.

—Se han llevado a Noor, Daniel. —La voz de Élise sonaba agotada, arrasada, pero con un fondo de determinación fría que Daniel reconoció de inmediato: la misma que la había hecho arrastrarse escaleras abajo con dos costillas rotas para gritar un nombre—.

No pienso quedarme aquí sentada recuperándome mientras esa gente decide qué hacer con ella.

Necesito que me digas que vamos a ir a buscarla, y necesito que me lo digas ahora mismo, antes de que me digas nada más.

—Vamos a ir a buscarla. —Daniel le sostuvo la mirada con una firmeza absoluta—. Pero necesito que entiendas algo, Élise, y necesito que lo entiendas ahora, antes de que decidamos nada más esta noche.

Fue Ollie quien terminó de contarle, en voz baja y sin ninguna suavización que Élise no habría tolerado de todos modos, lo que había pasado en el hotel de París: la llamada, el sobre de cinco mil libras, las cuarenta y ocho horas de plazo, la confesión completa de Callum.

Él permanecía de pie junto a la puerta, sin atreverse a entrar en la habitación, con la cabeza baja y los hombros hundidos de un modo que Daniel no le había visto nunca, ni siquiera en los peores momentos de sus operaciones militares compartidas.