Capítulo 20 #2
Se retiraron a dormir pasada la medianoche, cada una en un dormitorio distinto del piso superior, con las ventanas entreabiertas para dejar entrar el aire fresco de la noche provenzal, sin ninguna de las dos sospechando que, a menos de dos kilómetros de distancia, en un coche aparcado junto a la carretera comarcal con las luces apagadas, tres hombres llevaban ya cuarenta minutos esperando a que las últimas luces de la casa se apagaran del todo.
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Entraron poco antes de las tres de la madrugada, forzando la puerta trasera de la cocina con una eficiencia silenciosa muy distinta de la brusquedad deliberadamente ruidosa que habían usado semanas atrás en el piso de Belleville, porque esta vez el objetivo no era enviar un mensaje, sino recuperar algo, con o sin la cooperación de quienes se interponían en el camino.
Noor se despertó primero, con el instinto entrenado de meses de trabajar rodeada de sistemas de alarma que le habían enseñado a reconocer, incluso dormida, el sonido de algo que no encajaba en el silencio esperado de una casa.
Tuvo el tiempo justo de incorporarse en la cama antes de que la puerta de su habitación se abriera de golpe y una mano enguantada le cubriera la boca, apretando lo bastante fuerte como para cortarle de inmediato cualquier intento de gritar.
En la habitación contigua, Élise despertó un segundo después, con los mismos reflejos entrenados durante años de entrar y salir de casas ajenas jugando ahora, con una ironía amarga, en su contra.
Tuvo tiempo de alcanzar el pequeño juego de ganzúas que guardaba siempre junto a la cama, no como arma sino como la única herramienta que tenía a mano, antes de que un segundo hombre entrara en su habitación con una linterna que la dejó momentáneamente ciega, los ojos todavía adaptados a la oscuridad.
—No queremos hacerle daño, mademoiselle Moreau. —El hombre habló en francés, con un acento marcado que ella no consiguió, en el pánico del momento, situar con precisión—. Solo queremos hablar de una deuda pendiente. Coopere, y esto termina rápido.
Élise no esperó a que terminara la frase.
Lanzó el pequeño juego de ganzúas directamente a los ojos del hombre, ganando el segundo y medio exacto que necesitaba para saltar de la cama y correr hacia la puerta, pero un tercer hombre, apostado en el pasillo, la interceptó con un golpe seco en el costado que la dejó sin aire, doblada sobre sí misma contra la pared, con un dolor agudo que le recorrió las costillas y que, más tarde, un médico confirmaría como dos fracturas limpias.
Consiguió, aun así, arrastrarse hasta la escalera y gritar el nombre de Noor con la poca voz que el golpe le había dejado, y ese grito, más que cualquier plan concreto, fue lo que le salvó la vida a Élise en los minutos siguientes.
Alertado por el ruido, un vecino que dormía en una granja a menos de medio kilómetro —un hombre mayor que llevaba décadas viviendo solo con sus perros y que se había despertado ya, inquieto, por los ladridos insistentes de los animales— encendió las luces de su propia casa y empezó a caminar hacia el origen del ruido con una escopeta de caza que no había disparado en años pero que todavía sabía cómo usar.
Los hombres, entrenados para evaluar riesgos con la misma frialdad con la que habían entrado, no esperaron a confirmar si la luz distante y los ladridos representaban una amenaza real o solo una casualidad inconveniente.
Sacaron a Noor, ya amordazada e inmovilizada, a rastras hacia el coche aparcado junto a la carretera.
Antes de marcharse, uno de ellos, siguiendo instrucciones que solo él conocía, arrojó al interior de la cocina una botella con un trapo encendido que prendió, en cuestión de minutos, las cortinas y después las vigas de madera centenaria de la casa que la abuela de Élise le había dejado como el único lugar del mundo donde nunca había necesitado fingir ser nadie en particular.
Élise, todavía doblada por el dolor de las costillas fracturadas, se arrastraba escaleras abajo hacia la puerta principal mientras el humo empezaba a llenar el pasillo superior.
Alcanzó a ver, por la ventana del salón, las luces traseras del coche alejándose por la carretera comarcal con Noor dentro, y no tuvo ninguna duda, en ese instante, de que la casa que llevaba generaciones en su familia, el único refugio que nunca había compartido con nadie de su vida profesional, iba a arder hasta los cimientos antes de que llegara ninguna ayuda capaz de detenerlo.
El granjero llegó cuatro minutos después, y la encontró desplomada en el patio, entre el huerto de lavanda y las primeras llamas que ya trepaban visibles por las ventanas del piso superior, con las manos ennegrecidas de hollín.
Su expresión ya no era de dolor físico, sino de una pérdida mucho más profunda y mucho más difícil de nombrar: la certeza absoluta de que, pasara lo que pasara a partir de esa noche, jamás iba a recuperar por completo el único lugar donde había sido, sin ningún disfraz, exactamente quien era.
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En París, Daniel recibió la llamada a las tres y cuarenta y dos de la madrugada, no a través del canal cifrado que habían acordado para las comprobaciones cada seis horas, sino en el número de emergencia que solo debía usarse si algo salía verdaderamente mal, y reconoció, en el segundo y medio que tardó en descolgar todavía medio dormido, que ningún motivo bueno podía justificar que ese teléfono concreto sonara a esa hora.
—Daniel. —La voz de Élise sonaba rota, entrecortada por el esfuerzo de hablar mientras el granjero, a su lado, intentaba en vano contener con una manta mojada un incendio que ya devoraba el piso superior de la casa—.
Se han llevado a Noor. La casa está ardiendo, Daniel.
Tengo dos costillas rotas, creo, y no consigo... no consigo pensar con claridad.
—¿Dónde estás ahora mismo? ¿Estás a salvo, lejos del fuego?
—En el patio. El vecino está aquí, ha llamado a los bomberos, pero van a tardar. Están todos lejos, es un pueblo pequeño, Daniel, no hay nada aquí, no hay nadie...
—Escúchame. —Daniel ya estaba de pie, encendiendo la luz de la habitación del hotel con una mano mientras con la otra buscaba, a tientas, la ropa tirada sobre la silla, con Ollie incorporándose de golpe en la cama contigua al oír el tono de su voz—.
Vamos a salir hacia allí ahora mismo, los tres.
Cinco horas, quizás menos si conduzco yo.
Aguanta, Élise. Deja que el granjero te atienda, no te muevas más de lo necesario, y cuando lleguen los servicios de emergencia, di que ha sido un accidente doméstico, un cortocircuito, cualquier cosa que no implique a la policía en algo que todavía no podemos explicarles.
—Se han llevado a Noor. —La voz de Élise se quebró del todo, por primera vez desde que Daniel la conocía, en un sollozo que no intentó contener—. Y yo no he podido hacer nada, Daniel. Absolutamente nada.
—Vamos a recuperarla. Te lo juro. —Daniel cerró los ojos un momento, con una determinación fría instalándosele en el pecho, la misma calma letal que solo le había visto Ollie en contadas ocasiones a lo largo de once años trabajando juntos—.
Pero necesito que sobrevivas tú primero, Élise.
Necesito que aguantes hasta que lleguemos. Todo lo demás lo resolvemos después.
Colgó, y se quedó un instante inmóvil en medio de la habitación del hotel, con el teléfono todavía en la mano y una rabia que llevaba años sin sentir con esa intensidad concentrándosele en el pecho como algo físico, casi palpable, antes de girarse hacia Ollie, que ya se estaba vistiendo con la urgencia silenciosa de quien no necesita preguntas para entender que la situación acababa de cambiar por completo.
—¿Qué ha pasado?
—Han atacado la casa de la Provenza. Élise está herida, la casa está ardiendo, y se han llevado a Noor.
—Daniel se puso la chaqueta con manos que, por primera vez en mucho tiempo, no conseguían moverse con su precisión habitual—.
Alguien sabía exactamente dónde estaban, Ollie.
Alguien que solo pudo enterarse de la ubicación en esa misma reunión, ayer, en este mismo piso.
Ollie se quedó paralizado un instante, con la camisa a medio abrochar, mientras la misma sospecha terrible que ya empezaba a formarse en la mente de Daniel terminaba de tomar forma en la suya, y ambos, sin decir nada todavía en voz alta, se giraron hacia la puerta de la habitación contigua, donde Callum, según la lista de turnos que habían acordado esa misma noche, debía estar durmiendo desde hacía horas.
La puerta estaba cerrada con llave desde dentro, y nadie respondió cuando Daniel llamó, primero con los nudillos y después, cuando el silencio se prolongó más de lo que la urgencia de la noche podía tolerar, con la palma abierta de la mano golpeando la madera con una fuerza que despertó a medio pasillo del hotel.